S?bado, 31 de marzo de 2007
El día de mi boda.

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Por fin conocí a la mujer de mis sueños. Y decidimos casarnos, no sin vencer la resistencia de sus padres, que me consideraban un alocado para su linda hija.
Les acabé convenciendo con que tendría una seguridad económica, ya que nuestra empresa de Informática iba viento en popa.
Mis padres no querían ni hablar de bodas, porque las que habían subvencionado hasta ahora, la de mi hermana Margarita y la de mi hermano Luis, habían acabado a cual peor. Margarita con tres niños y otro en camino, abandonada por un corredor de comercio que se fue a correr con un travestido, creyendo que era una mujer y se le cargó; anda en la cárcel y nadie queremos saber nada de él.
Y mi hermano Luis se fue a Francia con una alemana muy gorda de tanto comer hamburguesas y beber litros de cerveza, encima se dedica a negocios sucios que no queremos ni conocer.
Y ahora quedo yo, el menor, que mis hermanos me llevan diez años y doce respectivamente, siendo este tarambana un descuido imperdonable para mis padres y creo que hasta para mi.
Todo me da lo mismo, gano mucho dinero con los ordenadores y conocí a mi querida Alicia en una fiesta de fin de curso. Ella es economista ¿y yo?, ¿no se lo he dicho?: Ingeniero Informático. Montamos la empresa que tenemos en marcha, nos va de maravilla y sin ella valgo aún menos de lo poco que valgo.
- Pichulina- le llamo-cuando nos casemos estaremos siempre juntos.
- Petardín- me llama-estoy deseando hacerlo para sentarnos en nuestro sofá abrazados hasta que se haga la hora de acostarnos.
- ¡No me llames Petardin, que sabes que no me gusta, Alicia querida.
- Pero si te llamo lo que dicen mis padres en aún peor: ¡Petardo, que explotas por nada!
- Bueno llámame Paquito, que es suficiente.
Preparamos la boda con sumo cuidado. Nos casábamos en la iglesia de San Antonio y la comida la contratamos en el restaurante Imperial, el mejor de toda la ciudad, con la cantidad de ellos que había. Langostinos, melón con jamón, ternera a la brasa regada con vinos de primera y postres de ensueño. Una tarta de cinco pisos que íbamos a cortar con una espada, que era como la tizona. A cuatro manos lo íbamos a hacer.

El cura nos impartió un cursillo, junto a otras cuatro parejas,¡menudo rollo! Pero bonito. Nos habló de lo importante que era para los hijos que nos amásemos lealmente por el resto de nuestras vidas, que ofreciéramos nuestros sufrimientos a Cristo crucificado, que él se ofreció por nosotros.

Bueno, la cosa era aguantar el sermón y que nos casara en la Iglesia en que mi suegra se había casado.
- Allí fue nuestra boda hace cuarenta años, ya ves, seguimos juntos. Que a mi hija le ocurra lo mismo.
- Su hija me tendrá a mi de por vida, no se preocupe, Nati-le respondía.
El día señalado llegó. Como locos andaban mis padres llamando a los de la Limusine, para recoger a la novia. Yo iría en coche de caballos, el de mi amigo Enrique, el ganadero. A las doce del mediodía del día doce del mes de septiembre, entraba en la iglesia del brazo de mi prima Vanesa.

La celebración fue de ensueño, hasta cantaron la marcha nupcial los niños del coro de San José.
Nos casamos. Nos hicieron miles de fotos, nos besaron y babearon mil amigos y familiares. Y llegamos al hotel casi exhaustos de tanto trajín. La novia necesitaba ir al amplio cuarto de baño de aquel hotel suntuoso.

- Paquito, espérame tranquilo, que vuelvo enseguida
- No tardes, que vamos a empezar la comida. La orquesta está preparada.
- No, no.
Pasaron cinco minutos, que me parecieron un siglo, porque los invitados armaban un jaleo impresionante.
Pasaron diez y ya no pude contenerme. Mi madre me quiso cortar el paso. Venía de los aseos.
- Espera un poco más, estará arreglándose.
- Voy a ver, no sea que se haya desmayado.

Me solté del brazo de mi madre y me lancé a las puertas del amplio servicio.
Al entrar se podían escuchar unos gemidos de placer, que yo conocía.
- ¡Sigue!, ¡sigue!, me matas- Un velo blanco, colgaba por la puerta del aseo.
- ¡Arggggggggg! ¡Toma y toma!- estos gruñidos, me parecieron de mi amigo Lupi.
Abrí violentamente la puerta del amplio aseo y sobre mi cayó el trasero de Alicia, que estaba apoyado en la puerta y pude ver el “tarugo” de mi ex-amigo Lupi, el cual no acertaba a tapar su enorme falo.

Agarré al atrevido por un brazo y le estampé contra uno de los lavabos sobre encimera de mármol, quedando desnudo y desnucado.

Alicia se puso a llorar de forma alarmante y al poco aquello se llenó de gente incrédula y de policías energúmenos.
Ahora estoy en la cárcel, pero espero que por poco tiempo, ya que mi abogado adujo locura transitoria y estoy pendiente de la apelación.
Cuando salga se va a enterar la Alicia del demonio. ¡Qué razón tenían mis padres!


Publicado por quijote_1971 @ 20:10  | Dramas
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