Viernes, 23 de febrero de 2007
Un muerto a los postres- Capítulo VI y último


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Un muerto a los postres- Capítulo VI-final


La mañana siguiente, ya martes por la mañana, amaneció totalmente gris y con intervalos tormentosos sobre Sevilla. Como hacía unos días algunos barrios se habían inundado, las radios y televisiones locales advertían a los vecinos que sólo en caso de necesidad cogieran los coches particulares y que procuraran utilizar los transportes públicos.

Arrieta llevó el informe que tenía al juez asignado y se puso a sus órdenes para cerrar o no el caso. Éste le dijo que siguiera investigando mientras leía todos los informes para decretar la instrucción del sumario de forma definitiva. Le dio hasta el jueves, para que acabara de rematar el asunto del Secretario y la señora Alonso.

- Eguilaz, vamos a vigilar discretamente a Linares, que creo que algo no encaja en este rompecabezas.
- De acuerdo, vamos a utilizar el Opel Corsa camuflado y nos turnamos cada cuatro horas.
- A una distancia prudente le seguimos discretamente si sale.

Como el Centro estaba muy concurrido, no era difícil pasar desapercibidos en un coche que cambia de lugar cada dos por tres.

A eso de las cuatro de la tarde Eguilaz ve que el señor Linares sale de su casa con un maletín negro en la mano izquierda. Llama rápidamente por el móvil a su jefe, para indicarle por donde va.
Se sube a un taxi. Y después de un tortuoso recorrido llega a la casa de la señora Alonso.

-¡Arrieta, se mete en casa de la viuda! ¡Esto no me gusta un pelo!
- Voy, estoy precisamente en el Restaurante La Montanera en calle Juan Sebastián Elcano, al cual me han invitado los amigos de otros tiempos. ¡Ya te contaré!

- Todavía está dentro- comenta Eguilaz al Inspector una vez este llega en el coche de un amigo.
- Hay que ver lo que se cuece. Esto en principio no es extraño porque la empresa sigue cerrada por defunción desde ayer.

Los policías no saben que hacer para ver lo que ocurre en la casa. Arriesgando mucho se deciden a llamar a la puerta y ya improvisarán algo. Los acontecimientos, de pronto se suceden de forma vertiginosa, según abre una sirvienta la puerta exterior, dentro de la casa se oye un disparo seguido de un grito.
Arrieta saca su arma reglamentaria, entra en el salón de la vivienda y se encuentra a la señora Alonso con un arma en la mano, mientras en el suelo un Ernesto Linares con un maletín lleno de dinero abierto junto a él se desangra.
- Eguilaz llama a Comisaría rápido y a una ambulancia.
- Voy raudo, ¡Jefe!
- Deje caer la pistola señora. No complique más las cosas- dice el inspector dirigiéndose a ella.
- Ya no me importa nada. Yo le explico todo- mientras deja caer la pistola al suelo.

Los de la UVI llegan junto a dos patrullas de policía llevándose a Linares con vida, herido en un costado, no demasiado grave.
- Explíqueme señora. ¿Qué es lo que ha pasado aquí?
- Este hombre me ha decepcionado. Traía un montón de dinero para comprar mi silencio. Me dijo que habían entrado en lo de la droga y que mi marido como se opuso tuvieron que eliminarle. Esto me dijo: “Eliminarle”
- ¿Entonces el secretario de su marido intervino en la muerte de su marido, también?
- Él dijo que no, pero yo perdí la cabeza y le dije que iba a coger unas copas del mueble-bar, donde tengo la pistola que mi marido me había agenciado con licencia a mi nombre. No me diga como la obtuvo, pero la tengo. Creo que le disparé llena de ira.
- Tiene que llamar a su abogado y creo que saldrá con fianza en unas horas.

Una mujer policía acompañó a Carmen Carmona junto con Arrieta a la Comisaría.
El abogado ya estaba esperando cuando llegaron. Era un hombre experto en temas penales y con gran conocimiento de la familia Alonso. Fácilmente consiguió del Juez que fijara la fianza y a las pocas horas estaba libre.

Faltaba interrogar a Linares de forma contundente. El juez dio la autorización una vez intervenido de la herida sufrida. No era grave y en poco estaría recuperado. La bala había atravesado el costado izquierdo a la altura de la cadera, pero no había afectado a los huesos. En la cama del Hospital y conseguida la orden de detención por cómplice de asesinato contesta a las preguntas del policía.
- ¿Cómo se alió con los chinos, sí usted sabía que eran muy peligrosos?
- Perdí la cabeza y a ultima hora me amenazaron con quemar la Empresa. Tenía que evitarlo.
- Explíqueme lo del dinero.
- Me dieron trescientos mil euros por mantener la boca cerrada y por mantenerme al margen de sus negocios. Iba a entregárselos a Carmen, porque entendía que ella debería de saberlo, más ahora que todos estaban en la cárcel. Pero ella dedujo que yo había ayudado a la muerte de Luis. ¡Es falso!
- ¿Por qué no me dijo esto la primera vez?
- Tuve miedo, como ahora, a ser detenido como cómplice. Pero a ella le perdono. No quiero implicarla para nada. Es la víctima de todos. No la denunciaré.

Bueno, el dinero queda confiscado y el juez decidirá sobre todo.

Arrieta acompañado de Eguilaz salen de la Comisaría con la sensación de que todo este embrollo había sido aclarado pero con la impresión de que había sido demasiado complicado.
Las pasiones y egoísmos humanos no tienen límite y acaban por arrastrarles hasta la ruina total, que es la muerte.

Fin.


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Jueves, 15 de febrero de 2007
Un muerto a los postres- Capítulo V


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El lunes fue un día clave para esclarecerlo todo. Los agentes designados detuvieron a los chinos en el apartamento que compartían en el centro de Sevilla, cerca de la calle Sierpes. Aparentemente estaban tranquilos y negaron tener nada que ver con las drogas, pero un registro minucioso descubrió una doble pared de un armario que estaba lleno de paquetes de opio.

El Inspector Arrieta dirigió los interrogatorios por separado de los dos individuos.

- Señor Chue, el tráfico de drogas no está permitido en España. ¿Por qué se metió en esto? ¿No eran suficientes los componentes electrónicos?
- No importal, no importal, dentro de poco estar fuela.
- ¡No tan deprisa, amigo! ¿Qué me dice del señor Alonso? ¿Él está implicado también?
- Sí. Sí, él era el que manejaba los hilos- mintió de forma descarada.
- Mire no lo creo, las informaciones que tenemos no van en ese sentido.
Cuando terminó con Chue, un Ma- Tse-Tan muy torpe y que necesitó de un intérprete de la policía confesó.
- Su jefe nos ha dicho que envenenó al señor Alonso sin su consentimiento- mintió el sagaz inspector.
- Yo sólo cumplo órdenes de Chue, pero no envenené al señor Alonso- él sólo implicó o porque el interprete lo hizo muy bien, a su jefe.
- ¿Entonces puso el cianhídrico en el vino la noche del sábado?
- ¡Fue él! Nos quedamos en otro hotel hasta las doce de la noche y él entró en el de residencia de los Alonso por una ventana de las cocinas, que había comprobado que no se cerraba. Echó el veneno que tenía en un frasco que un químico le había preparado.
- ¿Y él nos ha dicho que fue usted para equivocarnos? Me temo que les vamos a detener no sólo por la droga si no por asesinato.
- ¡Noooo! ¡Soy inocente!- grita Tan.
- ¡Llévenselo!- les dice a los agentes de guardia el inspector.
Había que asegurarse antes de enviar al juez los datos que tenía. Volvería a interrogar a la señora Alonso para cotejar dos datos:
Uno, el que su marido no tenía nada que ver con el tráfico de drogas, dos que ella no tenía nada que ver con los chinos.

Para ello urdió un plan. Tenía que hacerla creer que los chinos la habían implicado, aunque él no lo creía y así conseguir que confiada le dijera algo que entrara en contradicción. Como no la iba a implicar esperaba que no llamara a un abogado de momento.
La residencia de los Alonso, estaba en los Remedios, una gran mansión en un edificio remozado de principios de siglo, de los que quedan en ese barrio sevillano.
Una vez dentro del espacioso salón, la señora, toda de negro riguroso, atiende al moreno inspector con una expresión entre fría y agotada:
- ¡Dígame, inspector, ¿ha detenido ya a los chinos?- se lo ponía muy fácil.
- Pues sí, señora, por tráfico de drogas y por el asesinato de su marido.
- No le devolverá la vida, y la mía ya no será lo mismo sin él. Llevábamos muchos años unidos en todo.
- Los señores con los que trabajaban son peligrosos. Por cierto ellos dicen que su marido estaba implicado en lo de las drogas.
- ¡No, no es cierto! Si eso fuera cierto yo lo sabría. Él no me ocultaba nada.
De pronto el inspector pensó que había un eslabón perdido, que era el señor Linares, secretario de Alonso y qué según tenía entendido mano derecha de él hasta que murió.
- Señora Alonso, ¿qué opinión le merece Eduardo Linares?
- Muy buena, es, bueno era, el secretario de mi marido y su hombre de confianza en el trato con los chinos.
- Voy a hablar con él. Siento todo lo sucedido, la autopsia ha confirmado el paro cardiaco producido por veneno. Cree el forense que el cianhídrico había sido tratado de forma muy inteligente para pasar desapercibido su olor característico durante horas, dentro del vino.

Arrieta fue a casa del secretario. Este le estaba esperando en su lujoso piso del Centro de Sevilla, lo cual le extrañó algo al policía, pero mejor no dejarse influenciar.
-Pase, adelante inspector. Siento lo ocurrido y espero que detengan al asesino cuanto antes.
- Veamos, según nuestros datos, usted conocía a fondo los tratos de su jefe en la empresa, ¿no?
- Perfectamente.
- Entonces puede decirme si notó alguna irregularidad últimamente en el comportamiento del señor Alonso.
- Me alegro que me pregunte esto. Yo le alerté hace varios meses de que los paquetes venían como mal cerrados. Él habló con los chinos y parece que les dejó muy claro que no consentiría ningún tráfico extraño a la empresa. Nos iba muy bien y aunque la codicia humana es insaciable, a Luis nunca le creería capaz de hacer algo tan bajo.
- Los señores Chue y el otro ¿que opinión le merecen?
- Pues me decepcionaron, ya que creo que querían meternos a todos en el tráfico de drogas.
Arrieta se despide del señor Linares y empezaba a tener la solución al rompecabezas. Mejor pasarle al Juez todo lo instruido y que él decidiera.

Continuará….


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Lunes, 12 de febrero de 2007
EL ÁRBOL SABIO


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Era un parque antiguo situado cerca de las vías de ferrocarril. Magníficos árboles de variadas especies disfrutaban desde hacía incontable tiempo de una tierra rica y un clima suave y húmedo procedente del océano.
Un día, muy de mañana, llegaron unos hombres y en un lugar en el que había un claro, excavaron un profundo hoyo, e introdujeron dentro una especie de poste de tronco color marrón muy alto, aunque menos que el eucalipto, que se vanagloriaba de que hablaba con las estrellas.
Los otros árboles miraban asombrados al nuevo vecino. Nunca habían visto un árbol igual.
Un pino muy alto y antiguo que estaba a su lado le susurró al viento para que sus hermanos lo oyesen:
¡Oíd! Ha llegado un nuevo compañero; es muy raro. Sus hojas son muy largas y de color plata; tiene ocho hacía donde sale el sol y otras ocho hacia donde muere.
Los castaños, abedules, robles, cedros, eucaliptos y decenas de hermosas plantas más, dejaron que sus hojas vibrasen de admiración ante la noticia del viento.
_¡Oh! Y, ¿cómo son sus frutos?- preguntaron a la brisa que dormía en sus ramas.
La brisa despertó y alargando sus elegantes piernas se acercó al árbol nuevo.
Miró detenidamente de arriba abajo al nuevo habitante y dijo:
-Extraños; nunca he visto nada igual: son blancos como las piedras y más brillantes que las hojas del acebo.

Todos los árboles quedaron agitados, y pensaron que se trataría de una especie desconocida y que aún no había llegado la hora en que debería retoñar ya que no había visto el pino ni el más pequeño nudo o brote en sus afiladas ramas.
Una hiedra trepadora se arrolló al poste y quedó asombrada: por su interior se oía un extraño rumor, semejante a un temblor metálico, y no fue capaz de explicar a sus compañeros qué podría ser aquello.
El respeto y la admiración por el poste anidaron entre los habitantes del parque.

Un amanecer de primavera, la brisa se abrió paso entre la fronda y las miles de hojas comenzaron una especie de melodía que acabó por convertirse en una alegre marcha.
El pino, muy cortés, invitó al poste a compartir con ellos su melodía y su gozo:
-¿Le agradaría cantar con nosotros?
El poste calló. El vecino insistió. Molesto el poste interrogó:
-Y, ¿qué cantan ustedes?
-Imitamos el trepidar del tren- afirmó orgulloso.
Y ¿acaso son ustedes un tren?- lanzó el poste con acre voz.
-No- declaró el pino avergonzado.
-Ni se imaginen ustedes que yo me voy a prestar a tales simplezas. Yo sirvo a la ciencia y al progreso, y no voy a perder mi tiempo en cantar necias canciones. Si ustedes escuchasen a través de mi tronco, oirían las voces de los hombres que hablan en la distancia; ¡eso es ser útil!, Yo estoy al servicio de la ciencia y no pierdo mi tiempo en esas nimiedades- redundó con enfado
El esbelto pino se atrevió:
-Mire, nosotros también nos comunicamos en la distancia.
-¿Sí? y ¿Cómo?- preguntó despectivamente.
-A través de nuestro amigo el viento.
-¡Vaya! No veo a ese comunicador nada confiable. Y ¿cuándo no sopla? ¿Qué hacen para comunicarse?
El árbol fue a explicar que la brisa, que el aire… pero no se atrevió a disputar más con aquel poste tan sabio.
Las afiladas hojas del pino a través de los pájaros enviaron el nuevo mensaje: estaban todos perdiendo el tiempo de forma deplorable; fue captado por todos los demás árboles y decidieron dejar de imitar el familiar sonido del tren.

El parque se cubrió de flores multicolores, llegada la primavera, y montones de aves se posaban en las ramas de muchos, intentando construir el nido dónde nacerían sus retoños.
El eucalipto, el más alto, dio cobijo a unos cuervos; éstos elegían las copas más elevadas y esto era un orgullo para el eucalipto. Una tarde en que el sol hería la tierra, y la esencia del árbol impregnaba el ambiente; el eucalipto se decidió a hablar con el distante poste:
-Y, ¿A usted? ¿No le agradaría que en sus ramas anidase alguna pareja de avecillas? Yo tengo unos cuervos; sé que no son muy decorativos pero me siento útil. Usted podría elegir algún ave hermosa, como la oropéndola, que fuera en consonancia con su elegancia; hay muchas por aquí cuando los días son largos y los vientos suaves.
El poste miró al eucalipto con el más agrio de sus gestos y respondió.
-Pero ¿qué se ha creído usted? ¿Que yo voy a servir de nodriza para esos animalillos que lo único que saben es gorjear?, ¡No! No podría dedicarme a la misión tan encomiable para la que he sido facultado; y no soportaría que mis brillantes hojas fueran manchadas por barro traído por ave alguna para hacer su nido. Esas tareas son para ustedes cuya vida es bastante absurda e inútil - concluyó muy solemne.

El parque quedó conmocionado ante la nueva apreciación de su inutilidad. Ellos no tenían grandes misiones que cumplir: sólo dar sombra, oxígeno, atraer las lluvias; fijar la tierra para que las aguas de las precipitaciones no se la llevaran hacia el mar, y el suelo no se desertizara; dar cobijo a miles de avecillas entre sus hermosas y perfumadas hojas para que pudieran tener sus crías; fijar el polvo para que el ambiente fuera más puro; embellecer la ciudad con su verdor y decorativas formas…

Desanimados hicieron lo posible para que ninguna pareja de aves de clase alguna se aposentara más en ellos. La vida desapareció del parque; las hojas de muchos árboles se marchitaron y pareció que enfermaba.
Una tarde otoñal, un fuerte vendaval azotó por horas la ciudad, no dando respiro a los habitantes del parque. Un viejo cedro, cansado de tanto inclinarse y erguirse, cayó agotado ante sus compañeros, que hicieron cuánto pudieron por retenerlo enhiesto, pero las fuerzas también los abandonaron. Cayó a los pies del poste, quien al verlo en tal situación comentó indiferente:
-¡Vaya! Ya era tiempo de que su madera fuera aprovechada para hacer algún bello mueble.
Los demás rozaron sus hojas entre ellos dándose aliento para soportar la pena por la muerte del compañero; pero entendieron que el poste tenía razón. El hermoso cedro había sido un inútil en toda su larga vida.
El parque se sumió en un lánguido silencio; la brillantez de sus hojas se extinguió, y ni los niños deseaban ir a jugar allí.

Una mañana, unos hombres ataviados con trajes azules y portando extrañas herramientas empezaron a cavar alrededor del poste; mientras cavaban el tronco se quebró y cayó al suelo a los pies del pino; éste se alarmó tanto que llamó a la brisa matinal para que comunicara el suceso a los demás. Todos quedaron consternados. ¡Un árbol tan elegante, tan serio, tan sabio!
Un longevo castaño dijo a un rutilante rayo de sol que se abría paso entre su fronda:
-Dile al hermano pino que mire con atención y nos diga cómo son los anillos del tronco del árbol sabio; así puede que averigüemos a qué especie pertenece.
El pino fue advertido cuando el sol acarició las agujas de sus hojas, y miró con mucha atención.
-¿Qué ves dentro?- susurró el eucalipto que a pesar de su altura no llegaba a verlo.
- Polilla.
-Y ¿nada más?
- Polvo.
-¿Sólo polvo?- insistió intrigado.
-Sí; Sólo polvo. No está vivo. Nunca lo estuvo- terminó el pino en un apagado murmullo.
El parque calló, decepcionado, por unos días.
Al fin entendieron que lo más importante, lo más profundo, lo más serio y trascendente que se puede hacer sobre la tierra es: vivir.


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Mi?rcoles, 07 de febrero de 2007

Vacilando: p)Vacilando

AMOR IMPOSIBLE

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Ella estaba muy lejos, demasiado lejos. La distancia no era tan importante en kilómetros como lo era en pasividad. Mi pasión me había perdido, la estreché entre mis brazos y ella se retiró de forma violenta. De nuevo la atraje hacia mí.
Yo creí que aún me amaba y no dudé en besarla. Sus labios no se abrieron en principio, pero cuando lo hicieron fue para clavarme sus dientes en los míos ensangrentándolos.
¡No podía ser! Habíamos hecho el amor multitud de veces sintiéndola cálida, efusiva, cercana. ¿Y ahora? ¡Tan lejos! ¿Qué pecado cometí? ¿Qué desprecio piensa que la infligí? ¡Háblame!
-¡Ya no confío en ti!- Me dijo de forma inusitada.
- ¿Pero, por qué? Yo te he sido fiel.
- Tengo pruebas de que eso no es cierto.
- ¿Pruebas?- indagué sin dar crédito a mis oídos.
- Explícame, ¿cómo ha llegado esto aquí?- enseñándome unas braguitas rojas casi transparentes, que en mi vida había visto.
- ¡No tengo ni idea! ¿Son tuyas? Nunca las había visto tan bonitas- Esto último no debí decirlo, lo sé, pero es que por una parte me hizo gracia.
- ¿Te parecen bonitas, ésta hortera prenda interior? Las encontré junto a tu mesilla esta mañana y mías no son.

A continuación me dio un sopapo que encajé sin pestañear y se fue de la casa tirándome a la cara tan comprometida prenda. Nunca he sido fetichista, nunca la había engañado con nadie. Tenía que averiguar como algo tan íntimo había llegado a casa sin ser ni de ella ni mío.
Mi mesilla está junto a la ventana que en tiempo tan caluroso suelo dejar abierta gran parte del día. Yo me imagino que el viento aliándose a la casualidad había precipitado tan sugerente prenda junto a mi sólida mesita de noche. Miré por la misma hacia arriba y como si lo viera por primera vez comprobé que vivía en un tercer piso y el edificio tenía doce plantas. El buscar a la propietaria se me antojaba una aventura harto complicada, pero no me arredré por ello.
Tenía que idear un plan.
Deseché el ir planta por planta llamando a las puertas preguntando: ¿Esta prenda es de alguno de ustedes, que apareció sobre mi cama? Pensé que me llevaría inclusive algunos coscorrones más y posiblemente la propietaria no querría decirlo por pudor.
¡Pensamiento!, sí las sujeto en la ventana al final de una varilla, para que se vea desde los pisos encima del mío, la propietaria puede darse por aludida. Lo deseché también porque podían tomarme por loco.
¡Idea buena!: Escribir en el ordenador una nota e imprimirla solicitando ayuda e introducirla en los buzones de todos los vecinos potencialmente implicados.

La nota, después de escribir doce borradores me salió de esta guisa:
“Señor/a convecino /a:
Lea esta nota hasta el final, porque mi felicidad va en ello. Mi mujer me ha dejado porque han aparecido unas bragas junto a mi mesilla que ella no reconoce como suyas y piensa que he tenido en nuestra cama a la propietaria de las mismas. Cómo esto no es cierto y sé que llegaron por azar a través de la ventana, rogaría a la auténtica propietaria que venga a recogerlas y me escriba una pequeña nota de reconocimiento para recuperar a mi celosa esposa.” Firmado: Jesús Valcárcel de Osinaga. Vecino del tercero derecha.
Hice dieciocho copias, que es el número de los posibles vecinos que tienen sus ventanas por encima de la mía y rápidamente bajé a los buzones e introduje en cada uno de ellos una copia.
Intenté llamar a mi mujer para ponerla al corriente de lo que estaba haciendo, pero no me cogió el móvil. Llamé donde su madre y mi insoportable suegra me llamó de todo menos bonito y colgué yo.

Al día siguiente que era sábado a eso de las cinco de la tarde llaman a mi puerta. Una guapa mujer de unos treinta años, pelo rizado de color cobrizo, labios gordezuelos, ojos de color miel muy grandes, pómulos salientes, con un cuello largo y esbelto estaba frente a mí.
- Soy la vecina del séptimo, Jesús. ¿No me recuerdas?
- Pues, yo,….-empecé a dudar, a la vez que observaba como un suéter de color amarillo cubrían unos pechos de ensueño y unos pantalones marrones resaltaban sus caderas y algo más- no recuerdo.
- Fui alumna tuya en los cursos de adultos de hace dos años en Matemáticas. Elvira Matos.
- ¡Ah ya recuerdo! – Era aquella joven tan voluntariosa, a la cual puse un sobresaliente, ¡cosa rara! Bien merecido. Y nunca supe que era vecina mía.
- ¡Yo soy la propietaria de la prenda y me alegro que tu mujer te dejara!
- ¿Cómo?- me estaba dejando petrificado de la sorpresa.
- Porque te amo, Jesús.
- No puede ser. Yo soy por lo menos diez años mayor. Además mi mujer es muy celosa.

Mientras decía eso último, ella se aproximó a mi de forma que su cuerpo se rozaba con el mío. Un suave perfume a rosas me atontó y no sé como la pasé una mano por la cintura abrazándola.
Ella correspondió a mi abrazo y me empujó hacia dentro de la estancia, cerrando de forma ágil la puerta de una patadita de espaldas, con un estilo envidiable. A los treinta segundos estábamos tumbados en el amplio sofá del salón medio desnudos y ebrios de pasión, hasta le probé la comprometida prenda que le ajustaba de maravilla. Por supuesto, me divirtió el ponérsela y quitársela.
Después de veinte minutos, en los que pasó de todo, ella se separó y me dijo:
- Te he mentido.
- Ya. No me quieres, claro.
- No, no, eso no es. Es que las braguitas no son mías. Ha sido una disculpa para que me poseyeras. ¡Te amo!
- Pero lo nuestro no puede ser. ¿Qué quieres de mí?
- Deseo que nos vayamos juntos fuera de esta ciudad aburrida y sin vida.

La locura que me había inspirado esta mujer me hizo asentir y prometerle que en una semana nos iríamos juntos a donde ella quisiera. Todo era recoger lo más imprescindible, pedir un traslado a ese lugar que junto a ella sería de ensueño.
Nos despedimos hasta el día siguiente y me metí en la ducha. Ya me estaba olvidando de mi mujer haciendo planes para consumar mi fuga, cuando apenas revestido con mi pijama preferido, oigo el timbre de mi puerta.
- ¿Quién es?- temía que fuera mi escamada mujer.
- Soy la vecina del noveno-oigo a través de la puerta.
No me atrevía a abrir, pero a una vecina no se le debe negar ayuda. Rápidamente me puse el batín que tenía en la percha junto a la puerta y abrí.
Una voluptuosa muchacha de unos veinte pocos años con la mano apoyada en el dintel de la puerta se encontraba frente a mí.
- Soy la propietaria de las braguitas, amigo Jesús, la hija de Alicia López- me dice la descarada.
- Bueno ahora no puedo devolvérselas, las puse en la lavadora- creo que incluso las rompimos entre Elvira y yo. Estaba desolado. ¡No sabía que inventar!
- ¿Cómo dices? Pues pensaba ponérmelas, porque no llevo otras.
- No lo creo, pero eso no me concierne.

Dicho lo último la joven materialmente se abalanzó sobre mí y me tiró de espaldas sobre la alfombra del salón. ¡No llevaba prenda alguna! debajo de la roja falda que apenas la cubría hasta la mitad de los muslos. De un giro rápido la quité dos botones y la falda cayó al suelo. Lo demás no lo cuento. La niña, que se llamaba Adelita, me dejó destrozado.
A las nueve de la noche (¡Cómo pasa el tiempo!) de nuevo estaba bajo la ducha, esta vez para recomponerme de la paliza sexual.

Tenía que cenar algo para no desmayarme de tanto esfuerzo y pensar en como organizar el domingo. Si con Elvira ya alucinaba, no quería perder a Adelita.

Estaba terminando un bocado de truchas al minuto con jamón, cuando llaman de nuevo a la puerta.

- ¿Quién es?- pregunto atemorizado.
- Soy Lola, la vecina de arriba.
- ¿Siiii? ¿Y desea?-a esta la conozco muy bien, es una mujer de unos cuarenta años casada con un sargento de aviación que casi siempre está de servicio.
- Pues mire, me da vergüenza, pero lo que anuncia en su nota es cosa mía.
- Pasa, pasa.
Con esta estuve hablando hasta la madrugada y se fue muy contenta.

Las aventuras siguieron el domingo y la semana siguiente.

Han pasado unos días. Ya no salgo apenas de casa los fines de semana, he mandado a mi mujer a freír espárragos y no la hecho de menos para nada. Mis mujeres no son celosas y aprovechan no molestarse unas a otras para estar conmigo. Sé que tendré que tomar una determinación porque esto me tiene al borde de la enfermedad y acabará mal. ¡Esta visto que no se puede ser guapo, cariñoso y culto! ¡Está uno perdido!










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S?bado, 03 de febrero de 2007
SILENCIO



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Al otro lado de la entreabierta puerta de aquella casa reinaba el silencio. En el jardín que se anticipaba tampoco sonido alguno se percibía. Los pájaros que en tiempos pasado se mecieron mil veces en las ramas de sus grandes árboles y comieron lo que el ama los echaba, ya no estaban.
El silencio se había adueñado del lugar.
La casa estaba habitada. En ella soñaba su dueña. Una mujer que había tenido la dicha de conocer el auténtico amor al lado de un hombre bueno que la había amado y respetado durante años, pero que, una mañana hacía ya muchos años, había partido hacia su trabajo y no había retornado. Jamás volvió a saber de de él.
Mandó investigar sobre su paradero gastando en ello grandes sumas de dinero, pero la búsqueda no dio resultado.
-Lo siento, señora, parece, como suele decirse, que a su marido se lo ha ‘tragado’ la tierra- manifestó el investigador, extendiendo el sobre que contenía los informes de sus pesquisas.
Ella no leyó jamás nada del contenido del sobre. Lo guardó cuidadosamente en el primer cajón de su mesilla de noche, y ahí permaneció en el olvido.


La soledad y el silencio dañaron su cordura.
La esposa, aún se consideraba así, esperaba desde hacía años una llamada, una visita de aquel hombre; no podía aceptar su abandono, ni aunque hubiera muerto.

Había cinco aparatos telefónicos en la casa, pero ella no se alejaba de un móvil que portaba en su mano derecha por todos los rincones que franqueaba.
Esperaba una llamada y no podía perdérsela por estar ausente de la casa.
De cualquier forma, ya no salía de ella; ni siquiera al jardín.
Las hojas muertas y lo secos pétalos bordaron sobre la tierra una bella alfombra multicolor de quiméricos dibujos.

Los víveres se los enviaban de un establecimiento cercano, cada quince días.
En la localidad todos conocían su soledad, su obsesión.
Las habitaciones, abandonadas en su aseo, permanecían con las puertas abiertas dejando ver un interior polvoriento y desolado, donde anidaba el silencio.
Los aparatos de radio y televisión mudos años ha, se desconocía si funcionaban.
No importaba.
Sólo importaba una llamada.
Sus dilatados y solitarios días los empleaba en leer aquellos libros, aquellos poemas, que desde hacía muchos años habían sido sus únicos compañeros:

“Podrá nublarse el sol eternamente,
Podrá secarse en un instante el mar
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal”.


“Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
El más revuelto y ebrio, el más tirano y ávido.”

Sus amados poetas, de un lado y otro del atlántico…

El cielo mendigo de luces empujaba a la mujer al sosegado dormitorio. Colocaba cuidadosamente el móvil en la mesita velador, a su lado, muy cerquita, por si el ausente le llamaba aquella noche. Una fotografía enmarcada colocada sobre el ‘comodín,’ era girada de forma que la anciana pudiera verla desde la cama. La soledad desertaba. Los ojos de su amor la acariciaban.

Había escrito muchas cartas que nunca supo dónde enviar. Había preguntado por números de teléfonos dando el nombre de él, pero no se había encontrado ninguno. Nada. No había sabido qué más hacer.

Se acercaba la Navidad. Un forastero llegó al pueblo. Descansó en la única posada, y allí, al calor del hogar, se interesó por la vida de sus moradores.
La historia de la anciana de la casona, entre otras hablillas, también se vino a los labios del ama de la pensión:
-Pues sí, algo lamentable. Como se lo digo: vive sola, sin nadie que la cuide ni le ayude en nada. Su juicio ya no está sano. A veces, sólo a veces, va una muchacha del pueblo a hacerle alguna faena en la casa, aunque ella quiere que todo permanezca igual que cuando él estaba.
-Y, ¿desde cuándo perdió el juicio esa señora? –preguntó el desconocido.
-¡Ah! ¡Una pena!, desde que su esposo, al que profesaba un gran amor, marchó, y jamás volvió ni se comunicó con ella. No se sabe si vive o murió.

Un parpadeo apenas perceptible aleteó en los ojos del hombre, que se levantó de su asiento, y tomando su abrigo y sombrero se despidió cortésmente saliendo a las sombras.

Aquella noche, cuando la anciana de pálidas mejillas descansaba en su lecho, desde el oscuro firmamento, un rayo plateado hirió el rostro del hombre del retrato; por breves instantes los párpados parecieron moverse como si un aura helada los hubiera importunado, y una mirada de comprensión y arrepentimiento se adivinara en las bellas pupilas.

Cuando el alba expiraba para dejar nacer al sol, la puerta de la casona fue golpeada con insistencia.
Nadie acudió a abrir; no era necesario; la puerta siempre quedaba entornada. Fue suavemente empujada; el visitante penetró en el interior; conocía el camino hacia la silenciosa estancia.
Olía a rosas. El dormitorio estaba pulcro y ordenado. La señora, dormida con una sonrisa en sus aún bellos labios, revelaba en sus facciones una gran felicidad. En su mano derecha tenía asido su inseparable móvil, en el que en la rutilante pantalla, en la penumbra, se leía:
“Querida, ¿cómo estás? ¿Podrás perdonarme? Hoy mismo estaré contigo. Tenemos tanto de qué hablar”.

Cuando el hombre, con sumo cuidado, fue a depositar el móvil en la mesita, la mano casi fría de la anciana cayó desmayada sobre el blanco cobertor.


Publicado por mariangeles512 @ 18:54  | Amor
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