Viernes, 23 de febrero de 2007
Un muerto a los postres- Cap?tulo VI y ?ltimo


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Un muerto a los postres- Cap?tulo VI-final


La ma?ana siguiente, ya martes por la ma?ana, amaneci? totalmente gris y con intervalos tormentosos sobre Sevilla. Como hac?a unos d?as algunos barrios se hab?an inundado, las radios y televisiones locales advert?an a los vecinos que s?lo en caso de necesidad cogieran los coches particulares y que procuraran utilizar los transportes p?blicos.

Arrieta llev? el informe que ten?a al juez asignado y se puso a sus ?rdenes para cerrar o no el caso. ?ste le dijo que siguiera investigando mientras le?a todos los informes para decretar la instrucci?n del sumario de forma definitiva. Le dio hasta el jueves, para que acabara de rematar el asunto del Secretario y la se?ora Alonso.

- Eguilaz, vamos a vigilar discretamente a Linares, que creo que algo no encaja en este rompecabezas.
- De acuerdo, vamos a utilizar el Opel Corsa camuflado y nos turnamos cada cuatro horas.
- A una distancia prudente le seguimos discretamente si sale.

Como el Centro estaba muy concurrido, no era dif?cil pasar desapercibidos en un coche que cambia de lugar cada dos por tres.

A eso de las cuatro de la tarde Eguilaz ve que el se?or Linares sale de su casa con un malet?n negro en la mano izquierda. Llama r?pidamente por el m?vil a su jefe, para indicarle por donde va.
Se sube a un taxi. Y despu?s de un tortuoso recorrido llega a la casa de la se?ora Alonso.

-?Arrieta, se mete en casa de la viuda! ?Esto no me gusta un pelo!
- Voy, estoy precisamente en el Restaurante La Montanera en calle Juan Sebasti?n Elcano, al cual me han invitado los amigos de otros tiempos. ?Ya te contar?!

- Todav?a est? dentro- comenta Eguilaz al Inspector una vez este llega en el coche de un amigo.
- Hay que ver lo que se cuece. Esto en principio no es extra?o porque la empresa sigue cerrada por defunci?n desde ayer.

Los polic?as no saben que hacer para ver lo que ocurre en la casa. Arriesgando mucho se deciden a llamar a la puerta y ya improvisar?n algo. Los acontecimientos, de pronto se suceden de forma vertiginosa, seg?n abre una sirvienta la puerta exterior, dentro de la casa se oye un disparo seguido de un grito.
Arrieta saca su arma reglamentaria, entra en el sal?n de la vivienda y se encuentra a la se?ora Alonso con un arma en la mano, mientras en el suelo un Ernesto Linares con un malet?n lleno de dinero abierto junto a ?l se desangra.
- Eguilaz llama a Comisar?a r?pido y a una ambulancia.
- Voy raudo, ?Jefe!
- Deje caer la pistola se?ora. No complique m?s las cosas- dice el inspector dirigi?ndose a ella.
- Ya no me importa nada. Yo le explico todo- mientras deja caer la pistola al suelo.

Los de la UVI llegan junto a dos patrullas de polic?a llev?ndose a Linares con vida, herido en un costado, no demasiado grave.
- Expl?queme se?ora. ?Qu? es lo que ha pasado aqu??
- Este hombre me ha decepcionado. Tra?a un mont?n de dinero para comprar mi silencio. Me dijo que hab?an entrado en lo de la droga y que mi marido como se opuso tuvieron que eliminarle. Esto me dijo: ?Eliminarle?
- ?Entonces el secretario de su marido intervino en la muerte de su marido, tambi?n?
- ?l dijo que no, pero yo perd? la cabeza y le dije que iba a coger unas copas del mueble-bar, donde tengo la pistola que mi marido me hab?a agenciado con licencia a mi nombre. No me diga como la obtuvo, pero la tengo. Creo que le dispar? llena de ira.
- Tiene que llamar a su abogado y creo que saldr? con fianza en unas horas.

Una mujer polic?a acompa?? a Carmen Carmona junto con Arrieta a la Comisar?a.
El abogado ya estaba esperando cuando llegaron. Era un hombre experto en temas penales y con gran conocimiento de la familia Alonso. F?cilmente consigui? del Juez que fijara la fianza y a las pocas horas estaba libre.

Faltaba interrogar a Linares de forma contundente. El juez dio la autorizaci?n una vez intervenido de la herida sufrida. No era grave y en poco estar?a recuperado. La bala hab?a atravesado el costado izquierdo a la altura de la cadera, pero no hab?a afectado a los huesos. En la cama del Hospital y conseguida la orden de detenci?n por c?mplice de asesinato contesta a las preguntas del polic?a.
- ?C?mo se ali? con los chinos, s? usted sab?a que eran muy peligrosos?
- Perd? la cabeza y a ultima hora me amenazaron con quemar la Empresa. Ten?a que evitarlo.
- Expl?queme lo del dinero.
- Me dieron trescientos mil euros por mantener la boca cerrada y por mantenerme al margen de sus negocios. Iba a entreg?rselos a Carmen, porque entend?a que ella deber?a de saberlo, m?s ahora que todos estaban en la c?rcel. Pero ella dedujo que yo hab?a ayudado a la muerte de Luis. ?Es falso!
- ?Por qu? no me dijo esto la primera vez?
- Tuve miedo, como ahora, a ser detenido como c?mplice. Pero a ella le perdono. No quiero implicarla para nada. Es la v?ctima de todos. No la denunciar?.

Bueno, el dinero queda confiscado y el juez decidir? sobre todo.

Arrieta acompa?ado de Eguilaz salen de la Comisar?a con la sensaci?n de que todo este embrollo hab?a sido aclarado pero con la impresi?n de que hab?a sido demasiado complicado.
Las pasiones y ego?smos humanos no tienen l?mite y acaban por arrastrarles hasta la ruina total, que es la muerte.

Fin.

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Jueves, 15 de febrero de 2007
Un muerto a los postres- Cap?tulo V

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El lunes fue un d?a clave para esclarecerlo todo. Los agentes designados detuvieron a los chinos en el apartamento que compart?an en el centro de Sevilla, cerca de la calle Sierpes. Aparentemente estaban tranquilos y negaron tener nada que ver con las drogas, pero un registro minucioso descubri? una doble pared de un armario que estaba lleno de paquetes de opio.

El Inspector Arrieta dirigi? los interrogatorios por separado de los dos individuos.

- Se?or Chue, el tr?fico de drogas no est? permitido en Espa?a. ?Por qu? se meti? en esto? ?No eran suficientes los componentes electr?nicos?
- No importal, no importal, dentro de poco estar fuela.
- ?No tan deprisa, amigo! ?Qu? me dice del se?or Alonso? ??l est? implicado tambi?n?
- S?. S?, ?l era el que manejaba los hilos- minti? de forma descarada.
- Mire no lo creo, las informaciones que tenemos no van en ese sentido.
Cuando termin? con Chue, un Ma- Tse-Tan muy torpe y que necesit? de un int?rprete de la polic?a confes?.
- Su jefe nos ha dicho que envenen? al se?or Alonso sin su consentimiento- minti? el sagaz inspector.
- Yo s?lo cumplo ?rdenes de Chue, pero no envenen? al se?or Alonso- ?l s?lo implic? o porque el interprete lo hizo muy bien, a su jefe.
- ?Entonces puso el cianh?drico en el vino la noche del s?bado?
- ?Fue ?l! Nos quedamos en otro hotel hasta las doce de la noche y ?l entr? en el de residencia de los Alonso por una ventana de las cocinas, que hab?a comprobado que no se cerraba. Ech? el veneno que ten?a en un frasco que un qu?mico le hab?a preparado.
- ?Y ?l nos ha dicho que fue usted para equivocarnos? Me temo que les vamos a detener no s?lo por la droga si no por asesinato.
- ?Noooo! ?Soy inocente!- grita Tan.
- ?Ll?venselo!- les dice a los agentes de guardia el inspector.
Hab?a que asegurarse antes de enviar al juez los datos que ten?a. Volver?a a interrogar a la se?ora Alonso para cotejar dos datos:
Uno, el que su marido no ten?a nada que ver con el tr?fico de drogas, dos que ella no ten?a nada que ver con los chinos.

Para ello urdi? un plan. Ten?a que hacerla creer que los chinos la hab?an implicado, aunque ?l no lo cre?a y as? conseguir que confiada le dijera algo que entrara en contradicci?n. Como no la iba a implicar esperaba que no llamara a un abogado de momento.
La residencia de los Alonso, estaba en los Remedios, una gran mansi?n en un edificio remozado de principios de siglo, de los que quedan en ese barrio sevillano.
Una vez dentro del espacioso sal?n, la se?ora, toda de negro riguroso, atiende al moreno inspector con una expresi?n entre fr?a y agotada:
- ?D?game, inspector, ?ha detenido ya a los chinos?- se lo pon?a muy f?cil.
- Pues s?, se?ora, por tr?fico de drogas y por el asesinato de su marido.
- No le devolver? la vida, y la m?a ya no ser? lo mismo sin ?l. Llev?bamos muchos a?os unidos en todo.
- Los se?ores con los que trabajaban son peligrosos. Por cierto ellos dicen que su marido estaba implicado en lo de las drogas.
- ?No, no es cierto! Si eso fuera cierto yo lo sabr?a. ?l no me ocultaba nada.
De pronto el inspector pens? que hab?a un eslab?n perdido, que era el se?or Linares, secretario de Alonso y qu? seg?n ten?a entendido mano derecha de ?l hasta que muri?.
- Se?ora Alonso, ?qu? opini?n le merece Eduardo Linares?
- Muy buena, es, bueno era, el secretario de mi marido y su hombre de confianza en el trato con los chinos.
- Voy a hablar con ?l. Siento todo lo sucedido, la autopsia ha confirmado el paro cardiaco producido por veneno. Cree el forense que el cianh?drico hab?a sido tratado de forma muy inteligente para pasar desapercibido su olor caracter?stico durante horas, dentro del vino.

Arrieta fue a casa del secretario. Este le estaba esperando en su lujoso piso del Centro de Sevilla, lo cual le extra?? algo al polic?a, pero mejor no dejarse influenciar.
-Pase, adelante inspector. Siento lo ocurrido y espero que detengan al asesino cuanto antes.
- Veamos, seg?n nuestros datos, usted conoc?a a fondo los tratos de su jefe en la empresa, ?no?
- Perfectamente.
- Entonces puede decirme si not? alguna irregularidad ?ltimamente en el comportamiento del se?or Alonso.
- Me alegro que me pregunte esto. Yo le alert? hace varios meses de que los paquetes ven?an como mal cerrados. ?l habl? con los chinos y parece que les dej? muy claro que no consentir?a ning?n tr?fico extra?o a la empresa. Nos iba muy bien y aunque la codicia humana es insaciable, a Luis nunca le creer?a capaz de hacer algo tan bajo.
- Los se?ores Chue y el otro ?que opini?n le merecen?
- Pues me decepcionaron, ya que creo que quer?an meternos a todos en el tr?fico de drogas.
Arrieta se despide del se?or Linares y empezaba a tener la soluci?n al rompecabezas. Mejor pasarle al Juez todo lo instruido y que ?l decidiera.

Continuar?.

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Lunes, 12 de febrero de 2007
EL ?RBOL SABIO


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Era un parque antiguo situado cerca de las v?as de ferrocarril. Magn?ficos ?rboles de variadas especies disfrutaban desde hac?a incontable tiempo de una tierra rica y un clima suave y h?medo procedente del oc?ano.
Un d?a, muy de ma?ana, llegaron unos hombres y en un lugar en el que hab?a un claro, excavaron un profundo hoyo, e introdujeron dentro una especie de poste de tronco color marr?n muy alto, aunque menos que el eucalipto, que se vanagloriaba de que hablaba con las estrellas.
Los otros ?rboles miraban asombrados al nuevo vecino. Nunca hab?an visto un ?rbol igual.
Un pino muy alto y antiguo que estaba a su lado le susurr? al viento para que sus hermanos lo oyesen:
?O?d! Ha llegado un nuevo compa?ero; es muy raro. Sus hojas son muy largas y de color plata; tiene ocho hac?a donde sale el sol y otras ocho hacia donde muere.
Los casta?os, abedules, robles, cedros, eucaliptos y decenas de hermosas plantas m?s, dejaron que sus hojas vibrasen de admiraci?n ante la noticia del viento.
_?Oh! Y, ?c?mo son sus frutos?- preguntaron a la brisa que dorm?a en sus ramas.
La brisa despert? y alargando sus elegantes piernas se acerc? al ?rbol nuevo.
Mir? detenidamente de arriba abajo al nuevo habitante y dijo:
-Extra?os; nunca he visto nada igual: son blancos como las piedras y m?s brillantes que las hojas del acebo.

Todos los ?rboles quedaron agitados, y pensaron que se tratar?a de una especie desconocida y que a?n no hab?a llegado la hora en que deber?a reto?ar ya que no hab?a visto el pino ni el m?s peque?o nudo o brote en sus afiladas ramas.
Una hiedra trepadora se arroll? al poste y qued? asombrada: por su interior se o?a un extra?o rumor, semejante a un temblor met?lico, y no fue capaz de explicar a sus compa?eros qu? podr?a ser aquello.
El respeto y la admiraci?n por el poste anidaron entre los habitantes del parque.

Un amanecer de primavera, la brisa se abri? paso entre la fronda y las miles de hojas comenzaron una especie de melod?a que acab? por convertirse en una alegre marcha.
El pino, muy cort?s, invit? al poste a compartir con ellos su melod?a y su gozo:
-?Le agradar?a cantar con nosotros?
El poste call?. El vecino insisti?. Molesto el poste interrog?:
-Y, ?qu? cantan ustedes?
-Imitamos el trepidar del tren- afirm? orgulloso.
Y ?acaso son ustedes un tren?- lanz? el poste con acre voz.
-No- declar? el pino avergonzado.
-Ni se imaginen ustedes que yo me voy a prestar a tales simplezas. Yo sirvo a la ciencia y al progreso, y no voy a perder mi tiempo en cantar necias canciones. Si ustedes escuchasen a trav?s de mi tronco, oir?an las voces de los hombres que hablan en la distancia; ?eso es ser ?til!, Yo estoy al servicio de la ciencia y no pierdo mi tiempo en esas nimiedades- redund? con enfado
El esbelto pino se atrevi?:
-Mire, nosotros tambi?n nos comunicamos en la distancia.
-?S?? y ?C?mo?- pregunt? despectivamente.
-A trav?s de nuestro amigo el viento.
-?Vaya! No veo a ese comunicador nada confiable. Y ?cu?ndo no sopla? ?Qu? hacen para comunicarse?
El ?rbol fue a explicar que la brisa, que el aire? pero no se atrevi? a disputar m?s con aquel poste tan sabio.
Las afiladas hojas del pino a trav?s de los p?jaros enviaron el nuevo mensaje: estaban todos perdiendo el tiempo de forma deplorable; fue captado por todos los dem?s ?rboles y decidieron dejar de imitar el familiar sonido del tren.

El parque se cubri? de flores multicolores, llegada la primavera, y montones de aves se posaban en las ramas de muchos, intentando construir el nido d?nde nacer?an sus reto?os.
El eucalipto, el m?s alto, dio cobijo a unos cuervos; ?stos eleg?an las copas m?s elevadas y esto era un orgullo para el eucalipto. Una tarde en que el sol her?a la tierra, y la esencia del ?rbol impregnaba el ambiente; el eucalipto se decidi? a hablar con el distante poste:
-Y, ?A usted? ?No le agradar?a que en sus ramas anidase alguna pareja de avecillas? Yo tengo unos cuervos; s? que no son muy decorativos pero me siento ?til. Usted podr?a elegir alg?n ave hermosa, como la orop?ndola, que fuera en consonancia con su elegancia; hay muchas por aqu? cuando los d?as son largos y los vientos suaves.
El poste mir? al eucalipto con el m?s agrio de sus gestos y respondi?.
-Pero ?qu? se ha cre?do usted? ?Que yo voy a servir de nodriza para esos animalillos que lo ?nico que saben es gorjear?, ?No! No podr?a dedicarme a la misi?n tan encomiable para la que he sido facultado; y no soportar?a que mis brillantes hojas fueran manchadas por barro tra?do por ave alguna para hacer su nido. Esas tareas son para ustedes cuya vida es bastante absurda e in?til - concluy? muy solemne.

El parque qued? conmocionado ante la nueva apreciaci?n de su inutilidad. Ellos no ten?an grandes misiones que cumplir: s?lo dar sombra, ox?geno, atraer las lluvias; fijar la tierra para que las aguas de las precipitaciones no se la llevaran hacia el mar, y el suelo no se desertizara; dar cobijo a miles de avecillas entre sus hermosas y perfumadas hojas para que pudieran tener sus cr?as; fijar el polvo para que el ambiente fuera m?s puro; embellecer la ciudad con su verdor y decorativas formas?

Desanimados hicieron lo posible para que ninguna pareja de aves de clase alguna se aposentara m?s en ellos. La vida desapareci? del parque; las hojas de muchos ?rboles se marchitaron y pareci? que enfermaba.
Una tarde oto?al, un fuerte vendaval azot? por horas la ciudad, no dando respiro a los habitantes del parque. Un viejo cedro, cansado de tanto inclinarse y erguirse, cay? agotado ante sus compa?eros, que hicieron cu?nto pudieron por retenerlo enhiesto, pero las fuerzas tambi?n los abandonaron. Cay? a los pies del poste, quien al verlo en tal situaci?n coment? indiferente:
-?Vaya! Ya era tiempo de que su madera fuera aprovechada para hacer alg?n bello mueble.
Los dem?s rozaron sus hojas entre ellos d?ndose aliento para soportar la pena por la muerte del compa?ero; pero entendieron que el poste ten?a raz?n. El hermoso cedro hab?a sido un in?til en toda su larga vida.
El parque se sumi? en un l?nguido silencio; la brillantez de sus hojas se extingui?, y ni los ni?os deseaban ir a jugar all?.

Una ma?ana, unos hombres ataviados con trajes azules y portando extra?as herramientas empezaron a cavar alrededor del poste; mientras cavaban el tronco se quebr? y cay? al suelo a los pies del pino; ?ste se alarm? tanto que llam? a la brisa matinal para que comunicara el suceso a los dem?s. Todos quedaron consternados. ?Un ?rbol tan elegante, tan serio, tan sabio!
Un longevo casta?o dijo a un rutilante rayo de sol que se abr?a paso entre su fronda:
-Dile al hermano pino que mire con atenci?n y nos diga c?mo son los anillos del tronco del ?rbol sabio; as? puede que averig?emos a qu? especie pertenece.
El pino fue advertido cuando el sol acarici? las agujas de sus hojas, y mir? con mucha atenci?n.
-?Qu? ves dentro?- susurr? el eucalipto que a pesar de su altura no llegaba a verlo.
- Polilla.
-Y ?nada m?s?
- Polvo.
-?S?lo polvo?- insisti? intrigado.
-S?; S?lo polvo. No est? vivo. Nunca lo estuvo- termin? el pino en un apagado murmullo.
El parque call?, decepcionado, por unos d?as.
Al fin entendieron que lo m?s importante, lo m?s profundo, lo m?s serio y trascendente que se puede hacer sobre la tierra es: vivir.

Publicado por mariangeles512 @ 21:14  | Cuentos
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Mi?rcoles, 07 de febrero de 2007
Vacilando: p)Vacilando
AMOR IMPOSIBLE

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Ella estaba muy lejos, demasiado lejos. La distancia no era tan importante en kil?metros como lo era en pasividad. Mi pasi?n me hab?a perdido, la estrech? entre mis brazos y ella se retir? de forma violenta. De nuevo la atraje hacia m?.
Yo cre? que a?n me amaba y no dud? en besarla. Sus labios no se abrieron en principio, pero cuando lo hicieron fue para clavarme sus dientes en los m?os ensangrent?ndolos.
?No pod?a ser! Hab?amos hecho el amor multitud de veces sinti?ndola c?lida, efusiva, cercana. ?Y ahora? ?Tan lejos! ?Qu? pecado comet?? ?Qu? desprecio piensa que la inflig?? ?H?blame!
-?Ya no conf?o en ti!- Me dijo de forma inusitada.
- ?Pero, por qu?? Yo te he sido fiel.
- Tengo pruebas de que eso no es cierto.
- ?Pruebas?- indagu? sin dar cr?dito a mis o?dos.
- Expl?came, ?c?mo ha llegado esto aqu??- ense??ndome unas braguitas rojas casi transparentes, que en mi vida hab?a visto.
- ?No tengo ni idea! ?Son tuyas? Nunca las hab?a visto tan bonitas- Esto ?ltimo no deb? decirlo, lo s?, pero es que por una parte me hizo gracia.
- ?Te parecen bonitas, ?sta hortera prenda interior? Las encontr? junto a tu mesilla esta ma?ana y m?as no son.

A continuaci?n me dio un sopapo que encaj? sin pesta?ear y se fue de la casa tir?ndome a la cara tan comprometida prenda. Nunca he sido fetichista, nunca la hab?a enga?ado con nadie. Ten?a que averiguar como algo tan ?ntimo hab?a llegado a casa sin ser ni de ella ni m?o.
Mi mesilla est? junto a la ventana que en tiempo tan caluroso suelo dejar abierta gran parte del d?a. Yo me imagino que el viento ali?ndose a la casualidad hab?a precipitado tan sugerente prenda junto a mi s?lida mesita de noche. Mir? por la misma hacia arriba y como si lo viera por primera vez comprob? que viv?a en un tercer piso y el edificio ten?a doce plantas. El buscar a la propietaria se me antojaba una aventura harto complicada, pero no me arredr? por ello.
Ten?a que idear un plan.
Desech? el ir planta por planta llamando a las puertas preguntando: ?Esta prenda es de alguno de ustedes, que apareci? sobre mi cama? Pens? que me llevar?a inclusive algunos coscorrones m?s y posiblemente la propietaria no querr?a decirlo por pudor.
?Pensamiento!, s? las sujeto en la ventana al final de una varilla, para que se vea desde los pisos encima del m?o, la propietaria puede darse por aludida. Lo desech? tambi?n porque pod?an tomarme por loco.
?Idea buena!: Escribir en el ordenador una nota e imprimirla solicitando ayuda e introducirla en los buzones de todos los vecinos potencialmente implicados.

La nota, despu?s de escribir doce borradores me sali? de esta guisa:
?Se?or/a convecino /a:
Lea esta nota hasta el final, porque mi felicidad va en ello. Mi mujer me ha dejado porque han aparecido unas bragas junto a mi mesilla que ella no reconoce como suyas y piensa que he tenido en nuestra cama a la propietaria de las mismas. C?mo esto no es cierto y s? que llegaron por azar a trav?s de la ventana, rogar?a a la aut?ntica propietaria que venga a recogerlas y me escriba una peque?a nota de reconocimiento para recuperar a mi celosa esposa.? Firmado: Jes?s Valc?rcel de Osinaga. Vecino del tercero derecha.
Hice dieciocho copias, que es el n?mero de los posibles vecinos que tienen sus ventanas por encima de la m?a y r?pidamente baj? a los buzones e introduje en cada uno de ellos una copia.
Intent? llamar a mi mujer para ponerla al corriente de lo que estaba haciendo, pero no me cogi? el m?vil. Llam? donde su madre y mi insoportable suegra me llam? de todo menos bonito y colgu? yo.

Al d?a siguiente que era s?bado a eso de las cinco de la tarde llaman a mi puerta. Una guapa mujer de unos treinta a?os, pelo rizado de color cobrizo, labios gordezuelos, ojos de color miel muy grandes, p?mulos salientes, con un cuello largo y esbelto estaba frente a m?.
- Soy la vecina del s?ptimo, Jes?s. ?No me recuerdas?
- Pues, yo,?.-empec? a dudar, a la vez que observaba como un su?ter de color amarillo cubr?an unos pechos de ensue?o y unos pantalones marrones resaltaban sus caderas y algo m?s- no recuerdo.
- Fui alumna tuya en los cursos de adultos de hace dos a?os en Matem?ticas. Elvira Matos.
- ?Ah ya recuerdo! ? Era aquella joven tan voluntariosa, a la cual puse un sobresaliente, ?cosa rara! Bien merecido. Y nunca supe que era vecina m?a.
- ?Yo soy la propietaria de la prenda y me alegro que tu mujer te dejara!
- ?C?mo?- me estaba dejando petrificado de la sorpresa.
- Porque te amo, Jes?s.
- No puede ser. Yo soy por lo menos diez a?os mayor. Adem?s mi mujer es muy celosa.

Mientras dec?a eso ?ltimo, ella se aproxim? a mi de forma que su cuerpo se rozaba con el m?o. Un suave perfume a rosas me atont? y no s? como la pas? una mano por la cintura abraz?ndola.
Ella correspondi? a mi abrazo y me empuj? hacia dentro de la estancia, cerrando de forma ?gil la puerta de una patadita de espaldas, con un estilo envidiable. A los treinta segundos est?bamos tumbados en el amplio sof? del sal?n medio desnudos y ebrios de pasi?n, hasta le prob? la comprometida prenda que le ajustaba de maravilla. Por supuesto, me divirti? el pon?rsela y quit?rsela.
Despu?s de veinte minutos, en los que pas? de todo, ella se separ? y me dijo:
- Te he mentido.
- Ya. No me quieres, claro.
- No, no, eso no es. Es que las braguitas no son m?as. Ha sido una disculpa para que me poseyeras. ?Te amo!
- Pero lo nuestro no puede ser. ?Qu? quieres de m??
- Deseo que nos vayamos juntos fuera de esta ciudad aburrida y sin vida.

La locura que me hab?a inspirado esta mujer me hizo asentir y prometerle que en una semana nos ir?amos juntos a donde ella quisiera. Todo era recoger lo m?s imprescindible, pedir un traslado a ese lugar que junto a ella ser?a de ensue?o.
Nos despedimos hasta el d?a siguiente y me met? en la ducha. Ya me estaba olvidando de mi mujer haciendo planes para consumar mi fuga, cuando apenas revestido con mi pijama preferido, oigo el timbre de mi puerta.
- ?Qui?n es?- tem?a que fuera mi escamada mujer.
- Soy la vecina del noveno-oigo a trav?s de la puerta.
No me atrev?a a abrir, pero a una vecina no se le debe negar ayuda. R?pidamente me puse el bat?n que ten?a en la percha junto a la puerta y abr?.
Una voluptuosa muchacha de unos veinte pocos a?os con la mano apoyada en el dintel de la puerta se encontraba frente a m?.
- Soy la propietaria de las braguitas, amigo Jes?s, la hija de Alicia L?pez- me dice la descarada.
- Bueno ahora no puedo devolv?rselas, las puse en la lavadora- creo que incluso las rompimos entre Elvira y yo. Estaba desolado. ?No sab?a que inventar!
- ?C?mo dices? Pues pensaba pon?rmelas, porque no llevo otras.
- No lo creo, pero eso no me concierne.

Dicho lo ?ltimo la joven materialmente se abalanz? sobre m? y me tir? de espaldas sobre la alfombra del sal?n. ?No llevaba prenda alguna! debajo de la roja falda que apenas la cubr?a hasta la mitad de los muslos. De un giro r?pido la quit? dos botones y la falda cay? al suelo. Lo dem?s no lo cuento. La ni?a, que se llamaba Adelita, me dej? destrozado.
A las nueve de la noche (?C?mo pasa el tiempo!) de nuevo estaba bajo la ducha, esta vez para recomponerme de la paliza sexual.

Ten?a que cenar algo para no desmayarme de tanto esfuerzo y pensar en como organizar el domingo. Si con Elvira ya alucinaba, no quer?a perder a Adelita.

Estaba terminando un bocado de truchas al minuto con jam?n, cuando llaman de nuevo a la puerta.

- ?Qui?n es?- pregunto atemorizado.
- Soy Lola, la vecina de arriba.
- ?Siiii? ?Y desea?-a esta la conozco muy bien, es una mujer de unos cuarenta a?os casada con un sargento de aviaci?n que casi siempre est? de servicio.
- Pues mire, me da verg?enza, pero lo que anuncia en su nota es cosa m?a.
- Pasa, pasa.
Con esta estuve hablando hasta la madrugada y se fue muy contenta.

Las aventuras siguieron el domingo y la semana siguiente.

Han pasado unos d?as. Ya no salgo apenas de casa los fines de semana, he mandado a mi mujer a fre?r esp?rragos y no la hecho de menos para nada. Mis mujeres no son celosas y aprovechan no molestarse unas a otras para estar conmigo. S? que tendr? que tomar una determinaci?n porque esto me tiene al borde de la enfermedad y acabar? mal. ?Esta visto que no se puede ser guapo, cari?oso y culto! ?Est? uno perdido!










Publicado por quijote_1971 @ 21:21  | Amor
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S?bado, 03 de febrero de 2007
SILENCIO



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Al otro lado de la entreabierta puerta de aquella casa reinaba el silencio. En el jard?n que se anticipaba tampoco sonido alguno se percib?a. Los p?jaros que en tiempos pasado se mecieron mil veces en las ramas de sus grandes ?rboles y comieron lo que el ama los echaba, ya no estaban.
El silencio se hab?a adue?ado del lugar.
La casa estaba habitada. En ella so?aba su due?a. Una mujer que hab?a tenido la dicha de conocer el aut?ntico amor al lado de un hombre bueno que la hab?a amado y respetado durante a?os, pero que, una ma?ana hac?a ya muchos a?os, hab?a partido hacia su trabajo y no hab?a retornado. Jam?s volvi? a saber de de ?l.
Mand? investigar sobre su paradero gastando en ello grandes sumas de dinero, pero la b?squeda no dio resultado.
-Lo siento, se?ora, parece, como suele decirse, que a su marido se lo ha ?tragado? la tierra- manifest? el investigador, extendiendo el sobre que conten?a los informes de sus pesquisas.
Ella no ley? jam?s nada del contenido del sobre. Lo guard? cuidadosamente en el primer caj?n de su mesilla de noche, y ah? permaneci? en el olvido.


La soledad y el silencio da?aron su cordura.
La esposa, a?n se consideraba as?, esperaba desde hac?a a?os una llamada, una visita de aquel hombre; no pod?a aceptar su abandono, ni aunque hubiera muerto.

Hab?a cinco aparatos telef?nicos en la casa, pero ella no se alejaba de un m?vil que portaba en su mano derecha por todos los rincones que franqueaba.
Esperaba una llamada y no pod?a perd?rsela por estar ausente de la casa.
De cualquier forma, ya no sal?a de ella; ni siquiera al jard?n.
Las hojas muertas y lo secos p?talos bordaron sobre la tierra una bella alfombra multicolor de quim?ricos dibujos.

Los v?veres se los enviaban de un establecimiento cercano, cada quince d?as.
En la localidad todos conoc?an su soledad, su obsesi?n.
Las habitaciones, abandonadas en su aseo, permanec?an con las puertas abiertas dejando ver un interior polvoriento y desolado, donde anidaba el silencio.
Los aparatos de radio y televisi?n mudos a?os ha, se desconoc?a si funcionaban.
No importaba.
S?lo importaba una llamada.
Sus dilatados y solitarios d?as los empleaba en leer aquellos libros, aquellos poemas, que desde hac?a muchos a?os hab?an sido sus ?nicos compa?eros:

?Podr? nublarse el sol eternamente,
Podr? secarse en un instante el mar
Podr? romperse el eje de la tierra
Como un d?bil cristal?.


?Mi deseo de ti fue el m?s terrible y corto,
El m?s revuelto y ebrio, el m?s tirano y ?vido.?

Sus amados poetas, de un lado y otro del atl?ntico?

El cielo mendigo de luces empujaba a la mujer al sosegado dormitorio. Colocaba cuidadosamente el m?vil en la mesita velador, a su lado, muy cerquita, por si el ausente le llamaba aquella noche. Una fotograf?a enmarcada colocada sobre el ?comod?n,? era girada de forma que la anciana pudiera verla desde la cama. La soledad desertaba. Los ojos de su amor la acariciaban.

Hab?a escrito muchas cartas que nunca supo d?nde enviar. Hab?a preguntado por n?meros de tel?fonos dando el nombre de ?l, pero no se hab?a encontrado ninguno. Nada. No hab?a sabido qu? m?s hacer.

Se acercaba la Navidad. Un forastero lleg? al pueblo. Descans? en la ?nica posada, y all?, al calor del hogar, se interes? por la vida de sus moradores.
La historia de la anciana de la casona, entre otras hablillas, tambi?n se vino a los labios del ama de la pensi?n:
-Pues s?, algo lamentable. Como se lo digo: vive sola, sin nadie que la cuide ni le ayude en nada. Su juicio ya no est? sano. A veces, s?lo a veces, va una muchacha del pueblo a hacerle alguna faena en la casa, aunque ella quiere que todo permanezca igual que cuando ?l estaba.
-Y, ?desde cu?ndo perdi? el juicio esa se?ora? ?pregunt? el desconocido.
-?Ah! ?Una pena!, desde que su esposo, al que profesaba un gran amor, march?, y jam?s volvi? ni se comunic? con ella. No se sabe si vive o muri?.

Un parpadeo apenas perceptible alete? en los ojos del hombre, que se levant? de su asiento, y tomando su abrigo y sombrero se despidi? cort?smente saliendo a las sombras.

Aquella noche, cuando la anciana de p?lidas mejillas descansaba en su lecho, desde el oscuro firmamento, un rayo plateado hiri? el rostro del hombre del retrato; por breves instantes los p?rpados parecieron moverse como si un aura helada los hubiera importunado, y una mirada de comprensi?n y arrepentimiento se adivinara en las bellas pupilas.

Cuando el alba expiraba para dejar nacer al sol, la puerta de la casona fue golpeada con insistencia.
Nadie acudi? a abrir; no era necesario; la puerta siempre quedaba entornada. Fue suavemente empujada; el visitante penetr? en el interior; conoc?a el camino hacia la silenciosa estancia.
Ol?a a rosas. El dormitorio estaba pulcro y ordenado. La se?ora, dormida con una sonrisa en sus a?n bellos labios, revelaba en sus facciones una gran felicidad. En su mano derecha ten?a asido su inseparable m?vil, en el que en la rutilante pantalla, en la penumbra, se le?a:
?Querida, ?c?mo est?s? ?Podr?s perdonarme? Hoy mismo estar? contigo. Tenemos tanto de qu? hablar?.

Cuando el hombre, con sumo cuidado, fue a depositar el m?vil en la mesita, la mano casi fr?a de la anciana cay? desmayada sobre el blanco cobertor.

Publicado por mariangeles512 @ 18:54  | Amor
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