Viernes, 23 de febrero de 2007
Un muerto a los postres- Capítulo VI y último


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Un muerto a los postres- Capítulo VI-final


La mañana siguiente, ya martes por la mañana, amaneció totalmente gris y con intervalos tormentosos sobre Sevilla. Como hacía unos días algunos barrios se habían inundado, las radios y televisiones locales advertían a los vecinos que sólo en caso de necesidad cogieran los coches particulares y que procuraran utilizar los transportes públicos.

Arrieta llevó el informe que tenía al juez asignado y se puso a sus órdenes para cerrar o no el caso. Éste le dijo que siguiera investigando mientras leía todos los informes para decretar la instrucción del sumario de forma definitiva. Le dio hasta el jueves, para que acabara de rematar el asunto del Secretario y la señora Alonso.

- Eguilaz, vamos a vigilar discretamente a Linares, que creo que algo no encaja en este rompecabezas.
- De acuerdo, vamos a utilizar el Opel Corsa camuflado y nos turnamos cada cuatro horas.
- A una distancia prudente le seguimos discretamente si sale.

Como el Centro estaba muy concurrido, no era difícil pasar desapercibidos en un coche que cambia de lugar cada dos por tres.

A eso de las cuatro de la tarde Eguilaz ve que el señor Linares sale de su casa con un maletín negro en la mano izquierda. Llama rápidamente por el móvil a su jefe, para indicarle por donde va.
Se sube a un taxi. Y después de un tortuoso recorrido llega a la casa de la señora Alonso.

-¡Arrieta, se mete en casa de la viuda! ¡Esto no me gusta un pelo!
- Voy, estoy precisamente en el Restaurante La Montanera en calle Juan Sebastián Elcano, al cual me han invitado los amigos de otros tiempos. ¡Ya te contaré!

- Todavía está dentro- comenta Eguilaz al Inspector una vez este llega en el coche de un amigo.
- Hay que ver lo que se cuece. Esto en principio no es extraño porque la empresa sigue cerrada por defunción desde ayer.

Los policías no saben que hacer para ver lo que ocurre en la casa. Arriesgando mucho se deciden a llamar a la puerta y ya improvisarán algo. Los acontecimientos, de pronto se suceden de forma vertiginosa, según abre una sirvienta la puerta exterior, dentro de la casa se oye un disparo seguido de un grito.
Arrieta saca su arma reglamentaria, entra en el salón de la vivienda y se encuentra a la señora Alonso con un arma en la mano, mientras en el suelo un Ernesto Linares con un maletín lleno de dinero abierto junto a él se desangra.
- Eguilaz llama a Comisaría rápido y a una ambulancia.
- Voy raudo, ¡Jefe!
- Deje caer la pistola señora. No complique más las cosas- dice el inspector dirigiéndose a ella.
- Ya no me importa nada. Yo le explico todo- mientras deja caer la pistola al suelo.

Los de la UVI llegan junto a dos patrullas de policía llevándose a Linares con vida, herido en un costado, no demasiado grave.
- Explíqueme señora. ¿Qué es lo que ha pasado aquí?
- Este hombre me ha decepcionado. Traía un montón de dinero para comprar mi silencio. Me dijo que habían entrado en lo de la droga y que mi marido como se opuso tuvieron que eliminarle. Esto me dijo: “Eliminarle”
- ¿Entonces el secretario de su marido intervino en la muerte de su marido, también?
- Él dijo que no, pero yo perdí la cabeza y le dije que iba a coger unas copas del mueble-bar, donde tengo la pistola que mi marido me había agenciado con licencia a mi nombre. No me diga como la obtuvo, pero la tengo. Creo que le disparé llena de ira.
- Tiene que llamar a su abogado y creo que saldrá con fianza en unas horas.

Una mujer policía acompañó a Carmen Carmona junto con Arrieta a la Comisaría.
El abogado ya estaba esperando cuando llegaron. Era un hombre experto en temas penales y con gran conocimiento de la familia Alonso. Fácilmente consiguió del Juez que fijara la fianza y a las pocas horas estaba libre.

Faltaba interrogar a Linares de forma contundente. El juez dio la autorización una vez intervenido de la herida sufrida. No era grave y en poco estaría recuperado. La bala había atravesado el costado izquierdo a la altura de la cadera, pero no había afectado a los huesos. En la cama del Hospital y conseguida la orden de detención por cómplice de asesinato contesta a las preguntas del policía.
- ¿Cómo se alió con los chinos, sí usted sabía que eran muy peligrosos?
- Perdí la cabeza y a ultima hora me amenazaron con quemar la Empresa. Tenía que evitarlo.
- Explíqueme lo del dinero.
- Me dieron trescientos mil euros por mantener la boca cerrada y por mantenerme al margen de sus negocios. Iba a entregárselos a Carmen, porque entendía que ella debería de saberlo, más ahora que todos estaban en la cárcel. Pero ella dedujo que yo había ayudado a la muerte de Luis. ¡Es falso!
- ¿Por qué no me dijo esto la primera vez?
- Tuve miedo, como ahora, a ser detenido como cómplice. Pero a ella le perdono. No quiero implicarla para nada. Es la víctima de todos. No la denunciaré.

Bueno, el dinero queda confiscado y el juez decidirá sobre todo.

Arrieta acompañado de Eguilaz salen de la Comisaría con la sensación de que todo este embrollo había sido aclarado pero con la impresión de que había sido demasiado complicado.
Las pasiones y egoísmos humanos no tienen límite y acaban por arrastrarles hasta la ruina total, que es la muerte.

Fin.


Publicado por interazul @ 0:10  | Misterio
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