Lunes, 12 de febrero de 2007
EL ÁRBOL SABIO


Imagen

Era un parque antiguo situado cerca de las vías de ferrocarril. Magníficos árboles de variadas especies disfrutaban desde hacía incontable tiempo de una tierra rica y un clima suave y húmedo procedente del océano.
Un día, muy de mañana, llegaron unos hombres y en un lugar en el que había un claro, excavaron un profundo hoyo, e introdujeron dentro una especie de poste de tronco color marrón muy alto, aunque menos que el eucalipto, que se vanagloriaba de que hablaba con las estrellas.
Los otros árboles miraban asombrados al nuevo vecino. Nunca habían visto un árbol igual.
Un pino muy alto y antiguo que estaba a su lado le susurró al viento para que sus hermanos lo oyesen:
¡Oíd! Ha llegado un nuevo compañero; es muy raro. Sus hojas son muy largas y de color plata; tiene ocho hacía donde sale el sol y otras ocho hacia donde muere.
Los castaños, abedules, robles, cedros, eucaliptos y decenas de hermosas plantas más, dejaron que sus hojas vibrasen de admiración ante la noticia del viento.
_¡Oh! Y, ¿cómo son sus frutos?- preguntaron a la brisa que dormía en sus ramas.
La brisa despertó y alargando sus elegantes piernas se acercó al árbol nuevo.
Miró detenidamente de arriba abajo al nuevo habitante y dijo:
-Extraños; nunca he visto nada igual: son blancos como las piedras y más brillantes que las hojas del acebo.

Todos los árboles quedaron agitados, y pensaron que se trataría de una especie desconocida y que aún no había llegado la hora en que debería retoñar ya que no había visto el pino ni el más pequeño nudo o brote en sus afiladas ramas.
Una hiedra trepadora se arrolló al poste y quedó asombrada: por su interior se oía un extraño rumor, semejante a un temblor metálico, y no fue capaz de explicar a sus compañeros qué podría ser aquello.
El respeto y la admiración por el poste anidaron entre los habitantes del parque.

Un amanecer de primavera, la brisa se abrió paso entre la fronda y las miles de hojas comenzaron una especie de melodía que acabó por convertirse en una alegre marcha.
El pino, muy cortés, invitó al poste a compartir con ellos su melodía y su gozo:
-¿Le agradaría cantar con nosotros?
El poste calló. El vecino insistió. Molesto el poste interrogó:
-Y, ¿qué cantan ustedes?
-Imitamos el trepidar del tren- afirmó orgulloso.
Y ¿acaso son ustedes un tren?- lanzó el poste con acre voz.
-No- declaró el pino avergonzado.
-Ni se imaginen ustedes que yo me voy a prestar a tales simplezas. Yo sirvo a la ciencia y al progreso, y no voy a perder mi tiempo en cantar necias canciones. Si ustedes escuchasen a través de mi tronco, oirían las voces de los hombres que hablan en la distancia; ¡eso es ser útil!, Yo estoy al servicio de la ciencia y no pierdo mi tiempo en esas nimiedades- redundó con enfado
El esbelto pino se atrevió:
-Mire, nosotros también nos comunicamos en la distancia.
-¿Sí? y ¿Cómo?- preguntó despectivamente.
-A través de nuestro amigo el viento.
-¡Vaya! No veo a ese comunicador nada confiable. Y ¿cuándo no sopla? ¿Qué hacen para comunicarse?
El árbol fue a explicar que la brisa, que el aire… pero no se atrevió a disputar más con aquel poste tan sabio.
Las afiladas hojas del pino a través de los pájaros enviaron el nuevo mensaje: estaban todos perdiendo el tiempo de forma deplorable; fue captado por todos los demás árboles y decidieron dejar de imitar el familiar sonido del tren.

El parque se cubrió de flores multicolores, llegada la primavera, y montones de aves se posaban en las ramas de muchos, intentando construir el nido dónde nacerían sus retoños.
El eucalipto, el más alto, dio cobijo a unos cuervos; éstos elegían las copas más elevadas y esto era un orgullo para el eucalipto. Una tarde en que el sol hería la tierra, y la esencia del árbol impregnaba el ambiente; el eucalipto se decidió a hablar con el distante poste:
-Y, ¿A usted? ¿No le agradaría que en sus ramas anidase alguna pareja de avecillas? Yo tengo unos cuervos; sé que no son muy decorativos pero me siento útil. Usted podría elegir algún ave hermosa, como la oropéndola, que fuera en consonancia con su elegancia; hay muchas por aquí cuando los días son largos y los vientos suaves.
El poste miró al eucalipto con el más agrio de sus gestos y respondió.
-Pero ¿qué se ha creído usted? ¿Que yo voy a servir de nodriza para esos animalillos que lo único que saben es gorjear?, ¡No! No podría dedicarme a la misión tan encomiable para la que he sido facultado; y no soportaría que mis brillantes hojas fueran manchadas por barro traído por ave alguna para hacer su nido. Esas tareas son para ustedes cuya vida es bastante absurda e inútil - concluyó muy solemne.

El parque quedó conmocionado ante la nueva apreciación de su inutilidad. Ellos no tenían grandes misiones que cumplir: sólo dar sombra, oxígeno, atraer las lluvias; fijar la tierra para que las aguas de las precipitaciones no se la llevaran hacia el mar, y el suelo no se desertizara; dar cobijo a miles de avecillas entre sus hermosas y perfumadas hojas para que pudieran tener sus crías; fijar el polvo para que el ambiente fuera más puro; embellecer la ciudad con su verdor y decorativas formas…

Desanimados hicieron lo posible para que ninguna pareja de aves de clase alguna se aposentara más en ellos. La vida desapareció del parque; las hojas de muchos árboles se marchitaron y pareció que enfermaba.
Una tarde otoñal, un fuerte vendaval azotó por horas la ciudad, no dando respiro a los habitantes del parque. Un viejo cedro, cansado de tanto inclinarse y erguirse, cayó agotado ante sus compañeros, que hicieron cuánto pudieron por retenerlo enhiesto, pero las fuerzas también los abandonaron. Cayó a los pies del poste, quien al verlo en tal situación comentó indiferente:
-¡Vaya! Ya era tiempo de que su madera fuera aprovechada para hacer algún bello mueble.
Los demás rozaron sus hojas entre ellos dándose aliento para soportar la pena por la muerte del compañero; pero entendieron que el poste tenía razón. El hermoso cedro había sido un inútil en toda su larga vida.
El parque se sumió en un lánguido silencio; la brillantez de sus hojas se extinguió, y ni los niños deseaban ir a jugar allí.

Una mañana, unos hombres ataviados con trajes azules y portando extrañas herramientas empezaron a cavar alrededor del poste; mientras cavaban el tronco se quebró y cayó al suelo a los pies del pino; éste se alarmó tanto que llamó a la brisa matinal para que comunicara el suceso a los demás. Todos quedaron consternados. ¡Un árbol tan elegante, tan serio, tan sabio!
Un longevo castaño dijo a un rutilante rayo de sol que se abría paso entre su fronda:
-Dile al hermano pino que mire con atención y nos diga cómo son los anillos del tronco del árbol sabio; así puede que averigüemos a qué especie pertenece.
El pino fue advertido cuando el sol acarició las agujas de sus hojas, y miró con mucha atención.
-¿Qué ves dentro?- susurró el eucalipto que a pesar de su altura no llegaba a verlo.
- Polilla.
-Y ¿nada más?
- Polvo.
-¿Sólo polvo?- insistió intrigado.
-Sí; Sólo polvo. No está vivo. Nunca lo estuvo- terminó el pino en un apagado murmullo.
El parque calló, decepcionado, por unos días.
Al fin entendieron que lo más importante, lo más profundo, lo más serio y trascendente que se puede hacer sobre la tierra es: vivir.


Publicado por mariangeles512 @ 21:14  | Cuentos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios