Mi?rcoles, 07 de febrero de 2007

Vacilando: p)Vacilando

AMOR IMPOSIBLE

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Ella estaba muy lejos, demasiado lejos. La distancia no era tan importante en kilómetros como lo era en pasividad. Mi pasión me había perdido, la estreché entre mis brazos y ella se retiró de forma violenta. De nuevo la atraje hacia mí.
Yo creí que aún me amaba y no dudé en besarla. Sus labios no se abrieron en principio, pero cuando lo hicieron fue para clavarme sus dientes en los míos ensangrentándolos.
¡No podía ser! Habíamos hecho el amor multitud de veces sintiéndola cálida, efusiva, cercana. ¿Y ahora? ¡Tan lejos! ¿Qué pecado cometí? ¿Qué desprecio piensa que la infligí? ¡Háblame!
-¡Ya no confío en ti!- Me dijo de forma inusitada.
- ¿Pero, por qué? Yo te he sido fiel.
- Tengo pruebas de que eso no es cierto.
- ¿Pruebas?- indagué sin dar crédito a mis oídos.
- Explícame, ¿cómo ha llegado esto aquí?- enseñándome unas braguitas rojas casi transparentes, que en mi vida había visto.
- ¡No tengo ni idea! ¿Son tuyas? Nunca las había visto tan bonitas- Esto último no debí decirlo, lo sé, pero es que por una parte me hizo gracia.
- ¿Te parecen bonitas, ésta hortera prenda interior? Las encontré junto a tu mesilla esta mañana y mías no son.

A continuación me dio un sopapo que encajé sin pestañear y se fue de la casa tirándome a la cara tan comprometida prenda. Nunca he sido fetichista, nunca la había engañado con nadie. Tenía que averiguar como algo tan íntimo había llegado a casa sin ser ni de ella ni mío.
Mi mesilla está junto a la ventana que en tiempo tan caluroso suelo dejar abierta gran parte del día. Yo me imagino que el viento aliándose a la casualidad había precipitado tan sugerente prenda junto a mi sólida mesita de noche. Miré por la misma hacia arriba y como si lo viera por primera vez comprobé que vivía en un tercer piso y el edificio tenía doce plantas. El buscar a la propietaria se me antojaba una aventura harto complicada, pero no me arredré por ello.
Tenía que idear un plan.
Deseché el ir planta por planta llamando a las puertas preguntando: ¿Esta prenda es de alguno de ustedes, que apareció sobre mi cama? Pensé que me llevaría inclusive algunos coscorrones más y posiblemente la propietaria no querría decirlo por pudor.
¡Pensamiento!, sí las sujeto en la ventana al final de una varilla, para que se vea desde los pisos encima del mío, la propietaria puede darse por aludida. Lo deseché también porque podían tomarme por loco.
¡Idea buena!: Escribir en el ordenador una nota e imprimirla solicitando ayuda e introducirla en los buzones de todos los vecinos potencialmente implicados.

La nota, después de escribir doce borradores me salió de esta guisa:
“Señor/a convecino /a:
Lea esta nota hasta el final, porque mi felicidad va en ello. Mi mujer me ha dejado porque han aparecido unas bragas junto a mi mesilla que ella no reconoce como suyas y piensa que he tenido en nuestra cama a la propietaria de las mismas. Cómo esto no es cierto y sé que llegaron por azar a través de la ventana, rogaría a la auténtica propietaria que venga a recogerlas y me escriba una pequeña nota de reconocimiento para recuperar a mi celosa esposa.” Firmado: Jesús Valcárcel de Osinaga. Vecino del tercero derecha.
Hice dieciocho copias, que es el número de los posibles vecinos que tienen sus ventanas por encima de la mía y rápidamente bajé a los buzones e introduje en cada uno de ellos una copia.
Intenté llamar a mi mujer para ponerla al corriente de lo que estaba haciendo, pero no me cogió el móvil. Llamé donde su madre y mi insoportable suegra me llamó de todo menos bonito y colgué yo.

Al día siguiente que era sábado a eso de las cinco de la tarde llaman a mi puerta. Una guapa mujer de unos treinta años, pelo rizado de color cobrizo, labios gordezuelos, ojos de color miel muy grandes, pómulos salientes, con un cuello largo y esbelto estaba frente a mí.
- Soy la vecina del séptimo, Jesús. ¿No me recuerdas?
- Pues, yo,….-empecé a dudar, a la vez que observaba como un suéter de color amarillo cubrían unos pechos de ensueño y unos pantalones marrones resaltaban sus caderas y algo más- no recuerdo.
- Fui alumna tuya en los cursos de adultos de hace dos años en Matemáticas. Elvira Matos.
- ¡Ah ya recuerdo! – Era aquella joven tan voluntariosa, a la cual puse un sobresaliente, ¡cosa rara! Bien merecido. Y nunca supe que era vecina mía.
- ¡Yo soy la propietaria de la prenda y me alegro que tu mujer te dejara!
- ¿Cómo?- me estaba dejando petrificado de la sorpresa.
- Porque te amo, Jesús.
- No puede ser. Yo soy por lo menos diez años mayor. Además mi mujer es muy celosa.

Mientras decía eso último, ella se aproximó a mi de forma que su cuerpo se rozaba con el mío. Un suave perfume a rosas me atontó y no sé como la pasé una mano por la cintura abrazándola.
Ella correspondió a mi abrazo y me empujó hacia dentro de la estancia, cerrando de forma ágil la puerta de una patadita de espaldas, con un estilo envidiable. A los treinta segundos estábamos tumbados en el amplio sofá del salón medio desnudos y ebrios de pasión, hasta le probé la comprometida prenda que le ajustaba de maravilla. Por supuesto, me divirtió el ponérsela y quitársela.
Después de veinte minutos, en los que pasó de todo, ella se separó y me dijo:
- Te he mentido.
- Ya. No me quieres, claro.
- No, no, eso no es. Es que las braguitas no son mías. Ha sido una disculpa para que me poseyeras. ¡Te amo!
- Pero lo nuestro no puede ser. ¿Qué quieres de mí?
- Deseo que nos vayamos juntos fuera de esta ciudad aburrida y sin vida.

La locura que me había inspirado esta mujer me hizo asentir y prometerle que en una semana nos iríamos juntos a donde ella quisiera. Todo era recoger lo más imprescindible, pedir un traslado a ese lugar que junto a ella sería de ensueño.
Nos despedimos hasta el día siguiente y me metí en la ducha. Ya me estaba olvidando de mi mujer haciendo planes para consumar mi fuga, cuando apenas revestido con mi pijama preferido, oigo el timbre de mi puerta.
- ¿Quién es?- temía que fuera mi escamada mujer.
- Soy la vecina del noveno-oigo a través de la puerta.
No me atrevía a abrir, pero a una vecina no se le debe negar ayuda. Rápidamente me puse el batín que tenía en la percha junto a la puerta y abrí.
Una voluptuosa muchacha de unos veinte pocos años con la mano apoyada en el dintel de la puerta se encontraba frente a mí.
- Soy la propietaria de las braguitas, amigo Jesús, la hija de Alicia López- me dice la descarada.
- Bueno ahora no puedo devolvérselas, las puse en la lavadora- creo que incluso las rompimos entre Elvira y yo. Estaba desolado. ¡No sabía que inventar!
- ¿Cómo dices? Pues pensaba ponérmelas, porque no llevo otras.
- No lo creo, pero eso no me concierne.

Dicho lo último la joven materialmente se abalanzó sobre mí y me tiró de espaldas sobre la alfombra del salón. ¡No llevaba prenda alguna! debajo de la roja falda que apenas la cubría hasta la mitad de los muslos. De un giro rápido la quité dos botones y la falda cayó al suelo. Lo demás no lo cuento. La niña, que se llamaba Adelita, me dejó destrozado.
A las nueve de la noche (¡Cómo pasa el tiempo!) de nuevo estaba bajo la ducha, esta vez para recomponerme de la paliza sexual.

Tenía que cenar algo para no desmayarme de tanto esfuerzo y pensar en como organizar el domingo. Si con Elvira ya alucinaba, no quería perder a Adelita.

Estaba terminando un bocado de truchas al minuto con jamón, cuando llaman de nuevo a la puerta.

- ¿Quién es?- pregunto atemorizado.
- Soy Lola, la vecina de arriba.
- ¿Siiii? ¿Y desea?-a esta la conozco muy bien, es una mujer de unos cuarenta años casada con un sargento de aviación que casi siempre está de servicio.
- Pues mire, me da vergüenza, pero lo que anuncia en su nota es cosa mía.
- Pasa, pasa.
Con esta estuve hablando hasta la madrugada y se fue muy contenta.

Las aventuras siguieron el domingo y la semana siguiente.

Han pasado unos días. Ya no salgo apenas de casa los fines de semana, he mandado a mi mujer a freír espárragos y no la hecho de menos para nada. Mis mujeres no son celosas y aprovechan no molestarse unas a otras para estar conmigo. Sé que tendré que tomar una determinación porque esto me tiene al borde de la enfermedad y acabará mal. ¡Esta visto que no se puede ser guapo, cariñoso y culto! ¡Está uno perdido!










Publicado por quijote_1971 @ 21:21  | Amor
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