S?bado, 03 de febrero de 2007
SILENCIO



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Al otro lado de la entreabierta puerta de aquella casa reinaba el silencio. En el jard?n que se anticipaba tampoco sonido alguno se percib?a. Los p?jaros que en tiempos pasado se mecieron mil veces en las ramas de sus grandes ?rboles y comieron lo que el ama los echaba, ya no estaban.
El silencio se hab?a adue?ado del lugar.
La casa estaba habitada. En ella so?aba su due?a. Una mujer que hab?a tenido la dicha de conocer el aut?ntico amor al lado de un hombre bueno que la hab?a amado y respetado durante a?os, pero que, una ma?ana hac?a ya muchos a?os, hab?a partido hacia su trabajo y no hab?a retornado. Jam?s volvi? a saber de de ?l.
Mand? investigar sobre su paradero gastando en ello grandes sumas de dinero, pero la b?squeda no dio resultado.
-Lo siento, se?ora, parece, como suele decirse, que a su marido se lo ha ?tragado? la tierra- manifest? el investigador, extendiendo el sobre que conten?a los informes de sus pesquisas.
Ella no ley? jam?s nada del contenido del sobre. Lo guard? cuidadosamente en el primer caj?n de su mesilla de noche, y ah? permaneci? en el olvido.


La soledad y el silencio da?aron su cordura.
La esposa, a?n se consideraba as?, esperaba desde hac?a a?os una llamada, una visita de aquel hombre; no pod?a aceptar su abandono, ni aunque hubiera muerto.

Hab?a cinco aparatos telef?nicos en la casa, pero ella no se alejaba de un m?vil que portaba en su mano derecha por todos los rincones que franqueaba.
Esperaba una llamada y no pod?a perd?rsela por estar ausente de la casa.
De cualquier forma, ya no sal?a de ella; ni siquiera al jard?n.
Las hojas muertas y lo secos p?talos bordaron sobre la tierra una bella alfombra multicolor de quim?ricos dibujos.

Los v?veres se los enviaban de un establecimiento cercano, cada quince d?as.
En la localidad todos conoc?an su soledad, su obsesi?n.
Las habitaciones, abandonadas en su aseo, permanec?an con las puertas abiertas dejando ver un interior polvoriento y desolado, donde anidaba el silencio.
Los aparatos de radio y televisi?n mudos a?os ha, se desconoc?a si funcionaban.
No importaba.
S?lo importaba una llamada.
Sus dilatados y solitarios d?as los empleaba en leer aquellos libros, aquellos poemas, que desde hac?a muchos a?os hab?an sido sus ?nicos compa?eros:

?Podr? nublarse el sol eternamente,
Podr? secarse en un instante el mar
Podr? romperse el eje de la tierra
Como un d?bil cristal?.


?Mi deseo de ti fue el m?s terrible y corto,
El m?s revuelto y ebrio, el m?s tirano y ?vido.?

Sus amados poetas, de un lado y otro del atl?ntico?

El cielo mendigo de luces empujaba a la mujer al sosegado dormitorio. Colocaba cuidadosamente el m?vil en la mesita velador, a su lado, muy cerquita, por si el ausente le llamaba aquella noche. Una fotograf?a enmarcada colocada sobre el ?comod?n,? era girada de forma que la anciana pudiera verla desde la cama. La soledad desertaba. Los ojos de su amor la acariciaban.

Hab?a escrito muchas cartas que nunca supo d?nde enviar. Hab?a preguntado por n?meros de tel?fonos dando el nombre de ?l, pero no se hab?a encontrado ninguno. Nada. No hab?a sabido qu? m?s hacer.

Se acercaba la Navidad. Un forastero lleg? al pueblo. Descans? en la ?nica posada, y all?, al calor del hogar, se interes? por la vida de sus moradores.
La historia de la anciana de la casona, entre otras hablillas, tambi?n se vino a los labios del ama de la pensi?n:
-Pues s?, algo lamentable. Como se lo digo: vive sola, sin nadie que la cuide ni le ayude en nada. Su juicio ya no est? sano. A veces, s?lo a veces, va una muchacha del pueblo a hacerle alguna faena en la casa, aunque ella quiere que todo permanezca igual que cuando ?l estaba.
-Y, ?desde cu?ndo perdi? el juicio esa se?ora? ?pregunt? el desconocido.
-?Ah! ?Una pena!, desde que su esposo, al que profesaba un gran amor, march?, y jam?s volvi? ni se comunic? con ella. No se sabe si vive o muri?.

Un parpadeo apenas perceptible alete? en los ojos del hombre, que se levant? de su asiento, y tomando su abrigo y sombrero se despidi? cort?smente saliendo a las sombras.

Aquella noche, cuando la anciana de p?lidas mejillas descansaba en su lecho, desde el oscuro firmamento, un rayo plateado hiri? el rostro del hombre del retrato; por breves instantes los p?rpados parecieron moverse como si un aura helada los hubiera importunado, y una mirada de comprensi?n y arrepentimiento se adivinara en las bellas pupilas.

Cuando el alba expiraba para dejar nacer al sol, la puerta de la casona fue golpeada con insistencia.
Nadie acudi? a abrir; no era necesario; la puerta siempre quedaba entornada. Fue suavemente empujada; el visitante penetr? en el interior; conoc?a el camino hacia la silenciosa estancia.
Ol?a a rosas. El dormitorio estaba pulcro y ordenado. La se?ora, dormida con una sonrisa en sus a?n bellos labios, revelaba en sus facciones una gran felicidad. En su mano derecha ten?a asido su inseparable m?vil, en el que en la rutilante pantalla, en la penumbra, se le?a:
?Querida, ?c?mo est?s? ?Podr?s perdonarme? Hoy mismo estar? contigo. Tenemos tanto de qu? hablar?.

Cuando el hombre, con sumo cuidado, fue a depositar el m?vil en la mesita, la mano casi fr?a de la anciana cay? desmayada sobre el blanco cobertor.

Publicado por mariangeles512 @ 18:54  | Amor
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