Jueves, 11 de enero de 2007
No me dejarás solo




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Sentados alrededor de la mesa camilla, leyendo sendos libros, su afición favorita, la pareja de ancianos pasaba la tarde apaciblemente.
La estancia, un acogedor cuarto de lectura, cuyas paredes estaban tapizadas de estantes repletos de libros, era la más visitada por el matrimonio. En ella pasaban las largas tardes invernales leyendo y comentando los maravillosos relatos a los que eran tan aficionados. Les gustaban los libros de viajes. Habían visto muchos países, a cual más bello y se alimentaban de aquellos recuerdos y de lo que comentaban entre sí de lo nuevo que leían, como siempre.
Había sido una pareja perfecta, si es que en esta vida puede darse la perfección.
Habían trabajado mucho en lo que más les gustaba: escribir.
La suerte estuvo con ellos y publicaron varios libros, cuyo beneficio les permitió llevar una vida holgada.
-¿Qué tal? ¿Es interesante? –preguntó Miguel a Elena, mientras en sus ojos brillaba la ternura.
-¡Mucho! Me está gustando bastante- dijo volviendo el rostro hacia el hombre que había amado toda su vida - En esta página hay un paisaje espléndido; me recuerda el lugar dónde nos besamos por vez primera; era tan joven e inexperta- dijo como para ella con apenas una sonrisa en sus lindos labios.
El marido asintió sonriendo: Los recuerdos afloraron, y una paz llena de gozo le invadió: no tenía duda; había sido un hombre muy feliz con aquella mujer de aspecto frágil y delicado pero fuerte por dentro. Siempre dispuesta a colaborar en todo, siempre compartiendo sus más importantes momentos, tanto buenos como malos. Ella siempre ahí; junto a él.
-Sí, fue un día memorable para los dos, supongo, ya que para mí lo fue; aún recuerdo el rubor que te cubrió las mejillas. Estabas tan bella como cualquiera de las flores que por allí crecían.
-¡Qué cosas dices!- rió ella complacida.
-Ya, ya sé, que era tu primera vez, pero en aquel tiempo yo tampoco tenía mucha experiencia en estas cosas - bromeó.
-¡Ah! ¡Los hombres!
La mente de Elena se deslizó suavemente hacia el pasado con aquel hombre; la frase que más le había escuchado era:
-“¿Te puedo ayudar en algo?”
En ella podía resumirse toda su convivencia: El apoyo, la atención, el respeto y, sobre todo, el amor que le había demostrado día a día y al que ella trató de corresponder con la misma intensidad.
Habían tenido también sus ‘peleillas’, pero siempre volvieron las aguas a su cauce.
Llegado el momento, en el cual supieron que definitivamente no podrían tener descendencia, decidieron adoptar un niño; y fue un niño de color el que disfrutó del hogar más sencillo y feliz que nunca pudo imaginar. Este niño, ya hombre, con su carrera universitaria y trabajo estable, había marchado del hogar hacía años, pero no caía el sol ni un sólo día en el cual el teléfono no sonase, y su voz franca y agradable se oyera al otro lado del aire:
-¡Mamá! ¿Cómo estás? ¿Y papá? Voy el fin de semana a veros.
-¡Hola! Hijo. Bien, estoy bien; y el papá también; deseando verte a ti y a lo niños.
Las conversaciones y las visitas se prodigaban muy a menudo y la vida fluía como suave riachuelo.
Una mañana en que Miguel había salido a comprar la prensa, encontró a su vuelta, a Elena aún acostada. Le extrañó, solía levantarse a la vez que él.
Entró en el dormitorio y la encontró acurrucada entre las mantas.
-¿Te ocurre algo? Elena ¿Puedo ayudarte en algo?
-Sí, amor, me siento mal, creo que tengo algo de fiebre; quizá me enfrié ayer en el jardín.
Miguel tocó la frente de su esposa; estaba ardiendo. Su corazón dio un vuelco.
-Cariño, voy a llamar ahora mismo al doctor Hernández.
-¡No! No te molestes. Esto pasará. Será una virosis.
-¡No! Lo siento, pero no puedo dejarte así. Ahora vuelvo.

El médico y amigo se presentó en el hogar media hora después. Saludó a Miguel y subió directamente al dormitorio.
Tomó el pulso a la enferma, la presión arterial y la temperatura. Prescribió unos medicamentos para bajar la fiebre, y dijo:
-Vamos a esperar unos días a ver cómo evolucionas. Si continuases igual, haremos unas pruebas para averiguar cuál es la causa de la fiebre y de ese decaimiento que me has dicho que padeces hace días.
-Gracias, Eduardo; creo que no será nada. Que me he resfriado. Ya está- dijo restando importancia al asunto.
-Eso es lo que todos deseamos. Bien ¡Cuídate! Trata de descansar lo más posible. Si hay alguna novedad, me avisas –dijo mirando a Miguel
Trascurrida una una semana y viendo que Elena no mejoraba, el esposo decidió llamar de nuevo al amigo:
-Eduardo, mira, estoy bastante preocupado, Elena sigue igual, yo creo que algo peor, le han salido en la boca una especie de úlceras y ha sangrado varias veces por la nariz y ...
-¡Vale! –interrumpió- No vamos a esperar ni un momento más. Voy a ingresarla ahora mismo. Presentaos en el Hospital…- contestó el médico con pronta voz.
Realizadas las pruebas pertinentes, Eduardo hubo de comunicarle a su amigo que su esposa padecía una enfermedad muy grave y desgraciadamente irreversible.
Miguel quedó conmocionado: “¿cómo iba a ser posible? Así tan de repente, todo perdido. Toda esa magnífica vida en común terminada. No puedo aceparlo, simplemente, no puedo”
Sus ojos, de un azul que aún conservaban la belleza y sobre todo la bondad que se traslucía en la mirada, no pudieron contener las casi desconocidas lágrimas que el acuago diagnóstico le había provocado. El doctor deslizó un brazo sobre el hombro del amigo y compartió su dolor. Ambos se alejaron pasillo adelante hacia la habitación de la enferma, mientras la cabeza de Miguel oscilaba levemente de un lado hacia el otro.
-Bueno, ¿qué me pasa? Eduardo –preguntó la paciente con una débil sonrisa.
-Bien, Elena, no es una gripe lo que tienes; es algo más grave, pero vamos a tratar de hacer todo lo que esté en nuestras manos- dijo sin querer mentir sobre su estado.
-¿Grave? ¿Cómo de grave? –interrogó seria.
-Es algo relativo a tu sangre, pero no te preocupes; ahora hay muchos medios a nuestro alcance.
-Mira, Eduardo, te ruego que no me hables como si fuera una chiquilla. Soy ya mayor y no me voy a derrumbar por lo que me digas que padezco- dijo algo airada Elena.
El amigo miró al esposo. En aquellos momentos no sabía, como en tantos otros, de qué manera comunicar a los pacientes la gravedad de su situación; eran sus peores momentos como médico.
Miguel ante la mirada de Eduardo asintió ligeramente con la cabeza, el otro entendió.
-Verás, ya que así lo deseas, querida, te diré que padeces una leucemia en fase aguda. No es normal que se presente a tu edad, pero así son las cosas- terminó con grave voz el amigo.
La enferma se quedó mirando hacia el cuadrado de cielo de la ventana. ¡Qué hermoso era! Lástima tener que dejar de verlo.
-Y ¿cuánto tiempo me queda?- preguntó de repente.
-Bueno, eso no te lo puedo decir con precisión; sólo puedo decirte que algunos meses.
-¿Meses? ¿Sólo meses? ¿Estás seguro, Eduardo, no se puede hacer nada?- los ojos muy abiertos.
-Lo siento, amiga, pero no te puedo decir otra cosa; de todos modos cada enfermo evoluciona de una manera- aclaró para aliviar la situación.
La enferma quedó pensativa durante unos momentos; después mirando fijamente al doctor dijo:
Eduardo, si no se puede hacer nada efectivo contra mi mal, quiero irme a casa. Quiero estar mis últimos meses de vida al lado de Miguel, como siempre.
-Bien; si tomas en tu hogar la medicación, creo que no habrá problema.
Ya en la casa donde habían sido tan dichosos, la pareja comenzó a hacer su vida con la normalidad habitual en ellos.. Elena consiguió hasta olvidarse por momentos de su mal. Una tarde en la que ambos leían sus autores preferidos, la esposa dejó de leer por unos instantes, quitándose las gafas de cerca, miro al esposo y dijo:
-Eduardo, quiero que sepas que si por algo siento lo de mi enfermedad es porque voy a dejarte solo; y es lo que más lamento de todo.
El esposo quedó pensativo y al cabo de unos minutos le dijo:
-Querida, no debes sentirte mal por eso: no me dejarás solo.
-¿No?- interrogó sorprendida.
-No.
Ella no preguntó más. Siguieron leyendo y al recogerse el sol, se retiraron a descansar.
A la mañana, el esposo muy contento le dijo:
-¡Querida! Te tengo una sorpresa,
-¿Sí?
Mira, vamos a ir al lugar dónde nos amamos la primera vez ¿Qué te parece?
-¡Maravilloso!, todo lo que haces me parece así. Pero ¿crees que podré soportar el viaje?
-Espero que sí. ¡Salimos ahora mismo!
-¡Estupendo! Voy a prepara algo de ropa.
A media mañana, Eduardo condujo el viejo automóvil hacia una zona cubierta de pinos por un camino de Albero hasta llegar a una especie de acantilado desde donde se divisaba el inmenso océano.
Descendieron del coche y bajaron muy despacio por unas viejas escaleras de madera hasta la dorada arena. Se detenían de vez en cuando ya que el aliento le faltaba a Elena.
El espumoso cristal les dio la bienvenida con la explosión de una magnífica ola que expiró a sus pies.
El hombre se situó de cara a su mujer y contempló una vez más el amado rostro. Acercó sus labios a los de ella y un beso de amor los unió de nuevo. El tiempo, el enemigo, no había podido con su amor.
Tumbados sobre la cálida arena se amaron como siempre que lo hicieran; o quizá no, se amaron con la ternura y el amor de lo que se siente se hace por última vez. Se quedaron tumbados contemplando el magnífico horizonte azul teñido de púrpura, donde un enorme disco estaba ocultándose.
Cuando las sombras invadieron la playa él la ayudó a levantarse y emprendieron el regreso a casa.
-¡Qué feliz me has hecho, mi amor! Me siento como una joven novia- dijo ella mirándole embelesada.
-Es lo único que pretendía- respondió con una sonrisa.
Llegados a la casa, entró el coche en el garaje.
-Espera, no bajes aún, cariño, voy a cerrar la puerta.
Ella quedó sentada sintiendo un apacible bienestar, una especie de sueño se iba apoderando de sus sentidos.
Pocos minutos después, entró Eduardo en el auto y tomó la mano de su amada. La cabeza de ella descansaba con una expresión plácida echada ligeramente hacia atrás. Él colocó la suya sobre el hombro de ella.
Al día siguiente el hijo de ambos encontró a sus padres en el sueño eterno, uno al lado del otro en el interior del viejo coche familiar. A pesar de su dolor entendió que era lo que ellos deseaban.


Publicado por mariangeles512 @ 17:01  | Amor
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