Domingo, 10 de diciembre de 2006
Giro inesperado

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Giro inesperado

La sombra de aquel hombre se alargaba en la callejuela a la luz de los faroles antiguos que aún quedaban. Era uno de los pasajes de la ciudad antigua y no rehabilitada; sólo los valientes se atrevían a atravesarlo sin compañía a partir de las doce de la noche, o bien se trataba de amodorrados borrachos o de prostitutas baratas.

¿Iba huyendo de algo? ¿Quería ocultarse en alguna de las casas en ruinas que se desmoronaban sin remedio? Las vallas que lindaban las obras, de noche, hacían aún más tétrico el caminar por aquel lugar.

El caso es que yo me encontraba semioculto en el zaguán de una de las casas, con una botella de ron casi vacía y un cigarrillo, que me calentaba los labios aún más que el licor.
Como la sombra se hacía más y más alargada, empezaba a producirme algo de espanto. Seguramente, pensé, porque el alcohol se me está subiendo a la cabeza. Si no fuera porque aquella mujer a la que maldigo una y mil veces, me hubiera traicionado, yo no estaría aquí y por tanto no vería fantasmas donde sólo hay sombras. De todas formas sólo esperaba a la Carmela, mi puta favorita desde hacía unos meses, la cual me subía casi a rastras hasta el tercer piso del número 14 de aquella calle inmunda y entre berridos y quejidos obscenos casi desvencijábamos el camastro durante poco más de media hora.
La dejaba “la propina” en la mesilla y hasta después de tres o cuatro días no volvía a verla.

A veces pensaba, que por lo fuerte y resuelta que era “mi” Carmela, en realidad era un tío travestido, y que cualquier día me iba a enterar cuando intentara hacerme a mí, lo que yo le hacía a ella.
El caso es que la sombra desapareció dos portales antes del mío.
- Seguro que encontró a su puta- pensé- ¿por qué me preocuparme?
Un grito desgarrador me hizo despertarme en el banzo y mi cabeza se dio contra el dintel.
Escuché como un cuerpo, o eso me pareció, caía sobre el piso. Me levanté como si me hubieran colocado un resorte en mis cansadas posaderas. Fue tal el impulso que recibí, que caí de nuevo sobre el dintel y la botella, ya vacía del todo, salió volando hasta estrellarse en el centro de la calle y romperse en mil pedazos.

La sombra aquélla, de nuevo se acercó, y creí ver entre luces y penumbras, una cheira alargada y que por un momento brilló en lo que podía ser la mano de un hombre.

Sin pensarlo un momento y sin darme cuenta, debido a mí melopea, que me podía costar la vida, así a aquel ser por la cabeza, según pasaba al lado de mi portal y lo derribé.

La navaja cayó sobre el pavés y fue a rebotar justo al lado de la que creo era la única boca de alcantarilla de la maldita calle.
La persona trató de levantarse, pero le propiné una patada en la entrepierna, que no le produjo el dolor que cabía esperarse.
A la luz de uno de los pobres faroles pude ver su cara.
- ¡Eres una mujer!-exclamé tan sorprendido como estupefacto.
-¡Maldito entrometido! ¿Qué te importa a ti la Carmela?
-¿Cómo? ¿has matado a mi mujer, preferida?- especulé, porque realmente yo no sabía si la había matado y además dije “mujer” en lugar de “puta” para darme importancia.
- Porque se lo merecía por dejarme preñada y hacerse pasar, el muy maricón por mujer para sacar dinero.
Pálido como una vela de Semana Santa me quedé, aunque por la poca luz que nos alumbraba daba lo mismo.
- ¿Carmela un hombre? ¡Luego mis sospechas eran fundadas! ¿Y tú qué? ¿eras su mujer, acaso?
- Su mujer desde hacía tres años y de pronto me dijo hace seis meses que quería ser ahora que ya se podía, mujer y que me dejaba a mi suerte. Le rogué, le imploré que no me dejara encinta y él, ni caso. Pues le he dado su merecido.
Unas sirenas policiales se acercaban a toda prisa. Una idea me asaltó de pronto en mi atormentado cerebro.
-Mujer, ¡vete!, corre cuanto puedas y cuida a tu hijo. De ese maricón me encargo yo.¡No faltaba más!
La mujer se deslizó por la calle trasversal y desapareció.
Yo estaba como si me hubieran dado a oler todo el amoniaco de la fábrica. Me había despertado de la borrachera y maldije una vez más a Alicia, a mi santa esposa hasta que la descubrí con aquél vendedor de mierda, montándola a ella en mi propia casa. Les di una paliza que les deslomé, pero nunca me acusaron ni yo quise saber más de ellos.
- Si ella no me hubiera hecho aquello, yo no estaría allí entre putas, travestís y mujeres burladas.
- Eh, espabila- oigo a mi lado a un poli de gorra de plato y de gran “goma” colgante.
- No estoy dormido, señor agente, sólo algo borracho, pero no estoy conduciendo, sólo haciendo tiempo- intento disimular.
- ¿Ha visto algo? ¿Ha oído algo?- me escupe otro agente, este con gorra del estilo visera.
- Pues hace un rato un maullido de un gato muy fuerte. O eso me pareció.
- ¡Maldito borracho! Fue un grito de una persona- y casi me zarandea el hijo de puta, si no se lo impide el otro, que sería “el poli bueno”.
- Déjalo, no merece la pena. Un testigo así no sirve para el juez. Ya viene la ambulancia.
El ulular de las sirenas me levantó un dolor de cabeza que no sabía que partido tomar. Si irme a mi apartamento de mala muerte o tirarme al río. Como el río no llevaba agua, decidí irme a dormir.

-Luis despierta, ¡despierta!, que ya son las tres de la tarde-oigo que alguien casi susurra a mi oído.
- ¿Quién eres? No te conozco.
- Pero bueno, ¿tan mal te han sentado los cubatas de anoche? ¡Te lo dije! Una copa de Champán, bien, pero los wiskis y los cubatas hace años que no los tomabas. ¡Si es que la nochevieja trae estas cosas!- La voz era de Alicia, a la cual abracé y besé.
- ¿Qué haces, estás loco? Levántate, que ya han llegado nuestros hijos para la comida del año nuevo.
- Ya no voy a beber más porquerías en mi vida. Ya te contaré la pesadilla que he tenido.



Publicado por Lanzas @ 18:36  | Misterio
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