Viernes, 08 de diciembre de 2006
Cuento de Navidad


Imagen



(Dedicado a todos los que disfrutan o no disfrutan en NAVIDAD, a todos los que creen o no creen en LA NAVIDAD. PAZ PARA TODOS)


El pobre niño que vivía en la chabola de su abuelo “El macuto”, no sabía que era eso de la Navidad.
Tenía cinco años y su abuelo le sacaba de paseo por el Parque de las Delicias, que estaba justo enfrente del poblado de chabolas y nunca le habían llevado a un Colegio ni a eso que llaman guarderías.
Su abuelo decía.
- “Renegrío” ya tendrás tempo “pa” aprender a “leé” y a “escribi”.
- ¿ “Abue”, cómo se escribe “abue”?-le respondía el pequeño.
- No importa “ná”, que más “dá” “renegrío”.
El abuelo había recibido una visita de una asistenta social del Ayuntamiento explicándole que para el curso siguiente tenía que inscribir al niño en el Colegio.
El bueno de “Macuto” se había quedado con el nietecillo, junto a su abuela, que murió el año pasado, después que su hija y el maromo con el que convivió se metieran un chute que les dejara tiesos.
Las asistencias sociales decidieron que los abuelos educaran, ¡que sarcasmo!, al niño hasta los seis años y entonces le buscarían un Colegio con comedor y actividades extraescolares y que siguiera durmiendo en casa del abuelo y viviendo con él en los días de fiesta y vacaciones.

Siendo casi un bebé, le habían regalado por Navidad fruta, jerséis y unos tacos de madera para que montara algo que él no supo hacer nunca. Ahora a los cinco años había visto jugar a los niños en el parque con motos teledirigidas y a las niñas con muñecas que paseaban en cochecitos, que hablaban y hasta orinaban, que él creía de verdad.
- “Abue”, ¿Cómo andan esas”amotos”?
- Son pijadillas de nenes con “parné”. “Pa” cuando seas “mayó”, ya tendrás lo qué “queiras”- le decía el abuelo rechinándole los cuatro dientes que aún tenía.
El niño se llamaba Iván, pero todos le llamaban “Renegrío” por el color aceituna de su piel y por la roña de semanas que arrastraba.

Estas Navidades iban a ser diferentes. Cumplía cinco años y empezaba a entender que unos tenían tanto y otros tan poco, que por no tener no tenían ni para comer.
Si hacia caso a su amigo “El espingarda”, por todos así conocido por su delgadez extrema y que tenía ya siete años muy trabajados en pequeños “negocios”, de trincar lo que podía en los bolsos de los viejos, que se descuidaban en el parque, estas Navidades iban a comer pollo, turrones y mantecados a porrillo.

¿Cómo iban a conseguirlo? El del colmadillo de la calle Zuloaga, que estaba muy distante de su barrio necesitaba un chico para atender a las señoras y llevarlas las compras a casa. Su hermanastro Eulogio, de buena planta y con la ESO ya cumplida se ofreció para ello. Y el Eulogio se lo contó a “el espingarda” y éste a nuestro amiguito, pero con el anuncio de que cuando él estuviera distraído cogerían un poco de aquí y otro más de allí y seguro que se juntaban con un buen capacho de viandas.

El primer día se llevaron un par de latas de sardinas, el segundo sacaron unos mazapanes de la caja que volvieron a pegar, y el tercero una barra de turrón que entre las treinta que se llevaba Doña Remedios, ni se notó.

Los niños animados por el éxito decidieron dar el gran golpe.
Cuándo el Eulogio estuviera llamando a la puerta de una de las señoras que se surtían en la tienda le sacarían del carrillo una de las bolsas y “a correr a toda vela.”

- “Espingarda” te he visto, ya verás mi padre la que te va a dar- oyeron tras de sí los niños al poner pies en polvorosa.
- “Renegrío” corre y metete por la primera bocacalle, que este nos trinca.

Los chavales se escabulleron y en su loca carrera fueron a dar dentro de la Iglesia de Santiago, al final de la bocacalle. El “espingarda”, al que su padre le había apuntado a Religión, llevó a su amiguito a la primera fila y le dijo:
- Arrodíllate y haz como que rezas.
- Vale- dijo el niño tiritando de miedo y espanto. Era la primera vez que entraba en un templo y estaba impresionado.

El niño Jesús, casi a tamaño natural rodeado de un mulo y una vaca le tenían junto al Altar.
Y la impresión de lo que vió el niño le hizo exclamar:
- Ese bebé es más pobre que yo, está “aterio” en unas pajas y no tiene “pa””come” ni “pa na.”
Yo le doy la bolsa, “espingarda” con los turrones y el pollo.
El chavalillo se acercó sin más al pesebre y allí desparramó lo que acababa de robar.
La gente que estaba rezando se quedó estupefacta. No parecían posibles en pleno siglo XXI esas cosas.

El cura interrumpió el rosario y se dirigió al niño Iván, mientras el otro salía de la Iglesia corriendo.

- ¿Cómo te llamas?, no tengas miedo, el niño Jesús no abandona a los niños pobres.
- Me llamo, me llamo,… bueno el abuelo me puso “Renegrio”.
- Este niño bien merece la colecta de hoy y todo lo que podáis dar.
Enseguida dos mujeres se pusieron a recoger para el niño lo que la gente de la Iglesia daba en cantidad.
El cura junto con una de las mujeres que ayudaba en la iglesia metieron al niño dentro de la Sacristía y entre llantos y risas, por los nervios, le sacaron que vivía en las chabolas de Las Delicias.
Discretamente el cura llamó a la Policía local y les explicó que llevaran al niño a su casa y que por nada del mundo le dijeran algo al abuelo de lo sucedido. Que le contaran que se había perdido y que él le había encontrado.
- Mañana vamos a verte para llevarte las cosas de Navidad. No llores y sé valiente, que estos señores no te van a hacer daño.
La policía llevó al niño junto a su abuelo y las viandas robadas a su dueño, explicando a Eulogio que se callara, que todo estaba arreglado.

Al día siguiente una furgoneta se paró junto a la chabola de “El macuto”, que no conté que así se le conocía porque siempre llevaba una mochila donde metía todo lo que fuera menester. El niño salió de la casa alborozado y un poco temeroso. Del vehículo bajaron Don Fermín, el cura, una señora y dos jóvenes con varias cajas sobre unas carretillas.
- Le ha tocado la lotería abuelo- le dice uno de los jóvenes- aquí traemos de todo.
- Mire señor, su nieto es un cristiano de verdad aunque usted no lo sepa y en la parroquia hay muchos, aunque yo ya lo sabía. Todos han dado algo para ustedes- le cuenta D. Fermín.
- Si no tengo “do” ponerlo. No tengo “na” de sitio, ni nevera, ni “na.”
- No se preocupe aquí le traigo unas llaves de una casita que le van a pagar el alquiler los de Cáritas de por vida. Pero eso si, el niño va a partir de mañana a la Escuela de los Padres Carmelitas con una beca y va a estudiar hasta donde quiera.
- ¿Eso qué es “abu”, es malo eso de “estudiá”?- dice el niño sacando una pelota de una de las cajas tan grande como él- mira abuelete, mira que pelota tan grande.
- No hijo, es lo mejor “pa”que seas un hombre de provecho y no un “desgraciao” como tu padre o tu abuelo.

Esa noche y muchas más ni el abuelo ni el niño pudieron dormir, pero les daba igual. Colocando todo en su nueva casa ni se cansaban y pusieron a un niño Jesús sobre el aparador y nunca lo quitaron. Rezaban y le pedían para todos los niños pobres del mundo. En la calle se oían los villancicos y la canción de “El tamborilero”.



Imagen

Publicado por quijote_1971 @ 0:58  | Costumbres
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios