Mi?rcoles, 29 de noviembre de 2006
?M?RADLA!

Imagen

Las hojas de los casta?os susurraron:

Las hojas de los casta?os susurraron:

-? Miradla! Hace tiempo que camina sin rumbo por las calles. No mira a nadie; sus ojos perdidos en el infinito. Ya no es la mujer que anta?o se arreglaba, se perfumaba y aparec?a muy bella; no, ahora su aspecto es perdulario; el pelo sucio, descuidado, asomando las ra?ces canas, y el rostro ajado sin maquillar, como era su costumbre.
Est? derrotada.
Sale todas las ma?anas temprano y camina hasta la inmensa playa. Otea el horizonte, y all?, en la dorada arena, alzando lo brazos hacia el cielo grita al indiferente mar, su dolor, su abandono:
-??Mar! ?M?rame! ?Ves c?mo estoy? T? que sabes de Todo ?Qu? ha pasado conmigo? ?Mar!, yo he sembrado una cosecha de amor desinteresado, he amado a mi hijo de forma total, ya ves, hubiera dado la vida por ?l; y no soy correspondida ?por qu?? ?Puedes t?, acaso dec?rmelo? He sembrado, pero no he recogido nada.
Me ha abandonado: No me visita, no me llama, ni siquiera en mi cumplea?os, no pregunta c?mo estoy, conociendo la fragilidad de mi salud; ?por qu?? amigo mar.
Pasan los d?as, los meses y los a?os, mar, y s? que voy a morir, y ser? sola, porque no estar? conmigo, y si viene despu?s, ya no lo sabr? y ya no me importar?.

.El silencio murmura all? mismo:

- Va sola; nadie la acompa?a ni dentro ni fuera de su casa. El que fue su compa?ero ya no est?. ?Mejor!, no fue un buen compa?ero.

El viento, las olas, las nubes, se preguntaron ante este clamor:

- ?Por qu?? ?Qu? pas?? ?Qu? ha hecho esta mujer para merecer semejante castigo? ?Le abandon? en alguna ocasi?n? ?Escatim? al hijo el amor que necesitaba?
-?No! - contestaron las gaviotas alarmadas - En toda su vida desde que le alumbr?, s?lo tuvo tiempo para ?l y para trabajar. El escribir, que tanto le gustaba, lo iba posponiendo para cuando el hijo fuera mayor. Y s?, ha escrito un libro que le ha llevado largos a?os, pero ahora yacen los papeles por el suelo, polvorientos, y el ordenador mudo en su mesa en la abandonada habitaci?n con las persianas bajadas de la silenciosa casa?

El abandono es la insignia de su barco hundido hasta el palo mayor.

El viento marino exclama:

-?Va con su dolor! ?Miradla! Va con su dolor, y va muy acompa?ada, ya que ?ste es muy grande.
Ya nada le interesa, no habla con nadie, sabe que no la entender?an, y adem?s ?a qui?n podr?a interesarle su pena?

La dorada arena la observa y comenta entre ella:

-?Miradla!, se detiene; alisa los desordenados cabellos y con esos ojos que un d?a fueron hermosos mira hac?a el horizonte azul y blanco. Levanta los brazos y ?o?d lo que dice!:
?-Pero, ?mar! Te digo algo: tengo que dar las gracias. ?S?! Gracias a mi hijo.
Yo en estos tiempos estoy sufriendo como una condenada, ?Es lo que soy! Cuando apenas empec? a ser mujer y el doctor me dijo:?jovencita, esperas un hijo?, yo sent? c?mo si mi felicidad me hiciese emerger fuera de la realidad. El nacimiento de mi hijo fue largo y penoso pero mi dicha no la puedo describir cuando ya lo tuve conmigo.

Iba por la calle, recordando ese trocito de m?, y una alegr?a inmensa se apoderaba de todo mi ser.
Luego le vi crecer, vi su gran inteligencia, su belleza, su bondad, todo tan importante para m?.
Sus ?xitos en los estudios invadieron mis d?as de amor maternal. Era el motivo de mi existencia.

Pero ahora ya no est? conmigo. El dolor no termina, pero si midiera la felicidad sentida con ?l en el pasado, y el dolor que siento ahora por ?l, creo, que ganar?a la felicidad.

As? pues, y a pesar de que quiz? ya no le vea nunca m?s, tengo que darle a mi hijo las gracias por lo feliz que me hizo?.

Estas palabras fueron o?das por el viento, por las olas, por cielo. Las nubes huyeron asustadas de tanto dolor. Las gaviotas levantaron el vuelo en direcci?n al mar.

Y un magn?fico sol en el crep?sculo exclama:

-La mujer entra en el agua. Su vestido ajironado flota sobre las olas. El atormentado cuerpo va haci?ndose cada vez m?s y m?s peque?o. Los cabellos que un lejano d?a fueron bellos y brillantes asemejan ahora un animal cristalino de indefinidas formas. Ya su cabeza es un lejano punto negro que se pierde en la inmensidad de este oc?ano que la madre ama y en el que busca la paz..

Publicado por mariangeles512 @ 13:47  | Amor
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 28 de noviembre de 2006
LA PATA DE CONEJO- 3? PARTE.
Imagen


A nadie le pareci? un extra?o. El anciano les habl? de c?mo en las Navidades se re?nen las familias para recordar lo que los mayores hicieron por los j?venes cuando eran ni?os y c?mo algunas parejas veneraban a los abuelos y por supuesto a los padres.

- ?Por qu? nos dej? la pata de conejo?- pregunt? de pronto un Roberto casi tan anciano como ?l.
- Porque demostraron una amabilidad y hospitalidad conmigo, sin conocerme, que bien merec?a un premio. Yo no llevo ni dinero ni alhajas, pero si amuletos y regalos.
- ?Sabe que nuestra suerte cambi? desde entonces?
- Por supuesto que lo s? y he venido para renovar la pata de conejo. Su comportamiento es ejemplar como familia unida y se apoyan en todo. Un golpe de suerte que en realidad la pata no tuvo nada que ver.
- ?C?mo dice?- pregunt? Enrique.
- No puedo decir m?s. S?lo darle a Roberto, ?nico due?o de ella, esta nueva pata de conejo, a la cual pueden pedir tres deseos. Pero recuerde que no debe de pedir ni dinero ni joyas, porque entonces su respuesta es macabra aunque lo conceda.
Sin m?s el anciano se levant? y se fue, no sin antes dar unos caramelos a los ni?os que jugaban alegremente en una de las salas de la casa.

Los hijos se despidieron de sus padres y todos quedaron en volver al hogar com?n a principios de a?o.

En la primera curva del camino, el coche de Enrique derrap?. La nieve acumulada se hab?a helado y al querer frenar se precipit? por la empinada ladera, yendo a parar a unos cincuenta metros m?s abajo chocando con un pino recio y antiguo. En el coche viajaban con Enrique, su mujer Vanesa y sus hijos Luc?a y Fernando.

El cintur?n de seguridad de Luc?a se cort?, saliendo disparada y rompi?ndose el cuello con resultado de muerte en el acto. Enrique pudo sacar a sus hijos que viajaban en la parte de atr?s y hasta pasada una hora no llegaron los servicios de asistencia.

Los tres quedaron ingresados y tuvieron que sufrir m?ltiples intervenciones.

- ?Se?or ay?danos!-Imploraban Roberto y Elena.
- ?Pata de conejo! Salva a nuestro hijo y a los ni?os- se decide Roberto a pedir abrazando la pata como si de un ni?o se tratara.

A los tres d?as del accidente una noticia esperanzadora y otras desalentadoras llegaron a los padres de parte del Jefe de traumatolog?a del Hospital Central.
- Su hijo est? a salvo, pero los ni?os, ver?n: Luc?a sufre un traumatismo cr?neo-encef?lico agudo que no se puede predecir su salvaci?n y Fernando necesita un trasplante de h?gado, porque qued? incrustada una chapa en su costado derecho y est? destrozado. Vive milagrosamente.
- Haga todo lo que pueda por ellos.

Una duda revoloteaba por la cabeza de Roberto: Al ser tres los familiares heridos, ?supondr?an tres deseos o ser?an s?lo uno? No exist?an tratados sobre patas de conejo. Es m?s hab?a le?do que en realidad las m?gicas eran de liebre, por aquello de que las brujas se reencarnaban en ellas. Ten?a que pregunt?rselo a su hijo, que seguramente conoc?a a alguien que pudiera ayudarles.

Despu?s de hablar con Enrique, la cosa estaba clara, el tal Seraf?n era el indicado para ser consultado.

- Mire, Roberto- le comenta un Seraf?n muy instruido y muy miope tambi?n sea dicho de paso- creo que cada persona que se quiere salvar es un deseo pero en estas cosas no hay nada escrito. Puede probar a pedir otro. ?Cu?l ser?a?
- Qu? el ni?o se salvara por un trasplante de h?gado, pero que la ni?a tampoco se muriera aunque fuera necesario una parte de su h?gado para salvar al hermano.
- Dif?cil situaci?n, pero consultar? esta noche con Remedios, una amiga m?a que habla con seres del m?s all? como si nada.

Roberto y su mujer no pod?an dormir. Entre los viajes al Sanatorio y la situaci?n existente su fuerte moral estaba siendo minada.

Pero esa noche Elena tuvo una idea.
- ?Y si nos dejamos de patas de conejos y de parasic?logos y vamos a rezar a la Iglesia y pedimos con fe la curaci?n de nuestros nietos? Hace unos a?os, ?recuerdas? No dud?bamos de Jes?s ni de la Virgen Mar?a.
- Estoy de acuerdo, las supersticiones son para los necios y para los no creyentes.

Al d?a siguiente Elena adquiri? tres velas de las grandes y las coloc? a la Inmaculada de su parroquia.

- Virgen Santa, que nuestro hijo y nuestros nietos se salven.

En el fondo de la Iglesia un anciano con su abrigo casi rojo les hizo recordar al anciano de las patas.
De forma sigilosa, Roberto se acerc? a ?l y le pregunt?:
- Noel, ?es usted?
- Yo nunca he sido Noel, pero s? el anciano que acudi? las ultimas Navidades a su casa.
- Entonces usted sabe lo de las patas de conejo.
- S? que no son nada relevantes en s? mismas. S?lo la fe mueve monta?as.
- Entonces ?nuestros nietos tendr?n cura si se lo pedimos a Dios Nuestro Se?or?
- Naturalmente y yo me uno a sus peticiones.

El matrimonio algo m?s reconfortado entr? en la casa con una idea muy clara: Tirar la pata de conejo para que fuera pasto de las llamas en la chimenea y sacar la vieja imagen de la Virgen Mar?a del arc?n de los trastos antiguos.

Sobre la repisa de la chimenea alumbraron con velas a la vieja, pero cuidada imagen, que era una inspiraci?n de la Inmaculada de Murillo.

A las pocas horas el tel?fono son?.
- ?Pap?, mam?!, los ni?os est?n recuper?ndose. La operaci?n ha sido un ?xito. No s? como les voy a explicar lo de su mam?.

Entre la alegr?a y la tristeza se debat?an los buenos esposos, padres y abuelos.

Aquella noche el viento trajo el ulular de una voz inconfundible; la de Luc?a:
-No os preocup?is, yo ten?a un c?ncer incurable y me mor?a en unos meses. No supe como deciros adi?s. Prefiero esto. Estoy con vosotros desde un lugar pl?cido y seguro.

Los esposos viejos, cansados y esperando morir juntos para no sufrir m?s de lo necesario, respiraron tranquilos.

Todo volv?a a los tiempos de anta?o, cuando se rezaba por Navidad en familia y no s?lo se com?a y beb?a hasta caer muertos de sue?o.

Moraleja: No crean en fetiches y miren m?s hacia el cielo. Posiblemente es donde est? la salvaci?n
.

Publicado por quijote_1971 @ 21:20  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
S?bado, 25 de noviembre de 2006
La ?ltima parada.

Imagen


El viejo tren que recorr?a el trayecto desde Robledo a Matalagorda no era diario. S?lo los martes, jueves y domingos hacia ese trayecto e incluso hab?a salido una nota de la Empresa ferroviaria de los Ferrocarriles del Sur en la cual comunicaba que iba a ser eliminado al terminar el a?o de la historia.

Muchos aldeanos hab?an podido consumar sus negocios y muchas parejas se hab?an consolidado gracias al viejo ferrocarril. Antes, s?lo el caballo o las mulas transitaban por la Sierra aquella. Hablaban de que la moderna autov?a que estaban construyendo por el otro lado de la Sierra iba a tener unos t?neles que se abrir?an sobre esos pueblos olvidados durante tantos a?os por los gobiernos y los empresarios.

Pi?o era un joven de los pocos que quedaban en Robledo. Todos acababan emigrando a la ciudad e incluso a otras Regiones m?s pr?speras. Se hab?a quedado porque sus padres le hab?an educado con la idea de que se ocupara de la granja tan pr?spera que ten?an. M?s de doscientas vacas lecheras y buenos marranos y gallinas completaban una de las pocas explotaciones familiares que compensaban a sus due?os.

Desde hac?a dos a?os Pi?o hac?a ese recorrido dos veces por semana. Las veces que ve?a a su novia en Matalagorda, que a pesar del nombre no daba mujeres gordas si no m?s bien estilizadas y con buena planta. Pi?o pensaba que a la gorda la debieron de matar cuando lo de la reconquista.

Nina, la muchacha por la que beb?a los vientos nuestro Pi?o quer?a casarse para salir del otro pueblo, que a?n estaba m?s atrasado que Robledo.

En esas est?bamos, cuando ese domingo, bien trajeado y encorbatado, el joven se acercaba en el tren, que de forma invariable sal?a a las nueve de la ma?ana y llegaba a Matalagorda a las once y media para volver a las cinco de la tarde hasta Robledo de nuevo, hacia la estaci?n donde una novia amante le esperaba con impaciencia.

Al llegar al ?ltimo t?nel, un traqueteo fuera de lo normal intranquiliz? a nuestro amigo. Como a unos cien metros en el interior de la boca de entrada, el tren descarril?. C?mo si fuera una pluma Pi?o sali? disparado de su asiento y fue a caer junto a una mujer que se estaba preparando para salir rauda en la ?ltima estaci?n.

Al poco, un griter?o infernal se apoder? del tren. Los lamentos, las suplicas, las voces interrogadoras dentro de una oscuridad casi total llenaban el espacio entero.

Pi?o se pudo incorporar a duras penas y asiendo a la mujer que ten?a a su lado salieron del tren. El t?nel, que tantas veces hab?a pasado embelesado pensando el abrazo que dar?a a Nina, se le hizo siniestro, oscuro y al lado de una mujer, a la cual sujetaba por la cintura y que estaba presumiblemente coja. Entre un barullo de gentes que no sab?an donde ir, ?l s? sab?a. Unos doscientos metros s?lo y pasada una curva se podr?a divisar la salida, sin duda iluminada por el sol.

Aquel trayecto le resultaba interminable, pero no importaba. La mujer le suplica.
- M?s despacio no puedo caminar.
- No se preocupe ya falta poco- ment?a un Pi?o encorajinado y sorteando toda clase de chatarra y hasta cuerpos mal heridos.
Al fin se vio la luz. Y al otro lado ya estaban los primeros auxilios portados por la maquina de maniobras y un gran vag?n descubierto con herramientas y del cual bajaban unos veinte hombres y algunas mujeres.

En medio de la confusi?n vio por primera vez el rostro de la mujer y not? el cuerpo bien formado de la misma. Era una mujer rubia color ceniza y con los labios gordezuelos y unos p?mulos suficientemente pronunciados como para ser deseable el acariciarlos. Un poco de sangre deformaba su rostro, pero a?n lo hac?a m?s hermoso. Sus piernas, una de ellas colgando como un monigote de trapo, eran esculturales.

Con sumo cuidado la subi? a otro vag?n de auxilios que estaba enlazado al peque?o convoy. Ya otras victimas estaban siendo atendidas por un m?dico y por dos mujeres. Una de las mujeres era Nina.
La mujer desconocida sonri? a Pi?o y le dijo:
- Gracias por ayudarme, espero verte en el hospital comarcal. Quiero hablar contigo.
Una Nina exasperada, con la cara rojiza como una manzana explot?:

- ?Yo sufriendo con lo que pod?a haberte ocurrido y t? estabas muy bien acompa?ado por lo que veo! Y apenas un rasgu?o.
- Mujer, espera que te explico.

Todo fue in?til. Nina nunca crey?, que la mujer que result? ser su rival hubiera parado el golpe a Pi?o y que ?l no la conoc?a de antes para nada.

Ellos no lo quisieron aclarar nunca ya.









Publicado por Lanzas @ 17:35  | Amor
Comentarios (0)  | Enviar
TODA UNA VIDA POR DELANTE

Imagen


Viv?amos en un nuevo barrio, distante del marginal en el que nos hab?amos criado y donde mi marido hab?a tenido tan malas compa??as que termin? por caer en lo peor: la droga.
El dinero que gan?bamos era insuficiente para costearse el vicio. Cuando ya no sab?a a qui?n pedir m?s dinero para que se comprara la ?papelina? que le calmara el ?mono,? mis padres nos hab?an prestado mucho y ya no pod?an darnos m?s, sal? al centro de la ciudad y vend? las pocas joyas que pose?a y por las que me dieron la cuarta parte de su valor.
Ya no pod?a acudir al trabajo y cumplir bien con su cometido as? que le despidieron. Yo no trabajaba en aquel entonces y llegamos a pasar calamidades. Muchas veces fui a la casa de mis padres rog?ndoles un plato de comida.
La situaci?n de violencia lleg? a tal extremo que fue absolutamente necesario que le hablase de acudir a un centro de rehabilitaci?n, o no podr?amos seguir juntos, aunque le amaba apasionadamente, pero nuestra vida era lo m?s parecido a un infierno. ?l se negaba, pero lleg? un momento en el que me dijo:
- Est? bien. Haz lo que tengas que hacer para que pueda salir de este calvario.
Mir? su cara descompuesta, sus ojos enrojecidos y su delgadez, y sent? hacia ?l una piedad enorme, aparte del gran amor que le ten?a. Le bes? con ternura y sal? de la casa.
Me pas? el d?a entero de aqu? para all? buscando trabajo. Estaba dispuesta a todo, hasta meterme a puta. No fue necesario. En una buena casa de familia, encontr? trabajo para cuidar al abuelo, un se?or que estaba inv?lido de cintura para abajo.
La familia, compuesta por los padres, abogado ?l, profesora ella, y dos hijas que estudiaban en la Universidad, me pareci? muy agradable.
Mi trabajo consistir?a en ayudar al anciano en su aseo, vestirle y darle las comidas, aparte de la medicaci?n que tomaba, m?s acompa?arle cuando la familia estuviera ausente.
El sueldo era generoso y me sent? muy contenta. Con ese dinero podr?amos pagar lo que costaba la estancia en el centro de desintoxicaci?n; as? pues, sal? de aquella casa con un mundo de esperanzas gravitando sobre m?.
Le cont? a mi marido lo ocurrido. Me mir? con ojos agradecidos y esto fue ya suficiente para m?. No necesitaba m?s.
A la semana siguiente le acompa?? al Centro elegido; all? quedar?a internado por semanas, hasta que pudiera hacerse cargo de su vida como una persona sana, que no dependiera de sustancia extra?a alguna para vivir.

Pasaba en mi trabajo la mayor parte de mi tiempo pendiente del abuelo y el resto en las visitas que pod?a hacer a mi marido.
Llegu? a tomarle mucho afecto al anciano, ya que era una persona amable y cari?osa que no quer?a dar m?s trabajo que el imprescindible. Con las hijas tambi?n llegu? a tener bastante relaci?n, quiz? porque eran de una edad pr?xima a la m?a. La mayor, era una mujer guapa y bien formada; la menor, tambi?n bonita y m?s simp?tica. Al paso de los d?as y los meses acabaron por conocer toda mi vida y el problema de mi esposo, al cual sab?an que adoraba. Reconoc?an mi esfuerzo por sacarle del abismo en que se encontraba, y esto me gratificaba.

Cuando iba a visitar a mi marido, le contaba de mi trabajo en la casa y de las personas que en ella viv?an. Le hablaba del abuelo, de su bondad; de los se?ores tan atentos conmigo y, sobre todo, de las hijas: lo hermosas e inteligentes que me parec?an. La verdad era que estaba tan agradecida a la familia que s?lo ten?a halagos para con ella.
?l parec?a que escuchaba ausente; sus ojos fijos en alg?n punto m?s all? de la ventana que miraba al hermoso jard?n. Ten?a la impresi?n que la mejor?a era muy lenta.
-?Ocurre algo? Te noto algo distante ?le dije una tarde lluviosa en la que no salimos a pasear por el parque y permanecimos sentados en el saloncito de visitas.
-?No! ?Qu? va a pasarme?
-T? sabr?s, por eso te pregunto- dije algo preocupada por su actitud.

-?Es que estoy ya harto de estar aqu? encerrado! ?No puedo m?s!- dijo tras un breve silencio, llev?ndose las manos a la cabeza.
-?Por favor! Ten paciencia, ya queda menos tiempo para que est?s recuperado.
-?Recuperado, recuperado!? ?qu? sabr?s t? de eso?
No entend? aquella reacci?n. S?lo pude balbucear unas palabras cargadas, por vez primera, de resentimiento hacia ?l:
-No, ?claro que no! Yo no s? nada de eso. Yo no me he drogado hasta ponerme ciega, como t?.
-?Vaya! Ya sali? la mala ?leche? a relucir. ?Todos no somos tan santitos como t?!
Mi paciencia se iba agotando.
-Bueno, ?Dime! ?Qu? es lo que te pasa? Yo intento con toda mi alma ayudarte, ?Qu? me est?s reprochando?
- Y, ?Ahora toca el ponerme delante de las narices lo que te debo? ?Tengo que rendirte pleites?a porque est?s pagando este tugurio?
-?Tugurio? ?Llamas tugurio al lugar en el cual te est?n ayudando a convertirte de nuevo en un hombre y que me cuesta casi todo lo que gano trabajando diez horas al d?a?- le grit? mientras me levantaba y sal?a del sal?n sin decir ni adi?s.

Aquella noche apenas dorm?. A trav?s de los cristales contempl? largo tiempo la luna que me pareci? que flotaba en un cielo muy claro entre vaporcillos plateados.
Cuando me levant? mi mente y mi cuerpo acusaban el insomnio. Me arregl? y sal? hacia la casa donde me esperaba mi ?viejito? para atenderle en su aseo.
Viendo mi demacrado rostro me pregunt?:
-?No has dormido bien, verdad?- dijo con una mirada tierna en sus azules y a?n bellos ojos.
-Pues no, he pasado mala noche.- conced? tratando de despejarme.
-?Ser? muy impertinente si te pregunto que te ha pasado?
Su inter?s, el calor que percib? en su voz, rompieron mi reserva. Necesitaba hablar. Una vez que hube terminado me dijo:
-Yo no he estado nunca en una situaci?n como en la que se encuentra tu marido, pero s? que se sufre mucho; hay que tener mucha, pero mucha paciencia y, sobre todo, mucho amor; esto ya s? que se lo das, as? que, hija m?a, ten paciencia. Tu marido cuando se reponga totalmente, se dar? cuenta de lo que est?s haciendo por ?l y no podr? por menos que agradec?rtelo con tanto cari?o, al menos, como t? le profesas a ?l.
Las palabras del anciano apaciguaron mi exaltado ?nimo y decid? seguir con mis tareas sin pensar m?s en aquello.

Pasaron varios meses. En ellos no hab?a hecho m?s que ir de mi trabajo a mi casa., y a verle en todas las ocasiones que pod?a. Un domingo pude estar con ?l en privado e hicimos el amor con la misma pasi?n de los primeros meses de casados.

Entrado el invierno del siguiente a?o me dijo que ya estaba pr?cticamente curado; que los m?dicos le hab?an dicho que tendr?a que seguir yendo al Centro cada mes, pero que estaba en condiciones de hacer una vida normal fuera de all?.
Casi di saltos de alegr?a ?por fin juntos en casa! Me agarr? a su cuello y le ?com? a besos. Su entusiasmo no alcanz? los grados del m?o, pero no quise darle mayor importancia .En determinado momento cogi? mis manos y dijo mir?ndome con aquellos ojos que me hab?an enamorado:
-Elena, perd?name si en alg?n momento no te he hablado con el respeto y el cari?o que te mereces. Lo siento, de veras, todo se ha debido a la maldita droga.
-No pienses en nada del pasado; miremos s?lo al frente, al futuro.

Nos fuimos a nuestra nueva casa y aquel d?a fue uno de los m?s felices de nuestra vida matrimonial. Comimos juntos, vimos una pel?cula y despu?s nos echamos en la cama para saciar el hambre de caricias que ten?amos.

A la ma?ana siguiente habl? con los hijos de mi ?viejito? para ver si pod?an ayudarnos en lograr alg?n trabajo para mi marido. Me dieron muy buenas expectativas y mi contento no cab?a dentro de m?.
Pasados unos d?as el padre del se?or al cual yo atend?a me llam? y me dijo:
-Elena, tengo algo para usted. He hablado con un colega sobre su esposo y me ha dicho que tiene un puesto de trabajo que quiz? pueda interesarle. P?sense por casa un d?a de ?stos.
-?Oh! ?Muchas gracias! Claro que le interesar?. ?Que Dios se lo pague!- dije sintiendo que la emoci?n me embargaba.
El d?a se me antoj? muy largo; ard?a en deseos de llegar a casa y darle a mi esposo la buena noticia.
Ya tarde, cuando por fin acab? mi trabajo fui corriendo a casa. ?l no estaba all?. Me extra?o que no me hubiera dicho que pensaba salir y, sobre todo, que no estuviera a aquellas horas. Le esper? impaciente mientras hac?a una frugal cena.
Las agujas del reloj dibujaron su caminar varias veces hasta que o? el ruido de la llave en la puerta. Eran las seis de la ma?ana.
Entr? y no me atrev? a preguntar nada. Esper?.
-Perdona, mujer, sal? y me encontr? con unos coleguillas y me entretuve; lo siento.
Mir? sus ojos y no supe bien qu? es lo que vi en ellos. Tuve miedo de que hubiera ca?do otra vez; pero no, era algo nuevo lo que percib? en el brillo de sus pupilas, aunque no pude o no supe descifrarlo.
-Est? bien, pero ahora que vas a poder trabajar no es conveniente que trasnoches tanto; ma?ana iremos juntos donde trabajo, que el se?or tiene algo que decirte- dije con voz serena sin querer darle importancia a su tardanza - Vamos a la cama; tratemos de dormir un ratito.
-?Oye! No ten?as que haberme esperado levantada. Soy un hombre. S? lo que hago.
-Ya, ya s? que eres un hombre, pero a veces ocurren cosas y?
-?Siempre con tus preocupaciones, mujer!
-Bien, no hablemos m?s por ahora. Vayamos a dormir

Pas? el tiempo trayendo a mi vida una gran alegr?a. Me sent? indispuesta y acud? a consulta m?dica. Me hicieron unos an?lisis y result? que esperaba un hijo. ?Un hijo! Lo m?s grande para m?. Hab?a so?ado tanto con ?l, que ahora, sencillamente, me parec?a mentira.
Aquel d?a, despu?s de la consulta llam? a la casa donde trabajaba para avisar que ir?a m?s tarde. Me recost? un rato y el malestar se fue diluyendo poco a poco. .

Pasadas algunas horas y sinti?ndome ya mejor, decid? ir a trabajar. Le hab?a tomado un especial cari?o y me daba l?stima que estuviese solo aquel d?a.
Me compuse el cabello y sal? llena de alegr?a; loca por contarle lo de mi ni?o al abuelo.
Como ten?a llave de la casa la introduje en la cerradura, y con rapidez abr? la puerta. Me dirig? a la habitaci?n del anciano; por el pasillo me pareci? escuchar leves quejidos. Tuve miedo de que algo le hubiese ocurrido al enfermo, aunque distingu? que los lamentos no proced?an de su dormitorio ?De d?nde, pues?- me pregunt? preocupada ?no hay nadie en la casa a estas horas.
Camin? despacio por si pod?a encontrar el origen de lo que o?a. Al pasar delante de la puerta de la hija mayor de los se?ores, se extingui? la duda. Los gemidos eran una mezcla de gozo y dolor. Me extra?aron tanto que tuve la osad?a de abrir la puerta. En el lecho de la se?orita, yac?an ella y mi marido abrazados apasionadamente, tanto que ni advirtieron mi presencia.
Qued? petrificada. Mi coraz?n galopando cre? que me delatar?a. Temblando cerr? la puerta con la suavidad que mis escalofr?os me lo permitieron.

Sal? a la calle desorientada, enloquecida de humillaci?n y dolor.

Vi una Iglesia abierta y entr?. El fr?o reinaba entre sus viejos muros. All?, mirando al Cristo en la Cruz, no pudiendo creer a?n lo visto, deslic? una mano por mi rostro para enjugar las l?grimas que nublaban mi vista y que no pod?a evitar; en ese mismo instante not? un ligero movimiento en mi interior: ?Mi hijo! ?Pobre m?o! Tambi?n se estremec?a con el dolor de su madre. Deslic? mi mano sobre mi vientre y not? c?mo hab?a crecido.
Mir? de nuevo al Cristo en la Cruz. Su rostro crispado por el dolor parec?a trasmitirme:
-?No sufras, hija, puede que hayas perdido un amor, pero otro nuevo est? creciendo dentro de ti, y ?se, seguro que siempre te amar? de verdad?

Sal? del templo con el alma serena. Todo estaba por vivir.



A todas las madres para las cuales sus hijos son lo m?s grande de su vida, entre las cuales, me incluyo yo.

Publicado por mariangeles512 @ 17:26  | Amor
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 23 de noviembre de 2006
LA PATA DE CONEJO- 2? PARTE

Imagen


Aquella noche, Enrique no pudo dormir. Se levant? muy temprano, procurando no despertar ni a su mujer ni a los ni?os y despu?s de comprobar una vez m?s que el malet?n segu?a all?, el cual no se atrev?a a volver a abrir, se sent? junto a la mesa de la cocina.

A pesar de haber tomado dos caf?s bien cargados, el cansancio le hizo caer dormido sobre ella.

- Buenos d?as se?or: ?C?mo tan temprano, despierto?- el saludo de Teodora, la asistenta, le levant? de un salto.
- Hola, Dora. Es que apenas pude dormir hoy, con lo de mis padres y todo el l?o que nos traemos.
- Disculpe. ?Vio el malet?n que me dejaron los de la Agencia esa?
- ?Qu? malet?n me dice?-sab?a perfectamente a que portapapeles se refer?a, pero lo que no pod?a imaginar es que la asistenta supiera algo.
- El plateado que dej? junto al perchero. Los papeles que me dieron los puse en el caj?n de su escritorio. Me dijeron que aunque era Navidad era muy importante dar con usted, para que firmara. Como ten?an prisa, se marcharon advirti?ndome que ma?ana vendr?an a por la copia firmada.
- Pero ?usted se hizo cargo del malet?n?- extra?ado de que algo as? se pudiera dejar a una simple criada.
- Bueno, en realidad era una caja y supongo que el malet?n es el regalo de alguien. La abr? porque me parec?a algo rota y no quer?a que en la entrada de la casa hubiera cajas en mal estado. Me lo tiene dicho la se?ora.
- Vale, no se disculpe. Hizo bien.

Como pose?do por el mismo demonio se precipit? sobre el escritorio y abri? el sobre cerrado a su nombre. Dentro de ?l, la carta de su t?o Anacleto, que se fue a Montevideo en al cual le nombraba heredero de todos sus bienes y le hacia depositario del dinero amasado de todas las maneras posibles y algunas no revelables.

Junto a la carta de su t?o, la de un Notario que daba fe de la muerte del mismo y la entrega del malet?n sin revelar su contenido.

-Entonces- pens?- lo de la pata de conejo no ha tenido nada que ver con el origen de mi dinero. Tengo que desentra?ar este misterio.

Lo que se prometi? de todas maneras fue reunir a sus hermanas y cambiar de actitud frente a sus padres. Pasar?an mucho m?s tiempo juntos y no les dejar?an solos en su casa, menos en las festividades y celebraciones de nacimientos y bodas.

Pasados los d?as de Navidad llam? a un amigo suyo embebido en los temas de parasicolog?a. De hecho el mismo se cre?a un parasic?logo.

-Seraf?n, dime ?qu? puedes decirme sobre patas m?gicas de conejo y sobre deseos que se pueden pedir?- le espet? en cuanto le tuvo enfrente, al otro lado de la mesa del cafet?n donde hab?an quedado.

- Suelen concederse tres deseos, pero s?lo son posibles s? el que los pide es el due?o de la misma. No es traspasable a terceros. Y muy importante es que no se pueden pedir deseos de riquezas propias a costa de conseguir dinero.
- Ya entiendo. No sabes el peso que me quitas de encima.

Enrique aquella noche descans? como hacia mucho tiempo no lo hac?a. Despu?s de llamar a sus padres y desearles buenas noches y comprobar que ya estaban repuestos de lo ocurrido y que el chalet estaba arreglado totalmente despu?s de tres meses de obras y que todo hab?a sido debido a la ca?da de un ?rbol sobre uno de los tejados por el corrimiento de tierras debajo de las ra?ces, seguramente debido al deshielo.

Ya la vida cambi? para toda la familia y despu?s de cinco a?os de comunicaci?n constante entre todos, un d?a de nochebuena, reunidos todos en la casa de los padres, alguien llam? a la puerta.

Tambi?n nevaba y los caminos estaban intransitables si no se dispon?a de todo terrenos como el de Enrique y sus hermanas.

- Espera, pap? que voy yo a ver quien llama a la puerta-dijo Lidia, la hermana menor.
- Soy un anciano que busca el camino.
Un venerable hombre mayor, con un largo abrigo casi rojo, se sacudi? la nieve sobre el porche y fue invitado a cenar con ellos.

CONTINUAR??

Publicado por quijote_1971 @ 17:51  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 22 de noviembre de 2006
EL FUSILADO

Imagen

Hab?a sido detenido antes de iniciarse los sucesos y por tanto no pod?a ser el art?fice principal de los mismos. Era igual, estaba condenado a muerte.

Nacido en cuna forrada de organd? y con s?banas de seda y mantas de lana, dedic? su vida a ayudar a los que nacieron sin cuna ni ropa que ponerse. Daba lo mismo ten?a que ser fusilado.

Se ofreci?, dejando a sus hermanos de rehenes a mediar para parar la masacre que se avecinaba. Lo mismo daba. Se le neg? cualquier posibilidad de hacerlo.

Hasta el jurado popular no lo encontr? culpable, porque aunque algunos llevaban alpargatas, y sab?an que aqu?l hombre no era su enemigo, los de los zapatos finos les ten?an comprados. Ten?a que morir y cuanto antes.

Su mayor delito, recorrer los pueblos de su amada naci?n dando esperanza a sus habitantes. ?No est? todo perdido, porque dentro de cada agricultor y jornalero est? lo m?s sano de esta naci?n y no dejaran que esta se muera?.

Esa madrugada, fr?a y nublada cay? abatido por las balas, no sin antes haber donado su abrigo a uno de los asesinos: ?T?malo, antes de que lo agujerees, donde voy ya no lo necesitar?.?

Su sangre no fluy? en vano, muchos seguidores juraron seguir hasta que se les negara el descanso eterno llevando la buena nueva. ?Cu?ntos resistir?n la presi?n de un lado y del otro?

Publicado por Lanzas @ 0:54  | Misterio
Comentarios (4)  | Enviar
S?bado, 18 de noviembre de 2006
LA PATA DE CONEJO.Parte I


Imagen

La noche antes de Navidad en aqu?l pueblo de la monta?a era siempre fr?a y frecuentemente en esa fecha un manto de nieve cubr?a caminos y accesos a las casas.

El a?o pasado no fue una excepci?n. En una de las urbanizaciones de la Sierra de los Abedules viv?a un matrimonio en su gran chalet, con varios perros y gatos y con muchos a?os a sus espaldas. Sus hijos no les hac?an mucho caso, cada uno viv?a su vida y hasta se olvidaban de ellos en Navidad.

Lo que no dejaron de ser es hospitalarios con los vecinos y con los extra?os, a pesar de las advertencias de la radio y televisi?n, no se asustaban f?cilmente y prefer?an dar un plato de comida a un perdido alpinista que preguntarle que ven?a a hacer por all?.

Esa noche entre el susurro del viento y de los copos de nieve al posarse en los cristales, Roberto, crey? o?r a alguien llamar tenuemente a la puerta.
- Mira a ver Elena-as? se llamaba su mujer-creo que alguien est? en la puerta, pero no abras sin cerciorarte de quien es, que ahora voy yo, despu?s de echar otro le?o a la chimenea.
Los perros empezaron a ladrar, aunque no ten?an acceso directamente a la puerta. No hab?a duda de que alguien se acercaba.
- ?Qui?n llama?-pregunt? una Elena, que a pesar de su pelo blanco bien cuidado y su algo encorvada espalda, manten?a una presteza digna, envidia de mujeres incluso mucho m?s j?venes que ella.
- Soy un anciano que se ha perdido y la noche me causa desasosiego- se oy? decir al otro lado de la puerta.

Elena mir? por la ventana lateral y pudo ver a un anciano como ella con una gran barba blanca y un abrigo muy largo de color pardo tirando a rojo, que no acertaba a ver bien por estar cubierto de nieve.
- Roberto, ven enseguida, mira es un anciano inofensivo.
- Voy a ver- y al ver al anciano, a?n mayor que ellos, no dud? en abrir la puerta de inmediato- Entre, ?qu? se le ofrece?
- S?lo un poco de ayuda para encontrar el camino.
- Ya es muy tarde, qu?dese a cenar con nosotros y ma?ana usted ver? si se encuentra con fuerzas.
- No quiero molestar, pero se lo agradezco ya que estoy muy cansado.
Ya sin m?s preguntas entre Elena y Roberto ayudaron al anciano a quitarse el abrigo, que era casi rojo y lo colgaron en la percha de la entrada. Le dieron de comer una sopa caliente, pescado y de beber un ponche, despu?s le colocaron una butaca al lado del fuego.
Ni le preguntaron el nombre, ni lo consideraron necesario. Despu?s de una breve charla sobre la noche y la Navidad, le acompa?aron a la habitaci?n de invitados bien caldeada por una estufa de le?a.
Al d?a siguiente, que era Navidad, le invitaron a comer, pero ?l se disculp? diciendo que ten?a que llegar al pueblo cercano cuanto antes y como hab?an sido tan amables con ?l les dejaba lo ?nico que pod?a donarles: UNA PATA DE CONEJO.
- Miren les doy esta pata de conejo que es m?gica y a la cual pueden pedirle tres deseos, que sin duda se cumplir?n pero no pueden ser de dinero. Si piden deseos de dinero se transforma en macabra.
- Bueno, no creo que pidamos nada, pero lo aceptamos como si fuera el mejor regalo del mundo-le dijo una Elena algo extra?ada.

El reverendo hombre sali? por la puerta sin m?s y Roberto coloc? sobre la repisa de la chimenea la pata de conejo.
Esa tarde, Elena, triste porque sus hijos ni ven?an ni llamaban, se le ocurri? algo:
- Pedimos a la pata el deseo que ya sabes:
?Que vengan nuestros hijos! a visitarnos con los nietecitos, que ya son cuatro y apenas les conocemos.
- Bien-dijo Roberto-lo pedimos.

No habr?an pasado dos horas, cuando el tel?fono casi olvidado por la pareja, son?.
- Hola pap?, soy Enrique, he quedado con mis hermanas y vamos los tres a pasar esta tarde con vosotros. Por supuesto vamos con nuestras parejas y los ni?os. ?Qu? os parece?
- Maravilloso, hijo, magn?fico y sublime-no sab?a el padre incr?dulo que adjetivos utilizar.

Colg? el tel?fono y le dijo a su esposa:
- Elena, la pata de conejo ha hecho efecto, vienen Sheila, Lidia y Enrique a comer y pasar la tarde con nosotros.
- ?Qu? me dices?- pregunt? de forma obvia.

Esa tarde fue inolvidable para los esposos. Y contaron a sus hijos lo de la pata.
Antes de despedirse, Enrique se acerc? a la chimenea y como que no quiere la cosa, dijo:
- Deseo que me encuentre en casa un mill?n de euros, para poder vivir dignamente y que la empresa que regento salga a flote.

-Se me olvidaba deciros, que lo que no podemos pedir es dinero-oye a su padre al despedirse.
?Demasiado tarde?- piensa Enrique-?pero es igual ya est? hecho?.
Al llegar a su casa, un espacioso piso en el centro de la gran ciudad, Enrique salt? de alegr?a, un malet?n de color gris plata estaba como olvidado al lado del perchero. Al abrirlo, en su interior hab?a un mill?n de euros.

No habr?an pasado diez minutos, cuando el tel?fono son?:
- Soy el Inspector Gautier de la polic?a rural, ?habl? con Enrique Landas?
- Si, si, d?game- el rostro de Enrique se trasmut?.
- Sus padres est?n muy graves. Se ha derrumbado una pared del chalet donde viven, parece que por una explosi?n no determinada y les ha pillado a los dos. Est?n en la UVI del Hospital Central.
- Voy enseguida al Hospital Central-responde el hijo incauto.

Antes de ir al Hospital tiene una idea:?Si pido a la pata de conejo que se curen, es el tercero, esperando que mis padres no hayan pedido otro. Lo har? aunque sea a costa de que el dinero desaparezca.?

La pata de conejo estaba sobre el suelo, al lado de la chimenea que hab?a resultado da?ada por la explosi?n.
-Pata de conejo, te pido que mis padres se salven aunque pierda todo el dinero- exclam?
Una voz como de ultratumba se pudo o?r como un trueno sobre el descuidado Enrique.
- Tus padres se sintieron esta tarde tan felices que me pidieron morirse a costa de que a sus hijos ya nunca les faltara lo que necesitaran. Y ya est?n junto al anciano que era mi due?o, Pap? No?l. S?lo una cosa m?s: Tienes que compartir el dinero con tus hermanas y juntaros siempre el d?a de Navidad recordando a vuestros padres. Los tres deseos han sido solicitados y cumplidos.

Un Enrique sonrojado y cabizbajo fue corriendo al Hospital, d?nde ya estaban sus hermanas.
-?Enrique, Enrique!?Est?n bien, ya se han recuperado!?Es un milagro!
No pod?a dar cr?dito a lo que le dec?an y entr? en la habitaci?n donde sus padres con buen aspecto permanec?an sentados y sonrientes en unas butacas.
?Ni siquiera estaban en la cama! Claro, pens?, el dinero habr? volado.
Al llegar a casa sin embargo pudo comprobar que ?El dinero estaba intacto!?Qu? significaba aquello?

Continuar?

Publicado por quijote_1971 @ 20:16  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
LLUEVE

Imagen

Esta ma?ana, por fin, llueve. Las nubes pasaban sin descargar una sola gota del preciado liquido durante meses, pero hoy, por fin, llueve.

Al principio eran unas cuantas trazas que golpeaban los cristales de manera anodina y que el deseo de que fueran aut?nticas gotas de agua irrefrenables las hac?an rid?culas. A las dos horas una persistente capa de agua se desliza por los tejados convirtiendo en acroteras vomitivas a todas y cada una de las tejas. ?Esto ya parece otra cosa! ?Por fin Dios escuch? nuestras plegarias y llueve sin freno. Los campos recibir?n como oro esta lluvia salvadora.

Me quedo sin corriente el?ctrica. ?Ya est?, en cuanto caen cuatro gotas las torres de la Electra se derrumban o se bloquean! No importa, es bueno que llueva, pienso, mientras observo por la ventana r?os de agua que ya anegan las alcantarillas.

?Voy a poner la radio de pilas?, me digo, ya un poco aburrido, y sintonizo Radio Local, que empieza enseguida las noticias:
- En el barrio bajo, los vecinos est?n achicando agua en los garajes. Dos locales del Mercado Central han tenido que ser desalojados, ya que una gran riada les inund?.
Conectamos con ?Rodri Percal? que est? en la calle del Aceite: Rodri, ?Qu? ves desde tu posici?n?
- Aqu? Rodri Percal para Radio Local-oigo mientras levanto el volumen del transistor- En la calle del Aceite la Polic?a Local ha cortado el tr?fico porque las alcantarillas vomitan agua y los coches navegan hacia el r?o que permanec?a seco hasta ayer por la tarde. ?Espera, espera! Me indican que debo retirarme hacia la calle alta del Tronc?n, que en esta todos los vecinos est?n sobre los tejados. Seguir? informando.

- Amigos oyentes, esperamos en breve seguirles informando de lo que ocurre en la calle del Aceite. Nos indican que el parking de la Plaza de la Libertad se ha inundado por completo y se recomienda no intenten acceder a sus veh?culos. Permanezcan en sus lugares de trabajo o en sus casas.

El agua cae como cortinas formando aut?nticas cataratas sobre los tejados. Lo que hace unas horas eran calles secas y polvorientas se han convertido en r?os de agua y lo que es peor lodo, ramas, hojas y basuras que las hacen intransitables.

?Es que siempre ha de ser as?? Meses de sequ?a y cuando llueve todo inundado. Ya no voy a volver a rezar para que llueva. ?Que mis ?rboles se sequen y se mueran!

Publicado por Lanzas @ 18:27  | Costumbres
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 07 de noviembre de 2006
?NO QUIERO VIVIR!

Imagen


Me encontraba sumido en una gran confusi?n. Lo que me acababa de ocurrir, aunque ya hab?an pasado unos d?as estaba en mi mente como agarrado con pegamento de ese que utilizas cuando quieres pegar algo definitivamente y compras uno que te pega hasta las manos al objeto y el objeto a la mesa y para quit?rtelo tienes que utilizar aguarr?s y de todo y ves que pasan los d?as y ah? sigue. Pues aqu? sigo.

Me encontraba fumando tan tranquilo un cigarrillo en mi despacho al final de la jornada, cuando una sombra cay? del techo como si fuera un p?jaro de mal ag?ero.
- Est?s muerto, Roberto, acabas de terminar tu etapa aqu?- o? una voz melosa y agradable.
- ?Qui?n eres, un p?jaro del cielo?-le pregunt? no sin temblar de miedo.
- Soy la mism?sima muerte que te tiene en su libro para hoy d?a 1 de noviembre a las siete de la tarde del a?o 2006.
- No es posible que sea cierto. Yo estoy vivo y sin problemas-respond? aturdido.
- El libro de la Muerte no miente, amigo m?o.
- ?Pues ese libro es una aut?ntica basura!- le grit?- eres un hombre despreciable.
- El libro de la Muerte no miente y es la antesala del Juicio definitivo y no soy un hombre, si no que soy una mujer.

Entonces vi el rostro macilento de la mujer debajo del velo negro que la cubr?a casi por completo la cara. Pero era una cara armoniosa y bien formada, ?nada que ver con la calavera que recordaba tantas veces reproducida en las pel?culas de terror y dibujos.

?Es m?s!, al observar las formas de la mujer debajo de la bata negra me parecieron esculturales y me estaba cautivando. Al intentar abrazarla me encontr? sumido en un sue?o en la que quitaba la bata a la mujer tenebrosa y hac?amos el amor locamente apasionados. Sus brazos parec?an ser leves y acariciaban mi cuerpo como nunca hab?a hecho mujer alguna antes. Era tan real como los sue?os que acaban en orgasmo.
De pronto de nuevo la voz, que me resultaba tan agradable y a la vez tan inquietante:
-?Un error!, el primero en m?s de cinco mil a?os, el Roberto que tengo que buscar hoy es Roberto Mucientes y no Roberto Lucientes. Puedes seguir viviendo de momento.
- ?No! ?Yo quiero ser ese Roberto!?Ya no quiero vivir!?No vivir sin ti!

Al poco despert? como de una modorra sin soluci?n. Ya estoy seguro de que morirse no es tan malo. Y vago por la vida sin rumbo y sin ilusi?n.

Publicado por Lanzas @ 20:04  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
EL SALVADOR

Imagen

Era una joven muy ingenua que me mov?a por la vida con total confianza y si pod?a ayudar a alguien lo hacia sin miedo a que me tomaran por tonta o loca.

Mis padres me hab?an educado en un ambiente entre rural y capitalino. Me explico: hab?amos vivido en un gran chalet en el campo, pero cerca de una gran ciudad y hab?a compartido los ratos del cuidado de plantas y los ba?os en la piscina privada y fiestas con mis amigos en el patio a la sombra de las jacarandas y de los ?rboles frutales, o a luz de las l?mparas que mi padre hab?a mandado instalar, para cuando la noche ca?a y no nos cans?bamos de o?r m?sica y de bailar.

Yo era la Alicia en el pa?s de las maravillas. Mi madre, sobre todo me hab?a educado en el sentimiento religioso de ayuda a los pobres y necesitados por encima de los rezos y las falsas promesas de castidad que algunas j?venes se dan, hasta encontrar al?hombre de su vida?. Con mis amigos hab?a tonteado y con algunos hab?a mantenido relaciones durante algunos meses. Nada serio y sin expectativas de matrimonio. Ten?a el t?tulo de Licenciada en Historia a los 23 a?os reci?n cumplidos y me dedicaba al trabajo de Bibliotecaria en el Ayuntamiento de mi ciudad.
A veces en las tardes de invierno se me hac?a un poco penoso tener que buscar el coche en el parking sombr?o que hab?a cerca, y una noche en especial result? ser por una parte desagradable y por otra inolvidable de todas las maneras que lo vea.

Al apretar el mando electr?nico de apertura del coche ya muy junto a ?l, not? que un brazo se aferra a mi cintura y una mano me tapa la boca, mientras escucho:
- No grites y no te pasar? nada, tengo una pistola y te vas a meter en la parte de atr?s del coche y te bajas las bragas si no quieres que te mate aqu? mismo.
- No me mates-acert? a decir, llena de p?nico.
Un sudor fr?o comenz? a recorrerme la espalda y un miedo aterrador me envolvi?. Nunca me hab?a ocurrido nada igual, ni a mis amigas tampoco. Siempre ten?a cuidado de no ir a garajes oscuros sola ni siquiera montar en ascensores con desconocidos. Era algo que mis padres me recomendaban desde ni?a.

Un empuj?n me tir? de bruces sobre el asiento posterior y mientras notaba un peso sobre mi nuca una mano asquerosa me subi? las faldas hasta la cintura.

- Te la voy a meter por detr?s hasta que vomites, ni?a tonta- o? entre sollozos mientras notaba entre mis piernas lo que supon?a era el pene del violador.
- ?Ap?rtate, miserable!- eran dos palabras maravillosas, porque fueron seguidas de la desaparici?n de la presi?n sobre mi cuerpo y al incorporarme v? como un joven sacaba del coche a mi agresor agarrado por los pantalones a medio bajar, los cuales le hac?an de correa sobre sus muslos.
Sentada en el asiento y sin saber que hacer, mientras me colocaba la falda, renunciando a mis bragas que no acertaba a encontrar, pude ver por la ventanilla como de un pu?etazo en el ment?n del sujeto y a continuaci?n una patada sobre su blanco trasero derribaban al suelo al abortado violador.
El hombre babeaba palabrotas indescriptibles, pero dos minutos m?s tarde le vi corriendo calle abajo con los pantalones medio subidos. ?Casi me dio pena lo grotesco del sujeto!
- No te preocupes, soy Mario tu compa?ero de Instituto, ?me recuerdas?- esas palabras maravillosas y ese nombre me sonaban a m?sica dulce como de Oreja de Van Gogh. Recordaba un Mario siempre alegre, deportista y extrovertido y que yo apenas trat?.
- Gracias-balbuce? entre sollozos, mientras ?l me daba la mano para ayudarme a salir del coche.
- ?Te ha hecho da?o, Alicia??Consigui? su prop?sito? Si lo hizo, no te preocupes te acompa?o a donde haga falta, al Hospital, a d?nde quieras.
- No, no. Tu intervenci?n ha sido a tiempo y maravillosa. Acomp??ame a casa y all? me repongo del susto.

Mario me agarr? con su mano y lo que a mi me pareci? una caricia sobre la m?a, me sirvi? para sentarme en el asiento al lado del conductor. ?l r?pidamente arranc? el coche y me pareci? la gran avenida por la que circulamos, la antesala de la Gloria. Ya no me separ? de Mario hasta hoy. Es mi marido y el padre de mis tres hijos y mi SALVADOR.

Publicado por interazul @ 17:10  | Amor
Comentarios (0)  | Enviar
Domingo, 05 de noviembre de 2006
LA TRAICI?N

(A todas aquellas mujeres que han sufrido la infidelidad de sus parejas).

Imagen

Gir? sobre sus pasos y m?s corriendo que andando, a pesar de que llevaba a su hija en brazos abandon? aquel lugar. Crey? que iba a perder el conocimiento y se detuvo jadeando, entonces la peque?a se despert? y empez? a llorar; los amantes se dieron cuenta de la presencia de la extra?a y se incorporaron, pero la esposa enga?ada trat? de no ser vista coloc?ndose tras uno de los ?rboles que bordeaban la carretera; no ten?a fuerzas para enfrentarse con la situaci?n. Las piernas a duras penas la sosten?an y la cabeza la ten?a totalmente mareada. Se sent? en el borde de la cuneta a ver si se le pasaba el tremendo malestar. El aire avanzaba con dificultad por interior, una losa le aplastaba el pecho. Tuvo miedo de morir all? con su hija en sus brazos.
?Era verdad! Por fin le hab?a visto ella misma. ?Dios m?o! Ojal? no hubiera sido as?. Y, ?Ahora qu?? ?Qu? iba a hacer ahora?
Ya no le valdr?an sus palabras. ?C?mo podr?a vivir con ?l? Por unos momentos una enorme oscuridad cay? sobre ella; el mundo se hab?a derrumbado hecho a?icos. Un temblor de muerte le recorr?a el cuerpo enfebrecido. Pens? que su final hab?a llegado y lo sinti? por la peque?a que apretaba desesperadamente contra su pecho. Dej? caer la cabeza sobre s? y cerr? los ojos.
No supo cu?nto tiempo estuvo as?; el llanto de la ni?a le sac? de su postraci?n; como pudo se levant? de la cuneta y reanud? el camino de regreso a casa con paso vacilante sin volver la vista atr?s.
Los dos kil?metros que le separaban de su casa le parecieron dos mil. Cuando lleg?, cansada, enferma, vac?a, ya hab?a oscurecido. Dando tropezones con todo lo que sobresal?a del suelo meti? la llave en la cerradura y abri? la puerta de lo que ya para ella jam?s ser?a un hogar.
Dej? a la ni?a en su cunita y se sirvi? un vaso de agua; tra?a la boca seca como si hubiera tragado la tierra del maldito camino. Se sent? con el vaso en la mano, mirando el resto del agua como si fuera la primera vez que lo ve?a. Ten?a en la garganta como un nudo que casi le imped?a tragar.
Se acord? de su hija mayor, que estaba con su madrina; pero no se sent?a con fuerzas para ir a buscarla. Descansar?a un poco y dejar?a que su coraz?n dejase de galopar. Mir? en rededor: Todo le pareci? extra?o; los humildes muebles, pero s?lidos, que el marido hab?a construido, no le parecieron familiares. Crey? que estaba enloqueciendo y tuvo miedo, mucho miedo, y no pudiendo soportar tanta tensi?n rompi? a llorar a voz en grito. Ya no le importaba que su hija se despertara y se asustase, o que los vecinos oyeran sus gritos. Ya, desde las cinco y media de aquella tarde ?No le importaba nada!
Y, en efecto; los vecinos, alarmados, acudieron a ver qu? suced?a en casa de la andaluza. Cuando la se?ora Juliana con la hija mayor en los brazos se precipit? ante la puerta, encontr? a una mujer de rodillas en el suelo con la cabeza casi reposando en ?l y las manos ocultando sus negros ojos.
Trat? con suavidad de que los curiosos abandonaran la casa.
-Pero, ?comadre! ?Qu? es lo que le pasa? ?D?game! ?Por lo que m?s quiera!- dijo tom?ndola por los agitados hombros.
La dolorida mujer no contestaba, no pod?a. Un dolor terrible se hab?a adue?ado de toda ella y desde la garganta se extend?a por todo su ser como una oleada devastadora que la hab?a destruido. Su pena no ten?a l?mites en aquel instante. No pod?a reprimirse. ?No quer?a! Ya hab?a ocultado su sufrir mucho tiempo; ahora, que todos lo supieran. Que supieran que todo lo que se puede hacer por alguien a quien se ama, llegando hasta el l?mite del hambre del fr?o, de la soledad y la pena m?s absoluta, no importaba, no importaba?
-?Por favor, lev?ntese de ah?! Est? asustando a sus hijas. ?No le da pena de las ni?as? - suplic? la madrina.
La mujer fue incorpor?ndose poco a poco; el rostro descompuesto, as? como el negro cabello. La madrina le ayud? a sentarse pesadamente en una silla y con rapidez cogi? el vaso de agua de encima de la mesa y se lo dio.
La traicionada trat? de beber un sorbo pero el temblor de sus manos se lo imped?a; los sollozos continuaban sin poder controlarlos. Mir? a su hija mayor, que a su vez la miraba con sus inmensos ojos llenos de infantil asombro y, un dolor mucho mayor se apoder? de la madre. Lo sinti? por ella y lo sinti? por sus hijas a las que hab?a hecho de alguna manera responsables del distanciamiento del padre, y ahora se daba cuenta con pesar que las pobres nada ten?an que ver con la falta de amor del que hab?a sido el ?nico hombre su vida.
-Pero, ?bueno! ?Cu?ndo me va a decir usted qu? es lo que ha pasado? -pregunt? la se?ora Juliana preocupada por el aspecto de su comadre.
La mujer trataba de reponerse; bebi? un trago de agua, respir? hondo.
-?Ay, ay!, se?ora Juliana ?Que lo he visto, que lo he visto!
-?A su marido? - supuso la vecina.
-S? ?a mi marido!? y? ?no estaba solo! Y si supiera usted ?c?mo le he visto!
-Bueno, ?D?game! Me tiene usted en ascuas.
-No lo va a creer, ?Se lo juro!
-?Venga! Hable de una vez y as? sabremos si es tan grave como a usted le ha parecido.
-?No! No es que a m? me lo haya parecido, es que lo es.
La andaluza comenz? a hablar de la visi?n m?s terrible que hab?a tenido en su vida.
-?No me diga!- exclam? la comadre llev?ndose una mano a la boca.
- ?Ay!, se?ora Juliana; mi marido estaba sobre una mujer desnuda de cintura para abajo en una cuneta en la carretera, haciendo lo que usted ya se estar? imaginando. Ellos no se dieron cuenta de que yo estaba all?- repiti? la esposa y trabajosamente le cont? todo lo visto - . ?Ten?a usted raz?n!
-?Yo? ?En qu??
-Cuando usted me dijo que si el hombre no quiere nada con la mujer es que viene de la calle ?bien comido?.
La madrina se agach?, dejo a la hija mayor en el suelo y se dirigi? hacia la llorosa madre, y con una suavidad y una ternura impropia de una mujer ruda como aquella, le abraz? por los hombros y le bes? el despeinado cabello.
- ?C?lmese, comadre, c?lmese! Ya ver? como todo esto tiene una explicaci?n ?dijo por decir algo - Quiz?s a la mujer le pas? algo y su marido estaba ayud?ndole? No s?, a veces las cosas no son como parecen.
-?Calle, calle, por favor! Yo le agradezco lo que hace; pero s? muy bien lo que he visto - llor? - Y, ahora ?qu? hago yo ahora?
-Pues ?vivir! amiga, ?vivir! como hacemos todas.
-?No! ?Yo no puedo vivir con esto! ?Yo no puedo, se lo juro!- grit? m?s que dijo.
-No lo crea usted as? ?terci? la otra con voz pausada ?esto nos ocurre a muchas mujeres y la mayor?a tenemos que aguantarnos ?Qu? otra cosa podr?amos hacer? No tenemos medios de vida. Dependemos del pobre jornal que nos traen cada semana. Y si nos vamos ?qu? hacemos con los hijos? No podemos alimentarles con lo poco que ganamos fregando o cosiendo o lavando para otras casas; aparte, que ?d?nde dejamos a los hijos que a?n no van a la escuela mientras estamos trabajando?
Su comadre ten?a raz?n, pero a ella no le val?a. Ella no era como las otras; ella hab?a luchado a muerte por aquel hombre? ?No! esa raz?n no era v?lida para ella.
-?Se?ora Juliana! - comenz? con una extra?a tranquilidad ? Usted sabe lo que yo he pasado por ese hombre: hambre, soledad, fr?o, miedo y todas las calamidades que a usted ya le cont?. Le he salvado de que fuera fusilado; ya sabe que si no hubiera sido por m?, que busqu? avales por donde pude, noche y d?a como una loca, ?l no estar?a aqu?. Y ?Eso hay que pagarlo! Es muy grande lo que hice: ?Le devolv? la vida! Y si no llego a quedarme en esta tierra hubiera muerto de hambre y de fr?o; ?de eso estoy segura! Y eso ?hay que agradecerlo! Le he devuelto la vida dos veces. ?No me diga que no, por favor! ?No me diga que no!
-No. No se lo dir?. S? que usted no merece esto. Pero ?acaso alguna mujer lo merece?
.

Publicado por mariangeles512 @ 20:11  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 01 de noviembre de 2006

EL ENCUENTRO

Imagen

Aquella ma?ana me levant? como ya tantas otras sin ganas de nada. Fui a la cocina a hacerme un poco de caf? y tomar un zumo de naranja. Mir? por la ventana y lo que vi no me interes? para nada. Me tome mis pastillas para la tensi?n y el colesterol y me ech? de nuevo, ahora en el sof?.
A pesar de haber tomado dos V
aliums no hab?a podido descansar bien; el sue?o ya no era mi amigo
Los d?as se suced?an sin aliciente alguno, y all? en aquella soledad en que me encontraba, la vida carec?a de sentido para m?.
Ya no pod?a ni ir a mi trabajo, que era lo ?nico que me manten?a con algo de ?Norte? en mi vida desde mi separaci?n. Me encontraba tan mala que no pod?a soportar las siete horas de trabajo, aunque ?ste no fuera de mucho ejercicio.
Estaba sola. Mis hijos hab?an partido hacia otras ciudades para realizar tambi?n sus trabajos y no ten?a a nadie, excepto algunas amigas, que como yo, estaban viudas o separadas.
Sab?a que estaba en lo m?s profundo de un pozo, desde cuyo fondo no vislumbraba claridad alguna. Me agarraba como pod?a al borde del mismo tratando de ganar la luz, pero agotada por el empe?o volv?a a caer al fondo. El vac?o era mi mejor amigo.
La psic?loga a la que acud?a cuando mi angustia era total, me hab?a aconsejado que cambiara de vida, que buscara alguna relaci?n, que me comunicara m?s con la gente, que no estuviera tanto tiempo sola. El problema era que a m? ya no me interesaba nada ni nadie .Me hab?a apuntado a una Agencia de contactos y no llegu? a conocer a nadie que me atrajera ni siquiera un poco, y salir con un hombre por salir tampoco lo soportaba. No s? si era que todos aquellos hombres me resultaban irrelevantes, o era yo, que ya no sab?a valorar nada.
Cuando llegaba la noche y me introduc?a bajo las s?banas, era cuando mi realidad se me hac?a m?s insoportable. No ten?a miedo a los presuntos ladrones; ten?a miedo de m?.
Miedo de enloquecer entre aquellas paredes, sin un rostro que me mirase y una mano a la que asirme cuando el mundo se me antojaba tan absurdo e in?til. La idea de que no ten?a que haber nacido ganaba espacio en mi mente, y la otra de que muy bien pod?a acabar con todo aquel dolor, tambi?n. Unas cuantas pastillas, bien mezcladas con el suficiente alcohol, un sue?o profundo y todo terminar?a.

Pero algo en m? se rebelaba de alguna manera contra esa idea. ?Por qu? no pod?a yo ser un poco, s?lo un poco feliz? Nunca lo hab?a llegado a ser. Me hab?a casado con el hombre equivocado atra?da por la personalidad pol?tica que manifestaba en aquellos tiempos de revueltas estudiantiles, pero pronto descubr? que enamorada no estaba de ?l. Nunca llegu? a conocer el aut?ntico amor. Y yo quer?a haber amado, haber besado con pasi?n a un hombre, haber compartido con ?l todas mis vivencias, mis alegr?as, mis penas, mis logros; haber envejecido juntos, unidos hasta el final, como nos dijo el sacerdote que nos cas?.
Pero no. Nada de esto hab?a sucedido. El desencuentro se produjo desde el primer d?a. Nuestros caracteres chocaban frontalmente y el amor que cre? encontrar en aquel hombre no se dio jam?s. Y en m?, tampoco. Y ahora yo andaba hambrienta de amor, de compa??a, de palabras amables no escuchadas, de besos no dados, de caricias no recibidas, de pan no compartido.
La soledad era mi mejor amiga, pero yo la odiaba.

Me levant? y fui al armario donde guardo las medicinas. Ten?a las suficientes drogas psicotr?picas como para acabar con un caballo; y yo soy m?s bien menuda. Extend? la mano para coger la caja de ansiol?ticos, pero la dej? en el aire. Algo invisible me pareci? que me imped?a tocar mis pastillas. Not? que sudaba copiosamente y volv? al sal?n a reposar unos minutos en el sof?.
De pronto, pens? en tantas personas con enfermedades terminales que luchan por un momento m?s de vida. Yo lo sab?a muy bien ya que soy m?dico. Sent? algo parecido a la verg?enza por no poder absorber, por no saber untarme, lo m?s hermoso que tenemos: La vida.

En medio de mi confusi?n mental me acord? que ten?a que salir a por los partes de baja. ?Dios m?o! Con lo mal que me encontraba. Mir? el calendario y vi que la baja anterior hab?a concluido y no ten?a m?s remedio que ir a por otra.

Fui a mi habitaci?n y me arregl? lo mejor que pude despu?s de ducharme, y medio mareada por tanta pastilla sal? al pasillo para tomar el ascensor. Lleg?, entr?, y cuando llegu? a la planta baja un hombre de cierta edad estaba parado ante la puerta. No s? c?mo, mis llaves cayeron de mis manos algo temblorosas y aquel se?or se agach? para recogerlas. Cuando me las entreg? me mir? a los ojos y yo a los suyos. Eran unos ojos ya cansados pero al mismo tiempo llenos de alegr?a por la vida. Al momento me di cuenta que me gustaron. Quise darle las gracias por su amabilidad y not? que balbuceaba. ?Uf! Vaya rid?cula que me sent?. El hombre me sonri? y me pregunt? si necesitaba algo ya que me ve?a, seg?n dijo, muy p?lida. Al o?r las palabras de alguien que se interesaba por m?, romp? a llorar. Llor? por todo y por todos, los que como, yo viven solos y pensando que la muerte es la mejor soluci?n para sus vidas, sin tener en cuenta que ?sta es lo ?nico que realmente poseemos.
Me acompa?? a una cafeter?a que hay en la esquina de mi calle y tomamos un caf?.
A medida que me hablaba y, sobre todo, me miraba, yo sent?a que algo muy dormido en mi alma despertaba. No pod?a creerlo. ?A estas alturas!
Charlamos tanto tiempo que la hora de la consulta se me pas?, pero no me import?.
Me pidi? si pod?amos vernos otro d?a y yo sin pensarlo dos veces dije:
-?S?! Encantada.
Me tendi? su mano y ?sta era c?lida y suave y yo percib? una emoci?n largo tiempo ausente en mi vida. Me sent? rara pero tambi?n muy bien. Todo aquello a mi edad me parec?a absurdo, pero era lo que estaba sucediendo. Hac?a veinte a?os que me hab?a casado y ocho que me hab?a abandonado como un trapo viejo y nunca sent? algo semejante.
Solt? mi mano y nos dijimos hasta pronto.
Volv? a subir a casa. Una intensa emoci?n recorr?a mi cuerpo. Fui a la cocina y vi el armario de las medicinas abierto, tom? en mis manos un mont?n de cajitas y las ech? a la basura. S?lo me qued? con el Valium por si acaso.
Estaba segura que ya no me har?an falta. La vida volv?a a mi vida.
Salimos una noche a cenar. Mantuvimos una conversaci?n largo tiempo a?orada. M?s tarde fuimos a su casa. Aquella noche hice el amor con aquel hombre que apenas conoc?a como nunca lo hab?a hecho con mi marido. Su boca recorri? todo mi cuerpo tantos a?os sediento de caricias y yo le correspond? con la misma pasi?n o tal vez m?s; cuando entr? en m?, mi cuerpo y mi mente por unos momentos huyeron de este mundo. El subir al para?so fue al un?sono.
Al d?a siguiente hab?a quedado con una de mis amigas, enfermera, y me dijo:
-Luc?a, ?te ha pasado algo?
-?C?mo algo?- pregunt? a mi vez.
-S?, algo fuera de lo normal. Tus ojos brillan mucho m?s y est?s incluso m?s guapa.
-?Ah! S?, si me ha pasado algo.
-?Dime! ?Por favor!
-Pues mira, que han tenido que pasar veinte a?os suponiendo que hac?a el amor, para saber lo que realmente es un orgasmo. Y, ha merecido la pena.

Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Amor
Comentarios (0)  | Enviar