Mi?rcoles, 29 de noviembre de 2006
¡MÍRADLA!

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Las hojas de los castaños susurraron:

Las hojas de los castaños susurraron:

-¡ Miradla! Hace tiempo que camina sin rumbo por las calles. No mira a nadie; sus ojos perdidos en el infinito. Ya no es la mujer que antaño se arreglaba, se perfumaba y aparecía muy bella; no, ahora su aspecto es perdulario; el pelo sucio, descuidado, asomando las raíces canas, y el rostro ajado sin maquillar, como era su costumbre.
Está derrotada.
Sale todas las mañanas temprano y camina hasta la inmensa playa. Otea el horizonte, y allí, en la dorada arena, alzando lo brazos hacia el cielo grita al indiferente mar, su dolor, su abandono:
-“¡Mar! ¡Mírame! ¿Ves cómo estoy? Tú que sabes de Todo ¿Qué ha pasado conmigo? ¡Mar!, yo he sembrado una cosecha de amor desinteresado, he amado a mi hijo de forma total, ya ves, hubiera dado la vida por él; y no soy correspondida ¿por qué? ¿Puedes tú, acaso decírmelo? He sembrado, pero no he recogido nada.
Me ha abandonado: No me visita, no me llama, ni siquiera en mi cumpleaños, no pregunta cómo estoy, conociendo la fragilidad de mi salud; ¿por qué? amigo mar.
Pasan los días, los meses y los años, mar, y sé que voy a morir, y será sola, porque no estará conmigo, y si viene después, ya no lo sabré y ya no me importará”.

.El silencio murmura allí mismo:

- Va sola; nadie la acompaña ni dentro ni fuera de su casa. El que fue su compañero ya no está. ¡Mejor!, no fue un buen compañero.

El viento, las olas, las nubes, se preguntaron ante este clamor:

- ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué ha hecho esta mujer para merecer semejante castigo? ¿Le abandonó en alguna ocasión? ¿Escatimó al hijo el amor que necesitaba?
-¡No! - contestaron las gaviotas alarmadas - En toda su vida desde que le alumbró, sólo tuvo tiempo para él y para trabajar. El escribir, que tanto le gustaba, lo iba posponiendo para cuando el hijo fuera mayor. Y sí, ha escrito un libro que le ha llevado largos años, pero ahora yacen los papeles por el suelo, polvorientos, y el ordenador mudo en su mesa en la abandonada habitación con las persianas bajadas de la silenciosa casa…

El abandono es la insignia de su barco hundido hasta el palo mayor.

El viento marino exclama:

-¡Va con su dolor! ¡Miradla! Va con su dolor, y va muy acompañada, ya que éste es muy grande.
Ya nada le interesa, no habla con nadie, sabe que no la entenderían, y además ¿a quién podría interesarle su pena?

La dorada arena la observa y comenta entre ella:

-¡Miradla!, se detiene; alisa los desordenados cabellos y con esos ojos que un día fueron hermosos mira hacía el horizonte azul y blanco. Levanta los brazos y ¡oíd lo que dice!:
“-Pero, ¡mar! Te digo algo: tengo que dar las gracias. ¡Sí! Gracias a mi hijo.
Yo en estos tiempos estoy sufriendo como una condenada, ¡Es lo que soy! Cuando apenas empecé a ser mujer y el doctor me dijo:”jovencita, esperas un hijo”, yo sentí cómo si mi felicidad me hiciese emerger fuera de la realidad. El nacimiento de mi hijo fue largo y penoso pero mi dicha no la puedo describir cuando ya lo tuve conmigo.

Iba por la calle, recordando ese trocito de mí, y una alegría inmensa se apoderaba de todo mi ser.
Luego le vi crecer, vi su gran inteligencia, su belleza, su bondad, todo tan importante para mí.
Sus éxitos en los estudios invadieron mis días de amor maternal. Era el motivo de mi existencia.

Pero ahora ya no está conmigo. El dolor no termina, pero si midiera la felicidad sentida con él en el pasado, y el dolor que siento ahora por él, creo, que ganaría la felicidad.

Así pues, y a pesar de que quizá ya no le vea nunca más, tengo que darle a mi hijo las gracias por lo feliz que me hizo”.

Estas palabras fueron oídas por el viento, por las olas, por cielo. Las nubes huyeron asustadas de tanto dolor. Las gaviotas levantaron el vuelo en dirección al mar.

Y un magnífico sol en el crepúsculo exclama:

-La mujer entra en el agua. Su vestido ajironado flota sobre las olas. El atormentado cuerpo va haciéndose cada vez más y más pequeño. Los cabellos que un lejano día fueron bellos y brillantes asemejan ahora un animal cristalino de indefinidas formas. Ya su cabeza es un lejano punto negro que se pierde en la inmensidad de este océano que la madre ama y en el que busca la paz..


Publicado por mariangeles512 @ 13:47  | Amor
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Martes, 28 de noviembre de 2006

LA PATA DE CONEJO- 3ª PARTE.

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A nadie le pareció un extraño. El anciano les habló de cómo en las Navidades se reúnen las familias para recordar lo que los mayores hicieron por los jóvenes cuando eran niños y cómo algunas parejas veneraban a los abuelos y por supuesto a los padres.

- ¿Por qué nos dejó la pata de conejo?- preguntó de pronto un Roberto casi tan anciano como él.
- Porque demostraron una amabilidad y hospitalidad conmigo, sin conocerme, que bien merecía un premio. Yo no llevo ni dinero ni alhajas, pero si amuletos y regalos.
- ¿Sabe que nuestra suerte cambió desde entonces?
- Por supuesto que lo sé y he venido para renovar la pata de conejo. Su comportamiento es ejemplar como familia unida y se apoyan en todo. Un golpe de suerte que en realidad la pata no tuvo nada que ver.
- ¿Cómo dice?- preguntó Enrique.
- No puedo decir más. Sólo darle a Roberto, único dueño de ella, esta nueva pata de conejo, a la cual pueden pedir tres deseos. Pero recuerde que no debe de pedir ni dinero ni joyas, porque entonces su respuesta es macabra aunque lo conceda.
Sin más el anciano se levantó y se fue, no sin antes dar unos caramelos a los niños que jugaban alegremente en una de las salas de la casa.

Los hijos se despidieron de sus padres y todos quedaron en volver al hogar común a principios de año.

En la primera curva del camino, el coche de Enrique derrapó. La nieve acumulada se había helado y al querer frenar se precipitó por la empinada ladera, yendo a parar a unos cincuenta metros más abajo chocando con un pino recio y antiguo. En el coche viajaban con Enrique, su mujer Vanesa y sus hijos Lucía y Fernando.

El cinturón de seguridad de Lucía se cortó, saliendo disparada y rompiéndose el cuello con resultado de muerte en el acto. Enrique pudo sacar a sus hijos que viajaban en la parte de atrás y hasta pasada una hora no llegaron los servicios de asistencia.

Los tres quedaron ingresados y tuvieron que sufrir múltiples intervenciones.

- ¡Señor ayúdanos!-Imploraban Roberto y Elena.
- ¡Pata de conejo! Salva a nuestro hijo y a los niños- se decide Roberto a pedir abrazando la pata como si de un niño se tratara.

A los tres días del accidente una noticia esperanzadora y otras desalentadoras llegaron a los padres de parte del Jefe de traumatología del Hospital Central.
- Su hijo está a salvo, pero los niños, verán: Lucía sufre un traumatismo cráneo-encefálico agudo que no se puede predecir su salvación y Fernando necesita un trasplante de hígado, porque quedó incrustada una chapa en su costado derecho y está destrozado. Vive milagrosamente.
- Haga todo lo que pueda por ellos.

Una duda revoloteaba por la cabeza de Roberto: Al ser tres los familiares heridos, ¿supondrían tres deseos o serían sólo uno? No existían tratados sobre patas de conejo. Es más había leído que en realidad las mágicas eran de liebre, por aquello de que las brujas se reencarnaban en ellas. Tenía que preguntárselo a su hijo, que seguramente conocía a alguien que pudiera ayudarles.

Después de hablar con Enrique, la cosa estaba clara, el tal Serafín era el indicado para ser consultado.

- Mire, Roberto- le comenta un Serafín muy instruido y muy miope también sea dicho de paso- creo que cada persona que se quiere salvar es un deseo pero en estas cosas no hay nada escrito. Puede probar a pedir otro. ¿Cuál sería?
- Qué el niño se salvara por un trasplante de hígado, pero que la niña tampoco se muriera aunque fuera necesario una parte de su hígado para salvar al hermano.
- Difícil situación, pero consultaré esta noche con Remedios, una amiga mía que habla con seres del más allá como si nada.

Roberto y su mujer no podían dormir. Entre los viajes al Sanatorio y la situación existente su fuerte moral estaba siendo minada.

Pero esa noche Elena tuvo una idea.
- ¿Y si nos dejamos de patas de conejos y de parasicólogos y vamos a rezar a la Iglesia y pedimos con fe la curación de nuestros nietos? Hace unos años, ¿recuerdas? No dudábamos de Jesús ni de la Virgen María.
- Estoy de acuerdo, las supersticiones son para los necios y para los no creyentes.

Al día siguiente Elena adquirió tres velas de las grandes y las colocó a la Inmaculada de su parroquia.

- Virgen Santa, que nuestro hijo y nuestros nietos se salven.

En el fondo de la Iglesia un anciano con su abrigo casi rojo les hizo recordar al anciano de las patas.
De forma sigilosa, Roberto se acercó a él y le preguntó:
- Noel, ¿es usted?
- Yo nunca he sido Noel, pero sí el anciano que acudió las ultimas Navidades a su casa.
- Entonces usted sabe lo de las patas de conejo.
- Sé que no son nada relevantes en sí mismas. Sólo la fe mueve montañas.
- Entonces ¿nuestros nietos tendrán cura si se lo pedimos a Dios Nuestro Señor?
- Naturalmente y yo me uno a sus peticiones.

El matrimonio algo más reconfortado entró en la casa con una idea muy clara: Tirar la pata de conejo para que fuera pasto de las llamas en la chimenea y sacar la vieja imagen de la Virgen María del arcón de los trastos antiguos.

Sobre la repisa de la chimenea alumbraron con velas a la vieja, pero cuidada imagen, que era una inspiración de la Inmaculada de Murillo.

A las pocas horas el teléfono sonó.
- ¡Papá, mamá!, los niños están recuperándose. La operación ha sido un éxito. No sé como les voy a explicar lo de su mamá.

Entre la alegría y la tristeza se debatían los buenos esposos, padres y abuelos.

Aquella noche el viento trajo el ulular de una voz inconfundible; la de Lucía:
-No os preocupéis, yo tenía un cáncer incurable y me moría en unos meses. No supe como deciros adiós. Prefiero esto. Estoy con vosotros desde un lugar plácido y seguro.

Los esposos viejos, cansados y esperando morir juntos para no sufrir más de lo necesario, respiraron tranquilos.

Todo volvía a los tiempos de antaño, cuando se rezaba por Navidad en familia y no sólo se comía y bebía hasta caer muertos de sueño.

Moraleja: No crean en fetiches y miren más hacia el cielo. Posiblemente es donde está la salvación
.


Publicado por quijote_1971 @ 21:20  | Misterio
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S?bado, 25 de noviembre de 2006
La última parada.


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El viejo tren que recorría el trayecto desde Robledo a Matalagorda no era diario. Sólo los martes, jueves y domingos hacia ese trayecto e incluso había salido una nota de la Empresa ferroviaria de los Ferrocarriles del Sur en la cual comunicaba que iba a ser eliminado al terminar el año de la historia.

Muchos aldeanos habían podido consumar sus negocios y muchas parejas se habían consolidado gracias al viejo ferrocarril. Antes, sólo el caballo o las mulas transitaban por la Sierra aquella. Hablaban de que la moderna autovía que estaban construyendo por el otro lado de la Sierra iba a tener unos túneles que se abrirían sobre esos pueblos olvidados durante tantos años por los gobiernos y los empresarios.

Piño era un joven de los pocos que quedaban en Robledo. Todos acababan emigrando a la ciudad e incluso a otras Regiones más prósperas. Se había quedado porque sus padres le habían educado con la idea de que se ocupara de la granja tan próspera que tenían. Más de doscientas vacas lecheras y buenos marranos y gallinas completaban una de las pocas explotaciones familiares que compensaban a sus dueños.

Desde hacía dos años Piño hacía ese recorrido dos veces por semana. Las veces que veía a su novia en Matalagorda, que a pesar del nombre no daba mujeres gordas si no más bien estilizadas y con buena planta. Piño pensaba que a la gorda la debieron de matar cuando lo de la reconquista.

Nina, la muchacha por la que bebía los vientos nuestro Piño quería casarse para salir del otro pueblo, que aún estaba más atrasado que Robledo.

En esas estábamos, cuando ese domingo, bien trajeado y encorbatado, el joven se acercaba en el tren, que de forma invariable salía a las nueve de la mañana y llegaba a Matalagorda a las once y media para volver a las cinco de la tarde hasta Robledo de nuevo, hacia la estación donde una novia amante le esperaba con impaciencia.

Al llegar al último túnel, un traqueteo fuera de lo normal intranquilizó a nuestro amigo. Como a unos cien metros en el interior de la boca de entrada, el tren descarriló. Cómo si fuera una pluma Piño salió disparado de su asiento y fue a caer junto a una mujer que se estaba preparando para salir rauda en la última estación.

Al poco, un griterío infernal se apoderó del tren. Los lamentos, las suplicas, las voces interrogadoras dentro de una oscuridad casi total llenaban el espacio entero.

Piño se pudo incorporar a duras penas y asiendo a la mujer que tenía a su lado salieron del tren. El túnel, que tantas veces había pasado embelesado pensando el abrazo que daría a Nina, se le hizo siniestro, oscuro y al lado de una mujer, a la cual sujetaba por la cintura y que estaba presumiblemente coja. Entre un barullo de gentes que no sabían donde ir, él sí sabía. Unos doscientos metros sólo y pasada una curva se podría divisar la salida, sin duda iluminada por el sol.

Aquel trayecto le resultaba interminable, pero no importaba. La mujer le suplica.
- Más despacio no puedo caminar.
- No se preocupe ya falta poco- mentía un Piño encorajinado y sorteando toda clase de chatarra y hasta cuerpos mal heridos.
Al fin se vio la luz. Y al otro lado ya estaban los primeros auxilios portados por la maquina de maniobras y un gran vagón descubierto con herramientas y del cual bajaban unos veinte hombres y algunas mujeres.

En medio de la confusión vio por primera vez el rostro de la mujer y notó el cuerpo bien formado de la misma. Era una mujer rubia color ceniza y con los labios gordezuelos y unos pómulos suficientemente pronunciados como para ser deseable el acariciarlos. Un poco de sangre deformaba su rostro, pero aún lo hacía más hermoso. Sus piernas, una de ellas colgando como un monigote de trapo, eran esculturales.

Con sumo cuidado la subió a otro vagón de auxilios que estaba enlazado al pequeño convoy. Ya otras victimas estaban siendo atendidas por un médico y por dos mujeres. Una de las mujeres era Nina.
La mujer desconocida sonrió a Piño y le dijo:
- Gracias por ayudarme, espero verte en el hospital comarcal. Quiero hablar contigo.
Una Nina exasperada, con la cara rojiza como una manzana explotó:

- ¡Yo sufriendo con lo que podía haberte ocurrido y tú estabas muy bien acompañado por lo que veo! Y apenas un rasguño.
- Mujer, espera que te explico.

Todo fue inútil. Nina nunca creyó, que la mujer que resultó ser su rival hubiera parado el golpe a Piño y que él no la conocía de antes para nada.

Ellos no lo quisieron aclarar nunca ya.









Publicado por Lanzas @ 17:35  | Amor
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TODA UNA VIDA POR DELANTE

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Vivíamos en un nuevo barrio, distante del marginal en el que nos habíamos criado y donde mi marido había tenido tan malas compañías que terminó por caer en lo peor: la droga.
El dinero que ganábamos era insuficiente para costearse el vicio. Cuando ya no sabía a quién pedir más dinero para que se comprara la “papelina” que le calmara el “mono,” mis padres nos habían prestado mucho y ya no podían darnos más, salí al centro de la ciudad y vendí las pocas joyas que poseía y por las que me dieron la cuarta parte de su valor.
Ya no podía acudir al trabajo y cumplir bien con su cometido así que le despidieron. Yo no trabajaba en aquel entonces y llegamos a pasar calamidades. Muchas veces fui a la casa de mis padres rogándoles un plato de comida.
La situación de violencia llegó a tal extremo que fue absolutamente necesario que le hablase de acudir a un centro de rehabilitación, o no podríamos seguir juntos, aunque le amaba apasionadamente, pero nuestra vida era lo más parecido a un infierno. Él se negaba, pero llegó un momento en el que me dijo:
- Está bien. Haz lo que tengas que hacer para que pueda salir de este calvario.
Miré su cara descompuesta, sus ojos enrojecidos y su delgadez, y sentí hacia él una piedad enorme, aparte del gran amor que le tenía. Le besé con ternura y salí de la casa.
Me pasé el día entero de aquí para allá buscando trabajo. Estaba dispuesta a todo, hasta meterme a puta. No fue necesario. En una buena casa de familia, encontré trabajo para cuidar al abuelo, un señor que estaba inválido de cintura para abajo.
La familia, compuesta por los padres, abogado él, profesora ella, y dos hijas que estudiaban en la Universidad, me pareció muy agradable.
Mi trabajo consistiría en ayudar al anciano en su aseo, vestirle y darle las comidas, aparte de la medicación que tomaba, más acompañarle cuando la familia estuviera ausente.
El sueldo era generoso y me sentí muy contenta. Con ese dinero podríamos pagar lo que costaba la estancia en el centro de desintoxicación; así pues, salí de aquella casa con un mundo de esperanzas gravitando sobre mí.
Le conté a mi marido lo ocurrido. Me miró con ojos agradecidos y esto fue ya suficiente para mí. No necesitaba más.
A la semana siguiente le acompañé al Centro elegido; allí quedaría internado por semanas, hasta que pudiera hacerse cargo de su vida como una persona sana, que no dependiera de sustancia extraña alguna para vivir.

Pasaba en mi trabajo la mayor parte de mi tiempo pendiente del abuelo y el resto en las visitas que podía hacer a mi marido.
Llegué a tomarle mucho afecto al anciano, ya que era una persona amable y cariñosa que no quería dar más trabajo que el imprescindible. Con las hijas también llegué a tener bastante relación, quizá porque eran de una edad próxima a la mía. La mayor, era una mujer guapa y bien formada; la menor, también bonita y más simpática. Al paso de los días y los meses acabaron por conocer toda mi vida y el problema de mi esposo, al cual sabían que adoraba. Reconocían mi esfuerzo por sacarle del abismo en que se encontraba, y esto me gratificaba.

Cuando iba a visitar a mi marido, le contaba de mi trabajo en la casa y de las personas que en ella vivían. Le hablaba del abuelo, de su bondad; de los señores tan atentos conmigo y, sobre todo, de las hijas: lo hermosas e inteligentes que me parecían. La verdad era que estaba tan agradecida a la familia que sólo tenía halagos para con ella.
Él parecía que escuchaba ausente; sus ojos fijos en algún punto más allá de la ventana que miraba al hermoso jardín. Tenía la impresión que la mejoría era muy lenta.
-¿Ocurre algo? Te noto algo distante –le dije una tarde lluviosa en la que no salimos a pasear por el parque y permanecimos sentados en el saloncito de visitas.
-¡No! ¿Qué va a pasarme?
-Tú sabrás, por eso te pregunto- dije algo preocupada por su actitud.

-¡Es que estoy ya harto de estar aquí encerrado! ¡No puedo más!- dijo tras un breve silencio, llevándose las manos a la cabeza.
-¡Por favor! Ten paciencia, ya queda menos tiempo para que estés recuperado.
-¡Recuperado, recuperado!… ¿qué sabrás tú de eso?
No entendí aquella reacción. Sólo pude balbucear unas palabras cargadas, por vez primera, de resentimiento hacia él:
-No, ¡claro que no! Yo no sé nada de eso. Yo no me he drogado hasta ponerme ciega, como tú.
-¡Vaya! Ya salió la mala ’leche’ a relucir. ¡Todos no somos tan santitos como tú!
Mi paciencia se iba agotando.
-Bueno, ¡Dime! ¿Qué es lo que te pasa? Yo intento con toda mi alma ayudarte, ¿Qué me estás reprochando?
- Y, ¿Ahora toca el ponerme delante de las narices lo que te debo? ¿Tengo que rendirte pleitesía porque estés pagando este tugurio?
-¿Tugurio? ¿Llamas tugurio al lugar en el cual te están ayudando a convertirte de nuevo en un hombre y que me cuesta casi todo lo que gano trabajando diez horas al día?- le grité mientras me levantaba y salía del salón sin decir ni adiós.

Aquella noche apenas dormí. A través de los cristales contemplé largo tiempo la luna que me pareció que flotaba en un cielo muy claro entre vaporcillos plateados.
Cuando me levanté mi mente y mi cuerpo acusaban el insomnio. Me arreglé y salí hacia la casa donde me esperaba mi “viejito” para atenderle en su aseo.
Viendo mi demacrado rostro me preguntó:
-¿No has dormido bien, verdad?- dijo con una mirada tierna en sus azules y aún bellos ojos.
-Pues no, he pasado mala noche.- concedí tratando de despejarme.
-¿Seré muy impertinente si te pregunto que te ha pasado?
Su interés, el calor que percibí en su voz, rompieron mi reserva. Necesitaba hablar. Una vez que hube terminado me dijo:
-Yo no he estado nunca en una situación como en la que se encuentra tu marido, pero sé que se sufre mucho; hay que tener mucha, pero mucha paciencia y, sobre todo, mucho amor; esto ya sé que se lo das, así que, hija mía, ten paciencia. Tu marido cuando se reponga totalmente, se dará cuenta de lo que estás haciendo por él y no podrá por menos que agradecértelo con tanto cariño, al menos, como tú le profesas a él.
Las palabras del anciano apaciguaron mi exaltado ánimo y decidí seguir con mis tareas sin pensar más en aquello.

Pasaron varios meses. En ellos no había hecho más que ir de mi trabajo a mi casa., y a verle en todas las ocasiones que podía. Un domingo pude estar con él en privado e hicimos el amor con la misma pasión de los primeros meses de casados.

Entrado el invierno del siguiente año me dijo que ya estaba prácticamente curado; que los médicos le habían dicho que tendría que seguir yendo al Centro cada mes, pero que estaba en condiciones de hacer una vida normal fuera de allí.
Casi di saltos de alegría ¡por fin juntos en casa! Me agarré a su cuello y le ‘comí’ a besos. Su entusiasmo no alcanzó los grados del mío, pero no quise darle mayor importancia .En determinado momento cogió mis manos y dijo mirándome con aquellos ojos que me habían enamorado:
-Elena, perdóname si en algún momento no te he hablado con el respeto y el cariño que te mereces. Lo siento, de veras, todo se ha debido a la maldita droga.
-No pienses en nada del pasado; miremos sólo al frente, al futuro.

Nos fuimos a nuestra nueva casa y aquel día fue uno de los más felices de nuestra vida matrimonial. Comimos juntos, vimos una película y después nos echamos en la cama para saciar el hambre de caricias que teníamos.

A la mañana siguiente hablé con los hijos de mi ‘viejito’ para ver si podían ayudarnos en lograr algún trabajo para mi marido. Me dieron muy buenas expectativas y mi contento no cabía dentro de mí.
Pasados unos días el padre del señor al cual yo atendía me llamó y me dijo:
-Elena, tengo algo para usted. He hablado con un colega sobre su esposo y me ha dicho que tiene un puesto de trabajo que quizá pueda interesarle. Pásense por casa un día de éstos.
-¡Oh! ¡Muchas gracias! Claro que le interesará. ¡Que Dios se lo pague!- dije sintiendo que la emoción me embargaba.
El día se me antojó muy largo; ardía en deseos de llegar a casa y darle a mi esposo la buena noticia.
Ya tarde, cuando por fin acabé mi trabajo fui corriendo a casa. Él no estaba allí. Me extraño que no me hubiera dicho que pensaba salir y, sobre todo, que no estuviera a aquellas horas. Le esperé impaciente mientras hacía una frugal cena.
Las agujas del reloj dibujaron su caminar varias veces hasta que oí el ruido de la llave en la puerta. Eran las seis de la mañana.
Entró y no me atreví a preguntar nada. Esperé.
-Perdona, mujer, salí y me encontré con unos coleguillas y me entretuve; lo siento.
Miré sus ojos y no supe bien qué es lo que vi en ellos. Tuve miedo de que hubiera caído otra vez; pero no, era algo nuevo lo que percibí en el brillo de sus pupilas, aunque no pude o no supe descifrarlo.
-Está bien, pero ahora que vas a poder trabajar no es conveniente que trasnoches tanto; mañana iremos juntos donde trabajo, que el señor tiene algo que decirte- dije con voz serena sin querer darle importancia a su tardanza - Vamos a la cama; tratemos de dormir un ratito.
-¡Oye! No tenías que haberme esperado levantada. Soy un hombre. Sé lo que hago.
-Ya, ya sé que eres un hombre, pero a veces ocurren cosas y…
-¡Siempre con tus preocupaciones, mujer!
-Bien, no hablemos más por ahora. Vayamos a dormir

Pasó el tiempo trayendo a mi vida una gran alegría. Me sentí indispuesta y acudí a consulta médica. Me hicieron unos análisis y resultó que esperaba un hijo. ¡Un hijo! Lo más grande para mí. Había soñado tanto con él, que ahora, sencillamente, me parecía mentira.
Aquel día, después de la consulta llamé a la casa donde trabajaba para avisar que iría más tarde. Me recosté un rato y el malestar se fue diluyendo poco a poco. .

Pasadas algunas horas y sintiéndome ya mejor, decidí ir a trabajar. Le había tomado un especial cariño y me daba lástima que estuviese solo aquel día.
Me compuse el cabello y salí llena de alegría; loca por contarle lo de mi niño al abuelo.
Como tenía llave de la casa la introduje en la cerradura, y con rapidez abrí la puerta. Me dirigí a la habitación del anciano; por el pasillo me pareció escuchar leves quejidos. Tuve miedo de que algo le hubiese ocurrido al enfermo, aunque distinguí que los lamentos no procedían de su dormitorio ¿De dónde, pues?- me pregunté preocupada –no hay nadie en la casa a estas horas.
Caminé despacio por si podía encontrar el origen de lo que oía. Al pasar delante de la puerta de la hija mayor de los señores, se extinguió la duda. Los gemidos eran una mezcla de gozo y dolor. Me extrañaron tanto que tuve la osadía de abrir la puerta. En el lecho de la señorita, yacían ella y mi marido abrazados apasionadamente, tanto que ni advirtieron mi presencia.
Quedé petrificada. Mi corazón galopando creí que me delataría. Temblando cerré la puerta con la suavidad que mis escalofríos me lo permitieron.

Salí a la calle desorientada, enloquecida de humillación y dolor.

Vi una Iglesia abierta y entré. El frío reinaba entre sus viejos muros. Allí, mirando al Cristo en la Cruz, no pudiendo creer aún lo visto, deslicé una mano por mi rostro para enjugar las lágrimas que nublaban mi vista y que no podía evitar; en ese mismo instante noté un ligero movimiento en mi interior: ¡Mi hijo! ¡Pobre mío! También se estremecía con el dolor de su madre. Deslicé mi mano sobre mi vientre y noté cómo había crecido.
Miré de nuevo al Cristo en la Cruz. Su rostro crispado por el dolor parecía trasmitirme:
-“No sufras, hija, puede que hayas perdido un amor, pero otro nuevo está creciendo dentro de ti, y ése, seguro que siempre te amará de verdad”

Salí del templo con el alma serena. Todo estaba por vivir.



A todas las madres para las cuales sus hijos son lo más grande de su vida, entre las cuales, me incluyo yo.


Publicado por mariangeles512 @ 17:26  | Amor
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Jueves, 23 de noviembre de 2006
LA PATA DE CONEJO- 2ª PARTE

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Aquella noche, Enrique no pudo dormir. Se levantó muy temprano, procurando no despertar ni a su mujer ni a los niños y después de comprobar una vez más que el maletín seguía allí, el cual no se atrevía a volver a abrir, se sentó junto a la mesa de la cocina.

A pesar de haber tomado dos cafés bien cargados, el cansancio le hizo caer dormido sobre ella.

- Buenos días señor: ¿Cómo tan temprano, despierto?- el saludo de Teodora, la asistenta, le levantó de un salto.
- Hola, Dora. Es que apenas pude dormir hoy, con lo de mis padres y todo el lío que nos traemos.
- Disculpe. ¿Vio el maletín que me dejaron los de la Agencia esa?
- ¿Qué maletín me dice?-sabía perfectamente a que portapapeles se refería, pero lo que no podía imaginar es que la asistenta supiera algo.
- El plateado que dejé junto al perchero. Los papeles que me dieron los puse en el cajón de su escritorio. Me dijeron que aunque era Navidad era muy importante dar con usted, para que firmara. Como tenían prisa, se marcharon advirtiéndome que mañana vendrían a por la copia firmada.
- Pero ¿usted se hizo cargo del maletín?- extrañado de que algo así se pudiera dejar a una simple criada.
- Bueno, en realidad era una caja y supongo que el maletín es el regalo de alguien. La abrí porque me parecía algo rota y no quería que en la entrada de la casa hubiera cajas en mal estado. Me lo tiene dicho la señora.
- Vale, no se disculpe. Hizo bien.

Como poseído por el mismo demonio se precipitó sobre el escritorio y abrió el sobre cerrado a su nombre. Dentro de él, la carta de su tío Anacleto, que se fue a Montevideo en al cual le nombraba heredero de todos sus bienes y le hacia depositario del dinero amasado de todas las maneras posibles y algunas no revelables.

Junto a la carta de su tío, la de un Notario que daba fe de la muerte del mismo y la entrega del maletín sin revelar su contenido.

-Entonces- pensó- lo de la pata de conejo no ha tenido nada que ver con el origen de mi dinero. Tengo que desentrañar este misterio.

Lo que se prometió de todas maneras fue reunir a sus hermanas y cambiar de actitud frente a sus padres. Pasarían mucho más tiempo juntos y no les dejarían solos en su casa, menos en las festividades y celebraciones de nacimientos y bodas.

Pasados los días de Navidad llamó a un amigo suyo embebido en los temas de parasicología. De hecho el mismo se creía un parasicólogo.

-Serafín, dime ¿qué puedes decirme sobre patas mágicas de conejo y sobre deseos que se pueden pedir?- le espetó en cuanto le tuvo enfrente, al otro lado de la mesa del cafetín donde habían quedado.

- Suelen concederse tres deseos, pero sólo son posibles sí el que los pide es el dueño de la misma. No es traspasable a terceros. Y muy importante es que no se pueden pedir deseos de riquezas propias a costa de conseguir dinero.
- Ya entiendo. No sabes el peso que me quitas de encima.

Enrique aquella noche descansó como hacia mucho tiempo no lo hacía. Después de llamar a sus padres y desearles buenas noches y comprobar que ya estaban repuestos de lo ocurrido y que el chalet estaba arreglado totalmente después de tres meses de obras y que todo había sido debido a la caída de un árbol sobre uno de los tejados por el corrimiento de tierras debajo de las raíces, seguramente debido al deshielo.

Ya la vida cambió para toda la familia y después de cinco años de comunicación constante entre todos, un día de nochebuena, reunidos todos en la casa de los padres, alguien llamó a la puerta.

También nevaba y los caminos estaban intransitables si no se disponía de todo terrenos como el de Enrique y sus hermanas.

- Espera, papá que voy yo a ver quien llama a la puerta-dijo Lidia, la hermana menor.
- Soy un anciano que busca el camino.
Un venerable hombre mayor, con un largo abrigo casi rojo, se sacudió la nieve sobre el porche y fue invitado a cenar con ellos.

CONTINUARÁ…


Publicado por quijote_1971 @ 17:51  | Misterio
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Mi?rcoles, 22 de noviembre de 2006
EL FUSILADO

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Había sido detenido antes de iniciarse los sucesos y por tanto no podía ser el artífice principal de los mismos. Era igual, estaba condenado a muerte.

Nacido en cuna forrada de organdí y con sábanas de seda y mantas de lana, dedicó su vida a ayudar a los que nacieron sin cuna ni ropa que ponerse. Daba lo mismo tenía que ser fusilado.

Se ofreció, dejando a sus hermanos de rehenes a mediar para parar la masacre que se avecinaba. Lo mismo daba. Se le negó cualquier posibilidad de hacerlo.

Hasta el jurado popular no lo encontró culpable, porque aunque algunos llevaban alpargatas, y sabían que aquél hombre no era su enemigo, los de los zapatos finos les tenían comprados. Tenía que morir y cuanto antes.

Su mayor delito, recorrer los pueblos de su amada nación dando esperanza a sus habitantes. “No está todo perdido, porque dentro de cada agricultor y jornalero está lo más sano de esta nación y no dejaran que esta se muera”.

Esa madrugada, fría y nublada cayó abatido por las balas, no sin antes haber donado su abrigo a uno de los asesinos: “Tómalo, antes de que lo agujerees, donde voy ya no lo necesitaré.”

Su sangre no fluyó en vano, muchos seguidores juraron seguir hasta que se les negara el descanso eterno llevando la buena nueva. ¿Cuántos resistirán la presión de un lado y del otro?


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S?bado, 18 de noviembre de 2006
LA PATA DE CONEJO.Parte I


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La noche antes de Navidad en aquél pueblo de la montaña era siempre fría y frecuentemente en esa fecha un manto de nieve cubría caminos y accesos a las casas.

El año pasado no fue una excepción. En una de las urbanizaciones de la Sierra de los Abedules vivía un matrimonio en su gran chalet, con varios perros y gatos y con muchos años a sus espaldas. Sus hijos no les hacían mucho caso, cada uno vivía su vida y hasta se olvidaban de ellos en Navidad.

Lo que no dejaron de ser es hospitalarios con los vecinos y con los extraños, a pesar de las advertencias de la radio y televisión, no se asustaban fácilmente y preferían dar un plato de comida a un perdido alpinista que preguntarle que venía a hacer por allí.

Esa noche entre el susurro del viento y de los copos de nieve al posarse en los cristales, Roberto, creyó oír a alguien llamar tenuemente a la puerta.
- Mira a ver Elena-así se llamaba su mujer-creo que alguien está en la puerta, pero no abras sin cerciorarte de quien es, que ahora voy yo, después de echar otro leño a la chimenea.
Los perros empezaron a ladrar, aunque no tenían acceso directamente a la puerta. No había duda de que alguien se acercaba.
- ¿Quién llama?-preguntó una Elena, que a pesar de su pelo blanco bien cuidado y su algo encorvada espalda, mantenía una presteza digna, envidia de mujeres incluso mucho más jóvenes que ella.
- Soy un anciano que se ha perdido y la noche me causa desasosiego- se oyó decir al otro lado de la puerta.

Elena miró por la ventana lateral y pudo ver a un anciano como ella con una gran barba blanca y un abrigo muy largo de color pardo tirando a rojo, que no acertaba a ver bien por estar cubierto de nieve.
- Roberto, ven enseguida, mira es un anciano inofensivo.
- Voy a ver- y al ver al anciano, aún mayor que ellos, no dudó en abrir la puerta de inmediato- Entre, ¿qué se le ofrece?
- Sólo un poco de ayuda para encontrar el camino.
- Ya es muy tarde, quédese a cenar con nosotros y mañana usted verá si se encuentra con fuerzas.
- No quiero molestar, pero se lo agradezco ya que estoy muy cansado.
Ya sin más preguntas entre Elena y Roberto ayudaron al anciano a quitarse el abrigo, que era casi rojo y lo colgaron en la percha de la entrada. Le dieron de comer una sopa caliente, pescado y de beber un ponche, después le colocaron una butaca al lado del fuego.
Ni le preguntaron el nombre, ni lo consideraron necesario. Después de una breve charla sobre la noche y la Navidad, le acompañaron a la habitación de invitados bien caldeada por una estufa de leña.
Al día siguiente, que era Navidad, le invitaron a comer, pero él se disculpó diciendo que tenía que llegar al pueblo cercano cuanto antes y como habían sido tan amables con él les dejaba lo único que podía donarles: UNA PATA DE CONEJO.
- Miren les doy esta pata de conejo que es mágica y a la cual pueden pedirle tres deseos, que sin duda se cumplirán pero no pueden ser de dinero. Si piden deseos de dinero se transforma en macabra.
- Bueno, no creo que pidamos nada, pero lo aceptamos como si fuera el mejor regalo del mundo-le dijo una Elena algo extrañada.

El reverendo hombre salió por la puerta sin más y Roberto colocó sobre la repisa de la chimenea la pata de conejo.
Esa tarde, Elena, triste porque sus hijos ni venían ni llamaban, se le ocurrió algo:
- Pedimos a la pata el deseo que ya sabes:
¡Que vengan nuestros hijos! a visitarnos con los nietecitos, que ya son cuatro y apenas les conocemos.
- Bien-dijo Roberto-lo pedimos.

No habrían pasado dos horas, cuando el teléfono casi olvidado por la pareja, sonó.
- Hola papá, soy Enrique, he quedado con mis hermanas y vamos los tres a pasar esta tarde con vosotros. Por supuesto vamos con nuestras parejas y los niños. ¿Qué os parece?
- Maravilloso, hijo, magnífico y sublime-no sabía el padre incrédulo que adjetivos utilizar.

Colgó el teléfono y le dijo a su esposa:
- Elena, la pata de conejo ha hecho efecto, vienen Sheila, Lidia y Enrique a comer y pasar la tarde con nosotros.
- ¿Qué me dices?- preguntó de forma obvia.

Esa tarde fue inolvidable para los esposos. Y contaron a sus hijos lo de la pata.
Antes de despedirse, Enrique se acercó a la chimenea y como que no quiere la cosa, dijo:
- Deseo que me encuentre en casa un millón de euros, para poder vivir dignamente y que la empresa que regento salga a flote.

-Se me olvidaba deciros, que lo que no podemos pedir es dinero-oye a su padre al despedirse.
“Demasiado tarde”- piensa Enrique-“pero es igual ya está hecho”.
Al llegar a su casa, un espacioso piso en el centro de la gran ciudad, Enrique saltó de alegría, un maletín de color gris plata estaba como olvidado al lado del perchero. Al abrirlo, en su interior había un millón de euros.

No habrían pasado diez minutos, cuando el teléfono sonó:
- Soy el Inspector Gautier de la policía rural, ¿habló con Enrique Landas?
- Si, si, dígame- el rostro de Enrique se trasmutó.
- Sus padres están muy graves. Se ha derrumbado una pared del chalet donde viven, parece que por una explosión no determinada y les ha pillado a los dos. Están en la UVI del Hospital Central.
- Voy enseguida al Hospital Central-responde el hijo incauto.

Antes de ir al Hospital tiene una idea:”Si pido a la pata de conejo que se curen, es el tercero, esperando que mis padres no hayan pedido otro. Lo haré aunque sea a costa de que el dinero desaparezca.”

La pata de conejo estaba sobre el suelo, al lado de la chimenea que había resultado dañada por la explosión.
-Pata de conejo, te pido que mis padres se salven aunque pierda todo el dinero- exclamó
Una voz como de ultratumba se pudo oír como un trueno sobre el descuidado Enrique.
- Tus padres se sintieron esta tarde tan felices que me pidieron morirse a costa de que a sus hijos ya nunca les faltara lo que necesitaran. Y ya están junto al anciano que era mi dueño, Papá Noél. Sólo una cosa más: Tienes que compartir el dinero con tus hermanas y juntaros siempre el día de Navidad recordando a vuestros padres. Los tres deseos han sido solicitados y cumplidos.

Un Enrique sonrojado y cabizbajo fue corriendo al Hospital, dónde ya estaban sus hermanas.
-¡Enrique, Enrique!¡Están bien, ya se han recuperado!¡Es un milagro!
No podía dar crédito a lo que le decían y entró en la habitación donde sus padres con buen aspecto permanecían sentados y sonrientes en unas butacas.
¡Ni siquiera estaban en la cama! Claro, pensó, el dinero habrá volado.
Al llegar a casa sin embargo pudo comprobar que ¡El dinero estaba intacto!¿Qué significaba aquello?

Continuará…


Publicado por quijote_1971 @ 20:16  | Misterio
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LLUEVE

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Esta mañana, por fin, llueve. Las nubes pasaban sin descargar una sola gota del preciado liquido durante meses, pero hoy, por fin, llueve.

Al principio eran unas cuantas trazas que golpeaban los cristales de manera anodina y que el deseo de que fueran auténticas gotas de agua irrefrenables las hacían ridículas. A las dos horas una persistente capa de agua se desliza por los tejados convirtiendo en acroteras vomitivas a todas y cada una de las tejas. ¡Esto ya parece otra cosa! ¡Por fin Dios escuchó nuestras plegarias y llueve sin freno. Los campos recibirán como oro esta lluvia salvadora.

Me quedo sin corriente eléctrica. ¡Ya está, en cuanto caen cuatro gotas las torres de la Electra se derrumban o se bloquean! No importa, es bueno que llueva, pienso, mientras observo por la ventana ríos de agua que ya anegan las alcantarillas.

“Voy a poner la radio de pilas”, me digo, ya un poco aburrido, y sintonizo Radio Local, que empieza enseguida las noticias:
- En el barrio bajo, los vecinos están achicando agua en los garajes. Dos locales del Mercado Central han tenido que ser desalojados, ya que una gran riada les inundó.
Conectamos con “Rodri Percal” que está en la calle del Aceite: Rodri, ¿Qué ves desde tu posición?
- Aquí Rodri Percal para Radio Local-oigo mientras levanto el volumen del transistor- En la calle del Aceite la Policía Local ha cortado el tráfico porque las alcantarillas vomitan agua y los coches navegan hacia el río que permanecía seco hasta ayer por la tarde. ¡Espera, espera! Me indican que debo retirarme hacia la calle alta del Troncón, que en esta todos los vecinos están sobre los tejados. Seguiré informando.

- Amigos oyentes, esperamos en breve seguirles informando de lo que ocurre en la calle del Aceite. Nos indican que el parking de la Plaza de la Libertad se ha inundado por completo y se recomienda no intenten acceder a sus vehículos. Permanezcan en sus lugares de trabajo o en sus casas.

El agua cae como cortinas formando auténticas cataratas sobre los tejados. Lo que hace unas horas eran calles secas y polvorientas se han convertido en ríos de agua y lo que es peor lodo, ramas, hojas y basuras que las hacen intransitables.

¿Es que siempre ha de ser así? Meses de sequía y cuando llueve todo inundado. Ya no voy a volver a rezar para que llueva. ¡Que mis árboles se sequen y se mueran!


Publicado por Lanzas @ 18:27  | Costumbres
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Martes, 07 de noviembre de 2006
¡NO QUIERO VIVIR!

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Me encontraba sumido en una gran confusión. Lo que me acababa de ocurrir, aunque ya habían pasado unos días estaba en mi mente como agarrado con pegamento de ese que utilizas cuando quieres pegar algo definitivamente y compras uno que te pega hasta las manos al objeto y el objeto a la mesa y para quitártelo tienes que utilizar aguarrás y de todo y ves que pasan los días y ahí sigue. Pues aquí sigo.

Me encontraba fumando tan tranquilo un cigarrillo en mi despacho al final de la jornada, cuando una sombra cayó del techo como si fuera un pájaro de mal agüero.
- Estás muerto, Roberto, acabas de terminar tu etapa aquí- oí una voz melosa y agradable.
- ¿Quién eres, un pájaro del cielo?-le pregunté no sin temblar de miedo.
- Soy la mismísima muerte que te tiene en su libro para hoy día 1 de noviembre a las siete de la tarde del año 2006.
- No es posible que sea cierto. Yo estoy vivo y sin problemas-respondí aturdido.
- El libro de la Muerte no miente, amigo mío.
- ¡Pues ese libro es una auténtica basura!- le grité- eres un hombre despreciable.
- El libro de la Muerte no miente y es la antesala del Juicio definitivo y no soy un hombre, si no que soy una mujer.

Entonces vi el rostro macilento de la mujer debajo del velo negro que la cubría casi por completo la cara. Pero era una cara armoniosa y bien formada, ¡nada que ver con la calavera que recordaba tantas veces reproducida en las películas de terror y dibujos.

¡Es más!, al observar las formas de la mujer debajo de la bata negra me parecieron esculturales y me estaba cautivando. Al intentar abrazarla me encontré sumido en un sueño en la que quitaba la bata a la mujer tenebrosa y hacíamos el amor locamente apasionados. Sus brazos parecían ser leves y acariciaban mi cuerpo como nunca había hecho mujer alguna antes. Era tan real como los sueños que acaban en orgasmo.
De pronto de nuevo la voz, que me resultaba tan agradable y a la vez tan inquietante:
-¡Un error!, el primero en más de cinco mil años, el Roberto que tengo que buscar hoy es Roberto Mucientes y no Roberto Lucientes. Puedes seguir viviendo de momento.
- ¡No! ¡Yo quiero ser ese Roberto!¡Ya no quiero vivir!¡No vivir sin ti!

Al poco desperté como de una modorra sin solución. Ya estoy seguro de que morirse no es tan malo. Y vago por la vida sin rumbo y sin ilusión.


Publicado por Lanzas @ 20:04  | Misterio
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EL SALVADOR

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Era una joven muy ingenua que me movía por la vida con total confianza y si podía ayudar a alguien lo hacia sin miedo a que me tomaran por tonta o loca.

Mis padres me habían educado en un ambiente entre rural y capitalino. Me explico: habíamos vivido en un gran chalet en el campo, pero cerca de una gran ciudad y había compartido los ratos del cuidado de plantas y los baños en la piscina privada y fiestas con mis amigos en el patio a la sombra de las jacarandas y de los árboles frutales, o a luz de las lámparas que mi padre había mandado instalar, para cuando la noche caía y no nos cansábamos de oír música y de bailar.

Yo era la Alicia en el país de las maravillas. Mi madre, sobre todo me había educado en el sentimiento religioso de ayuda a los pobres y necesitados por encima de los rezos y las falsas promesas de castidad que algunas jóvenes se dan, hasta encontrar al”hombre de su vida”. Con mis amigos había tonteado y con algunos había mantenido relaciones durante algunos meses. Nada serio y sin expectativas de matrimonio. Tenía el título de Licenciada en Historia a los 23 años recién cumplidos y me dedicaba al trabajo de Bibliotecaria en el Ayuntamiento de mi ciudad.
A veces en las tardes de invierno se me hacía un poco penoso tener que buscar el coche en el parking sombrío que había cerca, y una noche en especial resultó ser por una parte desagradable y por otra inolvidable de todas las maneras que lo vea.

Al apretar el mando electrónico de apertura del coche ya muy junto a él, noté que un brazo se aferra a mi cintura y una mano me tapa la boca, mientras escucho:
- No grites y no te pasará nada, tengo una pistola y te vas a meter en la parte de atrás del coche y te bajas las bragas si no quieres que te mate aquí mismo.
- No me mates-acerté a decir, llena de pánico.
Un sudor frío comenzó a recorrerme la espalda y un miedo aterrador me envolvió. Nunca me había ocurrido nada igual, ni a mis amigas tampoco. Siempre tenía cuidado de no ir a garajes oscuros sola ni siquiera montar en ascensores con desconocidos. Era algo que mis padres me recomendaban desde niña.

Un empujón me tiró de bruces sobre el asiento posterior y mientras notaba un peso sobre mi nuca una mano asquerosa me subió las faldas hasta la cintura.

- Te la voy a meter por detrás hasta que vomites, niña tonta- oí entre sollozos mientras notaba entre mis piernas lo que suponía era el pene del violador.
- ¡Apártate, miserable!- eran dos palabras maravillosas, porque fueron seguidas de la desaparición de la presión sobre mi cuerpo y al incorporarme ví como un joven sacaba del coche a mi agresor agarrado por los pantalones a medio bajar, los cuales le hacían de correa sobre sus muslos.
Sentada en el asiento y sin saber que hacer, mientras me colocaba la falda, renunciando a mis bragas que no acertaba a encontrar, pude ver por la ventanilla como de un puñetazo en el mentón del sujeto y a continuación una patada sobre su blanco trasero derribaban al suelo al abortado violador.
El hombre babeaba palabrotas indescriptibles, pero dos minutos más tarde le vi corriendo calle abajo con los pantalones medio subidos. ¡Casi me dio pena lo grotesco del sujeto!
- No te preocupes, soy Mario tu compañero de Instituto, ¿me recuerdas?- esas palabras maravillosas y ese nombre me sonaban a música dulce como de Oreja de Van Gogh. Recordaba un Mario siempre alegre, deportista y extrovertido y que yo apenas traté.
- Gracias-balbuceé entre sollozos, mientras él me daba la mano para ayudarme a salir del coche.
- ¿Te ha hecho daño, Alicia?¿Consiguió su propósito? Si lo hizo, no te preocupes te acompaño a donde haga falta, al Hospital, a dónde quieras.
- No, no. Tu intervención ha sido a tiempo y maravillosa. Acompáñame a casa y allí me repongo del susto.

Mario me agarró con su mano y lo que a mi me pareció una caricia sobre la mía, me sirvió para sentarme en el asiento al lado del conductor. Él rápidamente arrancó el coche y me pareció la gran avenida por la que circulamos, la antesala de la Gloria. Ya no me separé de Mario hasta hoy. Es mi marido y el padre de mis tres hijos y mi SALVADOR.


Publicado por interazul @ 17:10  | Amor
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Domingo, 05 de noviembre de 2006
LA TRAICIÓN


(A todas aquellas mujeres que han sufrido la infidelidad de sus parejas).

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Giró sobre sus pasos y más corriendo que andando, a pesar de que llevaba a su hija en brazos abandonó aquel lugar. Creyó que iba a perder el conocimiento y se detuvo jadeando, entonces la pequeña se despertó y empezó a llorar; los amantes se dieron cuenta de la presencia de la extraña y se incorporaron, pero la esposa engañada trató de no ser vista colocándose tras uno de los árboles que bordeaban la carretera; no tenía fuerzas para enfrentarse con la situación. Las piernas a duras penas la sostenían y la cabeza la tenía totalmente mareada. Se sentó en el borde de la cuneta a ver si se le pasaba el tremendo malestar. El aire avanzaba con dificultad por interior, una losa le aplastaba el pecho. Tuvo miedo de morir allí con su hija en sus brazos.
¡Era verdad! Por fin le había visto ella misma. ¡Dios mío! Ojalá no hubiera sido así. Y, ¿Ahora qué? ¿Qué iba a hacer ahora?
Ya no le valdrían sus palabras. ¿Cómo podría vivir con él? Por unos momentos una enorme oscuridad cayó sobre ella; el mundo se había derrumbado hecho añicos. Un temblor de muerte le recorría el cuerpo enfebrecido. Pensó que su final había llegado y lo sintió por la pequeña que apretaba desesperadamente contra su pecho. Dejó caer la cabeza sobre sí y cerró los ojos.
No supo cuánto tiempo estuvo así; el llanto de la niña le sacó de su postración; como pudo se levantó de la cuneta y reanudó el camino de regreso a casa con paso vacilante sin volver la vista atrás.
Los dos kilómetros que le separaban de su casa le parecieron dos mil. Cuando llegó, cansada, enferma, vacía, ya había oscurecido. Dando tropezones con todo lo que sobresalía del suelo metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de lo que ya para ella jamás sería un hogar.
Dejó a la niña en su cunita y se sirvió un vaso de agua; traía la boca seca como si hubiera tragado la tierra del maldito camino. Se sentó con el vaso en la mano, mirando el resto del agua como si fuera la primera vez que lo veía. Tenía en la garganta como un nudo que casi le impedía tragar.
Se acordó de su hija mayor, que estaba con su madrina; pero no se sentía con fuerzas para ir a buscarla. Descansaría un poco y dejaría que su corazón dejase de galopar. Miró en rededor: Todo le pareció extraño; los humildes muebles, pero sólidos, que el marido había construido, no le parecieron familiares. Creyó que estaba enloqueciendo y tuvo miedo, mucho miedo, y no pudiendo soportar tanta tensión rompió a llorar a voz en grito. Ya no le importaba que su hija se despertara y se asustase, o que los vecinos oyeran sus gritos. Ya, desde las cinco y media de aquella tarde ¡No le importaba nada!
Y, en efecto; los vecinos, alarmados, acudieron a ver qué sucedía en casa de la andaluza. Cuando la señora Juliana con la hija mayor en los brazos se precipitó ante la puerta, encontró a una mujer de rodillas en el suelo con la cabeza casi reposando en él y las manos ocultando sus negros ojos.
Trató con suavidad de que los curiosos abandonaran la casa.
-Pero, ¡comadre! ¿Qué es lo que le pasa? ¡Dígame! ¡Por lo que más quiera!- dijo tomándola por los agitados hombros.
La dolorida mujer no contestaba, no podía. Un dolor terrible se había adueñado de toda ella y desde la garganta se extendía por todo su ser como una oleada devastadora que la había destruido. Su pena no tenía límites en aquel instante. No podía reprimirse. ¡No quería! Ya había ocultado su sufrir mucho tiempo; ahora, que todos lo supieran. Que supieran que todo lo que se puede hacer por alguien a quien se ama, llegando hasta el límite del hambre del frío, de la soledad y la pena más absoluta, no importaba, no importaba…
-¡Por favor, levántese de ahí! Está asustando a sus hijas. ¿No le da pena de las niñas? - suplicó la madrina.
La mujer fue incorporándose poco a poco; el rostro descompuesto, así como el negro cabello. La madrina le ayudó a sentarse pesadamente en una silla y con rapidez cogió el vaso de agua de encima de la mesa y se lo dio.
La traicionada trató de beber un sorbo pero el temblor de sus manos se lo impedía; los sollozos continuaban sin poder controlarlos. Miró a su hija mayor, que a su vez la miraba con sus inmensos ojos llenos de infantil asombro y, un dolor mucho mayor se apoderó de la madre. Lo sintió por ella y lo sintió por sus hijas a las que había hecho de alguna manera responsables del distanciamiento del padre, y ahora se daba cuenta con pesar que las pobres nada tenían que ver con la falta de amor del que había sido el único hombre su vida.
-Pero, ¡bueno! ¿Cuándo me va a decir usted qué es lo que ha pasado? -preguntó la señora Juliana preocupada por el aspecto de su comadre.
La mujer trataba de reponerse; bebió un trago de agua, respiró hondo.
-¡Ay, ay!, señora Juliana ¡Que lo he visto, que lo he visto!
-¿A su marido? - supuso la vecina.
-Sí… ¡a mi marido!… y… ¡no estaba solo! Y si supiera usted ¡cómo le he visto!
-Bueno, ¡Dígame! Me tiene usted en ascuas.
-No lo va a creer, ¡Se lo juro!
-¡Venga! Hable de una vez y así sabremos si es tan grave como a usted le ha parecido.
-¡No! No es que a mí me lo haya parecido, es que lo es.
La andaluza comenzó a hablar de la visión más terrible que había tenido en su vida.
-¡No me diga!- exclamó la comadre llevándose una mano a la boca.
- ¡Ay!, señora Juliana; mi marido estaba sobre una mujer desnuda de cintura para abajo en una cuneta en la carretera, haciendo lo que usted ya se estará imaginando. Ellos no se dieron cuenta de que yo estaba allí- repitió la esposa y trabajosamente le contó todo lo visto - . ¡Tenía usted razón!
-¿Yo? ¿En qué?
-Cuando usted me dijo que si el hombre no quiere nada con la mujer es que viene de la calle “bien comido”.
La madrina se agachó, dejo a la hija mayor en el suelo y se dirigió hacia la llorosa madre, y con una suavidad y una ternura impropia de una mujer ruda como aquella, le abrazó por los hombros y le besó el despeinado cabello.
- ¡Cálmese, comadre, cálmese! Ya verá como todo esto tiene una explicación –dijo por decir algo - Quizás a la mujer le pasó algo y su marido estaba ayudándole… No sé, a veces las cosas no son como parecen.
-¡Calle, calle, por favor! Yo le agradezco lo que hace; pero sé muy bien lo que he visto - lloró - Y, ahora ¿qué hago yo ahora?
-Pues ¡vivir! amiga, ¡vivir! como hacemos todas.
-¡No! ¡Yo no puedo vivir con esto! ¡Yo no puedo, se lo juro!- gritó más que dijo.
-No lo crea usted así –terció la otra con voz pausada –esto nos ocurre a muchas mujeres y la mayoría tenemos que aguantarnos ¿Qué otra cosa podríamos hacer? No tenemos medios de vida. Dependemos del pobre jornal que nos traen cada semana. Y si nos vamos ¿qué hacemos con los hijos? No podemos alimentarles con lo poco que ganamos fregando o cosiendo o lavando para otras casas; aparte, que ¿dónde dejamos a los hijos que aún no van a la escuela mientras estamos trabajando?
Su comadre tenía razón, pero a ella no le valía. Ella no era como las otras; ella había luchado a muerte por aquel hombre… ¡No! esa razón no era válida para ella.
-¡Señora Juliana! - comenzó con una extraña tranquilidad – Usted sabe lo que yo he pasado por ese hombre: hambre, soledad, frío, miedo y todas las calamidades que a usted ya le conté. Le he salvado de que fuera fusilado; ya sabe que si no hubiera sido por mí, que busqué avales por donde pude, noche y día como una loca, él no estaría aquí. Y ¡Eso hay que pagarlo! Es muy grande lo que hice: ¡Le devolví la vida! Y si no llego a quedarme en esta tierra hubiera muerto de hambre y de frío; ¡de eso estoy segura! Y eso ¡hay que agradecerlo! Le he devuelto la vida dos veces. ¡No me diga que no, por favor! ¡No me diga que no!
-No. No se lo diré. Sé que usted no merece esto. Pero ¿acaso alguna mujer lo merece?
.


Publicado por mariangeles512 @ 20:11  | Misterio
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Mi?rcoles, 01 de noviembre de 2006


EL ENCUENTRO


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Aquella mañana me levanté como ya tantas otras sin ganas de nada. Fui a la cocina a hacerme un poco de café y tomar un zumo de naranja. Miré por la ventana y lo que vi no me interesó para nada. Me tome mis pastillas para la tensión y el colesterol y me eché de nuevo, ahora en el sofá.
A pesar de haber tomado dos Valiums no había podido descansar bien; el sueño ya no era mi amigo
Los días se sucedían sin aliciente alguno, y allí en aquella soledad en que me encontraba, la vida carecía de sentido para mí.
Ya no podía ni ir a mi trabajo, que era lo único que me mantenía con algo de “Norte” en mi vida desde mi separación. Me encontraba tan mala que no podía soportar las siete horas de trabajo, aunque éste no fuera de mucho ejercicio.
Estaba sola. Mis hijos habían partido hacia otras ciudades para realizar también sus trabajos y no tenía a nadie, excepto algunas amigas, que como yo, estaban viudas o separadas.
Sabía que estaba en lo más profundo de un pozo, desde cuyo fondo no vislumbraba claridad alguna. Me agarraba como podía al borde del mismo tratando de ganar la luz, pero agotada por el empeño volvía a caer al fondo. El vacío era mi mejor amigo.
La psicóloga a la que acudía cuando mi angustia era total, me había aconsejado que cambiara de vida, que buscara alguna relación, que me comunicara más con la gente, que no estuviera tanto tiempo sola. El problema era que a mí ya no me interesaba nada ni nadie .Me había apuntado a una Agencia de contactos y no llegué a conocer a nadie que me atrajera ni siquiera un poco, y salir con un hombre por salir tampoco lo soportaba. No sé si era que todos aquellos hombres me resultaban irrelevantes, o era yo, que ya no sabía valorar nada.
Cuando llegaba la noche y me introducía bajo las sábanas, era cuando mi realidad se me hacía más insoportable. No tenía miedo a los presuntos ladrones; tenía miedo de mí.
Miedo de enloquecer entre aquellas paredes, sin un rostro que me mirase y una mano a la que asirme cuando el mundo se me antojaba tan absurdo e inútil. La idea de que no tenía que haber nacido ganaba espacio en mi mente, y la otra de que muy bien podía acabar con todo aquel dolor, también. Unas cuantas pastillas, bien mezcladas con el suficiente alcohol, un sueño profundo y todo terminaría.

Pero algo en mí se rebelaba de alguna manera contra esa idea. ¿Por qué no podía yo ser un poco, sólo un poco feliz? Nunca lo había llegado a ser. Me había casado con el hombre equivocado atraída por la personalidad política que manifestaba en aquellos tiempos de revueltas estudiantiles, pero pronto descubrí que enamorada no estaba de él. Nunca llegué a conocer el auténtico amor. Y yo quería haber amado, haber besado con pasión a un hombre, haber compartido con él todas mis vivencias, mis alegrías, mis penas, mis logros; haber envejecido juntos, unidos hasta el final, como nos dijo el sacerdote que nos casó.
Pero no. Nada de esto había sucedido. El desencuentro se produjo desde el primer día. Nuestros caracteres chocaban frontalmente y el amor que creí encontrar en aquel hombre no se dio jamás. Y en mí, tampoco. Y ahora yo andaba hambrienta de amor, de compañía, de palabras amables no escuchadas, de besos no dados, de caricias no recibidas, de pan no compartido.
La soledad era mi mejor amiga, pero yo la odiaba.

Me levanté y fui al armario donde guardo las medicinas. Tenía las suficientes drogas psicotrópicas como para acabar con un caballo; y yo soy más bien menuda. Extendí la mano para coger la caja de ansiolíticos, pero la dejé en el aire. Algo invisible me pareció que me impedía tocar mis pastillas. Noté que sudaba copiosamente y volví al salón a reposar unos minutos en el sofá.
De pronto, pensé en tantas personas con enfermedades terminales que luchan por un momento más de vida. Yo lo sabía muy bien ya que soy médico. Sentí algo parecido a la vergüenza por no poder absorber, por no saber untarme, lo más hermoso que tenemos: La vida.

En medio de mi confusión mental me acordé que tenía que salir a por los partes de baja. ¡Dios mío! Con lo mal que me encontraba. Miré el calendario y vi que la baja anterior había concluido y no tenía más remedio que ir a por otra.

Fui a mi habitación y me arreglé lo mejor que pude después de ducharme, y medio mareada por tanta pastilla salí al pasillo para tomar el ascensor. Llegó, entré, y cuando llegué a la planta baja un hombre de cierta edad estaba parado ante la puerta. No sé cómo, mis llaves cayeron de mis manos algo temblorosas y aquel señor se agachó para recogerlas. Cuando me las entregó me miró a los ojos y yo a los suyos. Eran unos ojos ya cansados pero al mismo tiempo llenos de alegría por la vida. Al momento me di cuenta que me gustaron. Quise darle las gracias por su amabilidad y noté que balbuceaba. ¡Uf! Vaya ridícula que me sentí. El hombre me sonrió y me preguntó si necesitaba algo ya que me veía, según dijo, muy pálida. Al oír las palabras de alguien que se interesaba por mí, rompí a llorar. Lloré por todo y por todos, los que como, yo viven solos y pensando que la muerte es la mejor solución para sus vidas, sin tener en cuenta que ésta es lo único que realmente poseemos.
Me acompañó a una cafetería que hay en la esquina de mi calle y tomamos un café.
A medida que me hablaba y, sobre todo, me miraba, yo sentía que algo muy dormido en mi alma despertaba. No podía creerlo. ¡A estas alturas!
Charlamos tanto tiempo que la hora de la consulta se me pasó, pero no me importó.
Me pidió si podíamos vernos otro día y yo sin pensarlo dos veces dije:
-¡Sí! Encantada.
Me tendió su mano y ésta era cálida y suave y yo percibí una emoción largo tiempo ausente en mi vida. Me sentí rara pero también muy bien. Todo aquello a mi edad me parecía absurdo, pero era lo que estaba sucediendo. Hacía veinte años que me había casado y ocho que me había abandonado como un trapo viejo y nunca sentí algo semejante.
Soltó mi mano y nos dijimos hasta pronto.
Volví a subir a casa. Una intensa emoción recorría mi cuerpo. Fui a la cocina y vi el armario de las medicinas abierto, tomé en mis manos un montón de cajitas y las eché a la basura. Sólo me quedé con el Valium por si acaso.
Estaba segura que ya no me harían falta. La vida volvía a mi vida.
Salimos una noche a cenar. Mantuvimos una conversación largo tiempo añorada. Más tarde fuimos a su casa. Aquella noche hice el amor con aquel hombre que apenas conocía como nunca lo había hecho con mi marido. Su boca recorrió todo mi cuerpo tantos años sediento de caricias y yo le correspondí con la misma pasión o tal vez más; cuando entró en mí, mi cuerpo y mi mente por unos momentos huyeron de este mundo. El subir al paraíso fue al unísono.
Al día siguiente había quedado con una de mis amigas, enfermera, y me dijo:
-Lucía, ¿te ha pasado algo?
-¿Cómo algo?- pregunté a mi vez.
-Sí, algo fuera de lo normal. Tus ojos brillan mucho más y estás incluso más guapa.
-¡Ah! Sí, si me ha pasado algo.
-¡Dime! ¡Por favor!
-Pues mira, que han tenido que pasar veinte años suponiendo que hacía el amor, para saber lo que realmente es un orgasmo. Y, ha merecido la pena.


Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Amor
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