Martes, 28 de noviembre de 2006

LA PATA DE CONEJO- 3ª PARTE.

Imagen



A nadie le pareció un extraño. El anciano les habló de cómo en las Navidades se reúnen las familias para recordar lo que los mayores hicieron por los jóvenes cuando eran niños y cómo algunas parejas veneraban a los abuelos y por supuesto a los padres.

- ¿Por qué nos dejó la pata de conejo?- preguntó de pronto un Roberto casi tan anciano como él.
- Porque demostraron una amabilidad y hospitalidad conmigo, sin conocerme, que bien merecía un premio. Yo no llevo ni dinero ni alhajas, pero si amuletos y regalos.
- ¿Sabe que nuestra suerte cambió desde entonces?
- Por supuesto que lo sé y he venido para renovar la pata de conejo. Su comportamiento es ejemplar como familia unida y se apoyan en todo. Un golpe de suerte que en realidad la pata no tuvo nada que ver.
- ¿Cómo dice?- preguntó Enrique.
- No puedo decir más. Sólo darle a Roberto, único dueño de ella, esta nueva pata de conejo, a la cual pueden pedir tres deseos. Pero recuerde que no debe de pedir ni dinero ni joyas, porque entonces su respuesta es macabra aunque lo conceda.
Sin más el anciano se levantó y se fue, no sin antes dar unos caramelos a los niños que jugaban alegremente en una de las salas de la casa.

Los hijos se despidieron de sus padres y todos quedaron en volver al hogar común a principios de año.

En la primera curva del camino, el coche de Enrique derrapó. La nieve acumulada se había helado y al querer frenar se precipitó por la empinada ladera, yendo a parar a unos cincuenta metros más abajo chocando con un pino recio y antiguo. En el coche viajaban con Enrique, su mujer Vanesa y sus hijos Lucía y Fernando.

El cinturón de seguridad de Lucía se cortó, saliendo disparada y rompiéndose el cuello con resultado de muerte en el acto. Enrique pudo sacar a sus hijos que viajaban en la parte de atrás y hasta pasada una hora no llegaron los servicios de asistencia.

Los tres quedaron ingresados y tuvieron que sufrir múltiples intervenciones.

- ¡Señor ayúdanos!-Imploraban Roberto y Elena.
- ¡Pata de conejo! Salva a nuestro hijo y a los niños- se decide Roberto a pedir abrazando la pata como si de un niño se tratara.

A los tres días del accidente una noticia esperanzadora y otras desalentadoras llegaron a los padres de parte del Jefe de traumatología del Hospital Central.
- Su hijo está a salvo, pero los niños, verán: Lucía sufre un traumatismo cráneo-encefálico agudo que no se puede predecir su salvación y Fernando necesita un trasplante de hígado, porque quedó incrustada una chapa en su costado derecho y está destrozado. Vive milagrosamente.
- Haga todo lo que pueda por ellos.

Una duda revoloteaba por la cabeza de Roberto: Al ser tres los familiares heridos, ¿supondrían tres deseos o serían sólo uno? No existían tratados sobre patas de conejo. Es más había leído que en realidad las mágicas eran de liebre, por aquello de que las brujas se reencarnaban en ellas. Tenía que preguntárselo a su hijo, que seguramente conocía a alguien que pudiera ayudarles.

Después de hablar con Enrique, la cosa estaba clara, el tal Serafín era el indicado para ser consultado.

- Mire, Roberto- le comenta un Serafín muy instruido y muy miope también sea dicho de paso- creo que cada persona que se quiere salvar es un deseo pero en estas cosas no hay nada escrito. Puede probar a pedir otro. ¿Cuál sería?
- Qué el niño se salvara por un trasplante de hígado, pero que la niña tampoco se muriera aunque fuera necesario una parte de su hígado para salvar al hermano.
- Difícil situación, pero consultaré esta noche con Remedios, una amiga mía que habla con seres del más allá como si nada.

Roberto y su mujer no podían dormir. Entre los viajes al Sanatorio y la situación existente su fuerte moral estaba siendo minada.

Pero esa noche Elena tuvo una idea.
- ¿Y si nos dejamos de patas de conejos y de parasicólogos y vamos a rezar a la Iglesia y pedimos con fe la curación de nuestros nietos? Hace unos años, ¿recuerdas? No dudábamos de Jesús ni de la Virgen María.
- Estoy de acuerdo, las supersticiones son para los necios y para los no creyentes.

Al día siguiente Elena adquirió tres velas de las grandes y las colocó a la Inmaculada de su parroquia.

- Virgen Santa, que nuestro hijo y nuestros nietos se salven.

En el fondo de la Iglesia un anciano con su abrigo casi rojo les hizo recordar al anciano de las patas.
De forma sigilosa, Roberto se acercó a él y le preguntó:
- Noel, ¿es usted?
- Yo nunca he sido Noel, pero sí el anciano que acudió las ultimas Navidades a su casa.
- Entonces usted sabe lo de las patas de conejo.
- Sé que no son nada relevantes en sí mismas. Sólo la fe mueve montañas.
- Entonces ¿nuestros nietos tendrán cura si se lo pedimos a Dios Nuestro Señor?
- Naturalmente y yo me uno a sus peticiones.

El matrimonio algo más reconfortado entró en la casa con una idea muy clara: Tirar la pata de conejo para que fuera pasto de las llamas en la chimenea y sacar la vieja imagen de la Virgen María del arcón de los trastos antiguos.

Sobre la repisa de la chimenea alumbraron con velas a la vieja, pero cuidada imagen, que era una inspiración de la Inmaculada de Murillo.

A las pocas horas el teléfono sonó.
- ¡Papá, mamá!, los niños están recuperándose. La operación ha sido un éxito. No sé como les voy a explicar lo de su mamá.

Entre la alegría y la tristeza se debatían los buenos esposos, padres y abuelos.

Aquella noche el viento trajo el ulular de una voz inconfundible; la de Lucía:
-No os preocupéis, yo tenía un cáncer incurable y me moría en unos meses. No supe como deciros adiós. Prefiero esto. Estoy con vosotros desde un lugar plácido y seguro.

Los esposos viejos, cansados y esperando morir juntos para no sufrir más de lo necesario, respiraron tranquilos.

Todo volvía a los tiempos de antaño, cuando se rezaba por Navidad en familia y no sólo se comía y bebía hasta caer muertos de sueño.

Moraleja: No crean en fetiches y miren más hacia el cielo. Posiblemente es donde está la salvación
.


Publicado por quijote_1971 @ 21:20  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios