S?bado, 25 de noviembre de 2006
TODA UNA VIDA POR DELANTE

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Viv?amos en un nuevo barrio, distante del marginal en el que nos hab?amos criado y donde mi marido hab?a tenido tan malas compa??as que termin? por caer en lo peor: la droga.
El dinero que gan?bamos era insuficiente para costearse el vicio. Cuando ya no sab?a a qui?n pedir m?s dinero para que se comprara la ?papelina? que le calmara el ?mono,? mis padres nos hab?an prestado mucho y ya no pod?an darnos m?s, sal? al centro de la ciudad y vend? las pocas joyas que pose?a y por las que me dieron la cuarta parte de su valor.
Ya no pod?a acudir al trabajo y cumplir bien con su cometido as? que le despidieron. Yo no trabajaba en aquel entonces y llegamos a pasar calamidades. Muchas veces fui a la casa de mis padres rog?ndoles un plato de comida.
La situaci?n de violencia lleg? a tal extremo que fue absolutamente necesario que le hablase de acudir a un centro de rehabilitaci?n, o no podr?amos seguir juntos, aunque le amaba apasionadamente, pero nuestra vida era lo m?s parecido a un infierno. ?l se negaba, pero lleg? un momento en el que me dijo:
- Est? bien. Haz lo que tengas que hacer para que pueda salir de este calvario.
Mir? su cara descompuesta, sus ojos enrojecidos y su delgadez, y sent? hacia ?l una piedad enorme, aparte del gran amor que le ten?a. Le bes? con ternura y sal? de la casa.
Me pas? el d?a entero de aqu? para all? buscando trabajo. Estaba dispuesta a todo, hasta meterme a puta. No fue necesario. En una buena casa de familia, encontr? trabajo para cuidar al abuelo, un se?or que estaba inv?lido de cintura para abajo.
La familia, compuesta por los padres, abogado ?l, profesora ella, y dos hijas que estudiaban en la Universidad, me pareci? muy agradable.
Mi trabajo consistir?a en ayudar al anciano en su aseo, vestirle y darle las comidas, aparte de la medicaci?n que tomaba, m?s acompa?arle cuando la familia estuviera ausente.
El sueldo era generoso y me sent? muy contenta. Con ese dinero podr?amos pagar lo que costaba la estancia en el centro de desintoxicaci?n; as? pues, sal? de aquella casa con un mundo de esperanzas gravitando sobre m?.
Le cont? a mi marido lo ocurrido. Me mir? con ojos agradecidos y esto fue ya suficiente para m?. No necesitaba m?s.
A la semana siguiente le acompa?? al Centro elegido; all? quedar?a internado por semanas, hasta que pudiera hacerse cargo de su vida como una persona sana, que no dependiera de sustancia extra?a alguna para vivir.

Pasaba en mi trabajo la mayor parte de mi tiempo pendiente del abuelo y el resto en las visitas que pod?a hacer a mi marido.
Llegu? a tomarle mucho afecto al anciano, ya que era una persona amable y cari?osa que no quer?a dar m?s trabajo que el imprescindible. Con las hijas tambi?n llegu? a tener bastante relaci?n, quiz? porque eran de una edad pr?xima a la m?a. La mayor, era una mujer guapa y bien formada; la menor, tambi?n bonita y m?s simp?tica. Al paso de los d?as y los meses acabaron por conocer toda mi vida y el problema de mi esposo, al cual sab?an que adoraba. Reconoc?an mi esfuerzo por sacarle del abismo en que se encontraba, y esto me gratificaba.

Cuando iba a visitar a mi marido, le contaba de mi trabajo en la casa y de las personas que en ella viv?an. Le hablaba del abuelo, de su bondad; de los se?ores tan atentos conmigo y, sobre todo, de las hijas: lo hermosas e inteligentes que me parec?an. La verdad era que estaba tan agradecida a la familia que s?lo ten?a halagos para con ella.
?l parec?a que escuchaba ausente; sus ojos fijos en alg?n punto m?s all? de la ventana que miraba al hermoso jard?n. Ten?a la impresi?n que la mejor?a era muy lenta.
-?Ocurre algo? Te noto algo distante ?le dije una tarde lluviosa en la que no salimos a pasear por el parque y permanecimos sentados en el saloncito de visitas.
-?No! ?Qu? va a pasarme?
-T? sabr?s, por eso te pregunto- dije algo preocupada por su actitud.

-?Es que estoy ya harto de estar aqu? encerrado! ?No puedo m?s!- dijo tras un breve silencio, llev?ndose las manos a la cabeza.
-?Por favor! Ten paciencia, ya queda menos tiempo para que est?s recuperado.
-?Recuperado, recuperado!? ?qu? sabr?s t? de eso?
No entend? aquella reacci?n. S?lo pude balbucear unas palabras cargadas, por vez primera, de resentimiento hacia ?l:
-No, ?claro que no! Yo no s? nada de eso. Yo no me he drogado hasta ponerme ciega, como t?.
-?Vaya! Ya sali? la mala ?leche? a relucir. ?Todos no somos tan santitos como t?!
Mi paciencia se iba agotando.
-Bueno, ?Dime! ?Qu? es lo que te pasa? Yo intento con toda mi alma ayudarte, ?Qu? me est?s reprochando?
- Y, ?Ahora toca el ponerme delante de las narices lo que te debo? ?Tengo que rendirte pleites?a porque est?s pagando este tugurio?
-?Tugurio? ?Llamas tugurio al lugar en el cual te est?n ayudando a convertirte de nuevo en un hombre y que me cuesta casi todo lo que gano trabajando diez horas al d?a?- le grit? mientras me levantaba y sal?a del sal?n sin decir ni adi?s.

Aquella noche apenas dorm?. A trav?s de los cristales contempl? largo tiempo la luna que me pareci? que flotaba en un cielo muy claro entre vaporcillos plateados.
Cuando me levant? mi mente y mi cuerpo acusaban el insomnio. Me arregl? y sal? hacia la casa donde me esperaba mi ?viejito? para atenderle en su aseo.
Viendo mi demacrado rostro me pregunt?:
-?No has dormido bien, verdad?- dijo con una mirada tierna en sus azules y a?n bellos ojos.
-Pues no, he pasado mala noche.- conced? tratando de despejarme.
-?Ser? muy impertinente si te pregunto que te ha pasado?
Su inter?s, el calor que percib? en su voz, rompieron mi reserva. Necesitaba hablar. Una vez que hube terminado me dijo:
-Yo no he estado nunca en una situaci?n como en la que se encuentra tu marido, pero s? que se sufre mucho; hay que tener mucha, pero mucha paciencia y, sobre todo, mucho amor; esto ya s? que se lo das, as? que, hija m?a, ten paciencia. Tu marido cuando se reponga totalmente, se dar? cuenta de lo que est?s haciendo por ?l y no podr? por menos que agradec?rtelo con tanto cari?o, al menos, como t? le profesas a ?l.
Las palabras del anciano apaciguaron mi exaltado ?nimo y decid? seguir con mis tareas sin pensar m?s en aquello.

Pasaron varios meses. En ellos no hab?a hecho m?s que ir de mi trabajo a mi casa., y a verle en todas las ocasiones que pod?a. Un domingo pude estar con ?l en privado e hicimos el amor con la misma pasi?n de los primeros meses de casados.

Entrado el invierno del siguiente a?o me dijo que ya estaba pr?cticamente curado; que los m?dicos le hab?an dicho que tendr?a que seguir yendo al Centro cada mes, pero que estaba en condiciones de hacer una vida normal fuera de all?.
Casi di saltos de alegr?a ?por fin juntos en casa! Me agarr? a su cuello y le ?com? a besos. Su entusiasmo no alcanz? los grados del m?o, pero no quise darle mayor importancia .En determinado momento cogi? mis manos y dijo mir?ndome con aquellos ojos que me hab?an enamorado:
-Elena, perd?name si en alg?n momento no te he hablado con el respeto y el cari?o que te mereces. Lo siento, de veras, todo se ha debido a la maldita droga.
-No pienses en nada del pasado; miremos s?lo al frente, al futuro.

Nos fuimos a nuestra nueva casa y aquel d?a fue uno de los m?s felices de nuestra vida matrimonial. Comimos juntos, vimos una pel?cula y despu?s nos echamos en la cama para saciar el hambre de caricias que ten?amos.

A la ma?ana siguiente habl? con los hijos de mi ?viejito? para ver si pod?an ayudarnos en lograr alg?n trabajo para mi marido. Me dieron muy buenas expectativas y mi contento no cab?a dentro de m?.
Pasados unos d?as el padre del se?or al cual yo atend?a me llam? y me dijo:
-Elena, tengo algo para usted. He hablado con un colega sobre su esposo y me ha dicho que tiene un puesto de trabajo que quiz? pueda interesarle. P?sense por casa un d?a de ?stos.
-?Oh! ?Muchas gracias! Claro que le interesar?. ?Que Dios se lo pague!- dije sintiendo que la emoci?n me embargaba.
El d?a se me antoj? muy largo; ard?a en deseos de llegar a casa y darle a mi esposo la buena noticia.
Ya tarde, cuando por fin acab? mi trabajo fui corriendo a casa. ?l no estaba all?. Me extra?o que no me hubiera dicho que pensaba salir y, sobre todo, que no estuviera a aquellas horas. Le esper? impaciente mientras hac?a una frugal cena.
Las agujas del reloj dibujaron su caminar varias veces hasta que o? el ruido de la llave en la puerta. Eran las seis de la ma?ana.
Entr? y no me atrev? a preguntar nada. Esper?.
-Perdona, mujer, sal? y me encontr? con unos coleguillas y me entretuve; lo siento.
Mir? sus ojos y no supe bien qu? es lo que vi en ellos. Tuve miedo de que hubiera ca?do otra vez; pero no, era algo nuevo lo que percib? en el brillo de sus pupilas, aunque no pude o no supe descifrarlo.
-Est? bien, pero ahora que vas a poder trabajar no es conveniente que trasnoches tanto; ma?ana iremos juntos donde trabajo, que el se?or tiene algo que decirte- dije con voz serena sin querer darle importancia a su tardanza - Vamos a la cama; tratemos de dormir un ratito.
-?Oye! No ten?as que haberme esperado levantada. Soy un hombre. S? lo que hago.
-Ya, ya s? que eres un hombre, pero a veces ocurren cosas y?
-?Siempre con tus preocupaciones, mujer!
-Bien, no hablemos m?s por ahora. Vayamos a dormir

Pas? el tiempo trayendo a mi vida una gran alegr?a. Me sent? indispuesta y acud? a consulta m?dica. Me hicieron unos an?lisis y result? que esperaba un hijo. ?Un hijo! Lo m?s grande para m?. Hab?a so?ado tanto con ?l, que ahora, sencillamente, me parec?a mentira.
Aquel d?a, despu?s de la consulta llam? a la casa donde trabajaba para avisar que ir?a m?s tarde. Me recost? un rato y el malestar se fue diluyendo poco a poco. .

Pasadas algunas horas y sinti?ndome ya mejor, decid? ir a trabajar. Le hab?a tomado un especial cari?o y me daba l?stima que estuviese solo aquel d?a.
Me compuse el cabello y sal? llena de alegr?a; loca por contarle lo de mi ni?o al abuelo.
Como ten?a llave de la casa la introduje en la cerradura, y con rapidez abr? la puerta. Me dirig? a la habitaci?n del anciano; por el pasillo me pareci? escuchar leves quejidos. Tuve miedo de que algo le hubiese ocurrido al enfermo, aunque distingu? que los lamentos no proced?an de su dormitorio ?De d?nde, pues?- me pregunt? preocupada ?no hay nadie en la casa a estas horas.
Camin? despacio por si pod?a encontrar el origen de lo que o?a. Al pasar delante de la puerta de la hija mayor de los se?ores, se extingui? la duda. Los gemidos eran una mezcla de gozo y dolor. Me extra?aron tanto que tuve la osad?a de abrir la puerta. En el lecho de la se?orita, yac?an ella y mi marido abrazados apasionadamente, tanto que ni advirtieron mi presencia.
Qued? petrificada. Mi coraz?n galopando cre? que me delatar?a. Temblando cerr? la puerta con la suavidad que mis escalofr?os me lo permitieron.

Sal? a la calle desorientada, enloquecida de humillaci?n y dolor.

Vi una Iglesia abierta y entr?. El fr?o reinaba entre sus viejos muros. All?, mirando al Cristo en la Cruz, no pudiendo creer a?n lo visto, deslic? una mano por mi rostro para enjugar las l?grimas que nublaban mi vista y que no pod?a evitar; en ese mismo instante not? un ligero movimiento en mi interior: ?Mi hijo! ?Pobre m?o! Tambi?n se estremec?a con el dolor de su madre. Deslic? mi mano sobre mi vientre y not? c?mo hab?a crecido.
Mir? de nuevo al Cristo en la Cruz. Su rostro crispado por el dolor parec?a trasmitirme:
-?No sufras, hija, puede que hayas perdido un amor, pero otro nuevo est? creciendo dentro de ti, y ?se, seguro que siempre te amar? de verdad?

Sal? del templo con el alma serena. Todo estaba por vivir.



A todas las madres para las cuales sus hijos son lo m?s grande de su vida, entre las cuales, me incluyo yo.

Publicado por mariangeles512 @ 17:26  | Amor
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