Domingo, 05 de noviembre de 2006
LA TRAICIÓN


(A todas aquellas mujeres que han sufrido la infidelidad de sus parejas).

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Giró sobre sus pasos y más corriendo que andando, a pesar de que llevaba a su hija en brazos abandonó aquel lugar. Creyó que iba a perder el conocimiento y se detuvo jadeando, entonces la pequeña se despertó y empezó a llorar; los amantes se dieron cuenta de la presencia de la extraña y se incorporaron, pero la esposa engañada trató de no ser vista colocándose tras uno de los árboles que bordeaban la carretera; no tenía fuerzas para enfrentarse con la situación. Las piernas a duras penas la sostenían y la cabeza la tenía totalmente mareada. Se sentó en el borde de la cuneta a ver si se le pasaba el tremendo malestar. El aire avanzaba con dificultad por interior, una losa le aplastaba el pecho. Tuvo miedo de morir allí con su hija en sus brazos.
¡Era verdad! Por fin le había visto ella misma. ¡Dios mío! Ojalá no hubiera sido así. Y, ¿Ahora qué? ¿Qué iba a hacer ahora?
Ya no le valdrían sus palabras. ¿Cómo podría vivir con él? Por unos momentos una enorme oscuridad cayó sobre ella; el mundo se había derrumbado hecho añicos. Un temblor de muerte le recorría el cuerpo enfebrecido. Pensó que su final había llegado y lo sintió por la pequeña que apretaba desesperadamente contra su pecho. Dejó caer la cabeza sobre sí y cerró los ojos.
No supo cuánto tiempo estuvo así; el llanto de la niña le sacó de su postración; como pudo se levantó de la cuneta y reanudó el camino de regreso a casa con paso vacilante sin volver la vista atrás.
Los dos kilómetros que le separaban de su casa le parecieron dos mil. Cuando llegó, cansada, enferma, vacía, ya había oscurecido. Dando tropezones con todo lo que sobresalía del suelo metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de lo que ya para ella jamás sería un hogar.
Dejó a la niña en su cunita y se sirvió un vaso de agua; traía la boca seca como si hubiera tragado la tierra del maldito camino. Se sentó con el vaso en la mano, mirando el resto del agua como si fuera la primera vez que lo veía. Tenía en la garganta como un nudo que casi le impedía tragar.
Se acordó de su hija mayor, que estaba con su madrina; pero no se sentía con fuerzas para ir a buscarla. Descansaría un poco y dejaría que su corazón dejase de galopar. Miró en rededor: Todo le pareció extraño; los humildes muebles, pero sólidos, que el marido había construido, no le parecieron familiares. Creyó que estaba enloqueciendo y tuvo miedo, mucho miedo, y no pudiendo soportar tanta tensión rompió a llorar a voz en grito. Ya no le importaba que su hija se despertara y se asustase, o que los vecinos oyeran sus gritos. Ya, desde las cinco y media de aquella tarde ¡No le importaba nada!
Y, en efecto; los vecinos, alarmados, acudieron a ver qué sucedía en casa de la andaluza. Cuando la señora Juliana con la hija mayor en los brazos se precipitó ante la puerta, encontró a una mujer de rodillas en el suelo con la cabeza casi reposando en él y las manos ocultando sus negros ojos.
Trató con suavidad de que los curiosos abandonaran la casa.
-Pero, ¡comadre! ¿Qué es lo que le pasa? ¡Dígame! ¡Por lo que más quiera!- dijo tomándola por los agitados hombros.
La dolorida mujer no contestaba, no podía. Un dolor terrible se había adueñado de toda ella y desde la garganta se extendía por todo su ser como una oleada devastadora que la había destruido. Su pena no tenía límites en aquel instante. No podía reprimirse. ¡No quería! Ya había ocultado su sufrir mucho tiempo; ahora, que todos lo supieran. Que supieran que todo lo que se puede hacer por alguien a quien se ama, llegando hasta el límite del hambre del frío, de la soledad y la pena más absoluta, no importaba, no importaba…
-¡Por favor, levántese de ahí! Está asustando a sus hijas. ¿No le da pena de las niñas? - suplicó la madrina.
La mujer fue incorporándose poco a poco; el rostro descompuesto, así como el negro cabello. La madrina le ayudó a sentarse pesadamente en una silla y con rapidez cogió el vaso de agua de encima de la mesa y se lo dio.
La traicionada trató de beber un sorbo pero el temblor de sus manos se lo impedía; los sollozos continuaban sin poder controlarlos. Miró a su hija mayor, que a su vez la miraba con sus inmensos ojos llenos de infantil asombro y, un dolor mucho mayor se apoderó de la madre. Lo sintió por ella y lo sintió por sus hijas a las que había hecho de alguna manera responsables del distanciamiento del padre, y ahora se daba cuenta con pesar que las pobres nada tenían que ver con la falta de amor del que había sido el único hombre su vida.
-Pero, ¡bueno! ¿Cuándo me va a decir usted qué es lo que ha pasado? -preguntó la señora Juliana preocupada por el aspecto de su comadre.
La mujer trataba de reponerse; bebió un trago de agua, respiró hondo.
-¡Ay, ay!, señora Juliana ¡Que lo he visto, que lo he visto!
-¿A su marido? - supuso la vecina.
-Sí… ¡a mi marido!… y… ¡no estaba solo! Y si supiera usted ¡cómo le he visto!
-Bueno, ¡Dígame! Me tiene usted en ascuas.
-No lo va a creer, ¡Se lo juro!
-¡Venga! Hable de una vez y así sabremos si es tan grave como a usted le ha parecido.
-¡No! No es que a mí me lo haya parecido, es que lo es.
La andaluza comenzó a hablar de la visión más terrible que había tenido en su vida.
-¡No me diga!- exclamó la comadre llevándose una mano a la boca.
- ¡Ay!, señora Juliana; mi marido estaba sobre una mujer desnuda de cintura para abajo en una cuneta en la carretera, haciendo lo que usted ya se estará imaginando. Ellos no se dieron cuenta de que yo estaba allí- repitió la esposa y trabajosamente le contó todo lo visto - . ¡Tenía usted razón!
-¿Yo? ¿En qué?
-Cuando usted me dijo que si el hombre no quiere nada con la mujer es que viene de la calle “bien comido”.
La madrina se agachó, dejo a la hija mayor en el suelo y se dirigió hacia la llorosa madre, y con una suavidad y una ternura impropia de una mujer ruda como aquella, le abrazó por los hombros y le besó el despeinado cabello.
- ¡Cálmese, comadre, cálmese! Ya verá como todo esto tiene una explicación –dijo por decir algo - Quizás a la mujer le pasó algo y su marido estaba ayudándole… No sé, a veces las cosas no son como parecen.
-¡Calle, calle, por favor! Yo le agradezco lo que hace; pero sé muy bien lo que he visto - lloró - Y, ahora ¿qué hago yo ahora?
-Pues ¡vivir! amiga, ¡vivir! como hacemos todas.
-¡No! ¡Yo no puedo vivir con esto! ¡Yo no puedo, se lo juro!- gritó más que dijo.
-No lo crea usted así –terció la otra con voz pausada –esto nos ocurre a muchas mujeres y la mayoría tenemos que aguantarnos ¿Qué otra cosa podríamos hacer? No tenemos medios de vida. Dependemos del pobre jornal que nos traen cada semana. Y si nos vamos ¿qué hacemos con los hijos? No podemos alimentarles con lo poco que ganamos fregando o cosiendo o lavando para otras casas; aparte, que ¿dónde dejamos a los hijos que aún no van a la escuela mientras estamos trabajando?
Su comadre tenía razón, pero a ella no le valía. Ella no era como las otras; ella había luchado a muerte por aquel hombre… ¡No! esa razón no era válida para ella.
-¡Señora Juliana! - comenzó con una extraña tranquilidad – Usted sabe lo que yo he pasado por ese hombre: hambre, soledad, frío, miedo y todas las calamidades que a usted ya le conté. Le he salvado de que fuera fusilado; ya sabe que si no hubiera sido por mí, que busqué avales por donde pude, noche y día como una loca, él no estaría aquí. Y ¡Eso hay que pagarlo! Es muy grande lo que hice: ¡Le devolví la vida! Y si no llego a quedarme en esta tierra hubiera muerto de hambre y de frío; ¡de eso estoy segura! Y eso ¡hay que agradecerlo! Le he devuelto la vida dos veces. ¡No me diga que no, por favor! ¡No me diga que no!
-No. No se lo diré. Sé que usted no merece esto. Pero ¿acaso alguna mujer lo merece?
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Publicado por mariangeles512 @ 20:11  | Misterio
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