Mi?rcoles, 18 de octubre de 2006
En nombre de JESÚS

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Era un cura que se salía de lo acostumbrado. Quizá por eso le habían destinado a aquel lejano y perdido pueblucho de la montaña, quizá.

Había vivido en la capital y había visto con ojos admirados las enormes riquezas que se exhiben en algunas iglesias y siempre había sentido ante esto un profundo malestar.
Fue ayudante durante dos años de un párroco, ya mayor, que realizaba los actos litúrgicos, pensaba él, de forma automática.
Se percató desde el primer día de que su forma de concebir la Iglesia no le caía bien al párroco, y fue por este motivo por el que fue destinado allá lejos, en un pueblo donde lo único que se veía era pura miseria.
Estaba conformado por hileras de casas en muy mal estado y una plaza donde destacaba la Iglesia.
El primer día de su llegada, una vez alojado, visitó con detenimiento dicho recinto sagrado. Vio, como en tantos otros, que el oro brillaba a la tenue luz que se colaba por los pequeños y redondos ventanales.
En ese lugar tendría que hablar de Jesús, de su doctrina, y tenía la impresión de que no iban a interesar allí mucho sus palabras, aunque estuvieran más cerca de todas aquellas personas que ningunas otras.
En el Altar Mayor había una figura de la Virgen de las Angustias con su Hijo en el regazo. Lágrimas de dolor se deslizaban por el bello rostro modelado en madera policromada. La corona que orlaba su cabeza era de oro. Pensó que allí había algo que no entonaba. Miró a su izquierda: en una pequeña hornacina un Cristo yacente refulgía a los rayos del tímido sol que lograba penetrar por un ventanal. El sacerdote se fijó en aquella figura. Una sensación acongojante le aprisionó su garganta: tanto dolor, tanto sufrimiento y ¿había servido para algo?
Salió del recinto sagrado con el ánimo decaído. Caminó por las calles del pueblo viendo a los chiquillos jugar ajenos a todo lo miserable que les rodeaba
Llegaba a la mitad de una callejuela cuando una muchachita de no más de quince años le llamó a voces:
-¡Padre, padre! Por favor, venga.
Giró la cabeza y preguntó:
-¿Qué quieres, muchacha?
-Mi madre, padrecito, mi madre, está muy mal. Quiere confesarse.
-¡Vamos!, enseguida – dijo echando a correr en pos de la joven.
Sudando copiosamente llegaron a la puerta de una humilde casilla. Entraron. En la penumbra en un lecho hecho de paja yacía una mujer aún joven; el rostro demacrado y muy delgado denotaba la falta de alimentos y los estragos de la fiebre.
El sacerdote se inclinó sobre ella. Ésta abrió los ojos y le miró agradecida.
-¡Ay!, padrecito, creí que no le daba tiempo…
-¿Qué tienes? hija mía.
La niña se adelantó y dijo:
- Mi madre está enferma de los pulmones, padre.
-Y, ¿no puede aliviarse? – preguntó apenado el sacerdote.
-Sí, pero hay que comprar muchas medicinas y no tenemos con qué. Y nuestros parientes y vecinos tampoco tienen dinero con qué ayudarnos – dijo la niña mirando obstinadamente al suelo de tierra prensada.
El recién llegado miró el rostro de la enferma. Había sido hermoso pero los sufrimientos y la pobreza le habían dejado huellas indelebles. Volvió sus ojos hacia la jovencita y preguntó:
-¿Hay médico en este pueblo?
-No. Hay uno a más de treinta kilómetros, en el pueblo de al lado.
-Y, ¿teléfono? ¿No hay tampoco ningún teléfono?
El sacerdote sintió que la rabia más incontenible le subía a la cabeza.
-Bueno, sí, hay una centralita en la plaza del pueblo.
-Bien. Espera un momento, ahora vuelvo. Voy a intentar algo para ayudar a tu mamá –dijo con precipitación.
Salió lo más aprisa que le permitían sus aún jóvenes piernas y entró en una de la pocas tiendas del pueblo. Al cabo de unos minutos salió de allí rumbo a la iglesia. Entró y al poco apareció por la puerta con un bulto envuelto en un paño negro entre sus brazos.
Regresó a la tienda anterior y al poco tomó de nuevo rumbo a la plaza del pueblo.
Entró en el habitáculo dónde estaba el único teléfono y pidió que le pusieran con el doctor del pueblo más cercano. Esperó. Al cabo de unos minutos se le vio cómo hablaba con alguien. Su cabeza hizo varios gestos afirmativos.
Aquella noche llegó al pueblo en un viejo vehículo un médico con un maletín cargado con las medicinas que aquella pobre mujer necesitaba desesperadamente.
Fue una noche larga, muy larga; pero cuando los primeros rayos de un sol naciente iluminaban la mísera fachada, la fiebre de la enferma había bajado tanto que ésta sintió que la vida volvía a ella.
Miró a su alrededor. Su hija dormitaba en una silla con la cabeza apoyada sobre la mesa.
-¡Hija! ¿Y el sacerdote? ¿No ha venido a confesarme todavía?
La joven abrió los ojos pesadamente mientras decía:
-Sí mamá. Sí ha venido, pero no te ha confesado. Me dijo que por ahora no hará falta. También vino anoche el doctor, te puso unas inyecciones y te dio algo para la fiebre, ¿Qué tal te encuentras hoy?
-¿Un doctor?- preguntó la mujer con voz alarmada – y ¿de dónde has sacado el dinero para pagarle?
-Yo mamacita no he pagado nada. No sé quién lo habrá hecho, pero el doctor ha venido y ha dicho que volverá esta tarde.
-¡Dios mío! No puedo creer lo que me dices, hija.

Era domingo. Los vecinos del pueblo se disponían a asistir a la misa. Las campanas hacía tiempo que redoblaban llamando. Fueron entrando poco a poco y ocupando los bancos. Al poco algo muy poderoso atrajo la atención de los que estaban sentados en las filas que daban a la pared donde estaba el día anterior el Cristo yacente.
¡Su lugar estaba vacío!
A los pocos minutos apareció el nuevo sacerdote. Todos le miraron con ojos preocupados. Él comprendió
-¡La paz sea con vosotros! –dijo con la voz más tranquila que jamás había tenido.
-Veo una pregunta en vuestros ojos. ¡No! . El cristo no ha desaparecido; nadie lo ha robado. Sólo está sirviendo en estos momentos para aquello por lo que vino a la tierra: a ayudar a los más necesitados.
Todos comprendieron. El oficio divino comenzó.


Publicado por mariangeles512 @ 21:25
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