Domingo, 03 de septiembre de 2006
¡Miradla!


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¡Miradla! Hace tiempo que camina sin rumbo por esas calles. No mira a nadie; sus ojos parecen perdidos en el infinito. Ya no es la mujer que antaño se arreglaba y se perfumaba y aparecía muy bella; no, ahora lleva la ropa de cualquier forma, el pelo sucio y descuidado, asomando las raíces canosas, y el rostro ajado sin maquillar como era su costumbre.
Está derrotada.
Sale todas las mañanas muy pronto y camina hasta la inmensa playa, mira a lo más lejano del horizonte y allí en la dorada arena grita al mar su dolor, su abandono:
-¡Mar! Yo te hablo. ¿Ves cómo estoy? Tú sabes lo que ha sido mi vida: Mi trabajo, mis hijos, mi casa… nada más. Y, ¿sabes? ¡Mar!, yo he sembrado una cosecha de amor desinteresado, he amado a mis hijos de la forma más total, ya ves, hubiera dado mi vida por alguno de ellos, y no he recogido nada, o eso es lo que yo siento. Me han abandonado. No me visitan, no me llaman nunca, ni siquiera en mi cumpleaños, no me preguntan cómo estoy de salud; a mí, que ya he tenido hasta un cáncer, amigo mar.
Pasan los días, los meses y ya va para tres años, mar, y sé que voy a morir y será sola, porque no estarán conmigo y si vienen después ya no lo sabré y ya no me importará.
.
Va sola; nadie la acompaña ni dentro ni fuera de su casa. El que fue su compañero ya no está. Y los hijos… la han olvidado.
¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué ha hecho esta mujer para merecer semejante castigo? ¿Les abandonó en alguna ocasión? ¿Escaseó el amor que ellos necesitaban? ¡No! En toda su vida desde que le nacieron sólo tuvo tiempo para ellos y para trabajar. El escribir, que tanto le gustaba, lo iba posponiendo para cuando los hijos fueran mayores. Y sí, ha escrito un libro que le ha llevado largos años, pero ahora yacen los papeles por el suelo, polvorientos, y el ordenador mudo en su mesa en la abandonada habitación con las persianas bajadas.
El abandono es la insignia de su barco hundido hasta el palo Mayor.

Va con su dolor, ¡Miradla! Va con su dolor y va muy acompañada ya que éste es muy grande.
Ya nada le interesa, no habla con nadie, sabe que no la entenderían, y además ¿a quién podría interesarle su pena?

Se detiene. Se alisa los desordenados cabellos y con aquellos ojos que un día fueron hermosos mira hacía el horizonte azul y blanco. Levanta los brazos hacia el cielo y se la pude escuchar:
-Pero, ¡mar! Yo te digo que tengo que dar las gracias. ¡Sí! Gracias a mi hijo.
Yo en estos tiempos estoy sufriendo como una condenada, ¡eso es lo que soy!, pero cuando apenas había cumplido lo veinticuatro años y el doctor me dijo:-”jovencita, estás en estado”, yo me sentí como si gravitara, como si mi felicidad me hiciese sentir fuera de la realidad. El nacimiento de mi hijo fue largo y penoso pero mi dicha no la puedo describir cuando ya lo tuve conmigo.

Iba por la calle y cuando recordaba que en mi casa me esperaba ese trocito de mí, una alegría inmensa se apoderaba de todo mi ser. Luego le vi crecer, vi su gran inteligencia, su belleza, porque fue un niño muy hermoso y yo estaba encantada de que así fuera. También me di cuenta de que era una buena persona, algo muy importante para mí.
Sus éxitos en los estudios me reportaron momentos de gran satisfacción. Era el motivo, junto con sus hermanas, de mi existencia.

Ahora ya no están conmigo ninguno. El dolor no termina, pero haciendo balance de la felicidad sentida por y con ellos en el pasado, y el dolor que siento, también por ellos, en el presente, creo, que la balanza se inclina más por el lado de la felicidad.
Así pues, y a pesar de que quizá ya no le vea más, tengo que darle a mi hijo las gracias por lo feliz que me hizo.

Estas palabras fueron oídas por el viento, por las olas y por cielo. Las nubes huyeron asustadas de tanto dolor.

La mujer entra en el agua. Su vestido ajironado flota con las olas. El atormentado cuerpo va haciéndose cada vez más y más pequeño. Los cabellos que un lejano día fueron bellos y brillantes asemejan ahora un animal marino de forma indefinida. Ya su cabeza es un lejano punto negro que se pierde en la inmensidad de este océano que la madre tanto amó y en el que busca la paz.

¡Miradla! Cesó el dolor.


Publicado por mariangeles512 @ 18:56  | Familia
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Publicado por Invitado
Martes, 05 de septiembre de 2006 | 12:01
Todos tus relatos denotan cansancio de esta vida cruel. Vive la vida, que es lo importante.