Viernes, 25 de agosto de 2006
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Los tres boletos de avión.



La conocí en mi casa. Mi madre la había contratado para limpiar por horas. Era una muchacha morena de grandes ojos rasgados y suaves modales. Desde que mis ojos captaron su imagen sentí algo extraño dentro de mí; una especie de interés, de atracción por aquella muchacha. Para nada tenía aspecto de ser una mujer de limpieza.
Le pregunté a mi madre por ella una noche durante la cena; se extraño de mi pregunta pues era la primera vez que yo me interesaba por alguien que trabajase en nuestra casa.
-Creo que es de Bulgaria. Está en España desde hace dos años; yo creo que tiene bastante preparación y habla muy bien el español. Ahora, es muy callada y la noto algo triste.

-¿Triste?- pregunté casi sin darme cuenta.
-Sí, la veo como ensimismada: Hace el trabajo bien pero su cabeza parece que estuviera en otra parte. –dijo mamá en tono convencido.
No quise averiguar más por el momento. Di un beso a mi madre y me retiré a mi habitación.
Una vez en ella no se quitaba de la cabeza la imagen de la muchacha.
A la mañana siguiente cuando iba hacia mi trabajo la vi en la parada del autobús. Orillé mi vehículo un poco y sacando la cabeza por la ventanilla grité:
-¿Vas para mi casa?
-Sí- gritó a su vez.
- Te llevo ¡Sube!
La muchacha echó a correr hacia mi coche y al momento estaba sentada a mi derecha.
Oía su respiración agitada por la corta carrera y vi cómo sus senos subían y bajaban de forma ostensible. La visión de aquellos pechos palpitantes me hizo sentir una oleada de fuego en mi interior. No cabía duda. Esta mujer significaba algo para mí.

No sabía qué decirle y me limité a arrancar el coche dando un tirón innecesario; ella me miró con asombro y me pareció que sonreía.
-¿A qué hora sales del trabajo?- me atreví a preguntar.
-Sobre las dos termino - aclaró con una voz que a mí me llenó de emoción.
-Vale, pues si te parece a esa hora te puedo acercar a tu casa.
-¡Oh! No, no es necesario; tomo el bús que para muy cerca de aquí.
-Bueno, no me harás el feo de negarte a que te lleve, ¿no?- traté de bromear.
-No, desde luego que no. Vale, a las dos salgo –dijo mientras abría la portezuela y salía ágil como una gacela.
Me la quedé mirando mientras entraba en el portal. Sus piernas estaban perfectamente formadas y andaba con pasos largos y elegantes. Sin duda no era lo que parecía ser.
Pasé la mañana mirando el reloj. Me sentía algo infantil con esta especie de ansiedad que tenía porque llegaran las dos de la tarde, pero una especie de culebrina me recorría el cuerpo ante la expectativa de verla de nuevo.
Salí algo antes de la hora y la esperé en la calle donde vivo. Cuando la vi de nuevo mi corazón latió apresuradamente. Supe que me había enamorado como un adolescente.
Me bajé para abrirle la puerta y una vez dentro dije:
-¿Qué te parece si vamos a tomar algo por ahí? Bueno, claro, si no te espera nadie.
-¿Ir a tomar algo nosotros?- preguntó con extrañeza.
-Claro, ¿por qué no?- dije alegremente.
Su rostro mostraba perplejidad. Yo lo entendía. ¿Cómo es que de buenas a primeras el “niño” de la casa la invitaba a salir a comer?
Bueno, si no te parece bien o tienes a alguien que te espera para comer, lo entiendo.
-¡No! si no es eso; sólo que me ha extrañado.
-¿Y?
-Bien, vayamos a tomar lo que quieras; no tengo nadie que me espere.- dijo con voz en la que se percibía cierto pudor.
Y me sentí contento como hacía mucho tiempo que no lo estaba.
Salimos varias veces y una tarde que fuimos a ver una película traté de tomarle la mano. Ella la retiró y yo no insistí más aunque su actitud me extrañó y dolió.

Se acercaban las Navidades. El frío ya se había adueñado de la ciudad.
“Cande, como la llamaba mi madre, seguía saliendo conmigo sin demostrar en ningún momento que yo le interesara como hombre.
Una noche la invité a cenar. Cuando estábamos en los postres le dije:
-Mira, como te habrás dado cuenta estoy enamorado de ti.
Sus ojos, los cuales yo adoraba, me miraron con reflejos de tristeza.
-Cuánto lo siento, Miguel. Eres un chico estupendo y no sabes lo que me hubiera gustado estar libre.
Al oír aquello, di un respingo. ¿No estaba libre? ¿Quizá casada y yo ni lo había supuesto?
-Perdona, ¿eres casada entonces?
- No, casada, no; pero he dejado en mi país a un hombre al que amo. Éramos pareja; dábamos clases en el mismo centro, pero ganábamos tan poco que decidí cambiar de país. Aquí en tu casa gano más que dando clases durante cinco horas diarias a la semana durante todo un mes.
-y ¿él? ¿Por qué no vino él contigo?
-No pudo. Su familia atraviesa un mal momento y él no dispuso del dinero para el pasaje.
Me sentí mal, muy mal. ¡Qué torpeza la mía! Había dado por supuesto que aquella mujer tan bella no tenía nadie que la amara, ¡Imposible! –pensé con pena.
-Lo siento, me he comportado como un tonto. Debí de suponer que tendrías algún amor en tu tierra.
-No digas eso; yo no he hablado de él, así que no tenías por qué saberlo. Tú eres un chico estupendo y no sabes el bien que me ha hecho que me invitaras a salir. Me sentía muy sola a pesar de los trabajos. Espero tener pronto el dinero necesario para el pasaje, para ir a verle. Quizá estas navidades pueda.
Ella no lo sabía pero cada una de sus palabras era como un dardo clavado en mi interior, y ¡Cómo dolían!
Me levanté después de abonar la cena y la acompañé hasta su casa. Compartía piso con otras tres compatriotas. Aquella noche sin pensarlo le di un beso en los labios.
Candelaria no dijo nada, me miró en silencio, giró sobre sí y entró.
Me alejé hasta mi coche con el corazón palpitando ¡Dios! ¡Vaya ojo que tenía! Ir a enamorarme de la chica de la limpieza y encima enamorada de un hombre de su lejana tierra.
Pensé que ella no tenía culpa alguna de la situación. El amor es algo sobre lo que no se puede mandar. Hubiera dado cualquier cosa porque se hubiera enamorado de mí, pero si ya lo estaba de otro no había nada que hacer.
Traspasé el umbral de mi casa con un pensamiento bulléndome en la cabeza.
Llegó el día veinticuatro, el día de la Noche Buena. Mamá había invitado a “Cande” a cenar en casa sabiendo de su soledad. Le había tomado aprecio y estaba muy contenta con su trabajo aparte de que se notaba que era una mujer con una educación cultivada.
Cuando estábamos en los turrones y nos íbamos a intercambiar los regalos “Cande” me entregó una caja, dentro de la cual había un marco y dentro del mismo una foto suya de cuando tenía veinte años. ¡Qué guapa estaba, mi Dios!
-¡Oh! Qué bien estás aquí. Gracias por el detalle – dije depositando un leve beso en su mejilla.
Observé que mis padres nos miraban algo extrañados: nada sabían de mi amor por esta muchacha.
Yo a mi vez metí mi mano en mi bolsillo y saqué un sobre alargado; se lo entregué a la muchacha.
-Toma, mi regalo para ti.
-No tenías que haberte molestado, por favor- dijo coloreándosele el rostro de forma que me pareció aún más hermosa.
-No ha sido molestia alguna. Lo he hecho con sumo gusto.

Y le entregué mi regalo. Ella lo abrió despacio, introdujo su mano y sacó tres pasajes de avión; uno de ida a su país y dos de vuelta a España.
-¿Tres pasajes para mi para ir a mi tierra? ¿Qué significa esto?-preguntó con la voz rota.
-Significa que me gustaría que fueras a tu país y vieras a tu pareja y que volvieras con él y así podréis estar juntos también aquí.
La muchacha me miró con sus bellos ojos brillando por efecto de lágrimas de felicidad.
-Sabía que eras una persona magnífica, pero no tanto. Creo que no puedo aceptar un regalo tan valioso; de todos modos, muchas gracias.
-Nada de gracias- dije con precipitación. Te vas y ves a tu amor. ¿No es eso lo que necesitas para ser feliz?
-Bueno…sí…pero…
-Nada de “peros”. Yo también me sentiré feliz al saber que tú lo eres.
No articuló palabra. Se dirigió a mí y rodeó mi cuello con sus brazos al tiempo que me daba un apretado beso. Noté su cuerpo, su calor y mi temperatura ascendió hasta las estrellas.
La llevé al aeropuerto; la vi desaparecer y me quedé como atontado entre la multitud que iba de un lado para otro.
Decidí dar un largo paseo para despejar mi cabeza.
Aquella noche supe lo que era la envidia. Tuve unos celos terribles de un tipo que no conocía y hubiera dado lo que no tenía porque no existiese.
Pasaron las Navidades; llegó el seis de Enero, el día más feliz para los niños. Comimos juntos toda la familia y por la tarde a la hora del café se oyó el timbre de la calle. Me levanté para abrir y me encontré en el umbral mi regalo de Reyes:
-¡Hola! ¿Qué tal las Fiestas? – preguntó aquella voz que había estado oyendo en la oscuridad todas esas noches.
-¿Las Fiestas? Pues la verdad, sin ti, horribles.-dije con toda sinceridad- pero ¿qué haces tú aquí? ¿Y, tu amor?
Me miró de una manera que nunca antes había hecho y que indujo a que todo mi ser de hombre vibrara bajo el frío de Enero.
-Al verle me di cuenta que ya no sentía por él lo que creía. Que el hombre que ocupa mis pensamientos y mi corazón eres tú; que tendré mucha suerte si me aceptas como pareja o lo que sea- dijo ya sin azoramiento.
La abracé con toda la vehemencia de mi juventud y mi amor; nos besamos con pasión y deseé que el día de Reyes no terminara nunca.
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Publicado por mariangeles512 @ 0:17  | Amor
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Jueves, 24 de agosto de 2006
Casi la toqué, pero ella me ignoró

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Como buen viajero que soy, allá por el año 1961, me fui a hacer un curso de “Cómo criar caballos en un medio hostil”, a California. Por aquella época, eran pocos los vaqueros españoles que podían costearse un curso como ese. Pero mi padre estaba empeñado en que criásemos caballos en el desierto de Almería. Decía que iba a ser la “bomba” para que los que iban a hacer westers a Tabernas*, que él lo sabía de buena tinta que estaban al caer, no tuvieran que andar trayendo caballos de fuera. Y como se enteró que yo había aprendido inglés en los cursos de la Universidad Laboral de Córdoba y con buena nota, era el indicado para ir a California un mes o algo más y aprender todo sobre cría de caballos para las películas.
A mi me encantaba viajar y como ir a Los Ángeles era uno de mis sueños queridos, ni rechisté.
Al principio me encontré como en Andalucía. Conocí a dos mejicanos, que también iban al cursillo y nos entendimos “no más” como si nos conociéramos de toda la vida.
La vida empezó a complicárseme cuando uno de los domadores de caballos me propuso llegarme a Holliwood a ver en su salsa como se rodaba una película de caballos. Nada menos que “Vidas Rebeldes”, con Clark Gable, Monty Clift y la inigualable Marilyn Monroe.
De Marilyn había visto todas sus películas varias veces: “Niágara”, “Río sin retorno”, “Con faldas y a lo loco”( ¡loco! Me volví yo con ella en esta peli) y tenía en mi casa de Roquetas, en Almería, cien posters de la genial actriz.
¡No lo dudé!
- ¿Cuándo vamos?-pregunté a Robert Lamota, que era el ínclito profesor.
- Tomorrow same, friend, we are there (pues mañana mismo) The film already is being rolled( ya se está rodando).
- O.K.- le contesté
Y ya voy a dejar de poner nada en inglés que es una lata traducir.
Al día siguiente nos encaminamos en el jaguar a Holliwood y nada más llegar, como nos presentamos como domadores de caballos para películas de John Wayne pasamos sin apenas despeinarnos.
Vimos decorados, bares, salones interminables y campos con cuadras enormes. Montamos a varios caballos y en un descanso nos fuimos a almorzar al Café “Gran Holliwood”.
Allí estaba ella, junto a John Huston y Gable. Yo me engrandecí. Con mis vaqueros con los zahones no desentonaba.
Le dije a mi amigo Robert:
- Nos sentamos en la mesa de al lado.¡Verás!
- O.K.( apenas le saqué nada más que este O.K.)

Su cabello rubio platino, era como en las películas, sus ojos tristes casi cerrados, como llorando, pero que eran objeto del deseo de los labios.¡Si pudiera besarle los ojos, seguro que cogían otra chispa! Sus labios, rojos como las tejas, carnosos, sin arreglos, ¡no, como los de hoy en día, que no sabes si llevan una salchicha debajo de los labios, alguna! Sus pechos se resaltaban bajo la especie de chaqueta muy escotada, pero sobria, de color marrón oscuro. Pude ver sus caderas, ¡fuera de toda norma, pero precisas! Y las piernas: ¡No eran piernas, eran molduras de caoba sin barnizar!
¡Tenía que hablarla, incluso intentar ligarla!¿estaría loco, podría hacerla olvidar a Arthur Miller? Se me ocurrió una idea.
Como era un tanto miope, según tenía entendido y las lentillas aún no se habían inventado, me acercaría a ella, diciendo que era el que sacaba los caballos en la toma del desboque y que quería felicitarla por lo bien que había simulado ir a mi lado.
Al levantarme para decírselo, rocé a un Clark Gable un tanto borrachín, el cual me increpó:
- ¿No ve por dónde va?¡vaquero de medio pelo!
- Es que soy miope, y el director me dice que me quite las gafas para el rodaje y ¡claro en el rodaje me sé todo de memoria, pero se me olvidaron en la caravana de apoyo!¡Usted disculpe, excelencia con suerte!-improvisé.
- ¿Excelencia con suerte, por qué?-preguntó el muy idiota.
- Por rodar al lado de la ninfa mayor de la Tierra.
- ¿Esa soy yo?-preguntó sonriendo Marilyn.
- Tú eres no sólo la Ninfa mayor, si no la reina de ellas: Afrodita- dije ruborizándome.
- Y eso es mi perdición. Yo quiero ser una actriz sin más- se sinceró una Monroe desconocida para el público de sus películas.
- Bueno yo soy su admirador más fiel y quise ser amable. ¡Sólo amable!
- Bueno, vaquero,¿quiere ocupar mi puesto en la película? Soltó Gable de pronto.
A este si le ví muy decaído y nada parecido al Gable de “Lo que el viento se llevó”.
- Yo no soy actor, sólo domador de caballos para sus películas. Usted es el actor.
- Siéntate a mi lado-oigo de los labios de ensueño de una Marilyn radiante-¡Yo también soy miope y quiero verte bien!
Al ir a sentarme apareció un Monty gracioso él, que de forma inopinada me puso la zancadilla y rodé casi entre las piernas de mi musa.
- Tú a tus caballos y yo montaré a esta yegua- dijo el muy marrano.

¡La que se armó!
Mientras yo me levantaba como podía, con un brazo dislocado, pude ver a Marilyn Monroe propinando una patada al Monty Clift ese que le dobló sobre si mismo:
- The mare will be your mother and you do not mount nor to you dog, fag- oí que decía mi mujer de los sueños y esto no lo traduzco por si hay niños que lo leen.
- Dog son- apuntilló Gable.
En esto John Huston había llamado a unos fornidos muchachos armados con porras. Y como yo no quería más líos. ¡Qué había visto en las “pelis”, las cárceles americanas! me escabullí como Dios me dio a entender y ya no supe de la eterna Marilyn Monroe hasta un año después cuando estábamos preparando en Almería la primera película de Tabernas*: “Por un puñado de dólares”, y el llanto aún me dura:
Marilyn había muerto en extrañas circunstancias.


*Tabernas: Localidad de Almería muy conocida hoy por su aceite especial de oliva y por ser el lugar donde se han rodado muchas películas del Far West y de Aventuras en General. Quien quiera información más detallada puede visitar las webs:

LISTA DE PELÍCULAS RODADAS EN TABERNAS

ACEITE DE TABERNAS
TURISMO POR TABERNAS


Publicado por Lanzas @ 20:08  | Amor
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Lunes, 21 de agosto de 2006
¡Tierra, trágame!
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¡Tierra, trágame!

Era por la tarde. Serían como las seis de un día de agosto. El día exacto no me acuerdo, ni quiero saberlo.
El año tampoco.¿ Para qué? Ya no tiene remedio nada de lo que ocurrió.
Y se dirán: ¿Qué es lo que va a contarnos este atontado, con tanto divagar?

Pues que era una mujer preciosa, mejor, imponente.Vean:

El pelo rubio claro ceniza, o casi platino, con una melena que trazaba un flequillo sobre una frente endiabladamente tersa. Los ojos color miel, grandes como dos faros de porche antiguo.
Las orejas pequeñas y casi invisibles, pero que el viento dejaba entrever de vez en cuando. Los labios rojos, sensuales, gordezuelos como un caramelo, de esos que quieres chupar aunque no tengas hambre. Me parecía que tendría unos treinta años o menos.

El cuello largo, derecho y un escote. ¡Lo que insinuaba aquél escote, Dios Santo! Los pechos debajo del suéter, color verde, se notaban voluminosos, pero tersos, y ¿la cintura? Si pudiera, la abarcaba con mis brazos y sus pechos se clavarían en el mío y estaría en el paraíso, mientras besaba aquellos labios.
Como estaba sentada en la banqueta alta de aquél café de la plaza de la Opera, de París las esculturales piernas se veían muy bien debajo de aquellas caderas de torno de alfarero, como talladas en madera noble, pero ¡eran de carne y hueso! Los pies, en sus sandalias, parecían juguetear que si los sacaba o los metía, eran pequeños, morenos y con dedos muy bien formados y delicados.
¡Tenía que tener valor y acercarme a ella! En francés le diría:
-Femme précieuse, puis-tu indiquer où trouve-t-il les Galeries Lafayette ?( qué quiere decir más o menos: Preciosa mujer,¿ me puedes indicar dónde se encuentran las Galerias Lafayette)
Cosa por otra parte muy tonta, porque las dichosas galerías se encuentran muy cerquita, en la calle del mismo nombre, casi al lado de la plaza. Pero como yo era muy ocurrente luego le diría:
-Es-elle française ou es-elle de tourisme comme ?
( ¿Eres francesa o estás de turismo como yo?) y ya se me iría ocurriendo algo más.
Pero de pronto pensé: ¿Y si en lugar de llamarla”preciosa” de entrada, que estará harta de que se lo llamen, la digo sólo “interesante mujer”?
Veía sus ojos, que me alumbraban más que los focos de por encima del mostrador, y hasta me daba la sensación de que turbaban los míos.¿Me estaría mirando? ¡No podía ser cierto!
Cogiendo el vaso que tenía entre mis manos, que era largo y que portaba dentro un refresco típico del París veraniego, me levanté dispuesto a empezar la gran aventura.
¿Quién sería el gracioso?¿Quién pudo tener tanta mala uva, para hacerme esto? ¿Fui yo, ¡torpe de mí!, yo solito el que cometió aquella estupidez? Según me acercaba a la dama de ensueño, algo se cruzó entre mis pies, que ¡fui a caer casi de boca contra la mujer de mis sueños, que podían haberse hecho realidad! El líquido infame, fue a caerle sobre sus pechos, ¡qué nunca ya serían acariciados por mis manos!, casi la derribo del taburete y ¿Qué hice?

Salir corriendo del café aquel, mientras escuchaba risotadas y gritos indescriptibles contra mi, mientras dos fornidos jóvenes me persiguieron casi hasta la Plaza del Ayuntamiento por la Rue Rívoli. Y menos mal que estaba ducho en aquellos tiempos, en quebrar perseguidores. ¡No en balde había estado en las movidas de la primavera del 68! En Francia, ¡no! En España y me escabullía como un gamo de los “grises”, si no no lo cuento. Porque parece ser que pensaron que quise agredirla y que era algo así como un terrorista.
Salió en los periódicos de aquél entonces. Ella se llamaba Brigitte Bardot.


Publicado por Lanzas @ 11:01  | Amor
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Viernes, 18 de agosto de 2006
¿Volví a la vida o regresé a la muerte?

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¡No era posible! Al atravesar la calle en busca del pan del día, un coche, portador de muerte, se me llevó por delante, en el asfalto, frío y húmedo me encontré. ¡No siento nada! Oigo lejos, voces, gritos, sirenas, llantos. ¡No veo nada! Un resplandor grandioso me rodea y me eleva por encima de lo material.
Ahora veo, de nuevo. Una calle desde lo alto. En medio un cuerpo rodeado de un liquido rojizo, y mucha gente alrededor. El cuerpo le meten en una ambulancia y la veo alejarse.
Voy como encima de ella, y le meten, al cuerpo, una serie de tubos y de nuevo otra luz cegadora me impide ver.
Veo a mis abuelos, sentados en sus sillones de mimbre, y yo corriendo, con apenas cuatro años delante de ellos. Mi abuelo me enseña un bastón que se torna en una paloma que corta el aire veloz hacia el techo. Mi padre en un caballo blanco me coge y me lleva por la era aquella donde trillé trigo de niño, detrás de los bueyes pacientes y fuertes durante horas de días interminables.
Mi madre me llama: ¡Iván, Iván, ven a comer!¡Tenemos cordero a la cazuela y bollos de maíz! Corro como un rayo y me siento en la mesa de piedra junto al porche.¡Qué ricos están los bollos mojados en la salsa del cordero!
Me veo crecido. Estoy con María, mi novia de joven. Nos besamos y acariciamos hasta casi rompernos los labios y nos abrazamos. El placer es inenarrable. Veo a mi hijo. ¡Es un niño muy guapo y gordito!
¿Qué me está ocurriendo? Una voz me dice:
- ¿Has dejado todo en orden? Repasemos tu vida.
- Eso es lo que hago-respondo.
- ¿Amaste a tus padres y abuelos?
- Les adoré como los seres más queridos hasta que conocí a mi novia.
- ¿A tú mujer la amaste y respetaste?
- A veces no supe hacerla feliz. Pero siempre la respeté. La pedí perdón cuando la ofendí por culpa de mi egoísmo.
- ¿A tus hijos les diste formación honesta y suficiente para que pudieran ganarse el pan de cada día?
- ¡El pan! Dice el pan. Es lo que iba a comprar en la tienda de enfrente. No he podido llegar...
- Responde, no divagues - me interrumpe la voz.
- Mis hijos tienen sus estudios, se ganan su pan.
-
Y de pronto veo una luz en principio blanca, pero que de pronto se disgrega en los colores del Arco Iris. Soy transportado por el azul hacia lo alto y un hombre vestido con una túnica blanca con luengas barbas me coge de las manos y me pone a su lado. La sensación de ingravidez y de placer me invade todo mi ser. No es posible estar mejor.

¡Vamos lo tenemos!-oigo y siento un gran dolor en el pecho-¡electrochoque! La tensión sube.
Y me veo dentro de un cuerpo roto, malherido y casi muerto.
¡Dios mío!¡Dios mío! ¡Ya había dado cuenta de mi vida!¡No me resucites
!


Publicado por interazul @ 17:54  | Misterio
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Mi?rcoles, 16 de agosto de 2006
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Foto: Drogadictos rehabilitados

ATRAPADO



Estaba en la esquina donde había quedado con mi “camello”. Ya tardaba y el caso es que la policía me seguía de cerca, porque había robado tres supermercados de extrarradio en los dos últimos días y había asaltado o cuatro viejas incautas que se confían en andar después de la compra solitas a casa.
Matar no había matado a nadie, porque me asusta la sangre, pero a dos de las viejitas las hice rodar por el suelo porque se resistieron a darme el parné. Y como se resista alguna más no sé si pararé en tirarlas y rematarlas.

Necesitaba seiscientos euros para poder pagar los gramos necesarios de coca para todos estos días de ajetreo por el trabajo excesivo a que me sometía mi padre con el montaje y desmontaje del carrusel de feria. ¡Estoy más que harto!

Repasé lo que había juntado y eran seiscientos cuarenta euros. ¡me quedaba para invitar a la Lupi a una juerguecita con pastillas al final de la feria de agosto esta.
Al fin el amigo Feliporte aparecía en su auto de gran cilindrada. ¡ya podía el condenado, con lo que se saca con tontos como yo!

-Venga “la pasta”, son seiscientos diez y toma el paquete.
¿Para qué regatear? Le doy lo que pide o me borra de su lista.

Ya en la barraca, como era el día previo a la inauguración y no había apenas nadie me meto tres rayitas de nada. Con la primera nada, con la segunda poco y con la tercera: ¿Qué tiene esto? Me mareo y me caigo. No pude comprobar si va adulterada. ¡malditas prisas!¡esto tiene talco y creo que gasolina!¡Papá, papá, que me muero!

Siento convulsiones y el corazón parece que se me a salir del pecho. Mi padre me coge y me mete en el coche grande y oigo como al poco me dicen:
- Estás listo, tu corazón no pudo con esa mierda que te inhalaste.
- ¿No pueden hacer algo por mi hijo?¡Se muere, el chico se muere!

Y el chico, es decir yo, ya no siento nada, ni me duele nada ¡la droga me ha matado!


Publicado por quijote_1971 @ 16:48  | Costumbres
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Martes, 15 de agosto de 2006
La mujer especial

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Iba caminando, no importa dónde, cuando de pronto apareció ella. Para más bien decir, no es que apareciera, sino que estaba allí, sentada, con las piernas cruzadas, en un banco del parque.
Su cara era, ¿cómo era su cara? No recuerdo más que sus ojos de color miel llenaban su rostro hasta justo donde se encuentran los labios, carnosos, rojos, sensuales y que yo, ya desde ese momento deseaba besar y ocultar entre los míos.
Ella estaba leyendo, no me prestaba atención y yo me acercaba hasta ella, cada vez más despacio, más observador, más inquisitivo. Su cuello era largo, y su escote, era verano, dejaba entrever unos pechos grandes, blandos y auténticos, que soñaba con acariciar. Su cintura, que veía detrás de los brazos, que sostenían el libro era ¿cómo era? Era para ser rodeada entre mis brazos, mientras la susurrara palabras de amor. ¿Y sus piernas? ¿Cómo eran sus piernas? Como las que tornea un artesano o un escultor, para que los siglos posteriores sigan admirando su obra, ¡posiblemente, por siempre!
Tenía que acercarme a ella y hablarla, tenía que saber ella, que yo existía. Tal beldad tenía que ser, además una buena mujer, aunque en muchos casos los desengaños son enormes. Pero ella, ¡no! Ella tenía que ser por dentro, aún mejor que por fuera, y para saberlo, tenía que hablarla, preguntarla cualquier cosa.
- Hola, ¿me podrías decir que lees?- me atreví.
- Leo “Las obras de la Madre Teresa de Calcuta”- me dijo con dirigiendo aquellos ojos de abajo hacia arriba de mi buena planta- ya que quiero imitarla y seguir sus pasos.
¡Dios mío!-pensé- esta mujer si no ando listo la pierdo y encima es aún mejor de lo que yo deseo.
- Espera un momento, estimada amiga, yo acabo de venir de la India y allí ejercí de misionero seglar, ayudando en los hospitales de los pobres y en las misiones de la Iglesia- me inventé-¿Quieres venir conmigo dentro de un mes, que vuelvo allí?
- Pues lo voy a pensar, pero antes tendré que conocerte, ¿no?
- Claro, claro, te invito a un refresco o a lo que quieras-le dije a la bella mujer, sin dejar de mirar aquellos maravillosos ojos y de refilón aquellos senos que se intuían por debajo del suéter-
- De acuerdo, vamos y me cuentas cosas de la India. ¿Y has estado en África también?
- Pues si, en Angola y en el Sahara exespañol- le comenté, mientras se levantaba del banco y podía admirar su silueta prácticamente perfecta, al estilo de Venus de Milo, pero con unos brazos largos y que terminaban en unas manos que parecían las de una modelo de ensueño, con unas uñas pintadas de rojo, como los labios, pero sólo largas lo suficiente como para arañar superficialmente al amado.
- ¿Y me puedes decir lo que piensas?- me espetó.
- Que eres maravillosa, una mujer muy especial- callándome las cosas que pensaba si la pudiera desnudar allí mismo.
Y ¿quieren creer, que nunca fuimos a la India, ni al Sahara, pero permanecimos juntos durante toda una vida?
Pues se lo cuento, para que todos aprendan a interesar a una mujer. No se trata de decirla de inmediato: “Eres guapísima” o “Estás como un tren” o qué se yo que se dice ahora, si no tratar de parecer, al menos parecer, interesado por su interior, por lo que piensa o desea.


Publicado por quijote_1971 @ 18:38  | Amor
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¿Abandonado?

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Era una fría mañana de invierno, los árboles estaban cubiertos de unos finos hilos de nieve helada, que al resbalar sobre el suelo producían una lluvia fina y estrellada. Yo iba a coger el tren en la estación de Atocha, y el paseo de la Castellana me parecía un lugar maravilloso, sólo superado por el Paseo del Prado. Al llegar a la rotonda de la Estación y cruzar por el paso de peatones con mi maleta con ruedas tras de mi, sentía ese dos de enero que la vida iba a cambiar para siempre.
Mis padres habían muerto y yo me encontraba solo en el mundo, una novia que había tenido no quería saber gran cosa de mi persona y yo tampoco mucho de ella, la verdad sea dicha. La oferta de trabajo en Sevilla, como supervisor de los ordenadores de una cadena de cibers, me interesaba mucho. La ciudad andaluza siempre me había gustado por su luz, alegría y lugar de gentes sencillas y el puesto me parecía además interesante.

Pasé el muelle de embarque y observé con tristeza como una mujer mayor empujaba una silla de ruedas por el andén, en la cual un hombre muy desmejorado permanecía medio encorvado con una carterita en la mano. Un mozo del tren iba a su lado para poner una rampa y seguramente plegar la silla dentro del vagón. En el momento de llegar a la puerta del vagón del AVE, el que cubre la línea Madrid- Sevilla, naturalmente, la mujer exclamó:

-Perdone, ¿no le importaría estar al lado de mi marido, mientras vuelvo a por una maleta que me he dejado en consigna?
- No se preocupe, yo le voy ayudando a subir al tren-respondí, no sin parecerme algo extraño-aún quedan veinte minutos para que arranquemos.
La mujer, sin decir nada más se dirigió con prisa a la escalera mecánica de subida.

Los minutos pasaban y ay dentro del tren, no me atrevía a buscar mi asiento, por si el anciano necesitaba algo. No hablaba nada, pero su mirada triste y como perdida en el horizonte me inquietaba. En la carterita llevaba el billete de tren y como pude comprobar más tarde nada más.
El mozo ayudante se retiró al anuncio de la megafonía: El tren va a iniciar su marcha.

A los tres minutos el tren arrancaba y la mujer no aparecía. Busqué al revisor y le pregunté:
- ¿Usted sabe algo de una mujer, que salió a buscar una maleta y con este hombre, que intuyo es su marido?
- Pues una señora, ha informado que había dejado a su marido con su hijo dentro del tren y que ella no tenía billete, se le había dejado pasar por las circunstancias especiales- contestó el interventor.
-¿Cómo ese señor no es anda mío?-me defendí.
- Pues veamos a ver su identidad, si es posible.
Al legar junto al anciano, en la carterita, ya que el no opuso más resistencia no había más que un billete hasta Sevilla. El funcionario de la RENFE le preguntó.
- ¿Cómo se llama?

El hombre que había subido en la silla de ruedas no respondió y siguió mirando hacia el infinito. Miramos su chaqueta y no tenía más que unos pañuelos de papel. Equipaje no tenía y en una bolsa de la silla plegada en el lugar de las maletas sólo había tres cajas de medicinas: Una para la tensión, otra un colirio para los ojos llorosos y otra para los dolores artrósicos.¡Nada más!

Es uno de los viajes más extraños que recuerdo, no pude estar tranquilo hasta que llegamos a la capital hispalense. Una vez en la Estación de Santa Justa, y como el interventor había llamado a la policía, nos llevaron al viejo y a mi a la Comisaría y durante horas, hasta que se convencieron de que yo no tenía que ver con el anciano, y sólo entonces me dejaron libre. Intenté saber en los días siguientes que fue de esa persona, pero no supieron o no quisieron decirme nada. Desde entonces no duermo tranquilo y las pesadillas me ocupan toda la noche
.


Publicado por quijote_1971 @ 18:06  | Costumbres
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Lunes, 14 de agosto de 2006
¿Abandonado?

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Era una fría mañana de invierno, los árboles estaban cubiertos de unos finos hilos de nieve helada, que al resbalar sobre el suelo producían una lluvia fina y estrellada. Yo iba a coger el tren en la estación de Atocha, y el paseo de la Castellana me parecía un lugar maravilloso, sólo superado por el Paseo del Prado. Al llegar a la rotonda de la Estación y cruzar por el paso de peatones con mi maleta con ruedas tras de mi, sentía ese dos de enero que la vida iba a cambiar para siempre.
Mis padres habían muerto y yo me encontraba solo en el mundo, una novia que había tenido no quería saber gran cosa de mi persona y yo tampoco mucho de ella, la verdad sea dicha. La oferta de trabajo en Sevilla, como supervisor de los ordenadores de una cadena de cibers, me interesaba mucho. La ciudad andaluza siempre me había gustado por su luz, alegría y lugar de gentes sencillas y el puesto me parecía además interesante.

Pasé el muelle de embarque y observé con tristeza como una mujer mayor empujaba una silla de ruedas por el andén, en la cual un hombre muy desmejorado permanecía medio encorvado con una carterita en la mano. Un mozo del tren iba a su lado para poner una rampa y seguramente plegar la silla dentro del vagón. En el momento de llegar a la puerta del vagón del AVE, el que cubre la línea Madrid- Sevilla, naturalmente, la mujer exclamó:

-Perdone, ¿no le importaría estar al lado de mi marido, mientras vuelvo a por una maleta que me he dejado en consigna?
- No se preocupe, yo le voy ayudando a subir al tren-respondí, no sin parecerme algo extraño-aún quedan veinte minutos para que arranquemos.
La mujer, sin decir nada más se dirigió con prisa a la escalera mecánica de subida.

Los minutos pasaban y ay dentro del tren, no me atrevía a buscar mi asiento, por si el anciano necesitaba algo. No hablaba nada, pero su mirada triste y como perdida en el horizonte me inquietaba. En la carterita llevaba el billete de tren y como pude comprobar más tarde nada más.
El mozo ayudante se retiró al anuncio de la megafonía: El tren va a iniciar su marcha.

A los tres minutos el tren arrancaba y la mujer no aparecía. Busqué al revisor y le pregunté:
- ¿Usted sabe algo de una mujer, que salió a buscar una maleta y con este hombre, que intuyo es su marido?
- Pues una señora, ha informado que había dejado a su marido con su hijo dentro del tren y que ella no tenía billete, se le había dejado pasar por las circunstancias especiales- contestó el interventor.
-¿Cómo ese señor no es anda mío?-me defendí.
- Pues veamos a ver su identidad, si es posible.
Al legar junto al anciano, en la carterita, ya que el no opuso más resistencia no había más que un billete hasta Sevilla. El funcionario de la RENFE le preguntó.
- ¿Cómo se llama?

El hombre que había subido en la silla de ruedas no respondió y siguió mirando hacia el infinito. Miramos su chaqueta y no tenía más que unos pañuelos de papel. Equipaje no tenía y en una bolsa de la silla plegada en el lugar de las maletas sólo había tres cajas de medicinas: Una para la tensión, otra un colirio para los ojos llorosos y otra para los dolores artrósicos.¡Nada más!

Es uno de los viajes más extraños que recuerdo, no pude estar tranquilo hasta que llegamos a la capital hispalense. Una vez en la Estación de Santa Justa, y como el interventor había llamado a la policía, nos llevaron al viejo y a mi a la Comisaría y durante horas, hasta que se convencieron de que yo no tenía que ver con el anciano, y sólo entonces me dejaron libre. Intenté saber en los días siguientes que fue de esa persona, pero no supieron o no quisieron decirme nada. Desde entonces no duermo tranquilo y las pesadillas me ocupan toda la noche


Publicado por quijote_1971 @ 20:12  | Misterio
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Estimado Lanzas:
He recibido tu invitación para publicar artículos y escritos en tu blog y te lo agradezco sobremanera. Hasta ahora venía publicando algo en Foros Literarios- Bibliotecas virtuales, dónde te conocí y en otros foros sin importancia. Pero quiero que mis escritos permanezcan. Un saludo cordial
.


Publicado por quijote_1971 @ 20:05
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Domingo, 13 de agosto de 2006
Capítulo II


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Pepe casi se desmaya. Intentó disimular, pero Loli, la del puesto de prensa se dio cuenta de que algo le pasaba:
- ¿Te encuentras bien, Pepe?- le pregunta.
- Si, si, es que apenas he dormido esta noche, por llevar a Ana a tomar unas copas con unos amigos. Ya sabes siempre nos pasamos de hora. Y tú ¿qué tal?
- Bien, bueno- duda la joven- ya sabes que me dejó tirada el tonto de Niko.
- Bueno ya hablaremos, que ya van a abrir- le anuncia un Pepe consternado.
¡No podía creerlo!¿Sería una casualidad?¿Se trataría de otra persona? Quizás, pensaba, deberíamos haber dado cuenta a la policía aunque ese hombre no quería. A ver si nos culpan de algo. Tengo que llamar a Ana. Bueno mejor no preocuparla. ¡Ya veremos a las tres que termino mi turno de hoy!
Mientras el joven pensaba todo esto, su novia Ana no podía pegar ojo. La había impactado sobremanera el encuentro tan extraño de aquella noche. No podía olvidar la expresión de aquél hombre mal herido bebiendo el agua de la botella que le dejó Pepe.
A las 9.45 se levantó a tomar un vaso de leche, ya que no podía soportar la soledad. De buena gana llamaría a su novio, pero ya estaría en su trabajo y no debía llamarlo. Ya lo haría él en el descanso como todos los días.
Al llegar a la cocina, vio a su padre, que siempre le gustaba madrugar, aunque no tuviera que ir a trabajar, leyendo la prensa del día.
- Buenos días papá.
- Hola hija, ¿qué tal anoche?
- Bien volvimos pronto, porque hoy trabaja Pepe hasta las tres, y me voy a poner a estudiar que pronto tengo exámenes- pensando en que corría el mes de mayo y enseguida tenía que dar cuenta de sus conocimientos de Informática, carrera que le gustaba mucho.
- ¿No tuvisteis ningún incidente? Aquí en el diario dice que ha aparecido un hombre muerto dentro de un saco en la calle Alemania, junto al río Guadalmedina.
La joven casi se cae de espaldas
-¿Cómo dices, papá?- balbuceó, agarrándose a la mesa de cocina para no precipitarse en el suelo.
- Pues que esta madrugada, a eso de las cuatro han encontrado a un hombre dentro de un saco. No ha sido identificado.
- Pues pon la radio. En la COPE dan noticias de Málaga cada hora creo.
- Si eso haré. ¿Te encuentras bien, Ana, te veo muy pálida.
- Es que estuve anoche con los amigos ya sabes y bueno, tengo que estudiar. Luego nos vemos. ¿Vas con mamá a comprar, como todos los sábados?
- Si, si claro, dime algo que necesites, que no sean coca-colas, pastelillos de hojaldre y pan de molde. ¡Qué eso ya lo se!
- Pues no, nada, voy a saludar a mamá que se encuentra recogiendo el dormitorio vuestro.
Ana sube deprisa a la parte alta de la casa y se echa a llorar abrazando a su madre.
- ¿Qué te pasa hija? – pregunta la madre, una mujer bien parecida y de cincuenta y cinco años de edad, con el pelo rubio muy cuidado, y que se llama Julia.
- Verás tengo que contártelo. Esta noche ocurrió algo cuando fuimos a buscar el coche de Pepe.
- ¡Cuéntame todo lo que sea!-sentándose en la cama y llevando a su hija junto a ella.
- Cuando llegamos al lado del coche, había un saco con un hombre dentro.
- ¡Virgen santa!-le interrumpe la madre-¿pero vivo o muerto?
- ¡Déjame contártelo de seguido que si no, no voy a poder!

Y así la hija narró todo lo que les había ocurrido. Al final se echó a llorar de nuevo. La madre se tomó un minuto para pensar:
- Vamos a contárselo a tu padre, llamas a tu novio y vamos a la policía a contar la verdad.
El padre está asustado. Acaba de oir en las noticias de las once que el hombre era un conocido hombre de negocios y que había sido asesinado por un golpe asestado con algún objeto contundente, es posible que una llave inglesa grande o un gato de coche o algo así. Tenía una botella de agua en la mano.
- ¿Una botella de agua?- pregunta Ana, recordando que le dieron la que tenía en el coche Pepe, y se cae sobre el sofá desmayada.
Continuará…


Publicado por interazul @ 20:35  | Misterio
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Jueves, 10 de agosto de 2006

Ahí va mi nuevo relato por capítulos.

La huída del inocente.

Capítulo I

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Eran las tres de la madrugada, cuando empiezan los viernes a retirarse algunos jóvenes a sus casas después de una noche de botellón. Los que aún trabajan los sábados, porque los estudiantes y algunos otros ya no se retiran hasta las ocho e incluso más, después de desayunar el chocolate con churros o el café bien cargado con bollos que da el Eulogio, en su cafetería de la Plaza de la Merced.
En esas noches cálidas del Málaga de primavera, es fácil ver las calles del Centro repletas de jóvenes que se divierten a su manera, pero que a veces no lo hacen tanto si surge alguna pelea.
Ana y Pepe eran novios desde hacía al menos dos años, cuando se conocieron en una de las fiestas de la Facultad de Derecho y se encandilaron de muy buena forma. Como Pepe trabajaba en una gran superficie y los sábados es día de curro, se dispuso a acompañar a su novia a casa, en el utilitario que había comprado con muchos apuros.
Lo había aparcado en una calle al lado del río Guadalmedina, casi en su desembocadura y hacía allí se dirigían después de despedirse de los demás, que eran Luis y su novia María, y de Carmen y su nuevo acompañante Toño. Al llegar cerca del coche Pepe nota como un saco grande apoyado junto al pretil del río, que por cierto sólo lleva unos regueros de agua a los costados, y un brazo humano que asoma por la boca del mismo. Para que Ana no se asuste la coge por la cintura y la da la vuelta, pero ya es tarde. Ella lo ha visto también a la luz de la farola cercana es difícil sustraerse del macabro espectáculo.
-¿Qué hacemos, Pepe? ¿Nos vamos como que no hemos visto nada?-dice una asustada Ana.
-¿Y si alguien se da cuenta? Espera, que algo se mueve-responde el joven.
El brazo cada vez estaba más fuera del saco y los jóvenes no saben que hacer. Y de pronto una voz:
- ¡Sacadme de aquí, os daré todo lo que poseo, pero no me matéis!-
- No, no se apure, le ayudamos a salir- dice Pepe con mucho miedo.
Y cogiendo con decisión el saco, lo deposita con cuidado en la acera, y abre la boca del mismo. Un hombre ensangrentado asoma o para más bien decir, se desliza sobre la acera, junto al coche de Pepe. Éste abre el coche y saca una botella de agua que siempre lleva en el asiento de atrás y se la ofrece al desgraciado del saco.
- Me llamo Roberto Lozano y vivo en Málaga, en la barriada de La Paz, y un loco me ha robado todo lo que llevaba encima y me dado una paliza y me dejó sin sentido- y tomando la botella de agua que le ofrece el joven se la echa por encima de la cabeza.
El joven malagueño está asustado. No entiende nada. Cree que debe llamar a la policía y así se lo comunica al Señor Lozano. Y este grita:
-¡La policía, no! Lo complica todo.
- Pero si le han asaltado, debe denunciarlo, ¡vamos, digo, yo!-le dice una Ana cada vez más asustada.
- Mira, Ana, nosotros nos vamos porque a este hombre no se le ofrece nada- le dice Pepe, mientras la coge de la mano y la introduce en el coche.
Sin apenas tiempo para reaccionar, el tal Lozano, intenta asir al joven por el brazo, pero éste entra rápido en el coche y lo pone en marcha. Llegando al cruce con la Alameda Principal, rodeada de los grandes Ficus característicos de Málaga, los jóvenes respiran tranquilos.
-Ana, no comentes nada de esto, porque me temo que nos traería complicaciones, si el desafortunado ese no ha querido dar cuenta a la policía es que tiene algo que ocultar.
- Ya lo creo, me parece muy extraño que herido y todo se negara. Ya no voy a poder dormir esta noche, pensando en todo esto, pero no comentaré nada.
Eran ya cerca de las cuatro de la madrugada, cuando llegaron a la casa de Ana, en El Palo. La joven entró rápidamente en su casa sin apenas despedirse de su novio, que la acompañó hasta la puerta, debido a lo nerviosa que estaba. Pepe la dijo adiós con gesto de preocupación en la cara, pero pensaba que al día siguiente todo estaría olvidado.
Cuando llegó a su apartamento, comprado por sus padres cuando era estudiante de Derecho, pensando que en él ejerciera de Abogado en un futuro, situado en el Centro de la Ciudad, en la calle Esperanto, que le venía muy bien para su trabajo actual en los grandes almacenes próximos y que de todas maneras pensaba usar como bufete cuando terminara sus estudios, que ahora simultaneaba con su trabajo, conectó el ordenador y se puso a navegar por los foros y chats sin ningún sentido, hasta que casi amaneció.
Apenas durmió unas dos horas cuando el despertador le anunció a las 9.30 que tenía que ir corriendo a su trabajo.
Cuando llegó a él, en el departamento de relojería, cerca del expendedor de prensa, como le gustaba siempre, hojeó el diario Sur y en últimas noticias, se podía leer:
“Esta madrugada ha aparecido asesinado un hombre junto al Guadalmedina, estaba dentro de un saco junto al pretil del río. No ha sido identificado aún a estas horas, que son las cuatro de la madrugada.”

Continuará…...


Publicado por interazul @ 18:06  | Misterio
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Mi?rcoles, 09 de agosto de 2006
Y EL AMOR, ¿SE ACABA?

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Aquella tarde de verano leía sin enterarme demasiado de lo que decía la heroína de mi libro. Mis pensamientos volaban como gaviotas en océano revuelto.
La decepción que había sufrido el último sábado con el que creía que era el hombre de mi vida me había literalmente trastornado.
Habíamos acabado de cenar en un agradable restaurante, en cuya terraza sonaba una melodía de Nat King cole. “Si Adelita se fuera con otra…”
Él miraba mis ojos de un modo evasivo, parecía incómodo. Tuve la intuición que por su cerebro merodeaba algo que a mí no me iba a gustar.
De repente, me tomó una mano y dijo:
-Cris, tengo algo muy importante que decirte.
Le miré con curiosidad ante las palabras y el tono de su voz. Me vi en sus ojos muy pequeña, insignificante.
-¿Sí? Y, ¿qué es eso tan importante? No me asustes, oye- le dije intentando medio bromear.
-Veras, es que no sé cómo empezar- dijo mientras miraba nervioso en varias direcciones.
-Pues por el principio, ¿no?
-Claro…por el principio – su voz sonó apagada o quizá fueran las graves notas de los cobres las que la enronquecían.
-En pocas palabras, Cris, no me voy a casar contigo.
Un galope de caballos desbocados estalló en mi interior. Sentí que perdía la noción de todo y apoyé la cabeza en la mesa sobre mi brazo.
Él, solícito, se levantó y se acercó a mí. Tomó mis hombros con sus manos – aquellas manos que yo adoraba – Y con angustiada voz dijo:
-¡Perdóname!, por favor. Sé que te hago daño pero no puedo evitarlo. Me he enamorado de otra mujer.
¡Enamorado! El mundo pareció que se abatía con toda su negrura sobre mí. ¡Se había enamorado! ¡Dios! Si al, menos, hubiese sido una aventura…pero no, ¡Enamorado!
-Pero…pero yo…yo creía que estabas enamorado de mí - balbuceé.
-¡Sí! Lo estaba. Dios sabe que lo estaba, pero el amor como todas las cosas de esta vida, termina, se acaba –dijo con determinación mirándome fijamente.
-¡Ah!, ¿sí? El amor termina… ¿también? –dije ausente como si mi voz no me perteneciera.
-Bueno, no sé si en todas las parejas, pero yo no he podido evitar que en mí se acabara –dijo en voz muy baja el desconocido que tenía ante mí.
Tuve la certeza que decía la verdad. Todo termina, y el amor, ¿por qué no?
Yo era una ingenua que había creído que me amarían hasta el fin de mis días.
¿De que ridícula novela habría sacado aquello?
Sequé mis lágrimas que inoportunas descendían arrastrando el “rinmel” de mis pestañas y queriendo aparentar la mayor entereza y serenidad dije:
-Bien, creo que ya no hay nada más que hablar – mientras me levantaba lentamente de mi silla.
-Lo siento, Cris, de verdad, lo siento.
Sus últimas palabras quedaron silenciadas por la melodía ya inolvidable para mí.

Pasé todo el Domingo en la cama durmiendo. Me había tomado dos valiums diez en la horrible madrugada del sábado, regados con una copa de un añejo coñac que encontré en la vitrina de las bebidas. Quería dormir; no recordar nada: ni las palabras que dolían, ni aquellas notas… “Si Adelita se fuera con otro, si Adelita no fuera mi mujer”…
Poco a poco me hundí en una oscuridad bienhechora que me alejaba de esta realidad donde las cosas más hermosas pueden dejar de serlo de un día para otro.


El lunes no pude acudir a mi trabajo. Mi cerebro estaba tan maltrecho como mi corazón.

La mañana transcurrió sin horas y después de una larga siesta, cuando el sol de agosto se ocultaba cansado de torturar la tierra decidí bajara a la calle y andar. Sí, seguro me vendría bien.
Me adentré en el parque cercano a mi casa; allí el ambiente umbrío era más fresco. Di varias vueltas tratando de cansarme y al llegar al estanque me senté en un viejo banco que imitaba a madera. Miré al cielo, nubes de un gris intenso aparecían por el oeste; supe que iba a llover y me alegré.
Pasados unos minutos un hombre, anciano, se sentó a mi lado no sin saludarme. Giré mi rostro para devolverle el saludo y no supe bien por qué sus ojos me conmovieron. Habían sido y aún eran hermosos, pero un halo de tristeza los velaba En su rostro estaban impresas como a cincel las huellas de los sufrimientos, de los trabajos, del amor…
A los pocos minutos comenzó una fugaz tormenta de verano. Corrimos como pudimos a guarecernos en una Pérgola cercana.
El hombre tenía mojada su americana negra, color que me extraño para el verano. Respiraba afanosamente.
-¿Qué tal se encuentra? Nos ha pillado de plano ¿eh?
-Bien, me encuentro bien, aunque no tenía que haber venido hoy- dijo como para sí.
Le miré y mi extrañeza le obligó a decir:
-Al cementerio; hoy no debía haber venido.
-Perdone ¿ha venido a ver a alguien? - pregunté por cortesía.
Los ojos del anciano miraron obstinadamente el suelo mojado.
-Sí. He venido a ver a mi mujer.
-¡Cuánto lo siento! - dije verdaderamente emocionada- y ¿cuándo se fue?
De nuevo el silencio.
Y de repente:
-Hace veinte años que se fue.
Ahora sí que estaba asombrada, ¡veinte años visitando a su mujer muerta!
Me quedé sin palabras, ¿qué podía decir yo ante algo así?
El hombre alzó sus ojos hacia mí y trató de explicar algo que a una mujer como yo le parecía increíble.
-Estuvimos casados cincuenta años. Fuimos pobres pero los seres más felices de esta tierra; luego ella enfermó y fue perdiendo peso poco a poco hasta que no era más que un delicado esqueleto; su cabello ya no orlaba su cabeza y su rostro ya no era aquel que yo había amado con pasión; pero no importaba, no importaba- terminó con la voz rota por la emoción.
Seguía sin saber qué decirle, sólo se me ocurrió algo que más tarde me pareció estúpido:
-Y ¿la quería usted como el primer día?
-No. ¡La quería mucho más!
-Perdone mi torpeza, lo siento de veras, pero al mismo tiempo le digo que ha sido usted muy afortunado. No es nada fácil amar a alguien tantos años y que le correspondan. Sí ha tenido usted mucha suerte.- dije ya para mí.
- Lo sé, señorita, lo sé. Y por eso, para agradecerle el amor que me dio por tantos años, vengo todos los días a verla.
-¿Todos los días?
- Bueno, cuando estoy malo no puedo venir, pero si no vengo todos; así estoy tranquilo.

Cesó la lluvia de verano y me despedí de aquel hombre que en unos minutos me había dado una gran lección.

Caminé hacia mi casa contenta. Seguramente a mí no me amarían tanto tiempo, pero ahora sí estaba segura que el amor puede ser casi eterno
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Publicado por mariangeles512 @ 23:09  | Amor
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Lunes, 07 de agosto de 2006
¿GUERRAS DE RELIGIONES?

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Los hombres nacen en aparente libertad de aceptar o no la sociedad dónde viven y o bien amoldarse a ella o combatirla.
Desde los tiempos más remotos esto ha sido así. Los que ya estaban en el lugar habían impuesto sus leyes y los que llegaban se iban amoldando a ellas y a veces intentaban modificarlas.
De pronto, la capacidad de adentrarse en los territorios de los vecinos convirtió a la Tierra en lugar de disputa. Unos querían adueñarse de los territorios de los otros, otros esclavizar a los que vencían en el empeño anterior y otros a intentar modificar desde dentro las situaciones encontradas. Esto es así desde que sabemos que existe HISTORIA. Es decir, desde que o contada o escrita llegan narraciones de lo que hacen los hombres. Entrando en la HISTORIA más conocida, aunque tenga una referencia religiosa como es la ERA CRISTIANA, desde el año 1 hasta el año 2006 vigente, tenemos que decir:
Durante más de diecinueve siglos los hombres vivieron sin partidos políticos. Las sociedades adoptando las estructuras de la Monarquía, la Dictadura o la Democracia de los notables, fueron manteniendo un mundo injusto en gran medida, pero la cosa no ha mejorado en el siglo XX, ni tiene visos de hacerlo en el XXI. Es decir, no porque existan los partidos políticos mejoró la sensación de justicia, pero si consiguieron el que todos los ciudadanos, en los lugares, donde son permitidos, no en los países islámicos, por cierto, ni en los vestigios de dictaduras comunistas, puedan expresar de forma limitada lo que piensan. En los otros apenas nada.
Durante todo el tiempo vigente de esta Historia, se ha hablado de guerras religiosas, de guerras económicas y de guerras por la independencia de unos pueblos por otros. NO SÓLO DE GUERRAS RELIGIOSAS. Pero los hombres, parece que son fáciles de fanatizar de forma al menos para algunas élites y esto lo aprovechan los líderes religiosos sometidos a los poderes económicos o de tipo colonialista para mantener más poder sobre los ciudadanos.
El cristianismo es el único grupo de religiones que ha supuesto siempre liberación. No en vano Cristo vino a revolucionar el Imperio Romano, con aquello de que todos somos iguales ante Dios, pero “un rico es muy difícil que entre en el reino de los Cielos”. Hasta a las mujeres liberó. El que en estos veinte siglos largos de existencia se hayan dado altibajos en el tema es achacable a los hombres, no a la Doctrina. Hoy sigue siendo liberación, no sumisión. Pero las religiones que le consideran el enemigo a batir: Judaísmo e Islamismo siguen en auge. Y hay otra religión aún más fuerte que todas, que es el Materialismo, en principio propugnado por el marxismo-leninismo, para intentar liberar de las ataduras del capitalismo al obrero, y que libró y sigue librando grandes batallas contra los que dentro de los pueblos de los que se adueñan se perfilaban como sus enemigos, La URSS y sus naciones satélites cayeron, porque el hombre quiere libertad, no quiere ser un número en la lista. Persiste China, Cuba y algunos países orientales más. Pero de nuevo hicieron una mala jugada al obrero los marxistas: Se ha adueñado el capitalismo del materialismo, y lo expende como propio. Adormece a jóvenes y mayores con drogas, sexo, alcohol y con muchos bienes materiales y mientras unas élites islamistas se van reproduciendo en los países, donde todo eso está prohibido, para vengarse de Occidente.
¿Qué harán o que hacen los occidentales ante esto? Su debilidad moral es muy baja y mientras aquellos encuentran combatientes que hasta sin inmolan para alcanzar el Paraíso prometido, estos suben los sueldos de los soldados y les dotan de tecnología punta para ser invulnerables. ¿Qué ocurrirá si aquellos consiguen también esa tecnología? Piensen, señores piensen.


Publicado por Lanzas @ 18:43
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