Viernes, 25 de agosto de 2006
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Los tres boletos de avión.



La conocí en mi casa. Mi madre la había contratado para limpiar por horas. Era una muchacha morena de grandes ojos rasgados y suaves modales. Desde que mis ojos captaron su imagen sentí algo extraño dentro de mí; una especie de interés, de atracción por aquella muchacha. Para nada tenía aspecto de ser una mujer de limpieza.
Le pregunté a mi madre por ella una noche durante la cena; se extraño de mi pregunta pues era la primera vez que yo me interesaba por alguien que trabajase en nuestra casa.
-Creo que es de Bulgaria. Está en España desde hace dos años; yo creo que tiene bastante preparación y habla muy bien el español. Ahora, es muy callada y la noto algo triste.

-¿Triste?- pregunté casi sin darme cuenta.
-Sí, la veo como ensimismada: Hace el trabajo bien pero su cabeza parece que estuviera en otra parte. –dijo mamá en tono convencido.
No quise averiguar más por el momento. Di un beso a mi madre y me retiré a mi habitación.
Una vez en ella no se quitaba de la cabeza la imagen de la muchacha.
A la mañana siguiente cuando iba hacia mi trabajo la vi en la parada del autobús. Orillé mi vehículo un poco y sacando la cabeza por la ventanilla grité:
-¿Vas para mi casa?
-Sí- gritó a su vez.
- Te llevo ¡Sube!
La muchacha echó a correr hacia mi coche y al momento estaba sentada a mi derecha.
Oía su respiración agitada por la corta carrera y vi cómo sus senos subían y bajaban de forma ostensible. La visión de aquellos pechos palpitantes me hizo sentir una oleada de fuego en mi interior. No cabía duda. Esta mujer significaba algo para mí.

No sabía qué decirle y me limité a arrancar el coche dando un tirón innecesario; ella me miró con asombro y me pareció que sonreía.
-¿A qué hora sales del trabajo?- me atreví a preguntar.
-Sobre las dos termino - aclaró con una voz que a mí me llenó de emoción.
-Vale, pues si te parece a esa hora te puedo acercar a tu casa.
-¡Oh! No, no es necesario; tomo el bús que para muy cerca de aquí.
-Bueno, no me harás el feo de negarte a que te lleve, ¿no?- traté de bromear.
-No, desde luego que no. Vale, a las dos salgo –dijo mientras abría la portezuela y salía ágil como una gacela.
Me la quedé mirando mientras entraba en el portal. Sus piernas estaban perfectamente formadas y andaba con pasos largos y elegantes. Sin duda no era lo que parecía ser.
Pasé la mañana mirando el reloj. Me sentía algo infantil con esta especie de ansiedad que tenía porque llegaran las dos de la tarde, pero una especie de culebrina me recorría el cuerpo ante la expectativa de verla de nuevo.
Salí algo antes de la hora y la esperé en la calle donde vivo. Cuando la vi de nuevo mi corazón latió apresuradamente. Supe que me había enamorado como un adolescente.
Me bajé para abrirle la puerta y una vez dentro dije:
-¿Qué te parece si vamos a tomar algo por ahí? Bueno, claro, si no te espera nadie.
-¿Ir a tomar algo nosotros?- preguntó con extrañeza.
-Claro, ¿por qué no?- dije alegremente.
Su rostro mostraba perplejidad. Yo lo entendía. ¿Cómo es que de buenas a primeras el “niño” de la casa la invitaba a salir a comer?
Bueno, si no te parece bien o tienes a alguien que te espera para comer, lo entiendo.
-¡No! si no es eso; sólo que me ha extrañado.
-¿Y?
-Bien, vayamos a tomar lo que quieras; no tengo nadie que me espere.- dijo con voz en la que se percibía cierto pudor.
Y me sentí contento como hacía mucho tiempo que no lo estaba.
Salimos varias veces y una tarde que fuimos a ver una película traté de tomarle la mano. Ella la retiró y yo no insistí más aunque su actitud me extrañó y dolió.

Se acercaban las Navidades. El frío ya se había adueñado de la ciudad.
“Cande, como la llamaba mi madre, seguía saliendo conmigo sin demostrar en ningún momento que yo le interesara como hombre.
Una noche la invité a cenar. Cuando estábamos en los postres le dije:
-Mira, como te habrás dado cuenta estoy enamorado de ti.
Sus ojos, los cuales yo adoraba, me miraron con reflejos de tristeza.
-Cuánto lo siento, Miguel. Eres un chico estupendo y no sabes lo que me hubiera gustado estar libre.
Al oír aquello, di un respingo. ¿No estaba libre? ¿Quizá casada y yo ni lo había supuesto?
-Perdona, ¿eres casada entonces?
- No, casada, no; pero he dejado en mi país a un hombre al que amo. Éramos pareja; dábamos clases en el mismo centro, pero ganábamos tan poco que decidí cambiar de país. Aquí en tu casa gano más que dando clases durante cinco horas diarias a la semana durante todo un mes.
-y ¿él? ¿Por qué no vino él contigo?
-No pudo. Su familia atraviesa un mal momento y él no dispuso del dinero para el pasaje.
Me sentí mal, muy mal. ¡Qué torpeza la mía! Había dado por supuesto que aquella mujer tan bella no tenía nadie que la amara, ¡Imposible! –pensé con pena.
-Lo siento, me he comportado como un tonto. Debí de suponer que tendrías algún amor en tu tierra.
-No digas eso; yo no he hablado de él, así que no tenías por qué saberlo. Tú eres un chico estupendo y no sabes el bien que me ha hecho que me invitaras a salir. Me sentía muy sola a pesar de los trabajos. Espero tener pronto el dinero necesario para el pasaje, para ir a verle. Quizá estas navidades pueda.
Ella no lo sabía pero cada una de sus palabras era como un dardo clavado en mi interior, y ¡Cómo dolían!
Me levanté después de abonar la cena y la acompañé hasta su casa. Compartía piso con otras tres compatriotas. Aquella noche sin pensarlo le di un beso en los labios.
Candelaria no dijo nada, me miró en silencio, giró sobre sí y entró.
Me alejé hasta mi coche con el corazón palpitando ¡Dios! ¡Vaya ojo que tenía! Ir a enamorarme de la chica de la limpieza y encima enamorada de un hombre de su lejana tierra.
Pensé que ella no tenía culpa alguna de la situación. El amor es algo sobre lo que no se puede mandar. Hubiera dado cualquier cosa porque se hubiera enamorado de mí, pero si ya lo estaba de otro no había nada que hacer.
Traspasé el umbral de mi casa con un pensamiento bulléndome en la cabeza.
Llegó el día veinticuatro, el día de la Noche Buena. Mamá había invitado a “Cande” a cenar en casa sabiendo de su soledad. Le había tomado aprecio y estaba muy contenta con su trabajo aparte de que se notaba que era una mujer con una educación cultivada.
Cuando estábamos en los turrones y nos íbamos a intercambiar los regalos “Cande” me entregó una caja, dentro de la cual había un marco y dentro del mismo una foto suya de cuando tenía veinte años. ¡Qué guapa estaba, mi Dios!
-¡Oh! Qué bien estás aquí. Gracias por el detalle – dije depositando un leve beso en su mejilla.
Observé que mis padres nos miraban algo extrañados: nada sabían de mi amor por esta muchacha.
Yo a mi vez metí mi mano en mi bolsillo y saqué un sobre alargado; se lo entregué a la muchacha.
-Toma, mi regalo para ti.
-No tenías que haberte molestado, por favor- dijo coloreándosele el rostro de forma que me pareció aún más hermosa.
-No ha sido molestia alguna. Lo he hecho con sumo gusto.

Y le entregué mi regalo. Ella lo abrió despacio, introdujo su mano y sacó tres pasajes de avión; uno de ida a su país y dos de vuelta a España.
-¿Tres pasajes para mi para ir a mi tierra? ¿Qué significa esto?-preguntó con la voz rota.
-Significa que me gustaría que fueras a tu país y vieras a tu pareja y que volvieras con él y así podréis estar juntos también aquí.
La muchacha me miró con sus bellos ojos brillando por efecto de lágrimas de felicidad.
-Sabía que eras una persona magnífica, pero no tanto. Creo que no puedo aceptar un regalo tan valioso; de todos modos, muchas gracias.
-Nada de gracias- dije con precipitación. Te vas y ves a tu amor. ¿No es eso lo que necesitas para ser feliz?
-Bueno…sí…pero…
-Nada de “peros”. Yo también me sentiré feliz al saber que tú lo eres.
No articuló palabra. Se dirigió a mí y rodeó mi cuello con sus brazos al tiempo que me daba un apretado beso. Noté su cuerpo, su calor y mi temperatura ascendió hasta las estrellas.
La llevé al aeropuerto; la vi desaparecer y me quedé como atontado entre la multitud que iba de un lado para otro.
Decidí dar un largo paseo para despejar mi cabeza.
Aquella noche supe lo que era la envidia. Tuve unos celos terribles de un tipo que no conocía y hubiera dado lo que no tenía porque no existiese.
Pasaron las Navidades; llegó el seis de Enero, el día más feliz para los niños. Comimos juntos toda la familia y por la tarde a la hora del café se oyó el timbre de la calle. Me levanté para abrir y me encontré en el umbral mi regalo de Reyes:
-¡Hola! ¿Qué tal las Fiestas? – preguntó aquella voz que había estado oyendo en la oscuridad todas esas noches.
-¿Las Fiestas? Pues la verdad, sin ti, horribles.-dije con toda sinceridad- pero ¿qué haces tú aquí? ¿Y, tu amor?
Me miró de una manera que nunca antes había hecho y que indujo a que todo mi ser de hombre vibrara bajo el frío de Enero.
-Al verle me di cuenta que ya no sentía por él lo que creía. Que el hombre que ocupa mis pensamientos y mi corazón eres tú; que tendré mucha suerte si me aceptas como pareja o lo que sea- dijo ya sin azoramiento.
La abracé con toda la vehemencia de mi juventud y mi amor; nos besamos con pasión y deseé que el día de Reyes no terminara nunca.
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Publicado por mariangeles512 @ 0:17  | Amor
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