Martes, 15 de agosto de 2006
La mujer especial

Imagen




Iba caminando, no importa dónde, cuando de pronto apareció ella. Para más bien decir, no es que apareciera, sino que estaba allí, sentada, con las piernas cruzadas, en un banco del parque.
Su cara era, ¿cómo era su cara? No recuerdo más que sus ojos de color miel llenaban su rostro hasta justo donde se encuentran los labios, carnosos, rojos, sensuales y que yo, ya desde ese momento deseaba besar y ocultar entre los míos.
Ella estaba leyendo, no me prestaba atención y yo me acercaba hasta ella, cada vez más despacio, más observador, más inquisitivo. Su cuello era largo, y su escote, era verano, dejaba entrever unos pechos grandes, blandos y auténticos, que soñaba con acariciar. Su cintura, que veía detrás de los brazos, que sostenían el libro era ¿cómo era? Era para ser rodeada entre mis brazos, mientras la susurrara palabras de amor. ¿Y sus piernas? ¿Cómo eran sus piernas? Como las que tornea un artesano o un escultor, para que los siglos posteriores sigan admirando su obra, ¡posiblemente, por siempre!
Tenía que acercarme a ella y hablarla, tenía que saber ella, que yo existía. Tal beldad tenía que ser, además una buena mujer, aunque en muchos casos los desengaños son enormes. Pero ella, ¡no! Ella tenía que ser por dentro, aún mejor que por fuera, y para saberlo, tenía que hablarla, preguntarla cualquier cosa.
- Hola, ¿me podrías decir que lees?- me atreví.
- Leo “Las obras de la Madre Teresa de Calcuta”- me dijo con dirigiendo aquellos ojos de abajo hacia arriba de mi buena planta- ya que quiero imitarla y seguir sus pasos.
¡Dios mío!-pensé- esta mujer si no ando listo la pierdo y encima es aún mejor de lo que yo deseo.
- Espera un momento, estimada amiga, yo acabo de venir de la India y allí ejercí de misionero seglar, ayudando en los hospitales de los pobres y en las misiones de la Iglesia- me inventé-¿Quieres venir conmigo dentro de un mes, que vuelvo allí?
- Pues lo voy a pensar, pero antes tendré que conocerte, ¿no?
- Claro, claro, te invito a un refresco o a lo que quieras-le dije a la bella mujer, sin dejar de mirar aquellos maravillosos ojos y de refilón aquellos senos que se intuían por debajo del suéter-
- De acuerdo, vamos y me cuentas cosas de la India. ¿Y has estado en África también?
- Pues si, en Angola y en el Sahara exespañol- le comenté, mientras se levantaba del banco y podía admirar su silueta prácticamente perfecta, al estilo de Venus de Milo, pero con unos brazos largos y que terminaban en unas manos que parecían las de una modelo de ensueño, con unas uñas pintadas de rojo, como los labios, pero sólo largas lo suficiente como para arañar superficialmente al amado.
- ¿Y me puedes decir lo que piensas?- me espetó.
- Que eres maravillosa, una mujer muy especial- callándome las cosas que pensaba si la pudiera desnudar allí mismo.
Y ¿quieren creer, que nunca fuimos a la India, ni al Sahara, pero permanecimos juntos durante toda una vida?
Pues se lo cuento, para que todos aprendan a interesar a una mujer. No se trata de decirla de inmediato: “Eres guapísima” o “Estás como un tren” o qué se yo que se dice ahora, si no tratar de parecer, al menos parecer, interesado por su interior, por lo que piensa o desea.


Publicado por quijote_1971 @ 18:38  | Amor
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 07 de julio de 2010 | 17:24

Me parece que es clave lo que dices, ya que uno cae en el error de tirar toda la carne a la parrilla dicendo todo lo que siente o ve y eso aburre...

felictaciones muy buen consejo.