Mi?rcoles, 09 de agosto de 2006
Y EL AMOR, ¿SE ACABA?

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Aquella tarde de verano leía sin enterarme demasiado de lo que decía la heroína de mi libro. Mis pensamientos volaban como gaviotas en océano revuelto.
La decepción que había sufrido el último sábado con el que creía que era el hombre de mi vida me había literalmente trastornado.
Habíamos acabado de cenar en un agradable restaurante, en cuya terraza sonaba una melodía de Nat King cole. “Si Adelita se fuera con otra…”
Él miraba mis ojos de un modo evasivo, parecía incómodo. Tuve la intuición que por su cerebro merodeaba algo que a mí no me iba a gustar.
De repente, me tomó una mano y dijo:
-Cris, tengo algo muy importante que decirte.
Le miré con curiosidad ante las palabras y el tono de su voz. Me vi en sus ojos muy pequeña, insignificante.
-¿Sí? Y, ¿qué es eso tan importante? No me asustes, oye- le dije intentando medio bromear.
-Veras, es que no sé cómo empezar- dijo mientras miraba nervioso en varias direcciones.
-Pues por el principio, ¿no?
-Claro…por el principio – su voz sonó apagada o quizá fueran las graves notas de los cobres las que la enronquecían.
-En pocas palabras, Cris, no me voy a casar contigo.
Un galope de caballos desbocados estalló en mi interior. Sentí que perdía la noción de todo y apoyé la cabeza en la mesa sobre mi brazo.
Él, solícito, se levantó y se acercó a mí. Tomó mis hombros con sus manos – aquellas manos que yo adoraba – Y con angustiada voz dijo:
-¡Perdóname!, por favor. Sé que te hago daño pero no puedo evitarlo. Me he enamorado de otra mujer.
¡Enamorado! El mundo pareció que se abatía con toda su negrura sobre mí. ¡Se había enamorado! ¡Dios! Si al, menos, hubiese sido una aventura…pero no, ¡Enamorado!
-Pero…pero yo…yo creía que estabas enamorado de mí - balbuceé.
-¡Sí! Lo estaba. Dios sabe que lo estaba, pero el amor como todas las cosas de esta vida, termina, se acaba –dijo con determinación mirándome fijamente.
-¡Ah!, ¿sí? El amor termina… ¿también? –dije ausente como si mi voz no me perteneciera.
-Bueno, no sé si en todas las parejas, pero yo no he podido evitar que en mí se acabara –dijo en voz muy baja el desconocido que tenía ante mí.
Tuve la certeza que decía la verdad. Todo termina, y el amor, ¿por qué no?
Yo era una ingenua que había creído que me amarían hasta el fin de mis días.
¿De que ridícula novela habría sacado aquello?
Sequé mis lágrimas que inoportunas descendían arrastrando el “rinmel” de mis pestañas y queriendo aparentar la mayor entereza y serenidad dije:
-Bien, creo que ya no hay nada más que hablar – mientras me levantaba lentamente de mi silla.
-Lo siento, Cris, de verdad, lo siento.
Sus últimas palabras quedaron silenciadas por la melodía ya inolvidable para mí.

Pasé todo el Domingo en la cama durmiendo. Me había tomado dos valiums diez en la horrible madrugada del sábado, regados con una copa de un añejo coñac que encontré en la vitrina de las bebidas. Quería dormir; no recordar nada: ni las palabras que dolían, ni aquellas notas… “Si Adelita se fuera con otro, si Adelita no fuera mi mujer”…
Poco a poco me hundí en una oscuridad bienhechora que me alejaba de esta realidad donde las cosas más hermosas pueden dejar de serlo de un día para otro.


El lunes no pude acudir a mi trabajo. Mi cerebro estaba tan maltrecho como mi corazón.

La mañana transcurrió sin horas y después de una larga siesta, cuando el sol de agosto se ocultaba cansado de torturar la tierra decidí bajara a la calle y andar. Sí, seguro me vendría bien.
Me adentré en el parque cercano a mi casa; allí el ambiente umbrío era más fresco. Di varias vueltas tratando de cansarme y al llegar al estanque me senté en un viejo banco que imitaba a madera. Miré al cielo, nubes de un gris intenso aparecían por el oeste; supe que iba a llover y me alegré.
Pasados unos minutos un hombre, anciano, se sentó a mi lado no sin saludarme. Giré mi rostro para devolverle el saludo y no supe bien por qué sus ojos me conmovieron. Habían sido y aún eran hermosos, pero un halo de tristeza los velaba En su rostro estaban impresas como a cincel las huellas de los sufrimientos, de los trabajos, del amor…
A los pocos minutos comenzó una fugaz tormenta de verano. Corrimos como pudimos a guarecernos en una Pérgola cercana.
El hombre tenía mojada su americana negra, color que me extraño para el verano. Respiraba afanosamente.
-¿Qué tal se encuentra? Nos ha pillado de plano ¿eh?
-Bien, me encuentro bien, aunque no tenía que haber venido hoy- dijo como para sí.
Le miré y mi extrañeza le obligó a decir:
-Al cementerio; hoy no debía haber venido.
-Perdone ¿ha venido a ver a alguien? - pregunté por cortesía.
Los ojos del anciano miraron obstinadamente el suelo mojado.
-Sí. He venido a ver a mi mujer.
-¡Cuánto lo siento! - dije verdaderamente emocionada- y ¿cuándo se fue?
De nuevo el silencio.
Y de repente:
-Hace veinte años que se fue.
Ahora sí que estaba asombrada, ¡veinte años visitando a su mujer muerta!
Me quedé sin palabras, ¿qué podía decir yo ante algo así?
El hombre alzó sus ojos hacia mí y trató de explicar algo que a una mujer como yo le parecía increíble.
-Estuvimos casados cincuenta años. Fuimos pobres pero los seres más felices de esta tierra; luego ella enfermó y fue perdiendo peso poco a poco hasta que no era más que un delicado esqueleto; su cabello ya no orlaba su cabeza y su rostro ya no era aquel que yo había amado con pasión; pero no importaba, no importaba- terminó con la voz rota por la emoción.
Seguía sin saber qué decirle, sólo se me ocurrió algo que más tarde me pareció estúpido:
-Y ¿la quería usted como el primer día?
-No. ¡La quería mucho más!
-Perdone mi torpeza, lo siento de veras, pero al mismo tiempo le digo que ha sido usted muy afortunado. No es nada fácil amar a alguien tantos años y que le correspondan. Sí ha tenido usted mucha suerte.- dije ya para mí.
- Lo sé, señorita, lo sé. Y por eso, para agradecerle el amor que me dio por tantos años, vengo todos los días a verla.
-¿Todos los días?
- Bueno, cuando estoy malo no puedo venir, pero si no vengo todos; así estoy tranquilo.

Cesó la lluvia de verano y me despedí de aquel hombre que en unos minutos me había dado una gran lección.

Caminé hacia mi casa contenta. Seguramente a mí no me amarían tanto tiempo, pero ahora sí estaba segura que el amor puede ser casi eterno
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Publicado por mariangeles512 @ 23:09  | Amor
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