Mi?rcoles, 19 de julio de 2006
Rumbo a España

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Salimos al mar de noche. Íbamos muchos, apiñados, sin ropas, sin comida. Nos dijeron que llegaríamos muy pronto a la tierra donde la gente come todos los días y hay trabajo para todos y diversión. La tierra que dejábamos no nos daba nada de eso. Mi papá trabajaba de sol a sol y no tenía para que comiésemos todos sus hijos. No he ido nunca a eso que llaman escuela y no sé leer ni escribir, sólo he escuchado esas palabras.
Mi familia no sabe que me he enrolado en este “barcucho”, pero yo no aguanto más con este agujero en el estómago. Voy a otro país y allí encontraré algo para trabajar y mandaré dinero a mi familia para que mis hermanitos no pasen tanta necesidad.
Tengo miedo, no puedo evitarlo. A mi lado una mujer con el vientre muy abultado gime a cada movimiento de la embarcación; creo que está muy cerca de que nazca su hijo. Yo no entiendo de esto pero…
Un niño muy chiquito llora sin parar. Tiene miedo al mar y a la oscuridad. Se agarra fuertemente a la mano de una mujer que tiene la boca muy apretada y mira a la noche inmensa con los ojos muy abiertos.
Los demás, callados, acurrucados para que los golpes de agua de este gran océano no les empape las ropas demasiado.
Amanece un nuevo día. Un disco rojo, enorme, sale del agua lentamente iluminando rostros desencajados por el hambre y el cansancio .Creo que llevamos varios días en el mar. He perdido la cuenta. No tengo ya casi fuerzas, mis lágrimas caen, saladas, y se confunden con el agua marina, las bebo pero su sabor me pone aun peor. Miro a mis compañeros de viaje y veo que la mayoría está muy mal. Algunos tiritan y otros parece que duermen o están desmayados.
De pronto en la lejanía veo aparecer un barco. Ondea en su mástil una bandera roja y amarilla. Cuando llegan a donde nos encontramos creo, por sus miradas, que sienten piedad por nosotros y nos ayudan a subir a su barco. Éste es un pesquero y los hombres que lo dirigen son blancos. Doy gracias a los dioses de mis padres porque aún existan hombres a los que les importen los demás.
Nos dan de comer y nos atienden en todo lo que pueden. No nos entendemos. No hace falta, los gestos de humanidad no necesitan palabras.
Seguimos navegando bastantes horas, creo, cuando aparece ante la vista de todos un puerto. Allí se dirige el pesquero. El que parecía que mandaba en el barco quiso desembarcar, pero unos hombres vestidos con extraños trajes no se lo permiten.
Veo cómo mueve sus manos indicando dónde estamos, parece que pide algo. La cara de los otros se mueven de un lado hacia el otro, y todos entendemos que dicen, ¡NO!
Comprendo: somos emigrantes y pobres, los puertos están cerrados para nosotros.
El pesquero se aleja algo mar adentro y se detiene. Tengo un miedo terrible al pensar que nos van a tirar al agua. Asustados y medio muertos de necesidad todos miramos ansiosamente a los hombres de aquel barco en cuyo punto más alto ondea una bandera roja amarilla y roja. Intuimos que están tomando decisiones muy graves sobre nosotros. Veo cómo los ojos de algunos de ellos se posan en la mujer de abultado vientre, en los niños, y un rictus de rabia aflora a sus bocas.
De repente una bronca voz resuena por todo el ancho mar.
-Bien, si aquí no los quieren aceptar, pongan rumbo a España.
-¡España!, ¡España!, -me digo para mis adentros- éste debe ser el país de los hombres con corazón.
Y, mirando al inmenso azul doy las gracias a mis dioses.


Publicado por mariangeles512 @ 20:59  | Costumbres
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