Domingo, 25 de junio de 2006
¿DÓNDE ESTÁS?

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Llegaba algo tarde a su trabajo. Encontró lugar para estacionar su coche entre un montón de vehículos que cubrían toda la zona de aparcamiento.
Al principio, cuando comenzó a trabajar en esa zona había siempre lugar, pero habían fabricado cantidad de viviendas que lógicamente habían añadido un gran número de coches en esa calle.
Echó el freno de mano, se quitó el cinturón y salió a toda prisa. De pronto sus ojos fueron atraídos por algo inusual en aquella calle: un perro echado en el asfalto, con su pelo descolorido, sin brillo, viejo, clavaba sus aún hermosos ojos en ella.
En un relámpago comprendió. Había sido abandonado; seguro que tendría hambre de días. Quizá se había echado para morir
No lo pensó un instante, con sus altos tacones corrió a una tienda de comestibles que había en la esquina de la calle y preguntó por comida para perros. La tendera le señaló un estante con los cereales y ella cogió una bolsa pagó y volvió al lugar donde estaba su coche y el animal.
Seguía tendido, con la mirada ausente ahora. La mujer sintió una piedad por el animal que ella misma consideró excesiva pero leía en sus ojos el abandono, y esto era algo que ella no podía soportar. No, no podía.
Miró en rededor y vio charcos residuales del riego mañanero. Agua tenía. A continuación y con disimulo esparció el contenido de la bolsa a lo largo de su coche, algo debajo de él, no fuera que le llamasen la atención por manchar el aparcamiento.
Echó el envase vacío en el suelo del vehículo y salió medio corriendo hacia su trabajo. Sus tobillos rogaban porque su dueña no se torciera un pie y quedaran maltrechos.
Llegó con el corazón algo acelerado pero con una sensación de paz interior que le hizo sentirse bien.
Realizó su trabajo contenta, nada raro, ella casi siempre estaba de buen humor. Llegaron las dos de la tarde y salió de su trabajo. Llegó con rapidez al lugar donde aparcó su automóvil y vio con alegría que no quedaba ni una miga de cereal .El animal tampoco estaba ya por allí.
¡Bien! Por este día había comido.
Pasó el resto del día ocupada en las mil cosas que se traía entre manos.
A la mañana siguiente cuando llegó a la calle donde estacionaba su coche vio de nuevo al animal abandonado. Estaba en pie y parecía que en sus hermosos ojos color miel había menos desolación. Le dio la impresión que la estaba esperando.
A pesar de sus prisas tuvo la idea de coger cereales de su perro y echarlos en una bolsa de plástico por si acaso encontraba al otro abandonado. Al verle y según bajaba del automóvil fue regando con alimento el duro suelo del aparcamiento, siempre semioculto bajo el coche. Ella que llamaba la atención a un niño que tirase un papel al suelo se veía ahora surcando de cereales el suelo de la calle. ¡Menos mal que a aquella hora no la veía nadie!
No se atrevió a acercarse al perro y acariciar su ralo y descuidado pelaje. Tenía algo de miedo. Pudiera ser que temiera ser maltratado y la atacara.
Caminó, hoy más lentamente, hacia su trabajo satisfecha de que aún pudiera ayudar a un ser vivo. A esas alturas de su vida se había dado cuenta de que era lo único importante.
Pasaron unos días en que esta escena se repetiría. La mujer fue encontrando en los ojos del animal un brillo distinto del primer día. Siempre le habían fascinado los ojos de los perros. En una ocasión tuvo un pastor alemán al que quiso mucho cuyos ojos le recordaban a los su madre. Se decía: “debo estar chiflada”.

Una tarde en que salía del trabajo se encontraba algo mareada. Se detuvo, respiró profundamente y siguió hasta donde se encontraba su vehículo. Antes de llegar al lugar la noche tocó sus ojos y lentamente cayó al suelo golpeándose la cabeza con un bordillo de mármol que daba entrada a un edificio.
Cuando abrió sus ojos se vio en una impoluta habitación que supo al momento que sería de una clínica.
Vio a una enfermera ocupada en tomar sus constantes vitales y le preguntó:
-¿Qué me ha pasado? ¿Cómo he llegado hasta aquí?
-Le han traído unos policías que la encontraron tendida en el suelo- respondió la mujer siguiendo con su tarea.
-Están ahí afuera, en el pasillo, esperando que recobrara la el conocimiento para hacerle unas preguntas.
La mujer encamada no recordaba qué le había sucedido.
-Por favor, dígales que pueden pasar; ya puedo contestar lo que deseen.
-Bien, ahora mismo les aviso.
Salió la asistente técnica y entraron dos hombres. Fornidos y de aspecto afable. Uno de ellos, con una libreta en la mano.
-Buenas tardes. ¿Cómo se encuentra?
-Bueno, creo que ya estoy bien. Un poco de dolor de cabeza y mareo, pero nada más.
-¿Recuerda qué le pasó? ¿Acaso fue atacada por alguien?
-No, no recuerdo bien, pero creo que no fui atacada. Pero…¿Cómo me encontraron ustedes? No suelen pasar patrullas por esa calle- dijo la enferma con cierta ansiedad.
-No, es cierto, no solemos hacer esa ronda. Pasamos por la calle perpendicular a la que usted estaba.
-Entonces ¡Cómo es que me encontraron? ¿Alguien les avisó?
-Bueno, en cierta manera, sí. Pero no fue alguien –respondió el policía más alto con una media sonrisa.
-¿Cómo?- preguntó con curiosidad.
-Verá. Vimos a un perro, ya viejo, que seguía al coche ladrando con esos aullidos que a mí no me gustan nada, pues decía mi madre que presagian muerte. Aceleramos a ver si le dejábamos atrás pero el animal corrió más veloz. Nos extrañó ver a un perro suelto por esas calles y, sobretodo, el que no dejaba de seguirnos. Así pues, nos detuvimos y esperamos a ver qué pasaba. Observamos que hacía movimientos con su cabeza y cuerpo como para darnos a entender algo. Sabemos de la valía de estos perros y decidimos seguirle nosotros a él. Y nos llevó a la calle y el lugar donde usted estaba tirada. Mientras estábamos atendiéndola a usted, el animal desapareció.
Al oír la explicación del agente la mujer fue sintiendo un profundo nudo en la garganta que le impedía articular palabra. Ahora entendía todo. El animal al que había alimentado unos pocos días la pagaba con ese su acto de inteligencia y gratitud.
Lágrimas de un sentimiento difícilmente explicable se deslizaron por las sienes de la mujer.
-Entonces ¿no va a poner denuncia alguna?- preguntó el agente que había permanecido en silencio.
-¿Denuncia?- exclamó como para sí la mujer.
-No. Ninguna denuncia. Muchas gracias por haberme ayudado.
-Bien, entonces nos retiramos. Que se mejore lo más pronto posible.
Y salieron.
La bienhechora fue dada de alta un día después y estaba deseosa de volver al trabajo, encontrarse con su nuevo amigo y acariciarle su pelaje tan descuidado. Darle las gracias de esta forma por su ayuda.
Llegó antes de la hora para tener tiempo de lo que pensaba hacer. Mientras aparcaba miraba en todas las direcciones pero no veía al animal. Un profundo malestar se aposentó en su interior.
¡Qué le habría pasado? ¿Le habrían cogido los de la perrera? o,¿habría muerto de inanición? Bueno, sólo habría estado tres días sin comer, eso en el caso de que no hubiera encontrado nada por ahí. Se decidió que seguramente habría sido la perrera la que se lo había llevado. Alguien habría denunciado un perro abandonado y eso es lo que hacían.
Cuando saliera del trabajo se acercaría a la dichosa perrera y preguntaría por los perros llegados en los últimos tres días. Sí, allí lo encontraría y lo sacaría y se lo llevaría a su casa junto al suyo que disfrutaba de una vida estupenda. No podía permitir que acabara sus días en la calle. No, ese animal se merecía otro final.
Llegada la hora de salida enfiló su marcha hacia el lugar donde le habían indicado y bajó apresuradamente.
Vio cantidad de jaulas con animales dentro que miraban de una manera que la mujer no podía soportar.
Preguntó:
-Oiga, por favor, ¿podría decirme dónde están los perros que han traído en los últimos tres días?
El empleado se rascó la calva cabeza y haciendo como que pensaba replicó:
-Pues, en los últimos días han entrado dos perros, Venga por aquí, señora.
Siguió al hombre por un pasillo con la cabeza gacha, no quería ver a ningún otro animal. Su sensibilidad no se lo permitía.
-¡Mire!, éstos son los que nos han traído.
La mujer levantó los ojos hacia los animales y con horror vio que ninguno era el que buscaba. Le pareció mentira pero sintió una desolación total. Quiso recomponerse pero no pudo y rompió a llorar.
El hombre le miró con extrañeza y dijo:
-Era suyo, ¿verdad? Debía de quererlo mucho. Con el tiempo se les toma mucho cariño.
-¿Está seguro que estos son los únicos animales que han traído?- insistió.
-Sí, seguro. Esta jaula estaba vacía y es la que hemos ocupado con estos perros. Lo siento, pero los otros animales llevan mucho más tiempo.
-Bien, perdone. Adiós.
-De nada, señora, de nada- dijo el vigilante mirándola con cierta curiosidad.

Pasaron los días. Cada mañana la mujer esperaba con impaciencia llegar a la calle donde dejaba su coche esperando ver al animal que se había adueñado de sus sentimientos, pero fue en vano. No volvió a verlo más Los cereales que llevaba en la bolsa tuvo que echarlos al recipiente donde comía su perro. Ya no necesitaría llevar más alimento a su viejo desconocido.

(En reconocimiento de la valía de estos animales que en esta época estival son, muchos, abandonados por sus dueños, por no poder llevarles de vacaciones con ellos.)

¡ELLOS NUNCA LO HARÍAN!


Publicado por mariangeles512 @ 20:47  | Costumbres
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La muerte acecha en los aparcamientos.
Capítulo II

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Siguiendo con las observaciones del coche donde apreció el cadáver del empresario Refiñafe. Suárez sigue:
- Vea el capó, está mal cerrado-le dice el oficial.
- Veamos-levantando el capó del coche, se ve enseguida una gran mancha de sangre en el fondo, y una serie de documentos revueltos en el mismo.
- Pues eso es lo que yo intuía. El cadáver ha sido colocado en el asiento ya dentro del garaje, no sé con que afán, porque la cosa es muy burda. Cómo si el o los asesinos intentarán hacer creer que era un accidente y alguien les descubrió en el momento de querer sacar el coche de nuevo. No entiendo esto inspector.
- Hay sangre en el suelo también. Los documentos son sobre coches en venta.

Alonso y el oficial se dirigen a la casa, llamando previamente al timbre instalado en la puerta de acceso desde la calle. Mientras le indican al agente de guardia que permanezca atento, por si alguien intenta algo. El coche va a autorizar el juez que se lleve al garaje de la Comisaría para realizar investigaciones de laboratorio.
Una mujer mayor, con aspecto de colombiana, abre la puerta.
- ¿Qué desean señores?-pregunta.
- Somos el Inspector Alonso y el oficial Suárez- les dice mostrando sus placas con el número identificativo-Queremos hablar con la señora y con los hijos si es posible.
- La señora está muy afectada y voy a avisar a sus hijos. Pasen-les dice, mientras les deja expedita la entrada y les acomoda en un amplio hall con un tresillo, donde les invita a sentarse.

Estudiando la estancia, por la puerta entreabierta del salón ve un cuadro con el retrato de una mujer muy bella que intuye es el ama de la casa. En el hall un paragüero de cerámica y un espejo en la pared derecha. En la izquierda el tresillo, pero permanecen en pie.
-Pasen, por favor- les indica un joven de unos veinticinco años.
- Gracias. ¿Es usted hijo de la víctima, Sr. Refiñafe?-indaga el Inspector.
- Si, si, soy Paco Refiñafe. Anoche hablé con otro Inspector, creo.
-He sido encargado del caso desde hoy, soy Enrique Alonso y el Oficial Luis Suárez.
- Dígame en que puedo ayudarle. Queremos que sean castigados por el peso de la ley los asesinos de mi padre. Era un hombre afable, muy bueno con su familia y con sus empleados y esta maraña de mafias que nos rodea en Málaga está enturbiando la tranquilidad de nuestra ciudad. Le voy a mostrar fotos de mi padre vivo, para que pueda indagar quién le vio vivo por ultima vez.
- Cuénteme que sabe sobre lo que hizo su padre el último día que lo vio-le contesta el Inspector Alonso.
Mientras Suárez no paraba de tomar notas y pregunta:
-¿Puedo sacar la grabadora?
- Por supuesto- responde el joven-estoy muy interesado en que no olviden nada, aunque me temo que no voy a ser de gran ayuda.
Y Paco, el hijo les cuenta como su padre tiene unos locales en la carretera de Cádiz y otros en Marbella y Ronda en los que tiene coches de todas clases, pero sobre todo de lujo. Se dedica a la compra-venta desde hace muchos años y él ha estudiado Empresariales y le ayuda en la administración desde hace unos dos años. Tiene 26 años e iba a casarse dentro de poco con su novia, que conocían ya sus padres. Su padre esa mañana había salido temprano, como siempre, a eso de las ocho de la mañana, pues tenía que revisar en Marbella unas documentaciones de coches y dar ordenes para revisarlos y sacarlos al mercado. El iba solo. Tiene 58 años y se encontraba muy ágil, ya que le gustaba la natación y el hacer gimnasia todos los días. Tenía cuidado de no ir sólo al banco, pues tenía miedo de los que andan detrás de las carteras y de las tarjetas. Siempre le acompañaba algún empleado o yo mismo aquí en Málaga. Llamó a mi madre al mediodía para decirla que no venía a comer y que se quedaba en Marbella, en casa de Cipriano, que dan muy bien de comer y se habla muy tranquilamente. No sabemos con quién fue a comer, pero seguramente fue con alguien. No suele hacerlo solo. Cuando su madre a eso de las diez de la noche oyó ruidos extraños en el aparcamiento llamó a Ester, la mujer que vive en la casa desde hace dos años y que atiende las tareas de la misma, por cierto con soltura. Es uruguaya y muy solícita y legalmente en España.. Había un único problema, que no sabía si era importante: todas las semanas quedaba con un grupo de hispanos, algunos de los cuales no le inspiraban confianza, pero será por tener un aspecto indio, que aunque no era racista en absoluto le parecía extraño.
Aquí el Inspector le interrumpió:
- La verdad es que algunos colombianos y otros están organizados para el crimen y la extorsión. Lo sabemos en Comisaría y hemos detenido a muchos que se amparan en nuestra acogida, para no portarse decentemente. No se preocupe. Con lo que nos ha contado tenemos bastante para empezar. Sólo dígame: ¿Cómo descubrieron a su padre en el coche?
- Pues mi madre y Ester bajaron al aparcamiento, que como sabe está en el sótano con cuidado y eso si haciendo ruido, por si se metió un ladrón, que ya lo intentaron en dos ocasiones, pero funcionó la alarma que instaló mi padre. El portón del garaje estaba abierto sin forzar y el coche, que ni habían sentido con su macabro interior. Mi madre se desmayó y sólo recuerda a la policía que llamó Ester por mi recomendación al llamarme y poco más.
- De acuerdo. Llame a Ester y por favor, no por nada, sino porque hable con soltura, déjenos solos con ella.
La aportación de la tal Ester fue muy pobre. Se la notó acobardada y mostró sus papeles, en regla, de inmigrante. No sabía decir si tenía otros familiares aquí o no y que cuando bajaron al garaje no vieron a nadie, más que el cadáver del señor en el asiento del conductor. No tocaron nada, porque la señora se desmayó y ella la ayudo a subir de nuevo a la casa y al llamar a la policía, que apenas tardo diez minutos ya el Señor joven se ocupó de todo.
Sobre los otros dos hermanos, que uno tenía catorce años y la otra dieciocho era mejor dejarlos con su madre de momento y no interrogarles.
-Tenemos que pedir la autopsia de inmediato y el análisis de los objetos encontrados.


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Jueves, 22 de junio de 2006
La muerte acecha en los aparcamientos.



CapítuloI

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Aquella mañana de mayo era un encanto. Los pájaros trinaban como una orquesta natural sin desentonar unos de otros, aunque los ladridos de algún perro madrugador estropeaban algo la sinfonía. Pero el inspector Alonso no podía perder tiempo en escuchar cantos o ladridos. Le daban igual. El comisario le había llamado porque de nuevo un hombre de negocios de Andalucía había sido encontrado asesinado dentro de su coche y había que esclarecer esto o Málaga se iba a convertir en la primera ciudad del crimen de Europa.
Enrique Alonso Vizcaíno era Inspector de Policía desde hacía diez años. Empezó siendo Guardia Civil a los veinte años por influencia de su padre que lo había sido, pero al terminar los estudios de Ingeniero Informático se presentó a las oposiciones a Inspector el año 1995 y sacó con brillantez la plaza. Si en la Guardia Civil había gozado sobre todo de buenos compañeros y una movilidad increíble, ahora después de pasar por la comisaría de Sevilla y de Marbella, estaba asignado a la de Málaga desde hacía tres años.
El Inspector Alonso había nacido en Valladolid y por traslado de su padre a Sevilla cuando era niño acabó siendo andaluz, como decían ahora, aunque él se consideraba español de cualquier sitio. No en vano tenía familiares en Galicia, Vascongadas, Murcia y Cataluña. El siempre decía: ¡España es un pañuelo que tiene forma de piel de toro!
Enrique Alonso tenía una gran vocación policial, no en vano su padre y su abuelo habían sido guardias civiles toda la vida y además de los que esclarecieron casos en los pueblos donde estuvieron.
Tenía 36 años recién cumplidos, ya que había nacido en febrero de 1970 y una esposa con la cual mantenía una buena relación y tres hijos estupendos. Pero hablemos de su problema actual: La muerte del empresario Samuel Refiñafe Escalante.
Ya era el cuarto empresario asesinado en Málaga en circunstancias parecidas. De los otros tres no se había ocupado él y seguramente, pensaba, el Comisario que posiblemente tendría más suerte, pues estaban sin esclarecer, aunque se seguía la pista a una banda de marroquíes que operaban por toda Andalucía. Llamaría a Suárez, el oficial que le acompañaba en sus investigaciones y que era muy bueno tomando notas y detalles que a veces a él le pasaban desapercibidos.
-Suárez, soy Enrique, ven a Comisaría de inmediato que tenemos trabajo- le dice por el móvil, mientras atraviesa la Avda de Andalucía camino de la Comisaría.
- Estoy aquí. Estaba de servicio en dependencias- le contesta Luis Suárez.
- De acuerdo en dos minutos nos vemos en el despacho del Comisario.
Después de dejar el coche en el aparcamiento vigilado de la Comisaría, el Inspector Alonso entra con el oficial en el despacho del Comisario Rodríguez:
-Pase, pase Alonso-le dice el comisario-tenemos que ir raudos pero con acierto.
-Dígame lo que ocurre.
- Otro empresario ha sido encontrado muerto dentro de su coche en el aparcamiento de su casa-le cuenta Rodríguez.
- Déme el informe que tengamos hasta ahora y lo estudio.
El Comisario le da el informe elaborado por los que acudieron a la llamada de la esposa cuando descubrió el cadáver. El informe decía que D. Samuel era empresario que se dedicaba a la venta de coches en la provincia, había sido asesinado por arma blanca, al cortarle la yugular. Le habían robado, porque no se encontraron ni la cartera del dinero ni el reloj, ni la cartera de los papeles. Todavía el forense no había elaborado el informe, pues la muerte debió ser esta noche pasada a eso de las 23 horas. Hoy era cinco de mayo de 2006 y por tanto el asesinato fue el jueves, ya que estábamos a viernes.
El coche seguía en el aparcamiento sin tocar y vigilado y el cadáver estaba en El servicio de autopsias del Cementerio de Málaga.
El siguiente paso era estudiar el coche y hacer preguntas a los familiares más cercanos a pesar del dolor. Esta es una de las cosas peores que tenía que hacer el Inspector. Las familias están desechas y encima hay que presionarlas, con el agravante de que muchas veces entre los más allegados estén los responsables de la tragedia. Lo más duro para un policía es no dejarse llevar por los sentimientos y tratar a todos por igual. En la Academia se lo habían dicho: “Todos los que tienen algo que ver con las víctimas son sospechosos, incluso en casos aparentemente de hurtos o acosos callejeros”. Y lo tenía muy bien asumido. Había descubierto caos de padres asesinados por sus propios hijos y de niños maltratados por sus padres. Y no digamos de asesinatos de mujeres por sus maridos, novios o amantes que intentaron despistar con pistas falsas.
La casa del empresario estaba en una colina de Málaga, ahora muy céntrica, que se llama Cerrado de Calderón. Los chales suntuosos se intercalen con casas más modestas y el que era propiedad de la familia Refiñafe era muy grande, con piscina privada y un aparcamiento enorme.
El policía que custodiaba el garaje reconoció enseguida al intrépido inspector y le acompaño al interior del mismo. El oficial Suárez ya estaba tomando notas en su pequeño bloc, que luego leería a Alonso.
El coche estaba a la entrada del garaje perfectamente aparcado, en un garaje donde cabían al menos tres coches ampliamente. Una puerta al fondo, que permanecería abierta, enlazaba con la parte baja de la casa, que constaba de tres plantas. El coche permanecía abierto y en su interior se podía apreciar una gran mancha de sangre seca sobre el asiento del conductor. Estaba todo revuelto y lo primero extraño era: ¿ Por qué el asesino había traído hasta la casa el coche? Sólo tenía sentido si el asesinato se produjo ya dentro del garaje.
- ¿No te parece Suárez? Este hombre fue asesinado aquí mismo-le sugiere el Inspector a su oficial y fiel compañero.
- Yo tengo mis dudas, como ya le comentaré luego- le sorprende un inquisitivo Suárez.
- Bueno, veamos que objetos extraños hay en el coche. Un trozo de cuerda, una linterna y debajo del asiento una libreta.¡Tenga Luis!- dándole una libreta que guardan con los guantes de látex en una bolsa de plástico.


Publicado por Lanzas @ 22:03  | Misterio
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S?bado, 17 de junio de 2006
El “chapuzas”

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Luisito era un “chapuzas” y no lo podía remediar. Nunca se centraba en lo que hacía y naturalmente todo le salía mal. Un día era aquella puerta que tenía una bisagra mal y para arreglarla la quitó y al poco se cayó la puerta al suelo. No os digo la que le armó su mujer. Otro día quiso arreglar un lavabo que goteaba y pasó la rosca del grifo y estuvieron dos días sin agua en la casa, hasta que llegó el fontanero ya que tuvo que cortar la entrada general de agua.
Y no os cuento cuando el hombre quiso reparar el enchufe de la televisión, que su mujer no dejaba de ver de día y de noche y se estaba quemando. Provocó un cortocircuito que estuvieron sin luz una semana y casi se incendia la casa.
Pero Luisito hizo algo bien. Lo suyo no era la mecánica, ni la electricidad, ni la fontanería, ni la carpintería, pero si la ayuda a los inválidos. El día que su padre se cayó por la escalera y se quedó inválido se lo llevó a su casa, aunque su mujer no puso muy buena cara, y le está atendiendo de forma maravillosa. Tiene que vestirle, calzarle y hasta darle la comida con cuidado. Don Felipe tiene la columna dañada y no puede mover apenas la mano izquierda y los pies con mucho trabajo, pero Luisito es su guía, sus manos y hasta sus pies. Le saca todos los días en su silla de ruedas por el Paseo, para que vea a la gente y hable con sus amigos de antes, todos ya jubilados y las charlas con ellos le sientan muy bien.
Un día que Luisisto coge a su padre y le ayuda, éste le dice:
- Hijo, yo no valgo nada y mejor que Dios me llevará con él. Te estoy amargando la vida y creo que hasta tu mujer te va a dejar, porque no tienes tiempo para arreglar nada en tus ratos libres y apenas tiempo para ella.
- No te preocupes, tus cuidados conmigo cuando era niño fueron tantos, que no los he olvidado. Mi madre y tú me convertisteis en un hombre y desde que nací me enseñasteis a caminar, a leer, a valerme por mi mismo. Me comprasteis muchas cosas, algunas totalmente innecesarias, como aquella moto que tantas noches de vela te dio o aquellos viajes que me llevaron a conocer toda España y parte de Europa-respondió el solicito hijo.
- Ya hijo, pero nosotros, tu madre y yo-una lágrima le resbalaba por cada ojo, que su hijo le enjugó con un pañuelo-teníamos la obligación de hacerlo, ya que te trajimos al mundo sin tú pedirlo,¿no?-acabó interrogándole el padre.
- Pero eso dicen los desagradecidos. Si un amigo hace algo hace por ti ¿no le corresponderías?¿Es que le ibas a decir que no intervino en tu llegada a este mundo? Mucho más un padre o una madre.
Hasta su mujer empezó a quererle más. Pensaba que si a ella le pasara algo su marido la atendería sin rechistar. Y así ocurrió, al poco de morirse su padre, después de cinco años largos de intensa atención por parte de su hijo Luisito, el “chapuzas”, Marta, la mujer de la historia fue diagnosticada de cáncer de hígado y durante cuatro años su marido no vivió más que para ella. La llevó a los mejores hospitales y la cuidó hasta que nada se pudo hacer. Recuerdo el diálogo que tuvo con ella en aquella ocasión que invitó a los amigos al que sería su último cumpleaños:
- Luisito perdona que me enojara cuando se cayó la puerta aquella, o cuando nos quedamos sin agua o sin luz durante días. ¡Qué tonterías dije! Nada es tan importante en esta vida como estar acompañado hasta el final por alguien que te quiere. Lo demás son tonterías.
- Marta, no tienes nada que reprocharte. Tú me diste los mejores años de tu vida, cuando eras joven y muy requerida por otros. Tu siempre estuviste a mi lado y los momentos de placer y de compañía fueron para mi lo mejor de lo vivido. ¿Qué menos puedo hacer por ti ahora?
- Ya-le contestó la mujer-pero cuando se es joven no se piensa generalmente en la enfermedad ni en la vejez. Yo me di cuenta de lo que valías cuando atendiste a tu padre como si fuera tu hijo o mejor.
- La vida y la muerte son dos etapas de nuestra vida, que sólo se pasan con acierto si se está acompañado por personas que te quieren. La vida no vale para nada si no se dedica a ayudar a alguien y la muerte no es tan tremenda si estás acompañado por los tuyos y no por la fría compañía de las máquinas.

Luisito está solo, y no se atreve a tocar nada en la casa. No tuvo hijos y sólo piensa en morirse para dejar de ser una carga a él mismo. A su soledad maldita.


Publicado por Lanzas @ 19:17  | Costumbres
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