Domingo, 26 de marzo de 2006
Muerte al atardecer (Capítulo II)


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A la mañana siguiente Morris estaba de un humor inaguantable, su mujer le reclamaba una paga mensual y la casa de la Gran Avenida, que apenas podían mantener. Se escudaba en que los niños estaban con ella y el juez de divorcios rápidos le daba la razón. Tendría que hablar con su abogado.
Tenía que interrogar a los pilotos del yate y a los bármanes de nuevo. Esto estaba cada vez más oscuro.
- Mickey, ¿Usted cuándo y en que circunstancias vio por última vez a la señorita Clara?- le preguntó Morris en presencia de Ventura, en la Comisaría del distrito donde les citó a todos.
- La vi a eso de las cuatro de la tarde en el yate con Clif y después ya no sé más porque se bajaron a los camarotes y yo no interrumpo nada. Estábamos anclados en el centro del río y aproveché para descansar, no sé más.
- Vamos a ver, Mickey, ¿ya no supo más de ella?. ¿No sabe nada de la zodiac?-pregunta el Inspector.
- Pues creo que la zodiac sigue en el yate. Yo no sé que se usara-suelta como una bomba a Morris- se recoge en popa sobre la cubierta.
- ¡Ventura, vaya a comprobar esto enseguida, rápido! Se nos pasó, por creer en las palabras de cualquiera y llámeme en cuanto sepa algo, con el celular- nosotros esperamos aquí sin movernos.

Ventura salió tan rápido como le permitieron sus largas piernas y cogió el coche Ford y al llegar al yate se encuentra con la siguiente situación:
En la popa está la zodiac. Enseguida llama a Morris:
- Inspector, está aquí- le dice.
- Van de inmediato los peritos para ver que encuentran- le contesta- no se mueva de allí.
El sargento por su cuenta, con los guantes de látex puestos se acerca al bote y observa la falta de uno de los seis botones que amarran las cuerdas de sujeción. Lo más curioso es que no existen huellas de sangre. Habrá que ver las huellas que hay.
Los peritos sacan a la luz muchas huellas de la zodiac. Pero mientras Morris sigue interrogando ahora a Starky, un individuo de muy mala catadura y que más bien parece un ex boxeador que un piloto o copiloto de yates.
- Yo no sé nada, ¿para qué me ha llamado?-dice de pronto al inspector.
- El que pregunta soy yo- le dice, mientras piensa: “estos que dicen que no saben nada siempre son los que lo saben todo, y ojea la ficha policial que han obtenido con sus datos- has estado en chirona ya, por violar a una mujer, ¿se te olvidó?.
- Espere, inspector, espere, eso fue hace muchos años-salta Starky-cambiando su semblante de forma repentina a preocupado.
- Si hace unos diez años y te pasaste en la cárcel cinco, porque la victima dijo al final que habíais ido a tomar unas copas y como que consintió. ¿no será que la amenazaste?- y le apunta con fuerza en el pecho con su índice el inspector- y además antes por hurto fuiste detenido dos veces y encima por robar a mujeres indefensas. ¡Dime que viste antes de ayer en el yate de tu patrón!
- Bueno si le digo la verdad, ¿no me acusará a mi de nada?- pregunta preocupado el fuerte copiloto.
- Desembucha o te mando al talego ahora mismo.
- Mi patrón y la señorita bajaron al camarote principal y oí como discutían sobre algo así como si su mujer se entera. Ella le dijo que debería divorciarse, que si no le dejaría, creí entender. Después de un rato ya no sentí nada, supuse que se calmarían y como nos dio orden de permanecer anclados en el centro del río, que les gusta ver el paisaje de las orillas y desde la proa, la bahía tan hermosa al atardecer, pues me retiré a descansar. A eso de las cinco o un poco antes oí un motor de fuera a borda que arrancaba junto al yate y supuse que era la zodiac, pero no me molesté en averiguarlo.
- Pero la zodiac sigue en el yate-le interrumpe el inspector.
- Pero puede haber ocurrido que la devolviera luego la señorita.
- ¡Idiota! La señorita fue asesinada a eso de las cinco y ¿puede ella haber llevado la lancha muerta?-le increpa Morris.
- Yo no sé quien la cogió ni quien la dejó.
- ¡ Dijiste la señorita!¡ Aquí no se pasa nada! Otra cosa: ¿En la lancha se va con traje de calle?
- Normalmente se lleva el chaleco salvavidas y cuando es breve el trayecto no se cambia de traje nadie.
Morris empezó a sospechar de él. Pero había algo que le hacía inocente: La víctima no fue violada. El informe sobre las huellas encontradas era casi inútil. El agua borra casi todas. Las huellas que predominaban eran posiblemente de quien la subió con el cable hasta el yate. Pero eran demasiado variadas.
Los del bar eran Brown y Leroy. Si habían atendido a esa belleza, ahora muerta por las malas compañías, seguro que aclararían algo más que en el bar.
- Vamos a ver Brown, ¿qué pidió la señorita para tomar?- interroga al barman.
- Pues recuerdo que pidió un cóctel Pacífico y dijo que les preparáramos algo de cenar, pero a los cinco minutos se arrepintió y dijo que se iban-contesta el camarero algo nervioso.
- ¿Iban?, describa al que le acompañaba-casi chilla Morris.
- Bien, era un caballero de unos cuarenta años, con el pelo rubio rizado, un poco raro, con una cicatriz pequeña debajo del ojo derecho, pero llamativa. Por lo demás era alto y bien fornido.
- ¡Cáspita! y ¿por qué no dijo esto antes? ¿Es que les pagó para que no lo dijeran y ahora en Comisaría se les abre los ojos?¡inútil!-le insulta el inspector.
- Es que a mi no me preguntó, se dirigió a Leroy y como es mejor tener la boca cerrada por estos andurriales.
- Vaya junto a Mac Millan, el que hace los retratos robots y ya puede afinar- Richard Morris se contuvo lo que le iba a llamar, seguramente algo mucho más fuerte que antes.
Siguió con Leroy, un joven de veinte años con aspecto de estar muy ducho en peleas callejeras, y según los datos que tenía el inspector había sido contratado como guardaespaldas, pero hacia las veces de barman, cuando el trabajo apretaba y de paso despistaba a los nuevos pendencieros que se acercaban por el Explendor.
Continuará…


Publicado por interazul @ 12:44
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Viernes, 24 de marzo de 2006
Muerte al atardecer( Capítulo I)

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El inspector Morris había tenido un día horrible. Su mujer le había dejado, cansada de no verle apenas, durante días; los hijos se fueron con su madre y además el Comisario le había advertido que no usara el arma con tanta alegría, que desde la prensa le tenían achicharrado con tantas críticas. Y para colmar el vaso le llamaron a las dos de la madrugada para que viera el nuevo cadáver apuñalado que estaba sobre la orilla del río.
Allí vio el cadáver de la mujer, una joven de unos veinticinco años, rubia, muy guapa y bien formada, que presentaba dos cortes de arma blanca, uno sobre su pecho izquierdo que le llegaba, presumiblemente hasta el corazón y otro en el cuello a la altura de la carótida. Había sangrado mucho y ¿cómo no? No tenía ningún bolso ni papel que la identificara. Sería imprescindible la autopsia.
En el lugar donde apareció el cadáver no había signos de huellas recientes de coches y en la orilla del río tampoco. No había sido arrojada al agua. Las ropas de la joven, impregnadas de sangre, no habían sido revueltas y su ropa interior estaba intacta. La cosa se ponía difícil. Con agresión sexual todo es más fácil.
- Bueno, sargento Ventura, ya estamos con otro caso que no sé si resolveremos, siempre me los pasan a mí- comento con el paciente Ventura- mire a ver si encuentra algo.
- Si señor, voy a ver- respondió disimulando un bostezo.
- No se duerma, que esta víctima hace la diecisiete en el ultimo mes.
El sargento Ventura encontró algo: Un botón que no pertenecía a la victima y era como de goma o algo así. Grande de color azul y que estaba al borde de la mano derecha de la víctima casi cubierto por la sangre. Lo recogió y lo metió en un bolsita de plástico.
- Al laboratorio con este botón- le comunica al ayudante.
Morris no pudo dormir el resto de la noche. Pensaba como otra joven en la flor de la vida había sido asesinada y no tenía apenas pistas para llegar a atrapar al asesino, cosa que por otra parte no serviría para devolver la vida a la víctima.
A la mañana siguiente el doctor Perry, el médico forense de guardia, le tiene preparado el informe, que básicamente decía así:
“Joven blanca de unos 25 años, rubia, bien vestida y muerta a eso de las cinco de la tarde por corte mortal en la carótida y puñalada posterior en el corazón. El corte en el cuello ha sido hecho por detrás de la victima y del pecho por delante. Había mantenido relaciones sexuales, parece que sin violencia hacía unas horas antes y se guarda muestra para ADN del semen extraído.
No muestra signos de defensa por lo certero de la primera puñalada.”
Sobre el botón encontrado:
“Botón de goma del tipo de bote zodiac. Que se utiliza para sujetar uno de los cordones sobre la borda. La sangre encontrada es de la víctima”
-Curioso-pensó el inspector Morris- estuvo en una zodiac, y seguramente la sacaron de ella ya muerta y la dejaron sobre la orilla, pero no la arrojaron al río. Y habrá que encontrar, si alguien la reclama quien era su novio o marido o amante.
Esa misma tarde, los padres de la mujer aparecieron consternados en la Morgue a reconocer el cadáver de su hija. Se trataba de Clara Lemos, joven que se dedicaba a modelo y tenía por novio a un tal Clif Flanagan, que poseía un yate de recreo y que esa misma tarde había invitado a Clara a pasear por el río en él.
- Las cosas se aclaran, sargento-comenta a Ventura al llamarle para entrevistar al tal Clif- seguro que es el asesino.
- Venga, vamos a interrogarle- responde el solícito sargento.
Rápidamente acuden a Bernard street, donde tiene un apartamento el Sr. Flanagan en el número 105, planta 10A.
Este les estaba esperando:
- Pasen, les estaba esperando, desde que leí esta mañana lo de Clara- les dijo al identificarse los policas.
- Sr Flanagan, ¿sabe que pasó con Clara, ayer por la tarde?-pregunta Morris.
- Voy a contarles todo desde el principio: Ayer salimos a pasear por el gran río a eso de las cuatro de la tarde y cuando llevábamos una hora o así se encaprichó con irse sola en la zodiac. No me extrañó porque lo hace muchas veces y al no volver, tampoco me extrañó porque suele ir hasta el embarcadero de la orilla oeste y quedarse hasta tarde tomando algo de cenar con sus amigos del café Explendor.
- Si, lo conozco, y ¿ya no volvió ni ella ni supo más de la zodiac?-indaga el inspector.
- Nada hasta esta mañana que leí el periódico- contesta un poco molesto el Sr. Flanagan.
- ¿Puede decirnos donde estuvo usted el resto del día?- pregunta Morris, mientras el sargento toma notas a toda prisa.
- Bien, al ver que no venía me fui a buscarla, pero estuvo conmigo todo el tiempo Mickey y Starky que son los pilotos del yate. Ellos pueden atestiguarlo- casi grita Flanagan.
- Bien esté a nuestra disposición y no abandone la ciudad- se despide Morris.
Al llegar al gran café Explendor un acompañamiento musical le hizo pensar sobre un detalle que se le había pasado antes:- Si había ido en la zodiac hasta el café, evidentemente alguien la cogió para llevarla hasta la orilla opuesta una vez muerta, porque el botón era la clave. Si el botón no hubiera estado junto al cadáver, esto hubiera sido de otra forma. La clave estaba en encontrar la endemoniada zodiac. Y otra cosa:
¿ En una zodiac se va con ropa de calle?
En el café dos bármanes confirmaron su estancia allí por un rato breve y la salida del mismo en compañía de un hombre que no acertaban a describir.
Continuará…

....


Publicado por interazul @ 19:25
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Martes, 21 de marzo de 2006
El peñasco

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Desde muy niño estaba intrigado con la ascensión al cerro más alto de mi pueblo. Había en todo lo alto un peñasco de unos cinco metros de altura y dos o tres de anchura, que se convertía todas las primaveras y veranos en la cima a escalar por todos los muchachos y algunas muchachas del lugar. Venían incluso de pueblos vecinos y hasta hacían apuestas de quien llegaría antes a lo alto y pondría su nombre sobre el peñasco.
Yo a los siete años ya estaba deseando intentarlo.
- Ni se te ocurra Pedrín, que no tiene asideros- me decía mi padre- y ya sabes que varios muchachos se han resbalado y han caído por la ladera, y algunos se mataron.
A los ocho años:
-Espera a ser mayor, que los niños esperan en la base a los mayores- me dijo mi hermano que tenía ya catorce años.
Ese día mi hermano Roberto, junto con sus dos amigos Juan y Paco “el estirao” subieron al peñasco y yo me quedé en la base entre los matorrales con el hermano de Paco, que se llamaba Lucilo y tenía siete años, y que yo le llamaba Lucín y se cabreaba.
- Ves Lucin- le digo- nuestros hermanos ya son unos hombres y nosotros lo seremos el día que lleguemos a lo alto. Tú: ¿cuándo lo vamos a intentar?
- Yo nunca, me da miedo resbalarme y caerme- respondió el tonto de Lucin.
- Pues yo el año que viene o a lo más al otro lo intento, tontorrón.

Y después de una hora viendo a nuestros hermanos en lo más alto del monte, me moría de envidia y me prometía que al año siguiente sería yo el que escalara tan preciado lugar.
Pasaron aún otros tres años más y seguía con las ganas de ser mayor para realizar la gran hazaña. Como todos los hijos menores que tienen hermanos más grandes, yo tenía que superar a mi hermano Roberto y hacerlo el año que cumpliera doce años.
Y el gran día llegó. El cinco de mayo me dispuse a alcanzar la cima. Llamé a Lucín y a otro amigo de trece años que se llamaba Iván y los tres nos dispusimos a dejar pequeños a nuestros hermanos mayores. Llevábamos un punzón de acero y dos maromas gordas de ocho metros de largas cada una. Habíamos pensado lo siguiente:
Iván subiría el primero clavando el punzón en los pocos intersticios de la roca con una de las maromas al hombro y la otra agarrada a la cintura con un gran lazo y atada a la encina cercana. Así, pensamos, si se caía no se iría por la parte de abajo, la del otro lado, que era en talud, sino hacia la encina y además, una vez en lo alto, nos tiraría la otra maroma para que trepáramos los más pequeños.
La ascensión comenzó a las once de la mañana de aquél sábado soleado. Iván se resbaló tres veces, pero llegó a la cima sin demasiados problemas.
- ¡Chicos, ya estoy en lo alto!- nos chilló- ¿os atrevéis?
- Yo sí-respondí- pero Lucín dice que nos guarda la botella de agua.
- Venga, venga, Pedrín, que se ve la vista del valle muy bien.
Y por la maroma que había dejado resbalar desde lo alto comencé a subir. La maroma estaba sujeta por el pincho de acero y debajo de una piedra y del zapato de Iván. Parecía seguro. Cuando llevaba unos tres metros de larga ascensión, noté que la cuerda se aflojaba.
-¡Iván que la cuerda me tira para abajo otra vez!-chillé
- No seas miedica y sigue que está segura.
El batacazo fue impresionante. La cuerda estaba tazada por la mitad y no soportó el roce con el peñasco. Caí de espaldas sobre Lucín y eso me salvó. Le rompí un brazo y yo dos costillas y una muñeca: Y gracias a que mi padre y el de Lucín habían salido detrás de nosotros, prevenidos por el vecino y padre de Iván, sino no lo cuento.
Estuve en el hospital cinco días y en casa como un mes de reposo y luego dos de recuperación y de rehabitación. Por poco me quedo manco.
Y saben una cosa: ¡Ya no volví a intentar subir al peñasco!. Cuando algunos me llamaban miedica y mariquita yo me daba media vuelta y me reía.


Publicado por Lanzas @ 21:01
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S?bado, 18 de marzo de 2006
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LAS HUELLAS





Estaba tan mal, tan desesperada, que creí que me convendría ir por unos días a mi playa favorita.
No tenía ganas de conducir y tomé un autobús de línea para llegar hasta allí.
En realidad no sabía si aquella solitaria excursión me haría bien, o si por el contrario regresaría peor aún.
Me instalé en el hotel en el que ya había parado varias veces que está situado en la playa. Me puse una ropa más cómoda y salí a caminar. El viento húmedo me acarició la cara y la tensión disminuyó.

Vi que negros nubarrones presagiaban lluvia. El mar, mi amado océano estaba magnífico, como siempre, aunque en esta tarde parecía con un color grisáceo que compartiera mi dolor, mi soledad, mi abandono.
La playa, desierta, “como mi alma” - pensé - presentaba ese aspecto tan bello, admirado por mí: suave, lisa, amarilla, con huellas de algún caminante que me había precedido.
Tuve la impresión de ser como aquella arena: pisada, arrastrada por el mar una y otra vez de adentro hacia fuera, golpeada contra los acantilados arrastrada por las olas, indiferente a los demás, excepto cuando alguien encontraba una extraña y bonita concha y se inclinaba para recogerla; entonces, sí, la miraban, se daban cuenta. Estaba ahí siempre para hacer el paso más suave a todos los que la pisaran.

Comenzó a caer una fina lluvia mientras yo caminaba al lado del agua oyendo sólo el rumor de las olas y del viento. En ese momento sentí que el dios de la lluvia lloraba por mí y ese pensamiento hizo que mis lágrimas se mezclaran con las gotas de agua que resbalaban por mi rostro.

Me sentía abandonada por todos a los que más había amado y no sabía enfrentar mi vida sin esos afectos .Una especie de rabia anidaba en mi corazón, rabia por la impotencia de no haber podido recoger la cosecha que había sembrado
.
Me volví sobre mis pasos. Hacia el Oeste el cielo estaba despejado y un sol declinante se bañaba en el océano para morir en él; pero su ocaso era magnífico: rojo, rodeado de halos con tonalidades de múltiples y bellos colores: rosa, violeta, oro…Mi emoción ante esa imagen fue total. Y le grité al sol, le grité todo lo alto que pude con mi enronquecida garganta:
-¡Sol!, ¿te has dado cuenta de tu belleza cuando mueres? ¡Dime! ¿No te importa que esa maravilla no sea percibida por ti y las nubes que te rodean? ¿Para qué sirve tanta belleza? ¿Es tan absurda como todo lo demás? ¿Sabes? No puedo soportarlo, no puedo. Tenías que saberlo.
Me detuve agotada por el esfuerzo, el rostro y cabellos mojados, extrañada conmigo misma, cuando una ráfaga de viento oía que me hablaba:
-“¡Hola! Soy Eolo. ¡Mira! Ellos no necesitan la aprobación ni el cariño de los demás para saber lo que valen y para ser felices. Existen sólo por ellos. Tú deberías hacer lo mismo. Mira dentro de ti: ¡eres tan bella!, ¿qué pueden importarte los afectos de los que no te aman? ¡Vive para ti! Dentro de tu maravillosa alma está lo que buscas desesperadamente: la felicidad.
Los demás son necesarios, pero no importa que no estén ahí para que seas feliz”

Estaba asombrada. Tenía la impresión que me había dormido y soñado.
El cansancio de tantas noches ausentes de sueño me jugaba una mala pasada.

Continué mi caminar hacia el Este; mis pies dejaban en la suave arena mis huellas.
Las olas bañaban mi camino no muy recto y me parecía que mi ensimismamiento no había terminado: al mismo tiempo que las olas se acercaban a la arena oía:
- ¡Mira tus huellas! ¡Mira tus huellas!
Miré en rededor; la soledad era absoluta y tuve miedo, miedo de volverme loca.
Las olas seguían hablando:
-¡Mira tus huellas! ¡Mira tus huellas!
Giré mi rostro hacia mis huellas; no existían, el mar se las había llevado.
Miré hacia adelante y comprendí.
Mi pasado, mi forma de concebir la vida se había extinguido. Mi futuro: las huellas aún por dejar en la arena. Sería mío, sólo mío. Las expectativas de felicidad las buscaría dentro de mí.
De repente me sentí mejor. Miré hacia el Oeste donde aún el astro rey no se había decidido a morir y al mirar su belleza, haciendo visera con mis manos, tuve la sensación de que me sonreía.


Publicado por mariangeles512 @ 13:50
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Jueves, 16 de marzo de 2006
El misterio del cuarto amarillo

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El Sr. Callahan estaba muy cansado después de la agitada jornada de trabajo y como eran las fiestas del lugar había un gran bullicio en el pueblecito mejicano donde se encontraba. La maquinaria que había vendido al Gobierno de México había sido su gran venta del año. Seguramente sería condecorado cuando volviera a Dallas.
Bueno lo importante ahora era descansar para emprender el regreso al día siguiente temprano. Se dirigió a la única pensión del pueblo: “La Imperial”, en una casona del tiempo de los españoles, apenas reformada y con muros de piedra y ventanas pequeñas con rejas de hierro.
- Señor-dijo dirigiéndose al de recepción- necesito una habitación para esta noche.
- Pos, no va a ser mister, estamos llenos por las fiestas-le contesta el soñoliento ventero.
- ¿Seguro que no le queda alguna aunque sea pequeña? Estoy muy cansado.
- Bueno, está el cuarto amarillo, pero esa no se la recomiendo por nada del mundo mister.
- ¿Por qué?
- Está clausurada desde hace muchos años, porque en ella murieron, se dice, muchos huéspedes sin saber las causas. Dicen que aparecían hinchados y como negruzcos, como asesinados.
- Bueno yo no soy supersticioso- dice Callahan-me quedo ese cuarto.
Y allí se quedó para siempre. A la mañana siguiente apareció muerto en el lecho algo hinchado y amoratado. Los investigadores mandaron aviso a Texas para que vinieran a buscar a Mr. Callahan y de paso que enviaran a unos investigadores norteamericanos para que vieran qué es lo que pasaba en ese cuarto pintado de amarillo.
El Inspector Morris y su ayudante sargento Ventura peinaron el cuarto de arriba abajo y no encontraron nada sospechoso. La ventana estaba cerrada y su reja intacta. La puerta había permanecido cerrada durante toda la noche desde dentro y sólo a la mañana siguiente cuando fue la de la limpieza con su llave maestra a entrar, ésta había sido abierta. El equipaje estaba sin revolver y las ropas de la cama no presentaban manchas sospechosas. La autopsia había rebelado un nivel en la sangre de un veneno desconocido, pero Mr. Callahan no había tomado nada en la fonda el día anterior y nadie más había resultado intoxicado.
El sargento Ventura de origen hispano propuso al Inspector una cosa: Se iba a quedar toda la noche en la habitación encerrado y él permanecería fuera sentado. Tenían que aclarar este misterio.
El posadero puso sábanas limpias y le dio la llave del cuarto con cierta desgana.
Ventura se echó en la cama sin desnudarse y observó. La habitación tenía un armario de madera en la pared de enfrente que había sido casi desguazado para buscar algo, aunque sin saber el qué. La cama era también de madera y de altas patas y debajo de la cama las baldosas estaban perfectamente pegadas. La mesilla tenía una jarra con agua y un vaso. La ventana estaba encima de la cama y estaba perfectamente cerrada y con una cortina que corrida apenas dejaba entrar la luz de la luna, aquella noche llena.
Estaba dispuesto a permanecer toda la noche despierto, porque además las canciones de los mariachis de la taberna cercana acompañaban para ello. Las horas transcurrían despacio y cada hora el Inspector Morris golpeaba la puerta:
- Ventura, ¿Alguna novedad?
- No señor, nada. Todo sigue igual-respondía el sargento, pero a eso de las cuatro el sueño le rindió.
- Sargento, sargento, despierte- voceó Morris
Al no recibir respuesta Morris abrió con la llave maestra. Ventura estaba inconsciente sobre la cama y una gran araña del tipo tarántula se deslizaba por la colcha y de forma precipitada se introdujo en el armario. Morris la disparó cuando se encaramaba hacia el techo del mismo. El bicho cayo retorciéndose en el suelo.
Rápidamente se acercó al sargento y vio los dos pequeños orificios de los quelíceros en el cuello, Apenas perceptibles, pero allí estaban. Succionó con fuerza el veneno y dijo al posadero, que había acudido al oir el disparo:
- Corra avise al médico.
El médico acudió con el antídoto. No era raro en aquel lugar las tarántulas.
Una vez evacuado Ventura al hospital comarcal, Morris se acercó al armario con sumo cuidado. En lo alto había un orificio que se perdía en el techo de la habitación y en él había estado siempre un nido de tarántulas. Estos animalitos viven muchos años, sobre todo las hembras y necesitan muy poco alimento para subsistir, el calor humano en la noche las puede despertar y los pelos urticantes que poseen son sumamente peligrosos, más que el veneno de los quelíceros.


Publicado por interazul @ 13:36
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Martes, 14 de marzo de 2006
Frenético desencuentro


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La llamada que recibí ese cuatro de marzo fue para mí inquietante y ya imborrable de mi mente.
Sólo dos frases: ¿Te acuerdas de María Jesús? Soy yo. Y colgó.
Al principio, me pareció una broma y no recordaba a ninguna María Jesús a la cual debiera algo o a la cual hubiera prometido algo que no había cumplido. A las dos horas de devanarme el cerebro pensé: ¿Será mi primer amor?¿Cómo es posible, después de casi treinta años, que se acordara de mi? Teníamos unos quince años cada uno, cuando eso y la verdad, apenas había conocido a otra María Jesús o seguramente si las conocí, aquella otra eclipsó todos los demás nombres iguales.
¿Y por qué no salir de dudas? El número del teléfono le tenía grabado en el mío y todo era marcarlo. Descolgué el inalámbrico con parsimonia y casi con miedo. Lo volví a colocar en su base y me propuse pensar lo que diría. Si no era ella, no tendría problema, pero ¿si era ella? El corazón me latía a ciento veinte por lo menos y como siempre me tuve por decidido en esto de las mujeres, no en balde me casé con la más guapa de mi ciudad, en competencia con unos cien mil conciudadanos que la pretendían. Y eso fue por decidido, Pero, claro ahora, con la vida ya resuelta casi para mis hijos y con una mujer algo cansada de mis incongruencias, la aventura, me parecía impresionante.
-¿Eres María Jesús?-pregunté por el auricular.
- Si, si- contestó una voz melodiosa y que me pareció como dulce y cálida- y tú eres Mario, te reconozco la voz, es la misma que hace treinta años- continúo, dejándome helado y sin resuello.
- Entonces- acerté a decir, después de una pausa- eres la María Jesús que conocí cuando adolescente y ¿te acuerdas de mi ahora?
- Yo nunca te he olvidado. Mis padres impidieron nuestra relación, ¿recuerdas? Porque creían y estaban en lo cierto, que era muy joven. Tú eras muy lanzado y yo te esperé hasta los dieciocho años y entonces me enteré de que te olvidaste de mi rápido. ¡Te echaste otra novia enseguida!¡Malvado!
El oírla decir eso casi me hace llorar. ¿Era posible? Su voz me parecía angelical, como ahora la recordaba de entonces. ¿Qué podía decir a este encanto de mujer?
- Me conmueve lo que dices. Yo pensé que no querías saber nada de mí. La verdad es que al ultimo que oí fue a tu padre al teléfono: “Joven, mi hija es una niña, no la llame más”- recordaba aquella frase como si hubiera sido ayer- Pero ¿por qué me llamaste hoy?
- Porque me quedé viuda y nunca te he olvidado y espero, que como soy una mujer y tú un caballero, no me prives de lo que más he deseado todo este tiempo: El hacer el amor contigo. Creo que ya estarás harto de tu mujer, como todos los esposos después de tantos años y por eso me atrevo a proponerte lo que no hice ni a mi marido nunca- me escopetó y me dejó sin palabras.
- Bueno, bueno-balbuceé- no debo pensarlo. Esta proposición tampoco me la ha hecho nunca mi mujer. Es decir, yo la requerí tanto y ella tampoco, que ya dejé de hacerlo hasta yo. ¿Dónde vives ahora?
- Pues en Valencia y tú en Sevilla, ¿no?. Bueno allí te llamé, al enterarme por unos escritos que enviaste a un periódico y pregunté a la Telefónica por tu número. No se me olvidaron tus apellidos nunca ¿y los míos, les olvidaste?
- Desde luego que no- y se los dije sin dudar.
- Pues ven en cuanto puedas, Quedamos en un hotel, más que nada por mis hijos y por la memoria de mi marido, no me atrevo en mi casa.
- Mañana mismo estoy allí, que es sábado y no hay problema.

Corrí o volé, más que corrí, a sacar el billete de avión de ida y vuelta para el fin de semana. A mi mujer le conté, que me había surgido un simposio en Valencia sobre las ultimas técnicas de acerado del vidrio y se lo creyó.
Al llegar a la capital del Turia, la cual no visitaba desde hacía años, me sentí un poco extraño. Nunca había engañado a mi mujer, aunque ella pensara otra cosa. No había sido capaz de irme con otra, sobre todo porque me enamoré como un loco de ella desde que la conocí y lo que no quería para mi, tampoco lo quería para ella. Realmente, ¿podría engañarla ahora?
Esperé, como habíamos convenido, para llegar juntos al Hotel que había reservado, en una cafetería cercana. La llamé al móvil, y por un minuto pensé ¿Y si todo ha sido una broma? Su tierna voz me trasportó al cielo de nuevo. Estaba llegando.
A los dos minutos bajó del taxi y la ví entrar. Sabía que era ella, porque me había mandado una foto por e-mail. Era rubia, esbelta, con un vestido rojizo, adornado con un cinto marrón y un cuello del mismo color, y con zapatos que cubrían unas medias de cristal también marrones, casi beige. El bolso del mismo tono le colgaba con gracia sobre el hombro. Me acerqué a ella: ¿María Jesús?
- Mario, soy yo. Tú voz es única para mi e inconfundible, aunque te veo algo más viejo, jajaja-bromeó.
- Tú eres la chiquilla que conocí hace treinta años. Has cambiado para bien-la piropeé.
- Bueno tomemos unos cafés y vamos a lo que vamos-ya no me sorprendía la forma de hablar de aquella mujer.
La enlacé por la cintura y cogiendo mi maletín con la otra mano, después de absorber los negros y calientes cafetitos salimos hacia el hotel.
La habitación estaba en la cuarta planta y según entraba por la puerta la desabroché la cremallera con una pericia, que hasta yo quedé maravillado, toqué la piel de su espalda, tersa y suave, que para una mujer de más de cuarenta años parecía un regalo de los dioses. Encontré el broche del sujetador y mientras la besaba en la boca gordezuela y sensual, se lo quité. Unos maravillosos senos, algo caídos, pero naturales y grandes fueron el regalo para mis manos. El vestido calló al suelo y ella susurró: ¡no vayas tan lento, llevo esperando esto treinta años!
Sólo las braguitas de color azul y con puntillas de ribeteo separaba mi sexo del suyo en los dos minutos siguientes. La llevé junto al borde la cama y ya estaba bajándoselas, cuando mi móvil sonó. ¡Qué pedazo de tonto soy, no lo desconecté!
- Diga-pregunté.
- ¿Qué tal el viaje? Se te olvidó llamarme-era mi mujer.
- Pues bien. Tú ¿qué tal?-pregunté y creo que María Jesús me miraba sabiendo lo que estaba pasando y vi como se subía las bragas y se ponía el sujetador de nuevo.
- Pues me encuentro muy sola. No me acostumbro a estar sin ti, aunque muchas veces no lo demuestre- me dijo.
- Bueno sólo son dos días amor. Mañana ya estamos juntos otra vez. Es que tengo cuatro reuniones sin parar. Con los de comercial, con los de finanzas y con los de talleres- mentí como nunca hasta entonces lo había hecho.

Al colgar me vi diminuto y sin fuerzas para continuar. Si mi mujer tanto me echaba de menos,¿ por qué no me había requerido alguna vez? ¡Cosas de la vida!, pensé.
María Jesús ya se había enfundado el vestido y se estaba retocando el pelo en el lavabo. No hacía falta palabras, Ella me dijo: Me precipité, creo que debo aún esperar a que tú seas libre, si es que lo eres algún día. Yo te quiero, pero esto que íbamos a hacer es una traición a tu mujer y yo sé que tú sigues siendo un esposo ideal. ¿por qué no me esperaste, hace años?
- Nunca supe que me querías. Ya veo que te casaste después que yo e intuyo que por despecho y no por amor. Yo era un joven muy enamoradizo y deseoso de mujeres y enseguida encontré a la más bella de la ciudad, que fue para mi y aún lo es, como un pastel inacabable. La verdad es que no soy muy dichoso, porque parece que el matrimonio ahoga todas las dichas frente a los problemas, pero sigo amándola y tú me turbas, pero quiero ser tu amigo y no tu amante.
- Lo comprendo, Mario, lo comprendo. Vamos a despedirnos como amigos y seguiremos deseando, al menos yo, lo que siempre quise y nunca me atreví a pedir. La familia es lo más importante y no debemos romperla.

Nos despedimos y ya nunca he sabido más de ella. Estuve y estoy tentado muchas veces de llamarla, pero pienso: ¿Para qué? Esto no tiene sentido. Ha sido un sueño bonito, y nada más.


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Domingo, 12 de marzo de 2006

LAS GAVIOTAS
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El rumor que producen las olas en esa maravillosa playa andaluza, sólo hoyada por los pescadores en invierno y llena de turistas en verano es algo incomparable. Rugen sobre la arena amarilla ribeteada de festones negros, por la mezcla de rocas, como pequeños leones que necesitan saciar su hambre, que es la orilla.
En los meses de invierno, antes de que la primavera llegue, me gusta pasear por ella aunque tenga que recorrer muchos kilómetros para arribar. Apenas los pescadores y yo andamos disputándonos las suaves arenas como seres humanos. Pero existen otros habitantes incansables de ella: las gaviotas.
Las blancas gaviotas de vientre casi azul se extienden en bandadas sobre ella. Unas descansan junto al mar, otras se elevan sobre el océano en busca de alimento y algunas se alejan de los grupos como absorbidas por la inmensidad que las rodea de agua y arena.
Un día se me ocurrió una idea. Si las echara pedacitos de pan sobre la arena. ¿Irían a por ellos? O ¿Ya están suficientemente alimentadas con los peces y con los restos que dejan los pescadores?
Cogí dos bollos y los trituré en pedazos no más grandes que una nuez y con pausa me dirigí hacia una bandada de los enhiestos pájaros, y cuál sería mi sorpresa, cuando a los primeros trozos, se elevaron por encima de mi cabeza cuál coro de ángeles gruñones, tratando de coger al vuelo los pequeños tesoros de harina elaborada.
Algunas iniciaron una pequeña pelea para disputarse el minúsculo trozo, que de inmediato cesaba al ser engullido por la más rápida.
Me seguían, unas por la arena, otras por el aire. Los dos bollos no duraron más de dos minutos, que yo intentaba prolongar. A mi me parecieron dos segundos. Llegué a acordarme de “Los pájaros” de... Alfred Hisckot. ¿Y si me atacan al ver que no tengo más preciado majar? Pero eso no ocurrió. Como si una alabanza me quisieran hacer, revolotearon por encima de mi cabeza durante dos minutos y al ver que ya no había más para repartir se posaron mansamente en la playa.
Al día siguiente repetí el experimento y el éxito fue mayúsculo. Llevé cuatro bollos y dos barras de pan y durante diez minutos estuve repartiendo pedacitos entre una bandada cada vez más numerosa, con algunos polluelos pequeños correteando alrededor, y el coro era igual: bajaban y subían hacia el cielo con sus graznidos entre rugientes e implorantes. El espectáculo lo tenía que haber grabado y prometo hacerlo otro día.
El temor a los pájaros, para el que lo tenga, debe ser desterrado, como en general a todos los animales que viven en libertad. Ellos quieren ser amigos del hombre, sólo que quieren recibir algo a cambio. Esto también es cierto.


Publicado por Lanzas @ 19:40
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Domingo, 05 de marzo de 2006
El intruso

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Iba caminando por la acera, aquella noche nublada, cuando al doblar la esquina, me tope con Felipe Cabrera.
Felipe Cabrera es el capataz de las obras del ensanche del metro, en la línea diez, la que enlaza Fuencarral con Plaza de Castilla y es un hombre muy chapado a la antigua como si dijéramos. Le gusta que las mujeres no trabajen fuera del hogar y que los hijos obedezcan a sus padres en todo, les manden lo que les manden. Como le conozco desde nuestros estudios de Maestría Industrial desde hace “más años que la Tana”, que es como decir desde que andábamos tirando piedras al Manzanares antes de la construcción del Estadio que llevaba su nombre, sabía que esa noche iba a ser larga donde las haya.
Me saludó tan efusivamente, de tal manera que del abrazo que me dio casi me rompe dos costillas y me hace saltar las lágrimas.
- ¿Cómo te encuentras, chaval?- siempre me dice lo mismo desde los años escolares.
- Bien, Felipe, bien, voy con algo de prisa para perderme la serie de “Los ladrones van a la oficina”-le contesté, por ver si me dejaba enseguida.
- Tú hoy no ves la serie esa basura, tú vienes conmigo a la tasca del Jabugo, que nos vamos a hartar de vino viejo y de tapas con jamón, tortilla y lomo, como hace al menos dos años que no hacemos-me atrapó el condenado.
- Como quieras Felipe, como quieras, que no hay quién te lleve la contraria.
Y allí nos encaminamos, cerca de la Plaza de Castilla, en la calle del Capitán Haya. Una vez dentro del local, de raigambre madrileña donde los haya, nos acercamos a una mesa de madera antigua y pedimos una jarra de vino de Peñafiel, una ración de tacos de jamón y otra de queso, ¡para empezar!-le dijimos al camarero, y enseguida empezó el amigo Felipe:
- Mira, Rafael, lo que me pasó el otro día en el subsuelo madrileño: estamos, como sabes ampliando la línea 10, que ya es hora de que lo hagamos, y los trabajadores de la pala extractora encuentran unos restos de huesos, que parecen humanos. Y no se les ocurre más que llamarme para que los viera. Allí me acerqué y cuál sería mi sorpresa cuando al verles, a más de cuarenta metros de profundidad, noto que son de plástico, de plástico duro- continuaba mi amigo sin descanso, y sólo se detenía para sorber un trago de vino, mientras yo me hartaba de taquitos de jamón y de queso-Y me pregunto: ¿Cómo es posible que a estas profundidades, desconocidas antes por los humanos haya, no huesos, sino huesos de plástico?
- Es increíble, pero anda come algo, que de vino ya vas bien servido-le interrumpí.
- Ya, ya, Rafael- por primera cogió un taco de jamón y lo engulló -pero es que la historia es para no dormir. Están investigando los del Ministerio, cómo puede ser esto. Pero yo tengo mi teoría montada. En tiempos muy remotos, los dueños de la Tierra no eran los hombres, sino otros seres, y como ahora hacemos juguetes de plástico de dinosaurios, de perros o de monos, aquellos, digamos, protohombres hacían muñecos de humanos, porque para ellos eran seres inferiores. Es la única explicación que encuentro y estaba deseando contárselo a alguien inteligente como tú.
Mario se abalanzó sobre los restos de jamón y pidió una tortilla de una cuarta de alta y otra jarra de vino tinto de Rivera de Duero, que era el más le gustaba.
- No creo eso posible, es muy poco creíble, lo que dices-me atreví a contradecirle.
- Dame tú otra explicación, anda, ¡chaval!- saltó Felipe.
- Pues yo creo que un grupo de ecologistas, que como sabes se oponen a todas las obras contra la Naturaleza, os han metido unos huesos para parar el trabajo y que la Empresa constructora se arruine esperando- aventuré.
- Pero esos, esos, son capaces de meter huesos y hasta seres vivos allí. No lo harían de plástico, sino de verdad, para que fuera más creíble.
- Bueno así también molestan. ¿No dices que están investigando?-pregunté.
Después de terminar con el vino y la tortilla acordamos volvernos a ver la semana siguiente y tener datos más concretos.
No a la semana siguiente sino al día siguiente leo en la prensa:
“Un intruso detenido en las obras del metro”:
Un hombre de unos cuarenta años de edad ha sido detenido por la policía en los túneles del metro, después de ser alertados por la Vigilancia privada de la Empresa constructora. Se encontraba en la parte en obras y al detenerle se le incautó un gran saco dónde llevaba huesos de plástico imitando a humanos. Al interrogarle, conocemos por fuentes policiales, el intruso dijo que estaba harto de enseñar a sus alumnos con esqueletos de pega y como no sabía como deshacerse de ellos los estaba enterrando en las obras. Según fuentes generalmente bien informadas, el intruso no está bien de la cabeza y se dedica a robar en los Institutos todo lo que pilla. Se sigue investigando.


Publicado por interazul @ 17:30
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