Domingo, 26 de marzo de 2006
Muerte al atardecer (Cap?tulo II)


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A la ma?ana siguiente Morris estaba de un humor inaguantable, su mujer le reclamaba una paga mensual y la casa de la Gran Avenida, que apenas pod?an mantener. Se escudaba en que los ni?os estaban con ella y el juez de divorcios r?pidos le daba la raz?n. Tendr?a que hablar con su abogado.
Ten?a que interrogar a los pilotos del yate y a los b?rmanes de nuevo. Esto estaba cada vez m?s oscuro.
- Mickey, ?Usted cu?ndo y en que circunstancias vio por ?ltima vez a la se?orita Clara?- le pregunt? Morris en presencia de Ventura, en la Comisar?a del distrito donde les cit? a todos.
- La vi a eso de las cuatro de la tarde en el yate con Clif y despu?s ya no s? m?s porque se bajaron a los camarotes y yo no interrumpo nada. Est?bamos anclados en el centro del r?o y aprovech? para descansar, no s? m?s.
- Vamos a ver, Mickey, ?ya no supo m?s de ella?. ?No sabe nada de la zodiac?-pregunta el Inspector.
- Pues creo que la zodiac sigue en el yate. Yo no s? que se usara-suelta como una bomba a Morris- se recoge en popa sobre la cubierta.
- ?Ventura, vaya a comprobar esto enseguida, r?pido! Se nos pas?, por creer en las palabras de cualquiera y ll?meme en cuanto sepa algo, con el celular- nosotros esperamos aqu? sin movernos.

Ventura sali? tan r?pido como le permitieron sus largas piernas y cogi? el coche Ford y al llegar al yate se encuentra con la siguiente situaci?n:
En la popa est? la zodiac. Enseguida llama a Morris:
- Inspector, est? aqu?- le dice.
- Van de inmediato los peritos para ver que encuentran- le contesta- no se mueva de all?.
El sargento por su cuenta, con los guantes de l?tex puestos se acerca al bote y observa la falta de uno de los seis botones que amarran las cuerdas de sujeci?n. Lo m?s curioso es que no existen huellas de sangre. Habr? que ver las huellas que hay.
Los peritos sacan a la luz muchas huellas de la zodiac. Pero mientras Morris sigue interrogando ahora a Starky, un individuo de muy mala catadura y que m?s bien parece un ex boxeador que un piloto o copiloto de yates.
- Yo no s? nada, ?para qu? me ha llamado?-dice de pronto al inspector.
- El que pregunta soy yo- le dice, mientras piensa: ?estos que dicen que no saben nada siempre son los que lo saben todo, y ojea la ficha policial que han obtenido con sus datos- has estado en chirona ya, por violar a una mujer, ?se te olvid??.
- Espere, inspector, espere, eso fue hace muchos a?os-salta Starky-cambiando su semblante de forma repentina a preocupado.
- Si hace unos diez a?os y te pasaste en la c?rcel cinco, porque la victima dijo al final que hab?ais ido a tomar unas copas y como que consinti?. ?no ser? que la amenazaste?- y le apunta con fuerza en el pecho con su ?ndice el inspector- y adem?s antes por hurto fuiste detenido dos veces y encima por robar a mujeres indefensas. ?Dime que viste antes de ayer en el yate de tu patr?n!
- Bueno si le digo la verdad, ?no me acusar? a mi de nada?- pregunta preocupado el fuerte copiloto.
- Desembucha o te mando al talego ahora mismo.
- Mi patr?n y la se?orita bajaron al camarote principal y o? como discut?an sobre algo as? como si su mujer se entera. Ella le dijo que deber?a divorciarse, que si no le dejar?a, cre? entender. Despu?s de un rato ya no sent? nada, supuse que se calmar?an y como nos dio orden de permanecer anclados en el centro del r?o, que les gusta ver el paisaje de las orillas y desde la proa, la bah?a tan hermosa al atardecer, pues me retir? a descansar. A eso de las cinco o un poco antes o? un motor de fuera a borda que arrancaba junto al yate y supuse que era la zodiac, pero no me molest? en averiguarlo.
- Pero la zodiac sigue en el yate-le interrumpe el inspector.
- Pero puede haber ocurrido que la devolviera luego la se?orita.
- ?Idiota! La se?orita fue asesinada a eso de las cinco y ?puede ella haber llevado la lancha muerta?-le increpa Morris.
- Yo no s? quien la cogi? ni quien la dej?.
- ? Dijiste la se?orita!? Aqu? no se pasa nada! Otra cosa: ?En la lancha se va con traje de calle?
- Normalmente se lleva el chaleco salvavidas y cuando es breve el trayecto no se cambia de traje nadie.
Morris empez? a sospechar de ?l. Pero hab?a algo que le hac?a inocente: La v?ctima no fue violada. El informe sobre las huellas encontradas era casi in?til. El agua borra casi todas. Las huellas que predominaban eran posiblemente de quien la subi? con el cable hasta el yate. Pero eran demasiado variadas.
Los del bar eran Brown y Leroy. Si hab?an atendido a esa belleza, ahora muerta por las malas compa??as, seguro que aclarar?an algo m?s que en el bar.
- Vamos a ver Brown, ?qu? pidi? la se?orita para tomar?- interroga al barman.
- Pues recuerdo que pidi? un c?ctel Pac?fico y dijo que les prepar?ramos algo de cenar, pero a los cinco minutos se arrepinti? y dijo que se iban-contesta el camarero algo nervioso.
- ?Iban?, describa al que le acompa?aba-casi chilla Morris.
- Bien, era un caballero de unos cuarenta a?os, con el pelo rubio rizado, un poco raro, con una cicatriz peque?a debajo del ojo derecho, pero llamativa. Por lo dem?s era alto y bien fornido.
- ?C?spita! y ?por qu? no dijo esto antes? ?Es que les pag? para que no lo dijeran y ahora en Comisar?a se les abre los ojos??in?til!-le insulta el inspector.
- Es que a mi no me pregunt?, se dirigi? a Leroy y como es mejor tener la boca cerrada por estos andurriales.
- Vaya junto a Mac Millan, el que hace los retratos robots y ya puede afinar- Richard Morris se contuvo lo que le iba a llamar, seguramente algo mucho m?s fuerte que antes.
Sigui? con Leroy, un joven de veinte a?os con aspecto de estar muy ducho en peleas callejeras, y seg?n los datos que ten?a el inspector hab?a sido contratado como guardaespaldas, pero hacia las veces de barman, cuando el trabajo apretaba y de paso despistaba a los nuevos pendencieros que se acercaban por el Explendor.
Continuar?

Publicado por interazul @ 12:44
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Viernes, 24 de marzo de 2006
Muerte al atardecer( Cap?tulo I)

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El inspector Morris hab?a tenido un d?a horrible. Su mujer le hab?a dejado, cansada de no verle apenas, durante d?as; los hijos se fueron con su madre y adem?s el Comisario le hab?a advertido que no usara el arma con tanta alegr?a, que desde la prensa le ten?an achicharrado con tantas cr?ticas. Y para colmar el vaso le llamaron a las dos de la madrugada para que viera el nuevo cad?ver apu?alado que estaba sobre la orilla del r?o.
All? vio el cad?ver de la mujer, una joven de unos veinticinco a?os, rubia, muy guapa y bien formada, que presentaba dos cortes de arma blanca, uno sobre su pecho izquierdo que le llegaba, presumiblemente hasta el coraz?n y otro en el cuello a la altura de la car?tida. Hab?a sangrado mucho y ?c?mo no? No ten?a ning?n bolso ni papel que la identificara. Ser?a imprescindible la autopsia.
En el lugar donde apareci? el cad?ver no hab?a signos de huellas recientes de coches y en la orilla del r?o tampoco. No hab?a sido arrojada al agua. Las ropas de la joven, impregnadas de sangre, no hab?an sido revueltas y su ropa interior estaba intacta. La cosa se pon?a dif?cil. Con agresi?n sexual todo es m?s f?cil.
- Bueno, sargento Ventura, ya estamos con otro caso que no s? si resolveremos, siempre me los pasan a m?- comento con el paciente Ventura- mire a ver si encuentra algo.
- Si se?or, voy a ver- respondi? disimulando un bostezo.
- No se duerma, que esta v?ctima hace la diecisiete en el ultimo mes.
El sargento Ventura encontr? algo: Un bot?n que no pertenec?a a la victima y era como de goma o algo as?. Grande de color azul y que estaba al borde de la mano derecha de la v?ctima casi cubierto por la sangre. Lo recogi? y lo meti? en un bolsita de pl?stico.
- Al laboratorio con este bot?n- le comunica al ayudante.
Morris no pudo dormir el resto de la noche. Pensaba como otra joven en la flor de la vida hab?a sido asesinada y no ten?a apenas pistas para llegar a atrapar al asesino, cosa que por otra parte no servir?a para devolver la vida a la v?ctima.
A la ma?ana siguiente el doctor Perry, el m?dico forense de guardia, le tiene preparado el informe, que b?sicamente dec?a as?:
?Joven blanca de unos 25 a?os, rubia, bien vestida y muerta a eso de las cinco de la tarde por corte mortal en la car?tida y pu?alada posterior en el coraz?n. El corte en el cuello ha sido hecho por detr?s de la victima y del pecho por delante. Hab?a mantenido relaciones sexuales, parece que sin violencia hac?a unas horas antes y se guarda muestra para ADN del semen extra?do.
No muestra signos de defensa por lo certero de la primera pu?alada.?
Sobre el bot?n encontrado:
?Bot?n de goma del tipo de bote zodiac. Que se utiliza para sujetar uno de los cordones sobre la borda. La sangre encontrada es de la v?ctima?
-Curioso-pens? el inspector Morris- estuvo en una zodiac, y seguramente la sacaron de ella ya muerta y la dejaron sobre la orilla, pero no la arrojaron al r?o. Y habr? que encontrar, si alguien la reclama quien era su novio o marido o amante.
Esa misma tarde, los padres de la mujer aparecieron consternados en la Morgue a reconocer el cad?ver de su hija. Se trataba de Clara Lemos, joven que se dedicaba a modelo y ten?a por novio a un tal Clif Flanagan, que pose?a un yate de recreo y que esa misma tarde hab?a invitado a Clara a pasear por el r?o en ?l.
- Las cosas se aclaran, sargento-comenta a Ventura al llamarle para entrevistar al tal Clif- seguro que es el asesino.
- Venga, vamos a interrogarle- responde el sol?cito sargento.
R?pidamente acuden a Bernard street, donde tiene un apartamento el Sr. Flanagan en el n?mero 105, planta 10A.
Este les estaba esperando:
- Pasen, les estaba esperando, desde que le? esta ma?ana lo de Clara- les dijo al identificarse los policas.
- Sr Flanagan, ?sabe que pas? con Clara, ayer por la tarde?-pregunta Morris.
- Voy a contarles todo desde el principio: Ayer salimos a pasear por el gran r?o a eso de las cuatro de la tarde y cuando llev?bamos una hora o as? se encaprich? con irse sola en la zodiac. No me extra?? porque lo hace muchas veces y al no volver, tampoco me extra?? porque suele ir hasta el embarcadero de la orilla oeste y quedarse hasta tarde tomando algo de cenar con sus amigos del caf? Explendor.
- Si, lo conozco, y ?ya no volvi? ni ella ni supo m?s de la zodiac?-indaga el inspector.
- Nada hasta esta ma?ana que le? el peri?dico- contesta un poco molesto el Sr. Flanagan.
- ?Puede decirnos donde estuvo usted el resto del d?a?- pregunta Morris, mientras el sargento toma notas a toda prisa.
- Bien, al ver que no ven?a me fui a buscarla, pero estuvo conmigo todo el tiempo Mickey y Starky que son los pilotos del yate. Ellos pueden atestiguarlo- casi grita Flanagan.
- Bien est? a nuestra disposici?n y no abandone la ciudad- se despide Morris.
Al llegar al gran caf? Explendor un acompa?amiento musical le hizo pensar sobre un detalle que se le hab?a pasado antes:- Si hab?a ido en la zodiac hasta el caf?, evidentemente alguien la cogi? para llevarla hasta la orilla opuesta una vez muerta, porque el bot?n era la clave. Si el bot?n no hubiera estado junto al cad?ver, esto hubiera sido de otra forma. La clave estaba en encontrar la endemoniada zodiac. Y otra cosa:
? En una zodiac se va con ropa de calle?
En el caf? dos b?rmanes confirmaron su estancia all? por un rato breve y la salida del mismo en compa??a de un hombre que no acertaban a describir.
Continuar?

....

Publicado por interazul @ 19:25
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Martes, 21 de marzo de 2006
El pe?asco

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Desde muy ni?o estaba intrigado con la ascensi?n al cerro m?s alto de mi pueblo. Hab?a en todo lo alto un pe?asco de unos cinco metros de altura y dos o tres de anchura, que se convert?a todas las primaveras y veranos en la cima a escalar por todos los muchachos y algunas muchachas del lugar. Ven?an incluso de pueblos vecinos y hasta hac?an apuestas de quien llegar?a antes a lo alto y pondr?a su nombre sobre el pe?asco.
Yo a los siete a?os ya estaba deseando intentarlo.
- Ni se te ocurra Pedr?n, que no tiene asideros- me dec?a mi padre- y ya sabes que varios muchachos se han resbalado y han ca?do por la ladera, y algunos se mataron.
A los ocho a?os:
-Espera a ser mayor, que los ni?os esperan en la base a los mayores- me dijo mi hermano que ten?a ya catorce a?os.
Ese d?a mi hermano Roberto, junto con sus dos amigos Juan y Paco ?el estirao? subieron al pe?asco y yo me qued? en la base entre los matorrales con el hermano de Paco, que se llamaba Lucilo y ten?a siete a?os, y que yo le llamaba Luc?n y se cabreaba.
- Ves Lucin- le digo- nuestros hermanos ya son unos hombres y nosotros lo seremos el d?a que lleguemos a lo alto. T?: ?cu?ndo lo vamos a intentar?
- Yo nunca, me da miedo resbalarme y caerme- respondi? el tonto de Lucin.
- Pues yo el a?o que viene o a lo m?s al otro lo intento, tontorr?n.

Y despu?s de una hora viendo a nuestros hermanos en lo m?s alto del monte, me mor?a de envidia y me promet?a que al a?o siguiente ser?a yo el que escalara tan preciado lugar.
Pasaron a?n otros tres a?os m?s y segu?a con las ganas de ser mayor para realizar la gran haza?a. Como todos los hijos menores que tienen hermanos m?s grandes, yo ten?a que superar a mi hermano Roberto y hacerlo el a?o que cumpliera doce a?os.
Y el gran d?a lleg?. El cinco de mayo me dispuse a alcanzar la cima. Llam? a Luc?n y a otro amigo de trece a?os que se llamaba Iv?n y los tres nos dispusimos a dejar peque?os a nuestros hermanos mayores. Llev?bamos un punz?n de acero y dos maromas gordas de ocho metros de largas cada una. Hab?amos pensado lo siguiente:
Iv?n subir?a el primero clavando el punz?n en los pocos intersticios de la roca con una de las maromas al hombro y la otra agarrada a la cintura con un gran lazo y atada a la encina cercana. As?, pensamos, si se ca?a no se ir?a por la parte de abajo, la del otro lado, que era en talud, sino hacia la encina y adem?s, una vez en lo alto, nos tirar?a la otra maroma para que trep?ramos los m?s peque?os.
La ascensi?n comenz? a las once de la ma?ana de aqu?l s?bado soleado. Iv?n se resbal? tres veces, pero lleg? a la cima sin demasiados problemas.
- ?Chicos, ya estoy en lo alto!- nos chill?- ?os atrev?is?
- Yo s?-respond?- pero Luc?n dice que nos guarda la botella de agua.
- Venga, venga, Pedr?n, que se ve la vista del valle muy bien.
Y por la maroma que hab?a dejado resbalar desde lo alto comenc? a subir. La maroma estaba sujeta por el pincho de acero y debajo de una piedra y del zapato de Iv?n. Parec?a seguro. Cuando llevaba unos tres metros de larga ascensi?n, not? que la cuerda se aflojaba.
-?Iv?n que la cuerda me tira para abajo otra vez!-chill?
- No seas miedica y sigue que est? segura.
El batacazo fue impresionante. La cuerda estaba tazada por la mitad y no soport? el roce con el pe?asco. Ca? de espaldas sobre Luc?n y eso me salv?. Le romp? un brazo y yo dos costillas y una mu?eca: Y gracias a que mi padre y el de Luc?n hab?an salido detr?s de nosotros, prevenidos por el vecino y padre de Iv?n, sino no lo cuento.
Estuve en el hospital cinco d?as y en casa como un mes de reposo y luego dos de recuperaci?n y de rehabitaci?n. Por poco me quedo manco.
Y saben una cosa: ?Ya no volv? a intentar subir al pe?asco!. Cuando algunos me llamaban miedica y mariquita yo me daba media vuelta y me re?a.

Publicado por Lanzas @ 21:01
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S?bado, 18 de marzo de 2006
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LAS HUELLAS




Estaba tan mal, tan desesperada, que cre? que me convendr?a ir por unos d?as a mi playa favorita.
No ten?a ganas de conducir y tom? un autob?s de l?nea para llegar hasta all?.
En realidad no sab?a si aquella solitaria excursi?n me har?a bien, o si por el contrario regresar?a peor a?n.
Me instal? en el hotel en el que ya hab?a parado varias veces que est? situado en la playa. Me puse una ropa m?s c?moda y sal? a caminar. El viento h?medo me acarici? la cara y la tensi?n disminuy?.

Vi que negros nubarrones presagiaban lluvia. El mar, mi amado oc?ano estaba magn?fico, como siempre, aunque en esta tarde parec?a con un color gris?ceo que compartiera mi dolor, mi soledad, mi abandono.
La playa, desierta, ?como mi alma? - pens? - presentaba ese aspecto tan bello, admirado por m?: suave, lisa, amarilla, con huellas de alg?n caminante que me hab?a precedido.
Tuve la impresi?n de ser como aquella arena: pisada, arrastrada por el mar una y otra vez de adentro hacia fuera, golpeada contra los acantilados arrastrada por las olas, indiferente a los dem?s, excepto cuando alguien encontraba una extra?a y bonita concha y se inclinaba para recogerla; entonces, s?, la miraban, se daban cuenta. Estaba ah? siempre para hacer el paso m?s suave a todos los que la pisaran.

Comenz? a caer una fina lluvia mientras yo caminaba al lado del agua oyendo s?lo el rumor de las olas y del viento. En ese momento sent? que el dios de la lluvia lloraba por m? y ese pensamiento hizo que mis l?grimas se mezclaran con las gotas de agua que resbalaban por mi rostro.

Me sent?a abandonada por todos a los que m?s hab?a amado y no sab?a enfrentar mi vida sin esos afectos .Una especie de rabia anidaba en mi coraz?n, rabia por la impotencia de no haber podido recoger la cosecha que hab?a sembrado
.
Me volv? sobre mis pasos. Hacia el Oeste el cielo estaba despejado y un sol declinante se ba?aba en el oc?ano para morir en ?l; pero su ocaso era magn?fico: rojo, rodeado de halos con tonalidades de m?ltiples y bellos colores: rosa, violeta, oro?Mi emoci?n ante esa imagen fue total. Y le grit? al sol, le grit? todo lo alto que pude con mi enronquecida garganta:
-?Sol!, ?te has dado cuenta de tu belleza cuando mueres? ?Dime! ?No te importa que esa maravilla no sea percibida por ti y las nubes que te rodean? ?Para qu? sirve tanta belleza? ?Es tan absurda como todo lo dem?s? ?Sabes? No puedo soportarlo, no puedo. Ten?as que saberlo.
Me detuve agotada por el esfuerzo, el rostro y cabellos mojados, extra?ada conmigo misma, cuando una r?faga de viento o?a que me hablaba:
-??Hola! Soy Eolo. ?Mira! Ellos no necesitan la aprobaci?n ni el cari?o de los dem?s para saber lo que valen y para ser felices. Existen s?lo por ellos. T? deber?as hacer lo mismo. Mira dentro de ti: ?eres tan bella!, ?qu? pueden importarte los afectos de los que no te aman? ?Vive para ti! Dentro de tu maravillosa alma est? lo que buscas desesperadamente: la felicidad.
Los dem?s son necesarios, pero no importa que no est?n ah? para que seas feliz?

Estaba asombrada. Ten?a la impresi?n que me hab?a dormido y so?ado.
El cansancio de tantas noches ausentes de sue?o me jugaba una mala pasada.

Continu? mi caminar hacia el Este; mis pies dejaban en la suave arena mis huellas.
Las olas ba?aban mi camino no muy recto y me parec?a que mi ensimismamiento no hab?a terminado: al mismo tiempo que las olas se acercaban a la arena o?a:
- ?Mira tus huellas! ?Mira tus huellas!
Mir? en rededor; la soledad era absoluta y tuve miedo, miedo de volverme loca.
Las olas segu?an hablando:
-?Mira tus huellas! ?Mira tus huellas!
Gir? mi rostro hacia mis huellas; no exist?an, el mar se las hab?a llevado.
Mir? hacia adelante y comprend?.
Mi pasado, mi forma de concebir la vida se hab?a extinguido. Mi futuro: las huellas a?n por dejar en la arena. Ser?a m?o, s?lo m?o. Las expectativas de felicidad las buscar?a dentro de m?.
De repente me sent? mejor. Mir? hacia el Oeste donde a?n el astro rey no se hab?a decidido a morir y al mirar su belleza, haciendo visera con mis manos, tuve la sensaci?n de que me sonre?a.

Publicado por mariangeles512 @ 13:50
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Jueves, 16 de marzo de 2006
El misterio del cuarto amarillo

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El Sr. Callahan estaba muy cansado despu?s de la agitada jornada de trabajo y como eran las fiestas del lugar hab?a un gran bullicio en el pueblecito mejicano donde se encontraba. La maquinaria que hab?a vendido al Gobierno de M?xico hab?a sido su gran venta del a?o. Seguramente ser?a condecorado cuando volviera a Dallas.
Bueno lo importante ahora era descansar para emprender el regreso al d?a siguiente temprano. Se dirigi? a la ?nica pensi?n del pueblo: ?La Imperial?, en una casona del tiempo de los espa?oles, apenas reformada y con muros de piedra y ventanas peque?as con rejas de hierro.
- Se?or-dijo dirigi?ndose al de recepci?n- necesito una habitaci?n para esta noche.
- Pos, no va a ser mister, estamos llenos por las fiestas-le contesta el so?oliento ventero.
- ?Seguro que no le queda alguna aunque sea peque?a? Estoy muy cansado.
- Bueno, est? el cuarto amarillo, pero esa no se la recomiendo por nada del mundo mister.
- ?Por qu??
- Est? clausurada desde hace muchos a?os, porque en ella murieron, se dice, muchos hu?spedes sin saber las causas. Dicen que aparec?an hinchados y como negruzcos, como asesinados.
- Bueno yo no soy supersticioso- dice Callahan-me quedo ese cuarto.
Y all? se qued? para siempre. A la ma?ana siguiente apareci? muerto en el lecho algo hinchado y amoratado. Los investigadores mandaron aviso a Texas para que vinieran a buscar a Mr. Callahan y de paso que enviaran a unos investigadores norteamericanos para que vieran qu? es lo que pasaba en ese cuarto pintado de amarillo.
El Inspector Morris y su ayudante sargento Ventura peinaron el cuarto de arriba abajo y no encontraron nada sospechoso. La ventana estaba cerrada y su reja intacta. La puerta hab?a permanecido cerrada durante toda la noche desde dentro y s?lo a la ma?ana siguiente cuando fue la de la limpieza con su llave maestra a entrar, ?sta hab?a sido abierta. El equipaje estaba sin revolver y las ropas de la cama no presentaban manchas sospechosas. La autopsia hab?a rebelado un nivel en la sangre de un veneno desconocido, pero Mr. Callahan no hab?a tomado nada en la fonda el d?a anterior y nadie m?s hab?a resultado intoxicado.
El sargento Ventura de origen hispano propuso al Inspector una cosa: Se iba a quedar toda la noche en la habitaci?n encerrado y ?l permanecer?a fuera sentado. Ten?an que aclarar este misterio.
El posadero puso s?banas limpias y le dio la llave del cuarto con cierta desgana.
Ventura se ech? en la cama sin desnudarse y observ?. La habitaci?n ten?a un armario de madera en la pared de enfrente que hab?a sido casi desguazado para buscar algo, aunque sin saber el qu?. La cama era tambi?n de madera y de altas patas y debajo de la cama las baldosas estaban perfectamente pegadas. La mesilla ten?a una jarra con agua y un vaso. La ventana estaba encima de la cama y estaba perfectamente cerrada y con una cortina que corrida apenas dejaba entrar la luz de la luna, aquella noche llena.
Estaba dispuesto a permanecer toda la noche despierto, porque adem?s las canciones de los mariachis de la taberna cercana acompa?aban para ello. Las horas transcurr?an despacio y cada hora el Inspector Morris golpeaba la puerta:
- Ventura, ?Alguna novedad?
- No se?or, nada. Todo sigue igual-respond?a el sargento, pero a eso de las cuatro el sue?o le rindi?.
- Sargento, sargento, despierte- voce? Morris
Al no recibir respuesta Morris abri? con la llave maestra. Ventura estaba inconsciente sobre la cama y una gran ara?a del tipo tar?ntula se deslizaba por la colcha y de forma precipitada se introdujo en el armario. Morris la dispar? cuando se encaramaba hacia el techo del mismo. El bicho cayo retorci?ndose en el suelo.
R?pidamente se acerc? al sargento y vio los dos peque?os orificios de los quel?ceros en el cuello, Apenas perceptibles, pero all? estaban. Succion? con fuerza el veneno y dijo al posadero, que hab?a acudido al oir el disparo:
- Corra avise al m?dico.
El m?dico acudi? con el ant?doto. No era raro en aquel lugar las tar?ntulas.
Una vez evacuado Ventura al hospital comarcal, Morris se acerc? al armario con sumo cuidado. En lo alto hab?a un orificio que se perd?a en el techo de la habitaci?n y en ?l hab?a estado siempre un nido de tar?ntulas. Estos animalitos viven muchos a?os, sobre todo las hembras y necesitan muy poco alimento para subsistir, el calor humano en la noche las puede despertar y los pelos urticantes que poseen son sumamente peligrosos, m?s que el veneno de los quel?ceros.

Publicado por interazul @ 13:36
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Martes, 14 de marzo de 2006
Fren?tico desencuentro


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La llamada que recib? ese cuatro de marzo fue para m? inquietante y ya imborrable de mi mente.
S?lo dos frases: ?Te acuerdas de Mar?a Jes?s? Soy yo. Y colg?.
Al principio, me pareci? una broma y no recordaba a ninguna Mar?a Jes?s a la cual debiera algo o a la cual hubiera prometido algo que no hab?a cumplido. A las dos horas de devanarme el cerebro pens?: ?Ser? mi primer amor??C?mo es posible, despu?s de casi treinta a?os, que se acordara de mi? Ten?amos unos quince a?os cada uno, cuando eso y la verdad, apenas hab?a conocido a otra Mar?a Jes?s o seguramente si las conoc?, aquella otra eclips? todos los dem?s nombres iguales.
?Y por qu? no salir de dudas? El n?mero del tel?fono le ten?a grabado en el m?o y todo era marcarlo. Descolgu? el inal?mbrico con parsimonia y casi con miedo. Lo volv? a colocar en su base y me propuse pensar lo que dir?a. Si no era ella, no tendr?a problema, pero ?si era ella? El coraz?n me lat?a a ciento veinte por lo menos y como siempre me tuve por decidido en esto de las mujeres, no en balde me cas? con la m?s guapa de mi ciudad, en competencia con unos cien mil conciudadanos que la pretend?an. Y eso fue por decidido, Pero, claro ahora, con la vida ya resuelta casi para mis hijos y con una mujer algo cansada de mis incongruencias, la aventura, me parec?a impresionante.
-?Eres Mar?a Jes?s?-pregunt? por el auricular.
- Si, si- contest? una voz melodiosa y que me pareci? como dulce y c?lida- y t? eres Mario, te reconozco la voz, es la misma que hace treinta a?os- contin?o, dej?ndome helado y sin resuello.
- Entonces- acert? a decir, despu?s de una pausa- eres la Mar?a Jes?s que conoc? cuando adolescente y ?te acuerdas de mi ahora?
- Yo nunca te he olvidado. Mis padres impidieron nuestra relaci?n, ?recuerdas? Porque cre?an y estaban en lo cierto, que era muy joven. T? eras muy lanzado y yo te esper? hasta los dieciocho a?os y entonces me enter? de que te olvidaste de mi r?pido. ?Te echaste otra novia enseguida!?Malvado!
El o?rla decir eso casi me hace llorar. ?Era posible? Su voz me parec?a angelical, como ahora la recordaba de entonces. ?Qu? pod?a decir a este encanto de mujer?
- Me conmueve lo que dices. Yo pens? que no quer?as saber nada de m?. La verdad es que al ultimo que o? fue a tu padre al tel?fono: ?Joven, mi hija es una ni?a, no la llame m?s?- recordaba aquella frase como si hubiera sido ayer- Pero ?por qu? me llamaste hoy?
- Porque me qued? viuda y nunca te he olvidado y espero, que como soy una mujer y t? un caballero, no me prives de lo que m?s he deseado todo este tiempo: El hacer el amor contigo. Creo que ya estar?s harto de tu mujer, como todos los esposos despu?s de tantos a?os y por eso me atrevo a proponerte lo que no hice ni a mi marido nunca- me escopet? y me dej? sin palabras.
- Bueno, bueno-balbuce?- no debo pensarlo. Esta proposici?n tampoco me la ha hecho nunca mi mujer. Es decir, yo la requer? tanto y ella tampoco, que ya dej? de hacerlo hasta yo. ?D?nde vives ahora?
- Pues en Valencia y t? en Sevilla, ?no?. Bueno all? te llam?, al enterarme por unos escritos que enviaste a un peri?dico y pregunt? a la Telef?nica por tu n?mero. No se me olvidaron tus apellidos nunca ?y los m?os, les olvidaste?
- Desde luego que no- y se los dije sin dudar.
- Pues ven en cuanto puedas, Quedamos en un hotel, m?s que nada por mis hijos y por la memoria de mi marido, no me atrevo en mi casa.
- Ma?ana mismo estoy all?, que es s?bado y no hay problema.

Corr? o vol?, m?s que corr?, a sacar el billete de avi?n de ida y vuelta para el fin de semana. A mi mujer le cont?, que me hab?a surgido un simposio en Valencia sobre las ultimas t?cnicas de acerado del vidrio y se lo crey?.
Al llegar a la capital del Turia, la cual no visitaba desde hac?a a?os, me sent? un poco extra?o. Nunca hab?a enga?ado a mi mujer, aunque ella pensara otra cosa. No hab?a sido capaz de irme con otra, sobre todo porque me enamor? como un loco de ella desde que la conoc? y lo que no quer?a para mi, tampoco lo quer?a para ella. Realmente, ?podr?a enga?arla ahora?
Esper?, como hab?amos convenido, para llegar juntos al Hotel que hab?a reservado, en una cafeter?a cercana. La llam? al m?vil, y por un minuto pens? ?Y si todo ha sido una broma? Su tierna voz me trasport? al cielo de nuevo. Estaba llegando.
A los dos minutos baj? del taxi y la v? entrar. Sab?a que era ella, porque me hab?a mandado una foto por e-mail. Era rubia, esbelta, con un vestido rojizo, adornado con un cinto marr?n y un cuello del mismo color, y con zapatos que cubr?an unas medias de cristal tambi?n marrones, casi beige. El bolso del mismo tono le colgaba con gracia sobre el hombro. Me acerqu? a ella: ?Mar?a Jes?s?
- Mario, soy yo. T? voz es ?nica para mi e inconfundible, aunque te veo algo m?s viejo, jajaja-brome?.
- T? eres la chiquilla que conoc? hace treinta a?os. Has cambiado para bien-la pirope?.
- Bueno tomemos unos caf?s y vamos a lo que vamos-ya no me sorprend?a la forma de hablar de aquella mujer.
La enlac? por la cintura y cogiendo mi malet?n con la otra mano, despu?s de absorber los negros y calientes cafetitos salimos hacia el hotel.
La habitaci?n estaba en la cuarta planta y seg?n entraba por la puerta la desabroch? la cremallera con una pericia, que hasta yo qued? maravillado, toqu? la piel de su espalda, tersa y suave, que para una mujer de m?s de cuarenta a?os parec?a un regalo de los dioses. Encontr? el broche del sujetador y mientras la besaba en la boca gordezuela y sensual, se lo quit?. Unos maravillosos senos, algo ca?dos, pero naturales y grandes fueron el regalo para mis manos. El vestido call? al suelo y ella susurr?: ?no vayas tan lento, llevo esperando esto treinta a?os!
S?lo las braguitas de color azul y con puntillas de ribeteo separaba mi sexo del suyo en los dos minutos siguientes. La llev? junto al borde la cama y ya estaba baj?ndoselas, cuando mi m?vil son?. ?Qu? pedazo de tonto soy, no lo desconect?!
- Diga-pregunt?.
- ?Qu? tal el viaje? Se te olvid? llamarme-era mi mujer.
- Pues bien. T? ?qu? tal?-pregunt? y creo que Mar?a Jes?s me miraba sabiendo lo que estaba pasando y vi como se sub?a las bragas y se pon?a el sujetador de nuevo.
- Pues me encuentro muy sola. No me acostumbro a estar sin ti, aunque muchas veces no lo demuestre- me dijo.
- Bueno s?lo son dos d?as amor. Ma?ana ya estamos juntos otra vez. Es que tengo cuatro reuniones sin parar. Con los de comercial, con los de finanzas y con los de talleres- ment? como nunca hasta entonces lo hab?a hecho.

Al colgar me vi diminuto y sin fuerzas para continuar. Si mi mujer tanto me echaba de menos,? por qu? no me hab?a requerido alguna vez? ?Cosas de la vida!, pens?.
Mar?a Jes?s ya se hab?a enfundado el vestido y se estaba retocando el pelo en el lavabo. No hac?a falta palabras, Ella me dijo: Me precipit?, creo que debo a?n esperar a que t? seas libre, si es que lo eres alg?n d?a. Yo te quiero, pero esto que ?bamos a hacer es una traici?n a tu mujer y yo s? que t? sigues siendo un esposo ideal. ?por qu? no me esperaste, hace a?os?
- Nunca supe que me quer?as. Ya veo que te casaste despu?s que yo e intuyo que por despecho y no por amor. Yo era un joven muy enamoradizo y deseoso de mujeres y enseguida encontr? a la m?s bella de la ciudad, que fue para mi y a?n lo es, como un pastel inacabable. La verdad es que no soy muy dichoso, porque parece que el matrimonio ahoga todas las dichas frente a los problemas, pero sigo am?ndola y t? me turbas, pero quiero ser tu amigo y no tu amante.
- Lo comprendo, Mario, lo comprendo. Vamos a despedirnos como amigos y seguiremos deseando, al menos yo, lo que siempre quise y nunca me atrev? a pedir. La familia es lo m?s importante y no debemos romperla.

Nos despedimos y ya nunca he sabido m?s de ella. Estuve y estoy tentado muchas veces de llamarla, pero pienso: ?Para qu?? Esto no tiene sentido. Ha sido un sue?o bonito, y nada m?s.

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Domingo, 12 de marzo de 2006

LAS GAVIOTAS
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El rumor que producen las olas en esa maravillosa playa andaluza, s?lo hoyada por los pescadores en invierno y llena de turistas en verano es algo incomparable. Rugen sobre la arena amarilla ribeteada de festones negros, por la mezcla de rocas, como peque?os leones que necesitan saciar su hambre, que es la orilla.
En los meses de invierno, antes de que la primavera llegue, me gusta pasear por ella aunque tenga que recorrer muchos kil?metros para arribar. Apenas los pescadores y yo andamos disput?ndonos las suaves arenas como seres humanos. Pero existen otros habitantes incansables de ella: las gaviotas.
Las blancas gaviotas de vientre casi azul se extienden en bandadas sobre ella. Unas descansan junto al mar, otras se elevan sobre el oc?ano en busca de alimento y algunas se alejan de los grupos como absorbidas por la inmensidad que las rodea de agua y arena.
Un d?a se me ocurri? una idea. Si las echara pedacitos de pan sobre la arena. ?Ir?an a por ellos? O ?Ya est?n suficientemente alimentadas con los peces y con los restos que dejan los pescadores?
Cog? dos bollos y los tritur? en pedazos no m?s grandes que una nuez y con pausa me dirig? hacia una bandada de los enhiestos p?jaros, y cu?l ser?a mi sorpresa, cuando a los primeros trozos, se elevaron por encima de mi cabeza cu?l coro de ?ngeles gru?ones, tratando de coger al vuelo los peque?os tesoros de harina elaborada.
Algunas iniciaron una peque?a pelea para disputarse el min?sculo trozo, que de inmediato cesaba al ser engullido por la m?s r?pida.
Me segu?an, unas por la arena, otras por el aire. Los dos bollos no duraron m?s de dos minutos, que yo intentaba prolongar. A mi me parecieron dos segundos. Llegu? a acordarme de ?Los p?jaros? de... Alfred Hisckot. ?Y si me atacan al ver que no tengo m?s preciado majar? Pero eso no ocurri?. Como si una alabanza me quisieran hacer, revolotearon por encima de mi cabeza durante dos minutos y al ver que ya no hab?a m?s para repartir se posaron mansamente en la playa.
Al d?a siguiente repet? el experimento y el ?xito fue may?sculo. Llev? cuatro bollos y dos barras de pan y durante diez minutos estuve repartiendo pedacitos entre una bandada cada vez m?s numerosa, con algunos polluelos peque?os correteando alrededor, y el coro era igual: bajaban y sub?an hacia el cielo con sus graznidos entre rugientes e implorantes. El espect?culo lo ten?a que haber grabado y prometo hacerlo otro d?a.
El temor a los p?jaros, para el que lo tenga, debe ser desterrado, como en general a todos los animales que viven en libertad. Ellos quieren ser amigos del hombre, s?lo que quieren recibir algo a cambio. Esto tambi?n es cierto.

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Domingo, 05 de marzo de 2006
El intruso

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Iba caminando por la acera, aquella noche nublada, cuando al doblar la esquina, me tope con Felipe Cabrera.
Felipe Cabrera es el capataz de las obras del ensanche del metro, en la l?nea diez, la que enlaza Fuencarral con Plaza de Castilla y es un hombre muy chapado a la antigua como si dij?ramos. Le gusta que las mujeres no trabajen fuera del hogar y que los hijos obedezcan a sus padres en todo, les manden lo que les manden. Como le conozco desde nuestros estudios de Maestr?a Industrial desde hace ?m?s a?os que la Tana?, que es como decir desde que and?bamos tirando piedras al Manzanares antes de la construcci?n del Estadio que llevaba su nombre, sab?a que esa noche iba a ser larga donde las haya.
Me salud? tan efusivamente, de tal manera que del abrazo que me dio casi me rompe dos costillas y me hace saltar las l?grimas.
- ?C?mo te encuentras, chaval?- siempre me dice lo mismo desde los a?os escolares.
- Bien, Felipe, bien, voy con algo de prisa para perderme la serie de ?Los ladrones van a la oficina?-le contest?, por ver si me dejaba enseguida.
- T? hoy no ves la serie esa basura, t? vienes conmigo a la tasca del Jabugo, que nos vamos a hartar de vino viejo y de tapas con jam?n, tortilla y lomo, como hace al menos dos a?os que no hacemos-me atrap? el condenado.
- Como quieras Felipe, como quieras, que no hay qui?n te lleve la contraria.
Y all? nos encaminamos, cerca de la Plaza de Castilla, en la calle del Capit?n Haya. Una vez dentro del local, de raigambre madrile?a donde los haya, nos acercamos a una mesa de madera antigua y pedimos una jarra de vino de Pe?afiel, una raci?n de tacos de jam?n y otra de queso, ?para empezar!-le dijimos al camarero, y enseguida empez? el amigo Felipe:
- Mira, Rafael, lo que me pas? el otro d?a en el subsuelo madrile?o: estamos, como sabes ampliando la l?nea 10, que ya es hora de que lo hagamos, y los trabajadores de la pala extractora encuentran unos restos de huesos, que parecen humanos. Y no se les ocurre m?s que llamarme para que los viera. All? me acerqu? y cu?l ser?a mi sorpresa cuando al verles, a m?s de cuarenta metros de profundidad, noto que son de pl?stico, de pl?stico duro- continuaba mi amigo sin descanso, y s?lo se deten?a para sorber un trago de vino, mientras yo me hartaba de taquitos de jam?n y de queso-Y me pregunto: ?C?mo es posible que a estas profundidades, desconocidas antes por los humanos haya, no huesos, sino huesos de pl?stico?
- Es incre?ble, pero anda come algo, que de vino ya vas bien servido-le interrump?.
- Ya, ya, Rafael- por primera cogi? un taco de jam?n y lo engull? -pero es que la historia es para no dormir. Est?n investigando los del Ministerio, c?mo puede ser esto. Pero yo tengo mi teor?a montada. En tiempos muy remotos, los due?os de la Tierra no eran los hombres, sino otros seres, y como ahora hacemos juguetes de pl?stico de dinosaurios, de perros o de monos, aquellos, digamos, protohombres hac?an mu?ecos de humanos, porque para ellos eran seres inferiores. Es la ?nica explicaci?n que encuentro y estaba deseando cont?rselo a alguien inteligente como t?.
Mario se abalanz? sobre los restos de jam?n y pidi? una tortilla de una cuarta de alta y otra jarra de vino tinto de Rivera de Duero, que era el m?s le gustaba.
- No creo eso posible, es muy poco cre?ble, lo que dices-me atrev? a contradecirle.
- Dame t? otra explicaci?n, anda, ?chaval!- salt? Felipe.
- Pues yo creo que un grupo de ecologistas, que como sabes se oponen a todas las obras contra la Naturaleza, os han metido unos huesos para parar el trabajo y que la Empresa constructora se arruine esperando- aventur?.
- Pero esos, esos, son capaces de meter huesos y hasta seres vivos all?. No lo har?an de pl?stico, sino de verdad, para que fuera m?s cre?ble.
- Bueno as? tambi?n molestan. ?No dices que est?n investigando?-pregunt?.
Despu?s de terminar con el vino y la tortilla acordamos volvernos a ver la semana siguiente y tener datos m?s concretos.
No a la semana siguiente sino al d?a siguiente leo en la prensa:
?Un intruso detenido en las obras del metro?:
Un hombre de unos cuarenta a?os de edad ha sido detenido por la polic?a en los t?neles del metro, despu?s de ser alertados por la Vigilancia privada de la Empresa constructora. Se encontraba en la parte en obras y al detenerle se le incaut? un gran saco d?nde llevaba huesos de pl?stico imitando a humanos. Al interrogarle, conocemos por fuentes policiales, el intruso dijo que estaba harto de ense?ar a sus alumnos con esqueletos de pega y como no sab?a como deshacerse de ellos los estaba enterrando en las obras. Seg?n fuentes generalmente bien informadas, el intruso no est? bien de la cabeza y se dedica a robar en los Institutos todo lo que pilla. Se sigue investigando.

Publicado por interazul @ 17:30
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