Domingo, 12 de marzo de 2006

LAS GAVIOTAS
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El rumor que producen las olas en esa maravillosa playa andaluza, sólo hoyada por los pescadores en invierno y llena de turistas en verano es algo incomparable. Rugen sobre la arena amarilla ribeteada de festones negros, por la mezcla de rocas, como pequeños leones que necesitan saciar su hambre, que es la orilla.
En los meses de invierno, antes de que la primavera llegue, me gusta pasear por ella aunque tenga que recorrer muchos kilómetros para arribar. Apenas los pescadores y yo andamos disputándonos las suaves arenas como seres humanos. Pero existen otros habitantes incansables de ella: las gaviotas.
Las blancas gaviotas de vientre casi azul se extienden en bandadas sobre ella. Unas descansan junto al mar, otras se elevan sobre el océano en busca de alimento y algunas se alejan de los grupos como absorbidas por la inmensidad que las rodea de agua y arena.
Un día se me ocurrió una idea. Si las echara pedacitos de pan sobre la arena. ¿Irían a por ellos? O ¿Ya están suficientemente alimentadas con los peces y con los restos que dejan los pescadores?
Cogí dos bollos y los trituré en pedazos no más grandes que una nuez y con pausa me dirigí hacia una bandada de los enhiestos pájaros, y cuál sería mi sorpresa, cuando a los primeros trozos, se elevaron por encima de mi cabeza cuál coro de ángeles gruñones, tratando de coger al vuelo los pequeños tesoros de harina elaborada.
Algunas iniciaron una pequeña pelea para disputarse el minúsculo trozo, que de inmediato cesaba al ser engullido por la más rápida.
Me seguían, unas por la arena, otras por el aire. Los dos bollos no duraron más de dos minutos, que yo intentaba prolongar. A mi me parecieron dos segundos. Llegué a acordarme de “Los pájaros” de... Alfred Hisckot. ¿Y si me atacan al ver que no tengo más preciado majar? Pero eso no ocurrió. Como si una alabanza me quisieran hacer, revolotearon por encima de mi cabeza durante dos minutos y al ver que ya no había más para repartir se posaron mansamente en la playa.
Al día siguiente repetí el experimento y el éxito fue mayúsculo. Llevé cuatro bollos y dos barras de pan y durante diez minutos estuve repartiendo pedacitos entre una bandada cada vez más numerosa, con algunos polluelos pequeños correteando alrededor, y el coro era igual: bajaban y subían hacia el cielo con sus graznidos entre rugientes e implorantes. El espectáculo lo tenía que haber grabado y prometo hacerlo otro día.
El temor a los pájaros, para el que lo tenga, debe ser desterrado, como en general a todos los animales que viven en libertad. Ellos quieren ser amigos del hombre, sólo que quieren recibir algo a cambio. Esto también es cierto.


Publicado por Lanzas @ 19:40
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Publicado por Invitado
Domingo, 13 de abril de 2008 | 1:36
felicitaciones, me hiciste transportar a ese sitio. Me encanto el cuadro.