Martes, 21 de febrero de 2006
LOS GORRIONES (EL FINAL)

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La ceremonia fúnebre había terminado. Unas flores, cuyos pétalos se esparcían sobre la lustrosa lápida, semejaban lágrimas sobre los brillantes nombres en dorado de los que allí descansaban.

Los hijos y amigos de la anciana caminaban hacia la salida del camposanto bordeado de hermosos árboles, hablando en voz baja deseosos de que todo aquello acabara de una vez.
Habían tenido que desplazarse desde lejos y ahora tenían ante ellos el problema de vender la casa paterna y repartirse el importe de la venta entre los tres hermanos.
En la puerta de la morada final despidieron amablemente a sus allegados y se encaminaron a un coche de magnífico aspecto que les esperaba estacionado cerca de la entrada.
Cuando hubieron subido al automóvil, éste se encaminó hacia la carreterita que conducía a la que fuera la casa en la cual los ocupantes vivieron su adolescencia.

Llegaron a la pequeña calle sin salida donde estaba ubicada. El perro les saludó con fuertes ladridos al percibir su presencia.
Los hermanos bajaron y el mayor introdujo la llave en la cerradura. Entraron en silencio.
La casa vacía gritaba la ausencia. El perro había callado, a los gatos no se los veía y a los gorriones ya sin ama, no se les oían sus gorjeos.

Pasaron al espacioso salón y se acomodaron en un sofá. La menor de las hermanas decía:
-Yo no quisiera vender esta casa. Aquí hemos vivido cuando éramos muy jóvenes y hemos sido muy felices…
-¡No!, déjate de sentimentalismos, Cristina - le atajó el mayor - . Con qué objeto vamos a quedarnos con esta casa si todos tenemos ya residencia de verano. Aparte que sale bastante cara mantenerla. No, hay que tratar de venderla cuanto antes.

El que así hablaba, miró hacia un lado de la pared y vio colgados en ella fotos de él vestido de marino, del tiempo de su servicio militar en la Base Naval de Rota; la hermana mediana estaba también muy guapa acompañada de su actual marido en el día de su boda; y la pequeña colgaba en otra foto vestida de largo y con una bella sonrisa en el día de su graduación.
Todos estaban allí, aunque ellos hacía mucho tiempo que dejaron de visitar a la madre.
Al mirar todas aquellas fotos ricamente enmarcadas sintieron algo desagradable en su interior. Ellos no habían sido olvidados.
Se levantaron y decidieron visitar las distintas dependencias. Pasaron al dormitorio de la madre ausente. Sobre un chiffonier, un cuaderno de pastas viejas se ofreció a la vista de los hermanos. El mayor lo abrió y con sorpresa vio que era suyo. Una especie de diario que él había escrito en sus años de Instituto. No tenía idea de cómo había ido a parar allí.
Abrió el cuaderno por el final; asombrado vio que la madre había escrito algo allí.

“Querido hijo, aunque tú parece que ya me olvidaste, yo no he podido conseguirlo, ni tampoco lo he intentado. Te quiero como el primer día que te vi.
Siempre hice las cosas lo mejor que supe, lo cual no quiere decir que no me haya equivocado. Sé que en algún momento te he decepcionado, lo sé, pero me gustaría que pusieses en una balanza mis fallos y mis errores contigo, en un platillo, y en el otro, todo lo que te he dado y no me refiero a cosas materiales. ¿De qué lado se inclinaría el fiel de la balanza?
Ya no importa, sólo importa que sepas que te quiero, aunque hace muchos años que parece que me olvidaste.
Seguro que si algún día lees estas líneas, yo ya no estaré; no lo sientas. Hace mucho tiempo que mi vida carecía de sentido.
Vosotros, mis hijos, fuistéis lo que la dio sentido, el "Norte" que siempre anduve buscando desesperadamente. Una vez que os perdí, mi vida se cayó a pedazos.”

El joven depositó con sumo cuidado su antiguo cuaderno en el mueble mientras una inoportuna lágrima descendía por su mejilla.
Salió solo al jardín, y a la derecha, tras la puerta de barrotes de hierro, el perro en pie, expectante, mirándole con sus maravillosos ojos color miel, parecía dirigirle una muda pregunta:
-¿Qué vas a hacer ahora conmigo?
El desasosiego se apoderó del hombre que giró su mirada hacia las copas de los árboles que su madre plantara. Sus frutos colgaban magníficos, pero lo que más le llamó la atención fue que decenas de gorriones estaban posados en sus ramas.

Entró precipitadamente al interior. Pasó por la puerta del que fuera el despacho de sus padres. La abrió y penetró en él. Todo aparecía en perfecto orden, limpio, cuidado.
Echó una ojeada a las estanterías repletas de libros, muchos de los cuales él había leído.
De repente sus ojos fueron captados por un libro cuyo tomo parecía no encajaba en el conjunto. Se acercó y lo tomó en sus manos. La emoción le embargó por completo.
En el lomo se leía: “Caracterización de canal para ADSL HDSL.” Su nombre a continuación. ¡Era su proyecto de fin de carrera!
La madre lo había guardado amorosamente colocándolo en un lugar preeminente al lado de grandes libros como La Biblia.

Y de repente, entendió. Lamentó profundamente su conducta con aquella mujer. Pero, ya era tarde, muy tarde.
Ella había tenido aquella casa como un santuario dedicado a sus hijos a pesar del olvido.
Una oleada jamás sentida arrasó su corazón dejándolo vacío de todo rencor.

Salió del despacho y se dirigió al salón donde las hermanas charlaban de viejos recuerdos. Tomó asiento y habló con voz muy grave:
-¡Mirad! Quiero deciros algo. Esta casa no se vende.
Las dos mujeres le miraron atónitas. ¿Qué había ocurrido? Si era él quien quería vender a cualquier precio la hermosa casa paterna.
Pero, ¿y ése cambio? – preguntó la mayor.
-Muy sencillo: esta casa la conservó nuestra madre en recuerdo nuestro; yo, ahora, la conservaré en recuerdo suyo y para el cuidado de los seres que tanto amaba.
Los ojos de las hermanas brillaron como si miles de luceros se hubiesen aposentado en ellos; se levantaron y abrazaron efusivamente al hermano.

Cuando salían hacia el automóvil el perro asomado a la tapia lanzaba alegres ladridos, los gatos habían salido no supieron de dónde y decenas de gorriones levantaron el vuelo formando un corazón.


Publicado por mariangeles512 @ 22:06  | Familia
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El cardenal RichelieuImagen
Armand Jean du Plessis, cardenal Richelieu, era un hombre de carácter violento, brutal y autoritario. Su principal objetivo fue conseguir una Francia unida y poderosa bajo el poder absoluto de la Corona Real
El cardenal Richelieu (1585-1642) es un personaje de la Historia de Francia que recordaras fácilmente, pues ha sido protagonista de multitud de películas, obras de teatro y un sinfín de relatos de aventuras. Destacó brillantemente dentro del ámbito político por su capacidad como gobernante y administrador e impulsor del absolutismo real. Fue el escritor Alejandro Dumas quién, 200 años después de su muerte, lo inmortalizó en la novela Los tres mosqueteros, (1844) con su entrañable grito de guerra “Uno para todos y todos para uno”, donde lo presentaba como el gran enemigo irreconciliable de sus héroes Athos, Porthos, Aramis y d’ Artagnan.
Richelieu empleó todos los medios a su alcance para asegurar el poder absoluto de la corona real. Imaginaros lo que supone en la actualidad implantar una ley o aplicar nuevos impuestos. Pues en aquellos tiempos era mucho peor, al carecer, entre otras cosas, de información. Los impuestos llegaron a ser insoportables a consecuencia de las continuas guerras. Las numerosas protestas eran sofocadas con gran violencia. Por estas razones, Richelieu tuvo que soportar conspiraciones, aunque sobrevivió a ellas. Murió odiado por todos.
El rey era la imagen viva de la divinidad en la tierra y la majestad real era la segunda después de la divina. Su manera de gobernar y ver la vida se resume en tres aspectos. El primero estuvo ligado a la religión y fue arruinar a los hugonotes; es decir, a los protestantes franceses, no católicos. El segundo fue conseguir la humillación y sumisión de la nobleza y el último, restablecer la hegemonía de Francia en el resto de Europa. Se le atribuyen frases que reflejan estas inquietudes: "Nunca emprendo nada sin haber reflexionado previamente, pero una vez que he tomado una determinación, voy directo a mi objetivo, si es preciso lo derribo todo y lo siego todo, y luego cubro el resultado con mi roja sotana".
Descubierto un complot que pretendía llegar incluso a su asesinato, la reacción de Richelieu fue enérgica y radical, ordenando la ejecución de varios miembros de la alta nobleza y la detención o el exilio de los personajes influyentes que habían participado en la conjura. La guerra de La Rochelle fue el otro gran asunto que ocupó su atención como estadista. La rebelión de los protestantes alcanzó un punto de enorme peligro, no ya solamente porque suponía una grave contestación a la política absolutista, sino también por la ayuda que estaban recibiendo los sublevados de los ingleses, concretada en la participación activa y en la presencia en territorio francés de fuerzas extranjeras.
Hijo del duque de Richelieu, tuvo una esmerada educación, destacando en los estudios filosóficos. El rey Enrique IV de Francia le orientó para que siguiera la carrera eclesiástica. En 1607, Richelieu fue a Roma a recibir el sacramento del sacerdocio. El Papa, le preguntó antes de hacerle obispo: “¿Tenéis la edad requerida para recibir esta gracia?” A lo que él respondió que sí. Fue ordenado, aunque, tras acabar la ceremonia, el joven prelado quiso pedir perdón al Santo Padre y le confesó: “Os mentí Santidad, pues no tengo la edad que dije” Ante esta situación, el Papa Paulo V sonriendo, exclamó: “ Questo Giovane sará un gran furbo”. Traducido a nuestros días, pronosticaba, que en breve, sería un pájaro de cuidado. Richelieu adquirió prestigio como predicador y teólogo, gracias a su capacidad oratoria en sus sermones y la delicada forma con que trataba los asuntos.
En cierta ocasión se encontraba acosado por una persona que le solicitaba audiencia insistentemente. Al no poder retrasar más tiempo dicho encuentro el cardenal accedió a la cita. Una vez en el despacho, el ministro le reprochó su insistencia y pesadez. El caballero justificándose dijo: “Excelencia, comprended que también yo tengo que vivir”. A lo que le replicó el ministro todopoderoso: “No veo la necesidad de ello, señor”.


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Jueves, 16 de febrero de 2006
La sospecha

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Mario era un hombre muy trabajador y muy hogareño, en cuanto el trabajo se lo permitía.
Vivía feliz con su mujer y sus hijos desde hacía muchos años, ya no recordaba ni cuantos. Había habido problemas, casi imposibles de evitar por asuntos puntuales, pero siempre se habían arreglado.
Pero la historia que le ocurrió le estaba marcando la vida y la convivencia. No se negaba a aceptar un nuevo trabajo, aunque le privara de un poco más de cariño en el hogar. Era un aparejador muy reconocido y todas las obras le salían francamente rentables para sus promotores e interesantes para los compradores.
Los proyectos le llenaban su oficina y un día al llegar a su casa, su mujer, Alicia, le esperaba con una sonrisa, que él conocía como maliciosa.
-¿Me engañas con otras mujeres?-le espetó.
-¿Cómo dices, Alicia?-no acertaba a entender, como, él, que no había sido capaz de estar con ninguna mujer desde que se casó, y no por falta de oportunidades, sino porque la adoraba a ella, podía ser cuestionado en este tema.
- Creo que pasas mucho tiempo fuera de casa y no nos aporta tanto beneficio como debería y eso es porque, según me han dicho unas amigas, me engañas con otras- siguió la mujer.
-Pero, yo te juro, que no he estado con ninguna, más que contigo, y el trabajo me acapara el resto del día. No quiero pedir demasiado por los proyectos y como hemos comprado varias casas y realizado a su vez nosotros, muchas obras y algunos viajes y no privamos a nuestros hijos de ningún capricho, al final nos lo gastamos todo- se defendía Mario, que estaba quedándose pálido al verse tan incomprendido.
-¡Ya, pero ahora creo que me has engañando en muchas cosas!-continuó una Alicia, de pronto desconocida para él.
- Bien, contrata un detective o haz lo que creas oportuno y verás que estás equivocada, y sólo es que te dio un mal viento en la mente, ¡hazlo, por favor! No podemos seguir así.
Mario no acertaba a entender lo que le estaba pasando a su mujer. Había dedicado toda su vida a su familia y al trabajo. El mundo se le derrumbaba y empezaba a no tener sentido nada de lo que había sido su forma de entender la vida.
Ese día ya no se hablaron más y al día siguiente, después de desayunar le dijo a su mujer:
-Tienes que contratar a un detective y que indague sobre mi vida. No se puede vivir con esa sospecha- y sin decir nada más se fue de la casa al “maldito” despacho.
Ya su trabajo empezó a parecerle inútil, sin sentido y como si no valiera para nada.
-Don Mario, ¿qué hago con don Luis Trabancos, el de la obra de la Urbanización de las Acacias?-le dice su secretaria-lleva diez minutos esperando.
Mario, de pronto no sabía que decir. Sus ideas antes tan claras y precisas se estaban diluyendo en un mar de confusiones.
-Dile que le llamaré más tarde- al fin contestaba a su secretaria.
En los siguientes meses se notaba seguido y observado. Sin duda Alicia había contratado un detective para estar segura de que él no mentía.
Se estaba deteriorando en su forma de vestir, antes pulcra y atildada y cuando llegaba a casa apenas cruzaba con su mujer unas frases, que acaban en alguna discusión. Los trabajos empezaron a escasear por su indolencia y no terminaba nunca unos planos pendientes hacía mucho tiempo.
Se notaba enfermo y mascullaba:
-¿Cómo es posible que ella dudara de mi?
No la había mentido ni engañado nunca y se sentía enfermo. Fue de médicos y le mandaron varias medicinas y hasta tuvieron que operarle de unos abscesos, que parecían obra del sufrimiento más que orgánicos.
Y un día, sin mediar palabra con nadie se fue de la oficina a media mañana y con su coche se dirigió al gran cañón, dónde el agua cae desde una altura de unos cincuenta metros y se sepulta en una cola de espuma y piedras en el fondo del tramo del río salvaje, abrupto y seno de piedras grandes. Sin frenar, se llevó por delante la valla que servía de protección a los turistas y entre un chirrido de chapas y de catarata acuosa, el vehículo y el hombre se fundieron en un abrazo mortal sin remedio.
A los dos días fue encontrado a más de dos kilómetros, donde el agua se remasa y acoge en los meandros a las arenas, antes rocas fuertes y luego mansas piedrecillas dónde revolotean pájaros y peces. Apenas se le reconocía y su rostro tenía dibujada una gran mueca de dolor y desesperación.
Ese mismo día, un tal Leopoldo Landrover llamó a la puerta de la desconsolada esposa, desconocedor de la tragedia, con un informe detectivesco sobre Mario López Fraguas, que en resumen decía así: “De la oficina de detectives de Landrover&cía, para Alicia Campoamor.
El Sr López ha mantenido una conducta intachable hasta hace dos días que hemos perdido su rastro. Todas las personas consultadas han manifestado que en su trabajo no hacía más que mencionar a su esposa, como la persona más maravillosa que existía en el mundo. Es más, cuando alguna mujer se le insinuaba, y hay varios testigos de ello, el siempre bromeaba diciendo: Cuando mi mujer me traicione me suicidaré, porque yo no soy capaz de hacerlo mientras ella sea mi esposa y viva conmigo. Tiene en su despacho una gran foto de su esposa y sus hijos y se ha comprobado que ha realizado muchos gastos en regalos para ellos.”
El informe concluía: “Pocos esposos hoy son tan cumplidores y amantes de su propia mujer. No sabemos el por qué su desaparición desde hace dos días, por no poder seguirle tan rápido como montó en su coche, pero lo averiguaremos.”


Publicado por Lanzas @ 23:32
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S?bado, 11 de febrero de 2006
El “gorrazo”.

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En mi pueblo dicen que te han dado un “gorrazo” para todo, desde que te han dado una torta por no hacer caso a tu papá o que te han dado una paliza por meterte donde no te llaman al querer pasarte de listo o te han tirado de los pelos por tocar el culo a la niña que pasaba a tu lado, y eso con suerte, pues a veces te dan una patada en los “cataplines” y también lo llaman “gorrazo”.
Bueno el caso que este “gorrazo” que me dieron, a todas vistas inmerecido, lo voy a contar para que todos sean partícipes de la injusticia que se cometió conmigo cuando apenas tenía once años del Señor, recién cumplidos.
Yo iba caminando tan tranquilo de vuelta del Colegio hasta mi casa, pues aunque tenía que andar más de dos kilómetros cuatro veces al día, dos de ida y dos de vuelta, ya que por aquél entonces no se conocían los trasportes escolares, aunque si se sabía que había comedores para internos, y había oído hablar de “mediopensionistas”, y creía que eran internos que pagaban la mitad de la cuota o algo así. Mis padres cuando les contaba lo de “mediopensionistas”, siempre me decían: “Tú comes en casa, que tu madre prepara unos cocidos para chuparte los dedos y los jueves dónde tus abuelos, que tu abuela los prepara que revientas, de buenos”.
Y así estábamos, vuelta para arriba y vuelta para abajo, casi dos horas de marcha entre ir y venir, pero recordando, que uno de los maestros nos había contado, que el que era el Papa, creo que un tal Pío XII, había hecho algo parecido en Roma y encima con las botas al hombro, para no desgastarlas. De manera, que lo mío y con la compañía de mi hermano mayor y un par de primos, por parte de madre, y un vecino, la verdad, es que el camino me resultaba hasta breve, teniendo en cuenta, que además de llevar las botas puestas, nada más llegar por la tarde, sobre todo, te lavabas y te ponías a estudiar hasta la hora de la cena, no sin antes no haber merendado una naranja y un pedazo de pan o a veces chocolate del bueno.
Y hasta te daba tiempo a oír en la radio “Por quién doblan las campanas” o “El criminal nunca gana”.
Pues bien, como iba contando ese día, fatídico donde los haya, al pasar al lado de la tienda del “Roña”, así llamado por pesar hasta el último gramo sin regalar en la balanza ni los que pesaban las bolsas de estraza, por qué decía que estas valen lo que pesan, y cobrar hasta el último céntimo de peseta, aquellas tan hermosas que había, hasta confeccionadas en papel, mi primo Paquito rozó la caja de madera donde tenía expuestas las manzanas y naranjas para la venta, con tan mala fortuna, que al menos cuatro de ellas cayeron a la acera. Yo, displicente y bien educado donde los haya, comenzó a recogerlas, mientras mi primo echó a correr calle arriba y los demás le imitaban. A la segunda manzana que estaba colocando en la caja noté un “gorrazo” en la nuca que casi me deja sin sentido. Es decir un capón o coscorrón y bien gordo, mientras tenía que escuchar:
-¡Ladroncete, no creas que no te he visto!-era el “Roña” en persona.
- Pero, oiga que yo estoy colocando las manzanas en el cesto- me defendí.
-Ya, ya veo, porqué te vi desde detrás del mostrador- siguió el tendero, que empinaba la mano de nuevo para proporcionarme otro “gorrazo”.
Yo intenté correr, pero me agarró por un brazo con unas manos como tenazas. Pero ¡llegó mi salvación! Un guardia de los de “la porra”, que eran los que controlaban el tráfico en los cruces de las calles, pues no habían llegado aún los semáforos , y más bien controlaba a los ciclistas y un par de coches por hora, pero conocían a todos los del lugar, cogiéndole la mano fuertemente mientras le decía:
-Perdone Sr. Pedro( era la primera vez que le oía llamar Pedro al “Roña&rdquoGui?o yo he visto todo y el niño tiene razón.
. Ah si usted lo dice señor guardia-contestó. Ya que por aquél entonces un guardia era una autoridad con mucha soberanía o potestad y si decía A era A y si B era B.
- Si, el primo de este niño rozó la caja y cayeron las manzanas. Yo les conozco y si se han echado a correr los demás es porque le tienen miedo y este jovencito es aún mejor que los otros y le dio pena que se estropearan las frutas.
- Pues, nada, pido perdón a este muchacho y le doy las gracias por su acción y…
-empezó a mover los dedos con nerviosismo y después de dos largísimos minutos, siguió-y le doy una manzana y una naranja para la merienda de hoy.
Y alargando la mano sobre las que aún permanecían en el suelo me entregó las preciosas frutas, notando yo que se echaba al menos dos años encima el roña tendero.
Y salí deprisa hacia mi casa meditando: Y el gorrazo, ¿quién me quita el gorrazo?.
¿ A qué fue injusto el tal gorrazo?


Publicado por interazul @ 18:23
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Martes, 07 de febrero de 2006

Las primeras Navidades en guerra (de la Novela "El largo noviazgo")

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Parte del relato:

...Realmente, era desesperante, hermanos, no ya amigos o simples parientes se encontraban de forma increíble en bandos diferentes, pudiendo llegar en algunos casos a matarse entre ellos, al estar alistados a milicias diferentes o en cuerpos del ejército distintos.
El pensar que Julia y sus familiares de Moralzarzal se encontraban en aquella situación le preocupaba, al fin él era hijo único y sus primos estaban todos en pueblos de Valladolid y algunos en Burgos. Sus padres se encontraban unidos y casi toda la familia se llevaba bien y sin problemas.

-Mire, sargento Morales, no lo dude-continuó el teniente- el ejercito de España está casi por completo a nuestro lado y con la ayuda importante de falangistas, a los que se están afiliando muchos derechistas e incluso de izquierdas, para camuflarse, requetés y voluntarios que se alistan sin parar, estaremos en Madrid antes de estas Navidades.
El teniente, se equivocaba, en noviembre de 1936 las brigadas internacionales números 11 y 12 empezaron a taponar huecos, con ayuda de tanquetas soviéticas en el frente de Madrid, y aunque no pudieron reconquistar la ciudad universitaria, en manos de los nacionales hasta el final de la guerra ya. Si reconquistaron Getafe y su cordón industrial.
El gobierno de la II República se había trasladado por esas fechas a Valencia, y los comités de defensa en manos de un tal Carrillo, un tal Segundo y algunos anarquistas comenzaron a fusilar en masa a los falangistas detenidos y a curas y monjas que encontraban a diario. Se calcula en cerca de diez mil fusilados, antes de las Navidades del 36, entre ellos personajes tan importantes como Ledesma Ramos, Ruiz de Alda, del que decían asesinaron en la propia cárcel, junto a Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio, y a muchos bien preparados falangistas. Y ya a finales de noviembre empezó a correr el rumor de que José Antonio Primo de Rivera, había sido considerado el primer responsable de lo que ocurría, por sus cartas a Franco y a Mola , y había sido fusilado en Alicante.
Un dirigente muy importante para el anarquismo ibérico, Durruti parece que cayó en el frente de Madrid.
Todo se iba complicando en gran medida. Los falangistas de Valladolid advirtieron: “Por cada falangista que comprobemos haya sido asesinado por los comunistas, serán fusilados diez comunistas”. Girón había desplazado al hermano de Onésimo en el mando de las JONS de Valladolid y era un hombre bronco, austero y con pocas ganas de ser derrotado, estaba en contacto con Mola, al que consideraba debía ser el Jefe de todos los ejércitos y esperaba que la campaña del Norte concluyera rápidamente y la toma de Madrid sería un hecho.
Y así llegamos al 24 de diciembre de 1936.
En Valladolid se quería celebrar la Navidad, como un goce al sentir la pronta liberación de toda España del terror rojo, que era como se había bautizado ya a toda la contraofensiva republicana.
Morales y sus padres celebraron aquella Navidad con austeridad y sólo en las postrimerías del día 31 se reunió con algunos amigos y estando en el café del Norte su amigo Anzules le presentó a una rubia estupenda, que se llamaba Rosa Amores y enseguida congeniaron, sobre todo por las copitas que se habían tomado y empezaron a tontear, hasta que en un momento dado, Rosa le dice:
- ¿No estarás casado, guapo?
- No, no, pero tengo novia.
- ¿Y dónde está en un día como este?
- Pues muy lejos, en Madrid.
- ¿No será una roja de esas que están impidiendo el avance nacional?
- ¡Qué dices!, mujer, es muy cristiana y está, bueno, estaba de vacaciones con sus padres en un pueblo cercano a la capital.
- Ah, ya y ¿no puede volver?
- ¿Es que no sabes que no se puede ir ni venir a Madrid por ningún sitio?
- Ya me figuro, bueno ¿por qué no nos lo pasamos bien, a lo mejor tu novia no regresa nunca, yo soy Rosa, Rosa Amores-dijo la descarada, con rin-tin-tin.
- Yo de amores ando muy desgraciado-argumentó Roberto- pero de Moral, ando muy bien me apellido Morales.
- Está bien, tomemos otra copita y vamos a comer las uvas a la Plaza Mayor, que creo que habla, el Capitán General esta noche desde la terraza.
....

Todos los hombres buscan la verdad, pero algunos se niegan a reconocerla.


Publicado por Lanzas @ 13:12
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Domingo, 05 de febrero de 2006
La lección de Doña Mercedes.

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Doña Mercedes se despertó como todos los días con el ruido de la radio que le conectaba su marido. Eran las siete en punto de la mañana. No era preciso que se levantara tan pronto, porque su lugar de trabajo estaba como a diez minutos en coche desde donde vivía, pero le gustaba preparar bien los desayunos de sus hijos antes de irse y aunque su marido la ayudaba, porque entraba algo más tarde a trabajar casi a diario, no quería que luego Merceditas la dijera, que si su papá le había puesto el pan sin tostar o que sólo le metió una rodaja de jamón cocido o que Pablito le dijera que si él quería los donuts del día y no bocatas de pan duro.
Bueno, pues Doña Mercedes se arregló concienzudamente, como todos los días, duchándose, peinándose su rubio cabello, pintándose los ojos con bordes negros y sus labios rojos, que repasaba después de tomarse el consabido café.
Dio un beso a los niños y a su marido le dijo: “Hasta al mediodía, compra pan y agua mineral y no se te olvide tomarte la pastilla de la tensión, amor mío”.
- De acuerdo, también compraré a la vuelta un poco de queso, que nos falta- respondió el displicente marido, acostumbrado, como buen varón domado a hacer la santa voluntad de su esposa, aunque a sus espaldas luego se comprara vino, licores y chocolate, totalmente prohibidos en aquella casa.
Doña Mercedes salió a la calle y cogió su coche, pagado en muchas mensualidades, pero buen coche y con el que habían viajado ya a montones de lugares sin problemas, porque ya le dijo a su marido: “Más vale comprar un buen coche de importación, que un cacharro de esos que nos deje tirados a las primeras de cambio”. Al llegar a la entrada de su lugar de trabajo un grupo de mujeres, que permanecía en los alrededores comentaban por lo bajo. “Ya está aquí esta presuntuosa, llega dos minutos tarde y ni se inmuta”, y esto otro dijo una: “A mi niño lo voy a cambiar con otra, como pueda, porque esta les cuenta demasiadas cosas raras”.
Ella no percibía nada de lo que decían, pero se lo imaginaba e incluso cosas peores, pero le daba lo mismo, si no se lo decían a la cara, le daba lo mismo.
Ya dentro del edificio, se dirigió a su habitación de trabajo de la primera hora, no sin antes toparse con el Director del Centro, que la dice: “Hay que llegar a la hora en punto, que la Asociación se queja de sus retrasos”. “Pero si en dejar el coche y entrar se pasan dos minutos al menos. ¿Esos quién los paga?”
Al traspasar la puerta, una papelera le cae casi en la cabeza, y sólo porque aún tenía buenos reflejos, que sino le caen un montón de papeles en la cabeza y quizás otras cosas.
-¿Quién ha sido el gracioso?- indaga, entre el alboroto existente en la habitación, donde unos ríen, otras lloran… de risa, claro y algunos esconden cigarrillos y porretes debajo de las mesas.
- Yo, pero no puedes hacer nada, porque no puedes probarlo- dice uno entre la chirigota de los demás
- Bueno, pues ve al Director de mi parte- dice casi con miedo, Doña Mercedes.
- El Director me la trae floja- contesta el interfecto.
- Veamos, el delegado, ¿quién es el Delegado?- inquiere Doña Mercedes.
- Yo, señorita, yo desde ayer, porque el otro era un pelota- salta uno muy renegrido, no por nacimiento, sino por falta de limpieza.
- Bien, pues vaya a buscar al director, porque hay un joven que me ha ofendido- dice con energía Doña Mercedes.
- Pues ahora te vas a enterar, bruja del demonio, por acosarme sin motivo, te van a expulsar.-contesta el supuesto Delegado
- Bueno, bueno voy yo a hacerlo- exclama Doña Mercedes.
Y al salir de la habitación una jovencita intenta ponerla la zancadilla y otra la empuja de forma que casi la desequilibra.
Por fin llega al despacho del director, no sin sortear a unos cuantos jóvenes que corren por los pasillos y a algunos más mayores detrás de ellos, intentando tomar nota en unas libretillas de los nombres de los que son. Entra y dice:
- Eduardo, me ha sido imposible empezar siquiera la clase de Lengua española de hoy, un gamberro me ha tirado la papelera y otro… y otra,…
- Espera, espera, que estoy con estos otros de ayer, a ver si entre la Jefa de Estudios y yo llamamos a algún responsable, porque sus padres no están nunca en los teléfonos que nos dieron y agredieron a Don Luis en Matemáticas de 4º. Espera.

Y Doña Mercedes salió a respirar el aire puro, debajo de un cartel que rezaba:
Instituto de Educación Secundaria.
Junta de Andalucía- Consejería de Educación.
- ¡Que paradojas!- pensó.

Este artículo se lo dedico a tantos y tantas profesores y profesoras(lenguaje correcto de la Junta) que soportan todos los días a unos adolescentes y jovenes que están totalmente sin disciplina alguna.


Publicado por interazul @ 19:31
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