Jueves, 01 de diciembre de 2005
El PRIMER HIJO

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¡Vamos, vamos a la clínica, que estoy manchando!. Ese fue el mensaje que me dirigió mi esposa un día de octubre hace ya unos cuantos años.
Rápidamente, sin saber si estaba bien vestido o no cogí a mi mujer en volandas, y la introduje en el coche. No sabía si tocar el claxon o no. Lo cierto es que la clínica estaba cerca y en cinco minutos estábamos en ella.
Llamaron al ginecólogo que la atendía y de momento no apareció. La impaciencia era la protagonista, me fumé uno, dos, tres cigarrillos, no sé cuantos. La comadrona aparecía de vez en cuando y mi mujer se quejaba, sin chillar, del daño que sentía dentro de su vientre terriblemente abultado.
-¡No se preocupe, falta mucho aún!-dijo la comadrona.
- Pero, oiga, que el doctor dijo que hoy es cosa de ponerse a ello, que no sufriría- le espete.
- Ya, ya, pero la dilatación es imprescindible, sin ella es imposible que nazca el niño. Y aun falta.
Me estaba pareciendo que las cosas no eran tan fáciles como nos las había puesto en las consultas mensuales que habíamos tenido con el ginecólogo.
Pasaron una, dos, tres horas y yo seguía fumando sin parar en el pasillo y mi mujer diciendo que sentía muchos dolores y que creía que se moría. Al fin apareció el doctor, tan fresco.
-Don Genaro, que mi mujer lleva ya tres horas sufriendo. ¿ no se puede hace nacer al niño ya, como dijo?
- Ya vamos, no se enfade, es que las cosas no son tan fáciles, al ser el primer hijo. Los conductos están muy estrechos.
Y sin mediar más palabras dio orden de que la llevaran al quirófano, donde no me dejaron entrar. No os cuento, la de cigarrillos que me fumé sentado, bueno paseando por el pasillo que terminaba en los quirófanos. Pasaron como dos horas más. Al fin creí oír un llanto de bebé y al poco apareció mi mujer en una camilla y junto a ella un niño gordísimo. Ella estaba adormilada y no me veía. Al mirarla me dio mucha pena verla como extenuada. La besé y besé al niño en la cabeza. Estaba colorado como un tomate y con el cráneo algo deformado, pero me pareció guapísimo.
- No se asuste, se le quitará, ha pesado más de cuatro kilos y le hemos tenido que sacar con forces- me dijo el doctor.
- ¿Y ella se pondrá bien?
- Está bien. Ya luego la veo de nuevo.
Ya en la habitación, mi mujer fue despertando y al ver a su hijo, entre lloros y risas se fue olvidando del daño producido por su paso del vientre a la vida independiente.
Cuando llegó el doctor para despedirse hasta el día siguiente, le dijo:
- ¡Me engañó!, me dijo que no me iba a ser tan doloroso con las nuevas tecnicas y no ha sido así.
- No digo que no te engañara, pero mientras estabas sufriendo el embarazo no has tenido tanto miedo, como si te hubiera contado la verdad. De todas maneras el primer hijo siempre es más doloroso.
Y a partir de entonces ya no creímos mucho a los médicos que cuentan las cosas como si no fueran tan traumáticas como en realidad son. Después de dos días nos fuimos a casa con nuestro hijo más contentos que cuando nos casamos. La vida alegre había terminado, entendida como de entrar y salir de casa sin dejar nadie detrás y sin la preocupación de que un hijo te espera para que le alimentes, le cuides, le vistas, le enseñes a caminar, a leer, a escribir, a jugar, en fin a criar a un hijo.
Pero todo nos parecía mucho mejor que antes. La vida tenía como sentido. Como si a partir de entonces, la nuestra tuviera una prolongación en el futuro. ¿Nuestro hijo sería nuestra alegría ante las adversidades y seríamos para él, el apoyo necesario en su vida ? Una pregunta que él no podía contestar y se dejaba en el aire para el futuro.


Publicado por Lanzas @ 21:23
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