Jueves, 20 de octubre de 2005
LA CORREA MALDITA

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Don Serafín era un maestro muy severo, que nos enseñaba a escribir correctamente y a operar hasta con raíces cuadradas a los siete años recién cumplidos. Se paseaba entre los pupitres continuamente, arengando a los niños con frases como: “ni un respiro, mientras no termines esa división”. “ Esa palabra se escribe con h”. “Sin recreo, por poner cuatro faltas seguidas”. Bueno, el hombre tenía, a mi ver, un defecto:
Cuando alguien se levantaba sin permiso o hablaba con el niño de al lado para pedirle unos cromos o cualquier otra cosa, el llegaba y sacaba del segundo cajón de su mesa con toda parsimonia una correa. Era una correa de unos cuarenta centímetros de larga.
Seguramente restos de un cinturón que se le había quedado anticuado o algo así, porque por haber engordado no sería, ya que D. Serafín estaba más delgado que un ciempiés y mas enjuto que el Don Quijote que veíamos todos los días en el estante de la clase.
La tal correa la blandía a manera de una porra, sobre las manos extendidas de los niños que osábamos perturbar el sagrado orden del aula y de su entorno.
Y nos hacía daño. ¡Ya lo creo!. Más de un día y de una docena, llegaba yo mismo a casa con las manos más coloradas que un tomate y las disimulaba delante de mis padres, ya que por aquél entonces, si decías en casa que el maestro te había pegado, tu padre te arreaba aún más , ¡Porque algo malo habrás hecho!, La autoridad del maestro era tal, que si el padre se enteraba de que dabas la lata en clase, te dejaba sin propina durante dos domingos seguidos y no podías ni comprar cinco céntimos de pipas de girasol en el kiosco de “La marga”.
Pero un grupo de niños de los más avispados nos confabulamos un día a las once de la mañana, ya que nos quedó sin recreo y D. Serafín salió a comer una manzana al pasillo . En ese momento de descuido del celoso guardador del orden estricto, este que suscribe, aunque nunca lo reconoció de niño, a pesar de los espléndidos interrogatorios a los que fue sometido durante al menos dos semanas, corrí hacia el segundo cajón de la mesa del maestro y saqué la fatídica correa, ya grasienta y sebosa de tanto sobeteo, el mayor de ellos no deseado, y la tiré por la ventana de la clase. Con tal fortuna y esta, les juro que fue por el azar, que en ese momento, pasaba la camioneta del lechero, ya muy modernizado y la tal correa se fue a alojar entre las garrafas de la leche, por cierto relucientes de limpias y que a mí en aquél entonces me parecían de plata.
Todo transcurrió en unos segundos. Aún no me explico cual fue mi suerte de encajar justo la “asquerosa” correa en la camioneta y los tres niños castigados nos portamos después del recreo como “santos”. Y como éramos los más revoltosos, llegó la hora de salir y D. Serafín no necesitó abrir el cajón, del cual no apartábamos el rabillo del ojo durante el resto del día.
Al día siguiente a eso de las diez de la mañana el ínclito maestro necesitó abrir el lugar donde debería estar al correa, ya que un niño se le ocurrió reírse de pronto en la clase “sin venir a cuento” y fue para verlo. D. Serafín abrió y cerró el cajón, y no exagero, al menos veinte veces seguidas. ¡No podía dar crédito a lo que veía!, Bueno mejor dicho a lo que no veía: ¡No estaba la correa!, Aquella correa “pacificadora”, que tenía desde hacía más de cinco años en su clase.
Los interrogatorios se sucedieron durante dos semanas, como ya conté más arriba. Con la suerte de que como no se había percatado el día antes de su desaparición, no pudo en conciencia echarnos la culpa a los castigados del recreo anterior.
Bueno, pues les cuento. D. Serafín a partir de ese día ya no fue el mismo. ¡Ya no recuerdo que pegara a nadie, al menos aquel curso!. Ni con correa, que parece no acertó a sustituir, ni sin correa. Se limitaba arengarnos con aquello de: “¡A recitar la tabla de multiplicar!””¡A dividir niños a dividir!”.
Les cuento esto no sin seguir manteniendo un gran respeto a ese maestro, pues gracias a él, y a otros dos más, a los once añitos, pude sacar adelante el examen de Ingreso para Bachiller elemental y comenzar mi andadura por los estudios, hasta llegar, como ya les contaré, si les parece, a mis estudios universitarios, después de siete años de bachiller y cinco de carrera.Muchas risasMuchas risasMuchas risas


Publicado por interazul @ 12:39
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