Lunes, 17 de octubre de 2005
LA HIJA DEL ROJO

S?, yo soy la hija de ese hombre que tengo frente a m?, en una fotograf?a antigua colgada sobre la chimenea de mi sal?n.
Estamos los cuatro, mis padres mi hermana y yo, cuando a?n ?ramos peque?as y no sab?amos lo que entre aquellos adultos que nos llevaban de la mano hab?a ocurrido.
Yo le quer?a, le quer?a mucho; tambi?n a mi madre, pero cu?ntas veces me he preguntado: ?por qu? no pudo ser?
?S?! Muchas veces despu?s de las continuas disputas entre ellos, me he hecho esta pregunta.
?Ahora, ya s? la respuesta!
No pudo ser que en mi casa hubiera el m?s ligero atisbo de felicidad despu?s de la tragedia sufrida por mis padres y tantos otros espa?oles durante y despu?s de nuestra guerra civil, la cual yo afortunadamente no conoc?; porque parece que un hombre no puede negarse nunca a las insinuaciones de una mujer.
Termina la guerra. Un bando del General proclama que todo aquel que no se haya manchado las manos de sangre, no tiene nada que temer.
?l se lo cree. No huye. ?No ten?a las manos manchadas!
Es detenido, juzgado sumariamente y condenado a dos penas de muerte. ?Dos penas!
La esposa enloquece; no puede permitir que la condena se lleve a cabo.
Corre de casa en casa de gente influyente de la ciudad que deb?an favores a su marido, para que avalen que ?l es una persona decente, ?jam?s un asesino! Muy al contrario, salv? muchas vidas que tambi?n quer?an ser arrebatadas arbitrariamente por los de su bando.
Las personas influyentes responden, eran adem?s, ?caballeros!
La mujer corre a llevar estos avales al lugar donde pod?an tener alg?n valor. ?Las penas son conmutadas!
?Dios m?o! ?Qu? alivio!
De todos modos el marido es desterrado junto a otros muchos desde las c?lidas tierras del Sur a una fr?a e inh?spita ciudad mesetaria.
?All? se morir?an como las moscas!
Al cabo de alg?n tiempo, alguna autoridad decide poner un tren especial para que las mujeres de los presos en el destierro puedan visitarles.
La alegr?a de la esposa es enorme al enterarse de que ver? despu?s de meses a su amado esposo. ?Al hombre de su vida!
Largo viaje atravesando m?s de media Espa?a en ruinas?
Entrevista sin palabras cortadas por la emoci?n entre una marea humana estridente y pobre?
Hay que regresar., pero ella no puede. No puede abandonar al ser amado en el estado en el que lo ha visto?
?Se queda! ?S?! Sola, sin dinero, sin ropa de abrigo, sin trabajo, sin nada; bueno s? con algo muy grande: su amor.
Cinco largos a?os de hambre, fr?o, soledad, miedo y miseria. ?Todo lo que gana es para ?l! para que coma, para que se lave, para que tenga una muda, al menos?ella con un trozo de pan racionado y algo de un l?quido que llaman caf? tiene bastante.
S?lo la mantiene viva el sue?o del d?a en que su marido sea otra vez un hombre libre.
Estar de nuevo juntos, reanudar la vida truncada, volver a la tierra que los viera nacer?
Y un d?a ?la gran noticia! El Caudillo va a dar un indulto. ?l sale gracias al mismo.
La esposa no puede soportar tanta alegr?a, siente que las piernas apenas pueden sostenerla.
El encuentro: ? inenarrable!
Van a la casa en la que ella ha alquilado una habitaci?n con derecho a cocina en casa de una viuda de un militar. ?Ay1 ?Si ella hubiera sabido!
Un d?a cuando regresa de su trabajo en una sastrer?a encuentra a su amor con la viuda entre sus piernas.
De nuevo no hay palabras. No hay suficiente contenido en ?stas para expresar lo que la mujer siente; gira sobre s? y sale corriendo a la calle. ?l la sigue, la llama, le dice: no es lo que has visto?
El fr?o y el llanto enrojecen su cara; algo muy, pero que muy grande ha muerto?

Te miro, padre. Te quiero, a?n cuando ya no est?s. Te respeto, te agradezco la formaci?n que me diste, pero me pregunto: ?por qu? no hiciste lo que debiste haber hecho, y arruinaste nuestra vida, la de todos de modo que nunca pudimos ser felices?
?Ah, ya! Porque un hombre no puede decir ?NO! a una mujer?
Publicado por mariangeles512 @ 15:51
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