lunes, 18 de febrero de 2008

La Secretaria eficiente

Aguantar al jefe 


Aquella mañana me levanté totalmente deprimido. La tarde anterior habíamos enterrado a mi primo Pablo, mucho más joven que yo, pero que aquejado de una bronconeumonía, complicada con un paro cardiaco, hizo inútil los esfuerzos de los médicos durante más de dos meses de agonía en la clínica. Además, me encontraba solo, porque mi Alicia querida se había cansado de mí por motivos que comprendía, ya que no le prestaba caso apenas, desde hacía unos meses.

 Después de  ducharme, desayuné sin ganas un zumo de naranja y un café recalentado del día anterior con una tostada integral con aceite, que me supo a petróleo, y salí hacia la oficina.

 Al llegar a ella, me saludó, como todas las mañanas, mi secretaria Vanesa San Martín, que atendía mis cartas y escritos de marketing, con una celeridad y pulcritud dignas de elogio, que le habían hecho merecedora de dos aumentos de sueldo en menos de un año, y la promesa que la ascendería a Asesora Principal de Marketing a los dos años.

 Pero apenas me fijaba en ella como mujer, porque era muy serio con los negocios y no quería que ni por asomo se malinterpretara algún gesto como un acoso sexual o algo así. Pero aquella mañana, asqueado de la vida, algún duendecillo interno me cambió:

-        ¡ Hola, Vanesa!, ¿qué tal anoche? Yo fatal.

-         Siento lo de su primo, yo como siempre, sola como la una.

 

La expresión  “sola como la una”, me hizo pensar que Vanesa no quería estar sin compañía, y como decía mi abuela; “siempre hay un roto para un descosido” y como yo andaba falto de cariño, aventuré:

-        Esta tarde,¿quieres venir a comer conmigo? Tengo que hablarte de los nuevos diseños para los anuncios en TV que estamos procediendo a enviar a los técnicos, y ya sabes que valoro tu opinión.

-        ¡Güay! Tengo un hambre esta mañana, que me vendrá requetebién, don Carlos.

-        No me llames don, dime Carlos, Vanesa, creo que debemos tutearnos.

-        ¡Vale!- noté que la muchacha mostraba unos ojillos saltones la mar de contentos, y rematé:

-        A las dos y media en punto nos vamos a “La Posada”, que se come muy bien, y muy tranquilos, porque tienen muchas plantas entre las mesas.

-        ¡Of course!- me respondió la  que intuía como muy pillina.

Esa mañana transcurrió muy lentamente y apenas hubo nada importante que no fuera ultimar los spot  sobre los dichosos chocolates, y pasar los guiones a los técnicos de TV, con la advertencia de que quería ver las primeras pruebas mañana mismo.

 A las dos y media llamé por el teléfono interior a Vanesa.

- ¿Estás lista? ¿Nos vamos?

- ¡Lista del todo!- escuché por el otro lado.

Al pasar delante de su mesa, pude observar a una mujer, que aunque no tendría más de veinticuatro años recientemente cumplidos, era para decirlo de una vez:¡Toda una mujer!. Al ponerse de pie, como si fuera la primera vez que la veía, contemplé sus caderas de ensueño y su pecho para volverse loco.

-        Vamos, niña, que he tenido una  mañana muy ajetreada- mentí- y ni he podido dictarte las cuatro cartas pendientes desde ayer.

-        ¡Carlos!, ¿Llevo al restaurante la agenda electrónica, por si acaso?

-        ¡Claro, claro!- dije mientras pensaba: ¡maldita agenda, veremos si te gusto tanto como tú me gustas!

 

Un día de diario no hace falta reservar mesa en la famosa “Posada”, donde sirven platos caseros, muy ricos y bien cocinados. Desde la sopa de picadillo, al cordero en caldereta, o los macarrones a la italiana, hasta el pescado al horno con cebolla y patatas asadas, por no decir los postres de arroz con leche o natillas a la catalana. ¡Bueno, para qué contar! Esa mañana, lo de menos eran los platos, sino el superpostre, que en mi interior de “macho“ me hacía relamerme de gusto.

 

 Mientras saboreábamos un generoso vino de ribera de Duero le espeté:

-        Vanesa, eres una mujer extraordinaria. Tu dedicación a la empresa y tu porte me lo indican. Pero a mi me verás como muy mayor, claro, y no querrás con un maduro cuarentón tener ninguna aventura, me imagino.

-        Carlos, desde que entré en la empresa he soñado que algún día cenaría contigo y que bailaría pausadamente entre tus brazos.

 

¡Recorcho!- pensé- y yo haciendo el idiota con la pesada de Alicia ¡Qué pena no haberla tanteado antes!

-        Bueno, al menos ya comemos juntos, pero esta noche estoy más solito que un “huno”, si tú no aceptas una cena en la terraza de “Jarpe”( es una cafetería restaurante, al lado del mar, que en estos tiempos de primavera es un ensueño para jóvenes y ricos)

-        ¡Acepto!- me respondió sin pestañear.

 

Aquella tarde fue la más larga de cuantas había pasado en la oficina y a la vez más corta. No hice más que llamar a Vanesa para dictarle, para preguntarla y para piropearla.

-        Vanesa, no te sientes en esa silla, que es muy dura para tu sensible piel.

-        ¡Qué cosas tienes Carlos, lo llevo haciendo durante dos años y sigo así!

-        Bueno, ya son las ocho, vámonos. Te dejo en tu casa una hora para que te arregles, como me dijiste, y te voy a buscar a las nueve en punto. Yo me cambio de traje, después de darme una ducha rápida, y estoy contigo.

 

Lo de menos fue la opípara cena que tomamos. Disfruté viendo a la muchacha, que parecía la primera vez que alguien la invitaba a cenar comentando cada bocado como si de un concurso se tratara.

-        ¡Me gustas mucho, Vanesa!

-        Tú eres mi sueño desde niña, Carlos.

 

Sin más nos bailamos tres piezas de vals o algo así y noté su cálido pecho junto al mío y ella notaría mi virilidad junto a su cuerpo. Creo que temblaba un poco entre mis brazos, y decidí no prolongar más aquél abrazo, dándole un beso en los labios que me supo a miel de la Alcarria.

-        Vamos a mi apartamento y que sea lo que Dios quiera y el demonio nos incite- le dije.

 Subimos en el ascensor enlazados, y ya saboreaba como de forma lujuriosa acabaríamos entrelazados, desnudos y sin más piel que la propia, y la suya entre ambos, para ser uno sólo.

 Al abrir la puerta del ascensor, y darle un azotito cariñoso en su trasero de fábula,  que ya no sería el mismo después de aquella noche, pude escuchar delante, como un poco en la penumbra del descansillo:

- Carlos, ¿quién es ella? Apenas dos meses separados y ¿ya  te traes a otra mujer a casa?- ¡Era la inoportuna Alicia!¡Trágame tierra!

 


Publicado por quijote_1971 @ 20:09  | Cuentos
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Comentarios
Publicado por Invitado
mi?rcoles, 27 de febrero de 2008 | 20:38
Eres un genio con tus relatos de amor exprés. Un abrazo.
Publicado por Invitado
s?bado, 05 de abril de 2008 | 5:01
plop!! y yo que me estaba exitando no puede ser , maldita vieja je llego jejeje.soy secretaria de 21 años y pues no se si algun dia eso me pase de tener alog mas que una relacion de trabajo con mi jefe ,, no se nunca vale decir de este agua no ed de beber pero en fin........ ya veremosMuchas risasChicaSonrojadoChicaGuiñoMuchas risas