Martes, 28 de noviembre de 2017

 

                                                      EL NIÑO Y LOS GLOBOS

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Era la noche del veinticuatro de Diciembre. Los médicos del ala de pediatría habían decidido sacar al jardín del hospital a los pequeños más enfermos  para que viesen el árbol de Navidad y un gigantesco papá Noël que saludaba desde el estanque de aguas de cristal del jardín del hospital.

    Era una noche fría, muy fría, pero eso no detuvo la intención de los facultativos.  Los niños con sus abrigos gruesos cubriendo  los pijamas, unas botas para la nieve con recios y suaves calcetines, unas alegres bufandas de colores y unos gorros de punto, también de cálidas tonalidades que ocultaban unas cabecitas sin cabello, no tenían frío. Los médicos, un especialista en pediatría y una oncóloga, iban también muy abrigados y contentos con varios niños cogidos de sus manos.

   El jardín ofrecía un aspecto bello, muy bello. El suelo cubierto del manto más blanco jamás soñado, iluminado por multitud de luces de muchos colores, figuritas hermosas, delicadas, graciosas, pendían de las ramas del enorme abeto plantado en el centro del jardín. Las luces reflejadas en la nieve, a su vez, lanzaban destellos hacia el cielo ofreciendo un espectáculo encantador.

   Los niños no cabían en sí de gozo. Palmoteaban con sus manecitas enguantadas a todo lo que veían. Papá Noël se bajó de su trineo, se acercó a los pequeños con un saco cargado a su espalda y una vez que hubo depositado un beso en la mejilla de todos los niños comenzó a abrir el saco.

 

   Fue entregando a cada chiquillo uno o dos juguetes, llenando sus caritas de hermosas sonrisas. Después unas bolsitas de chocolatinas y caramelos hicieron las delicias de los pequeños.

 

 

   Toda esta alegría era digna de ser observada por los mayores que, de pronto, vieron a un pequeño que miraba ávidamente hacia la puerta de barrotes de hierro pintados de verde de la salida a la calle. Tras los barrotes se veía a un hombrecillo ya mayor que vendía un manojo de globos que en un haz ascendían hacia las estrellas pendientes de un cordel. El frío hacía presa en sus viejos huesos y trataba de aliviarlo paseando hacia un lado y el otro de la tapia de entrada del hospital.

La oncóloga miraba los ojos del niño y veía en ellos el deseo de poseer uno de aquellos maravillosos globos. Todo lo que había visto en el jardín le había gustado, pero los globos…, los globos, parecía le habían fascinado. Miraba hacia los más altos que anhelaban reunirse con los luceros. La doctora conociendo el mal que padecía el niño no pudo resistirse: introdujo una mano en su bolsillo y sacó unas monedas. Se acercó a la puerta enrejada.

_ ¡Señor! ¿Me puede vender un globo?

_ No faltaba más -  contestó el anciano deseando acabar con la mercancía ¡Mire, le doy todos por el mismo precio!

_¡Oh, muchas gracias, así habrá para todos los niños!

   La doctora dio un globo a cada niño, pero el que los miraba por largo tiempo quiso la mayoría. Los cambiaba por sus juguetes. Los demás niños se lo dieron y él sus juguetes.

   La doctora los unió todos al mismo cordel y se los entregó al pequeño enfermo.  Él  los tomó pletórico de dicha y una vez con todos y atado el cordel a su muñeca, el delicado cuerpo comenzó a elevarse por encima de las tapias del jardín, sobre el bello árbol luminoso, sobre el legendario trineo de Papá Noël,  sobre la hermosa nieve, sobre sus compañeros de enfermedad y sus doctores, hasta que se confundió con las estrellas. Los niños quedaron estupefactos con sus ojos perdidos en el azul de la noche.

   En los ojos del pediatra había una indefinible sonrisa, en los de la oncóloga, una lágrima.

 

 

 


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Martes, 11 de julio de 2017

La maestra, aquella que un año ya lejano llegó procedente de la Meseta  a  las tierras del sur de España, se había jubilado ya. La alegría de los niños, su cariño, su griterío, su entusiasmo, todo eso se había apagado definitivamente. Y llegó la soledad; esa terrible compañera que nos acecha al final de nuestra vida en la mayoría de los casos. La soledad: el silencio, el orden, nada lo mueve nadie, el tiempo parece que se detiene  pero, sin embargo, discurre y muy lentamente para el que se encuentra solo o sola que es lo mismo.

   En los largos días, la maestra reflexionaba sobre su vida, y había llegado a la conclusión de que no había sido una mujer feliz, excepto en los momentos en que parió a sus hijos, y cuando los profesores, cuando era una estudiante de bachiller y magisterio, la elogiaron repetidas veces por sus exámenes y trabajos. En esos momentos sintió algo especial, breve pero hermoso, que más tarde pensó que fue lo que llaman felicidad.

 Muy pronto la tragedia se deslizó furtivamente en su hogar y lo destrozó.

   Tuvo cuatro hijos: tres niñas y un niño. La tercera niña que llevaba su nombre fue la que marcó a su madre para todo lo que le quedó de vida. Una mañana de noviembre, allí en el frío Valladolid, fue a cogerla de su cuna para darle de mamar. La habitación estaba en penumbra y la madre no veía bien a su hijita pero sentía que lo que sus manos sintieron no era su hija. Eso ya no era la vida. No supo adónde acudir antes para que la penumbra se diluyera, pero si recordaba muy bien el rostro de su pequeña, con su carita colorada por un lado, el que estaba apoyado en la sábana. Parecía inconsciente y la madre trató de reanimarla con lo que había aprendido en el Instituto para reanimar a una persona. Le insufló su aliento por su boquita y luego apretó su pechito, ese aire salía en un leve vagido. Desesperada llamó a la muchacha que tenía de servicio y le pidió que avisara al padre que ya estaba en su trabajo. La chica aturullada no daba con el número ni era capaz de marcar. Lo hizo ella y con una voz que no era la suya dijo:

_Ricardo, ven enseguida; creo que la niña pequeña está muerta.

_Pero ¿Qué dices? ¡Mujer! ¿Estás loca?

_No, no estoy loca, creo que la nena está muerta. ¡Ven, rápido, por favor!

   Todo lo que siguió fue una pesadilla, se llevaron a la pequeña el padre y la vecina de al lado. La maestra se decía:” si tardan es que la están reanimando, vive, pues; pero si no tardan es que está muerta…Diosito, no lo permitas, por favor, dale la oportunidad de vivir”. Estos pensamientos duraron muy poco, culminaron con la llegada del padre con la niña envuelta en una toquilla, procedente del Centro de salud, en el que habían verificado su fallecimiento. El síndrome del lactante en la cuna.

   La maestra que había mantenido una serenidad extraña hasta ese momento, al oír al padre se derrumbó. La cabeza parecía que iba a estallarle y ya no quiso ver más el rostro de su pequeña. Con un  sollozo que estremeció la mañana helada, abandonó la estancia.

   Enfermó gravemente, más de la mente que del cuerpo, aunque ella se sentía extraordinariamente mal. La vieron muchos médicos y cuando la pedían que les hablara de ella, al llegar a este momento de su vida la interrumpían diciendo;

   _Vale, señora, no siga. Usted ha sufrido un trauma muy grande y tiene una gran depresión.

   La causa añadida a esta depresión la tuvo, aparte la pérdida de su hija, la conducta del padre.

   A la maestra le pareció muy mal que éste junto a su familia pusieran la mesa aquel día para comer con el cadáver de la niña en otra habitación cercana  ¡Dios¡ ¿Se puede tener hambre en una situación así, sobre todo el padre? Ella no podía pasar ni el agua.

   Pasados unos pocos días, cuando la pequeña yacía bajo la fría tierra, allá junto al castillo de la Mota, la maestra le dijo a su marido: “¿Cómo pudiste comer con la niña muerta en la habitación?” La voz rota, los ojos brillantes de lágrimas.

_ ¿Y tú? Si tú  te has alegrado de que la niña haya muerto _respondió el marido con voz acerada.

   La maestra sintió como si un sunami la hubiera derribado, arrastrado y dejado caer contra una pared de hormigón armado, al oír estas palabras. Y ahí terminó el amor que un día sintiera por aquel hombre.

 Lo que seguiría a este drama sería para ella un esfuerzo terrible para vivir, solamente aliviado por la presencia de sus otros dos hijos. Porque la maestra se vio privada de poder amar, de compartir, de tener ilusión con aquel hombre del que un día se enamorara. Todo se esfumó al sonido de unas palabras terribles.

    Se dedicó con todo su cariño a su profesión que siempre le gustó mucho. La maestra quiso a sus alumnos y ellos le correspondieron. Fue cuando se jubiló cuando percibió en toda su grandeza su profesión. Ella fue el modelo para muchos niños que se fijaban en todo lo que hacía y decía, y se daba cuenta de la responsabilidad de serlo ya que los alumnos aprenden observando lo que hacen los mayores, no lo que les dicen. Pensaba que el magisterio junto a  la profesión de médico y la de sacerdote eran las más importantes desde el punto de vista social.

   Tuvo la oportunidad de hacer amistades pero siempre rechazaba las invitaciones para tener más tiempo de estar con sus hijos y atenderlos mejor, pero luego se dio cuenta de que se había equivocado cuando los hijos ya no estaban en el hogar y ella se había jubilado. Se quedó sola, muy sola.  Los hijos se fueron poco a poco del nido y con ello vino el alejamiento emocional. La llamaban poco, la visitaban menos y la segunda hija, Laura, la echó de su vida como a un perro callejero. Y a la maestra no le gustaba nada esta expresión. La falta de cariño la dejó vacía, la vida sin sentido. La soledad se hizo su amiga. Tenía siempre un gatito en la casa y alimentaba a los gatos callejeros que no tenían dueño. Adoraba a los animales. En realidad lo que a la maestra le gustaba eran los niños, los animales, los libros y las plantas.

    Colaboraba con varias organizaciones internacionales de ayuda a la infancia y  a los   que huían de la guerra en varios países. Tenía la intención de ayudar a quien fuera para que su vida no hubiera sido en vano, como dijo un día su admirado Martin Luther King.

 

  

      Se jubiló a los sesenta años, y ahí empezó el tener que llenar tantas horas que antes había dedicado a los niños. Les añoraba: sus sonrisas, sus abrazos, su alegría…  La casa parecía mucho más grande. Los hijos ya no estaban en ella y el hombre con el que compartía techo no significaba nada afable, ni cariñoso para ella. Y el vacío y el silencio fueron sus compañeros.

     El conocimiento real de la soledad para ella comenzó cuando sus hijos, uno tras otro fueron abandonando el nido. Las habitaciones se iban quedando vacías. La maestra, antes de acostarse, daba una vuelta por la casa. Abría las puertas de las habitaciones de sus hijos, contemplaba sus fotos en las paredes que la miraban con una sonrisa amorosa y los ojos de ella brillaban intensamente bajo la luz de la lámpara. Ya no había amor en su vida, y lo necesitaba. Se había dado cuenta con la edad que lo más importante de la vida es la familia.  Y ella parecía que la había perdido toda.Había un hombre en su vida, más bien, vivía bajo el mismo techo, pero ya hacía años que no significaba nada para ella.  En un tiempo le había amado, pero ese tiempo fue breve: tres años, los tres años que transcurrieron hasta que la tragedia entró sigilosamente en su hogar: la muerte de su pequeña hija María Ángeles en la cuna. Ella conoció el tacto de la muerte al tomar a su hijita en sus brazos.

 La maestra no quería continuar pensando en este día, negro como el mismo infierno. La maestra pensaba que su hija no había muerto, al menos, mientras ella la recordara todos los días.

   Los hijos la llamaban, como ya se ha dicho, raramente. Excepto la hija segunda, Laura, que por alguna razón que ella desconocía la había echado de su vida. No le cogía el teléfono, no la visitaba, no permitía que sus nietas visitaran a la abuela. Había tratado de hablar con ella y recuperar el cariño filial que un día gritaba a los cuatro vientos a su madre. Venía del trabajo de enfermera por la mañana, y al llegar gritaba: “¡ Mamá, mamá, te quiero”¡ La maestra abría la puerta y dándole un beso le decía:¡” Calla, calla, que es muy pronto, escandalosa;”! pero una gran sonrisa surcaba su rostro. Pero ese amor filial se perdió. Sí. Quizá se quedó prendido de alguna hoja de un rosal, o de una jacaranda, o el viento lo arrastró lejos de aquella casa. La madre lo busco largo tiempo. Salía al jardín, removía las plantas, cortaba flores a ver si en algún pétalo se veía un “TE QUIERO, MAMÁ”, le preguntaba al viento… pero nunca le respondió. No. No halló nada. En algún lugar debió perderse aquel amor filial pero debió de ser un lugar muy lejano de la maestra. Y esto también le dolió mucho, pero que mucho, pero su hija fue inmisericorde. Sabía que estaba enferma de una dolencia grave y nunca preguntó:” Mamá, ¿cómo te encuentras?” Esto hubiera sido suficiente para la mdre. Este episodio destrozó aún más el corazón de la maestra. Lo que le restó de vida se preguntó cómo el cariño puede morir así. El suyo de madre no pudo matarlo.

 

 

 

 

 

     Su vida se despeñó por un barranco sin fondo, como ella misma. Sufrió, sufrió con un dolor no conocido, lacerante, arañando el fondo de su corazón. Había perdido dos hijas. La memoria le jugaba malas pasadas. Por su cerebro se paseaban imágenes terribles sobre su pequeña María: sus manitas, tan chicas, sus piececitos helados allá en su tumba en Medina del Campo, donde se la enterró, su cuerpecito, que sentía se lo habían arrancado de sus entrañas, allí, tan solo, tan quieto, tan frío…estas imágenes le dolían físicamente, la maldita memoria se recreaba en estos detalles arrancando lágrimas muy amargas a la madre que cayó enferma. Tan pequeña, tan sola, tan fría… no podía con estos pensamientos y rogaba a Jesús del Gran Poder que se los alejara de su torturada memoria.  Pasaron los días, los meses, y años. La maestra estuvo muy enferma. Había caído en un pozo muy negro y no veía ni un rayo de luz. Se trasladaron a Andalucía y allí, cuando la herida dolía una pizca menos, quiso tener otra hija. Utilizó a ese hombre para tener otra hija como quien compra algo valioso a alguien que no quiere. Y la tuvo. La hija que sustituyera en su corazón a la que quedó en su tierra castellana. Una preciosa niña a la que llamó Cristina, su Tinita, que la llenó de alegría y felicidad. Era un sueño para la maestra. Ni cien millones que le hubieran tocado, decía a sus amistades, podrían sustituir a la felicidad de tener a su niña en su cuna. Las crueles palabras del padre aún resonaban en su cerebro, pero un poco más lejanas como si el murmullo de la brisa de los olivares y la sonrisa de su pequeña las hubieran diluido un poquito en el corazón de su madre. Su vida fueron sus tres hijos y su trabajo. A los dos mayores los quería con la fuerza del corazón de una madre: inmensa. Se dedicó a educarlos, cuidarlos y quererlos, atendiendo todos sus problemas. Su razón de vivir fueron estas tres personas. El amor dejó de existir para ella.  Con el padre vivió bajo un mismo techo, aunque en tres ocasiones abandonó el hogar por la conducta indebida de él, pero volvió aunque nunca entendió muy bien por qué pues no había ni un solo sentimiento de afecto hacia esa persona, tampoco de odio. La maestra era incapaz de odiar.

   Los hijos fueron creciendo, acabando sus carreras y marchándose del hogar. No la llamaban con la frecuencia que la madre necesitaba, pero la realidad era esa y la aceptaba.

  

   Ahora estaba enferma crónica. Tomaba una medicación que la hacía sentirse muy enferma en algunas ocasiones, otros días eran mejores. Veía la vida más que nunca sin sentido para ella. Todo lo que tenía que hacer estaba hecho. Le hubiera gustado viajar algo más al jubilarse pero el mismo año en que se jubiló cayó enferma, y aunque había hecho algún que otro viaje, sus fuerzas habían mermado mucho. En su camino hacia el final se daba cuenta de muchas cosas en las que no se reflexiona cuando se está muy ocupada. La familia, el amor filial y el amor de un esposo o compañero eran lo más importante. El ayudar al que lo necesitara era para ella algo primordial. Era lo que le daba algún sentido a su vida. Colaboraba con  organizaciones internacionales de ayuda a los más desprotegidos y si sentía irse era por ellos. Los días estaban exentos de alegría para ella, excepto cuando veía a sus hijos Enrique y Cristina y a sus nietos Juan Miguel y Jorge. Se había cambiado de lugar de residencia para estar más cerca de su hija Cristina a la que adoraba. Por su hijo Enrique hubiera dado lo que no tenía, pero como el cariño de madre es infinito, ese sí lo tenía. A su segunda hija, Laura, la había perdonado su abandono y el que no le permitiera ver a sus nietas, pero siendo sincera sí que le gustaría que pasara por la décima parte de lo que ella había sufrido. Quizá así pediría perdón a Dios por su conducta.

   La familia que soñó formar, no llegó serlo por culpa del padre que había actuado de espaldas a la esposa en asuntos muy dudosos. Se había arruinado por completo y durante más de treinta años no dejó de pagar recibos de multitud de préstamos y tarjetas de crédito.

   Esperaba su final con cierta ansiedad. Ya no le atraía leer a sus autores preferidos:  Víctor Hugo, Carlos Dickens, Bécquer, Miguel Hernández, León Tolstoi… y muchos otros cuyo nombre no recordaba ya. Había aprendido mucho de todos ellos.

   Había escrito una novela basada en hechos reales de la vida de sus padres y bastantes relatos. Pensó que antes de irse debería recopilarlos todos y encuadernarlos para que quedara un recuerdo de ella, aunque no sabía si en realidad le importaba a alguien.

   Aquella tarde sentada en su sillón frente al mirador que daba al jardín que tanto había cuidado, pero que ya no podía hacerlo, sintió que la hora había llegado. Así de repente. Miró al  Cristo coronado de espinas que ella misma había pintado y que le parecía el más bello de todos los que había visto y le pidió perdón por si o que deseaba hacer no estaba bien, pero no podía más. Su dolor la podía.

   Se levantó, fue al cesto de mimbre donde guardaba las medicinas y tomó dos cajas enteras. Estaba serena, tranquila. Tenía agua en la mesa y echó sobre la palma de su mano izquierda todas las pastillas de un envase. Con varios sorbos de agua las ingirió, después hizo lo mismo con el otro envase.

 

   Su móvil sonó. Era la mujer e la limpieza. Nadie respondió.

   A la mañana siguiente, lunes, abrió la puerta con la llave que la maestra le dio. No la vio en su habitación cuando fue decirle que ya había llegado. Extrañada recorrió la casa, cuando llegó al comedor la vio en su sillón. Tenía el rostro pálido, tranquilo, echado ligeramente hacia atrás. Su mirada en su amado Cristo. En sus labios se dibujaba una a leve sonrisa.  Una sonrisa de Paz y Perdón.

     

   Esperaba su final con cierta ansiedad. No le gustaban

 


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Domingo, 20 de noviembre de 2016

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MUJER DE TODOS POR AMOR( enviado por mariangeles512)

La pareja lo había pasado mal, muy mal. Él estaba enfermo ya casi tres años. Una dolencia grave que le impedía trabajar; el salario íntegro se pagaba  en su empresa los dos primeros años, y después una aseguradora le pagaba una pequeña cantidad con la cual no llegaban a final de mes, ni podía comprar tantas medicinas que le recetaban los médicos que le atendían. Era ingeniero de sistemas pero la enfermedad tan larga había diezmado totalmente sus ahorros. La esposa trabajaba en una notaría, pero tuvo que dejar el trabajo para atenderle a él, noche y día le había dedicado los últimos años. Cuando los ahorros de la pareja se hubieron consumido, y el marido mejoró un poco, la esposa se colocó por horas en la limpieza de casas. Lo que sacaba no era suficiente, pero podía comprarle comida y medicinas al marido.

 

   Llegaba de la calle alegre con una bolsa  llena de frutas y se dirigía a la habitación conyugal para ver al esposo y decirle:
_ Miguel, ¡mira lo que te he comprado! Frutas frescas y una pequeña merluza para ti. Ya verás como si comes bien recobrarás las fuerzas y te pondrás pronto bueno.

Un cariñoso beso de la esposa acompañaba estas palabras de esperanza. Miguel le tomaba las manos entre las suyas y se las besaba  con devoción.

_ ¿Qué hubiera sido de mí sin tus cuidados? Ángela. Has sido como un ángel de la guarda. Creo que no hubiera sobrevivido a esta terrible enfermedad sin ti. Tengo contigo una deuda eterna, amor. Que Dios te bendiga.

   _ Dios ya me bendijo el día en que nos encontramos. Me puso delante al hombre más bueno y generoso que jamás pude soñar. Hemos sido tan felices todos estos años, que tenemos que dar gracias al Señor.  Solo nos falta un hijo para ser totalmente felices y esto cuando te recuperes podrá ser.

_    Que así sea, cariño mío_ afirmó con la voz quebrada por la emoción.

 

La esposa se veía muy apurada para pagar los gastos de la vivienda, como luz, agua, gas, teléfono…, pero no comentaba nada al marido, ya tenía bastante con su enfermedad, pensaba. Un día de regreso de su trabajo de limpiadora encontró en el buzón de su casa una carta que la sobresaltó. Era de la compañía de la luz y en ella se le decía que el servicio eléctrico iba a ser suspendido por falta de pago.

_ ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? No podemos quedarnos sin luz; Miguel se dará cuenta de la mala situación en que nos encontramos, y creo que si se preocupa podría empeorar. ¡No, no! Haré cualquier cosa para poder pagar el recibo de la luz antes de que nos la corten.

 Angélica pensó en una amiga que tenía y que vivía dos manzanas más abajo de la calle. Se veían poco debido a lo muy ocupadas que estaban las dos, pero se colocó una chaqueta por los hombros y salió a la calle en dirección de la casa de su amiga Pilar.

   Subió a la tercera planta y un poco nerviosa tocó el timbre. Esperó. Al cabo de unos segundos oyó las pisadas de alguien dirigiéndose a la puerta. La persona que apareció en el umbral preguntó ante la sorpresa de Angélica.

_ ¿Qué desea?, señora.

_ Perdone, pero aquí vive una amiga mía, llamada Pilar. ¿Se encuentra en la casa?

_ Lo siento, señora, pero yo vivo en este piso más de seis meses, sola con mi marido. Quizá su amiga se ha mudado a otro piso.

   Angélica se quedó muda. No sabía nada de Pilar desde hacía tiempo y debió de ser en ese periodo cuando se cambió de casa. Lamentó también que no hubiera sido para ella lo suficientemente importante para comunicárselo. Se despidió con un breve “disculpe” y se dirigió a su casa.

   Por el camino trataba de encontrar la persona que pudiera ayudarla. Miguel no tenía padre y la mamá vivía de la pensión que le quedó del esposo, nada grande, por cierto, y los dos hermanos vivían bien pero sabía con certeza que Miguel no querría que se les pidiese nada. Ella no tenía padres ni hermanos, así pues, no sabía qué hacer. Volvió a sacar la carta del bolso para ver cuánto tiempo tenían para pagar el recibo: una semana. Bueno_ se dijo, tal vez en esos días encontrase el modo de encontrar el dinero.

   Caminaba despacio con la cabeza llena de pensamientos, miraba al piso obstinadamente, levantó la mirada y vio en la esquina que iba a dejar atrás una mujer bastante pintada y con una ropa que le pareció no compaginaba con él tiempo que hacía. Llevaba una falda que apenas le cubría los muslos y unos zapatos con un tacón imponente. Una chaqueta de cuero sintético, le dejaba medio pecho al descubierto. Angélica quedó sorprendida por aquella persona y su atuendo. De pronto un coche aminoró la marcha y fue a estacionarse en la esquina en la que estaban las dos mujeres. Los cristales del auto fueron bajados y una voz aguardentosa emergió del interior:

_ ¡Oye! ¿Cuánto me llevas por una mamada?-Dijo mientras sus ojos se fijaban en Angélica.

   La otra mujer se abalanzó sobre Angélica y de un empellón la apartó del coche que había parado a su lado.

 _ ¡Eh, que esta esquina es mía!

   La mujer empujada no salía de su asombro. Se arrebujó en su chaqueta y con paso rápido siguió calle arriba hasta su casa. Iba temblando.

   La habían confundido con una prostituta. ¡Dios! ¿Cómo pudo ocurrir eso? Ella iba vestida con discreción. No daba pie a equívoco alguno, o eso creía ella. La otra mujer sí que llamaba la atención. Miró un instante a la calzada y vio pasar el vehículo con la mujer sentada en el asiento del copiloto mirándola  con una sonrisa despectiva mientras mascaba ostensiblemente un chicle.

   Angélica sintió unas profundas ganas de llorar, nunca se había sentido tan humillada. Miró algunos escaparates tratando de serenarse, no quería que Miguel le viera los ojos enrojecidos. Pensó en él; no sabía cómo iba a resolver los problemas económicos sin que su esposo se enterara. De pronto le vino a la mente una idea que le pareció maléfica: la mujer que la empujó seguro que ganaría un dinero por irse con el asqueroso conductor del coche, esta idea le parecía repugnante a Angélica, sólo la idea del dinero la hacía menos insoportable. Quiso dejar de pensar en semejante cosa. Llegó a la casa, su esposo la esperaba impaciente.

_ ¡cariño! ¿Cómo has tardado tanto? Dame un beso, tesoro. ¿Vienes muy cansada?

_ He tardado algo más porque he ido a comprar unas cosillas que nos hacían falta. Tú, ¿qué tal lo has pasado?

_ Pues bastante bien, cariño, no he tenido grandes molestias, he paseado un poco por el pasillo. Y he estado leyendo el libro que me regalaste. Muy interesante, me está  pareciendo.

_ ¡Cuánto me alegro de que te encuentres mejor! Todos los días le pido al Señor que te ayude, bueno, y a los demás enfermos también. Parece que Dios nos está escuchando. Los esposos ante estas palabras se abrazaron con todo el amor que se profesaban.

_¡ No me abandones nunca, amor mío! No podría vivir sin tu presencia y tu apoyo.

_ Pero, ¿Cómo dices esas cosa, cariño mío? Si yo no vivo más que por ti. Tú eres mi Norte, mi razón de ser. Mi vida eres tú, así que no vuelvas a decir nunca más lo que has dicho ahora. Me harías llorar.

_ Está bien. ¡Perdóname! No lo volveré a decir más.

   La besó con pasión en los labios, en el cuello, en las manos, esas manos que tanto le habían cuidado.

   La esposa le devolvió las caricias impregnadas de ternura.

_ ¡Anda, vamos a que te acuestes! Allí te llevaré la cena.

 

   Las horas anduvieron su caminar a lo largo de la noche iluminadas por una rutilante luna.

 

 

   Los días se sucedieron con más rapidez de lo que Angélica hubiera deseado. Fue a hablar a la compañía de la luz a ver si podían llegar a un arreglo, pero la persona con la que habló no le pudo dar ninguna solución.

   Angélica salió desolada del edificio. Había ido también al banco para solicitar un préstamo, pero ante los papeles que ella presentó se lo denegaron. Se sintió completamente desamparada. Pero algo tenía claro, Miguel tendría todo lo que necesitaba para su recuperación, tanto medicamentos como alimentos.

   La idea que le rondaba la cabeza se instaló definitivamente en ella. Iría a la esquina en la que vio a aquella mujer y vería lo que pasaba y si tenía que entregarse por dinero a algún hombre, lo haría.

La decisión estaba tomada. Saldría de casa vestida y arreglada normal, como ella iba siempre, pero en su bolso metería unas ropas que se había comprado aquella misma mañana, y todo lo necesario para maquillarse. Esta sería su primera noche.

   Entró en la habitación del esposo:
_ Miguel, cariño, esta noche volveré un poco más tarde, me ha salido otra casa para limpiar. Tienes todo preparado en la cocina, por si quieres cenar. Yo estaré aquí ya para darte las medicinas.

_ Trabajas demasiado amor. No sabes cuánto lamento que el peso mayor de los gastos de la casa los tengas que soportar, tú.

_ No te preocupes, cariño mío. Y ¿qué harías tú si la enferma fuese yo?, pues lo mismo, o, ¿no? ¡Tranquilo! y descansa todo lo que puedas.

   Angélica se acercó a él y le dio un amoroso beso en los labios.

 

 

   Salió a la calle. Se sentía como si fuera a cometer un crimen, y quizá lo era para ella lo que pensaba hacer, pero ninguna puerta se había abierto para tenderle una mano.

   Llegó al lugar. No había nadie. Entró en un portal cuyas puertas estaban abiertas, se situó en un lugar en el que no era visible desde la calle y se cambió de atuendo; luego sacó un espejito y en unos minutos modificó sus bellas facciones en las de una mujer ordinaria y vulgar.

   Salió a la calle, se quedó parada en la esquina mirando hacia un lado y otro de la calzada. Los coches pasaban a toda velocidad. Ninguno parecía iba a detenerse.

De pronto observó cómo un vehículo oscuro rodaba lentamente por la derecha hasta detenerse junto a ella.

   El corazón de la mujer empezó a palpitar locamente.

_ Hola, ¿Quieres que demos un paseíto?

Angélica se acercó a la ventanilla abierta. El hombre era de unos cincuenta años. Su apariencia no repugnó del todo a la mujer que contestó:
_ ¡Vale! Tú mandas.

   Abrió la portezuela y se metió sin querer darse cuenta de lo que hacía.

   El coche arrancó y se desvió por unas calles que Angélica no conocía hasta salir a un descampado, donde había algún vehículo estacionado.

_ ¿Te parece bien aquí?

_ ¡Claro!. Donde a ti te guste.

   Sin mediar palabra el hombre empezó a sacarle la ropa a la mujer que se dejó hacer sin decir palabra. Recorrió con sus manos las zonas erógenas y se detuvo en los senos largo rato y después le introdujo el pene sin más caricias. Angélica creyó que no iba a poder resistirlo, que iba a gritar hasta que Dios la escuchara, pero la mirada de su esposo, su ternura, le hicieron morderse los labios hasta que el rojo de la sangre se confundió con el rojo del carmín.

   Una vez que el hombre hubo eyaculado, se ajustó los pantalones y le dijo:
_ ¡Vístete!

_ Y, ¿el dinero? ¿Cuándo me lo dá?

_ Ahora. ¡Toma!

   Sacó el billetero y extrajo un billete de cincuenta euros que le alargó a la mujer.

_ ¿Sólo esto?_ dijo ella en un susurro.

_ Es lo que suele darse por el tiempo que hemos estado, bueno, toma diez euros más. Al fin y al cabo tú me has parecido distinta, mejor, ¡vamos!

   Sin mediar más palabra el hombre arrancó cuando vio a la mujer vestida. Se dirigió a la esquina donde la había recogido, abrió la portezuela pasando el brazo por delante del pecho de ella y dijo:

_ ¡Bájate! ¿Vienes por aquí a menudo?

_ Bueno…a partir de ahora creo… creo que sí.

_ Está bien. Otro día nos veremos.

 Y arrancó.

   Angélica al ponerse en pie y a pesar de las bragas, notaba como un líquido caliente se deslizaba desde su vagina por sus muslos y piernas. ¡Dios!  ¿Qué podía hacer? No podía ir a casa así, ni a ningún otro sitio. Sintió un miedo atroz. No sabía qué hacer. Apretó las piernas fuertemente, intentando parar el río de semen, pero no lo conseguía. Anduvo unos pasos pegada a la pared y volvió a encontrar en portal donde se cambió de ropa. Aún estaba abierto, Dios era Misericordioso. Se ocultó en el mismo lugar que la primera vez y allí se quitó la ropa de puta y con ella se limpió el líquido lechoso que la había corrompido. Se cambió de ropa. Se vistió con sus ropas de  mujer decente y digna que era, y dejó las otras ropas, mezquinas y horribles, detrás de una puerta. No quería llevar nada a su casa. Con un pañuelo se quitó el carmín exagerado, los coloretes y la máscara de las pestañas, así como el maquillaje que se había puesto de forma excesiva. Se miró en un espejito y no se reconoció. Sus ojos no eran los mismos. La culpabilidad que sentía la mujer se escapaba por ellos inundando el mundo entero y no pudiendo contener la pena  el llanto afloró a su mirada produciendo en la mujer como una catarsis por lo sucedido, por el horror del acto cometido. Se sintió un poco más tranquila. Se peinó su hermoso cabello como siempre, no quería que Miguel notase nada extraño en ella. Se perfumó un poco con su  fragancia habitual, y cuando salió del portal en una fuente que había en una plazuela se lavó las manos con fuerza.

   Caminó largo rato. No podía intentar otro contacto aquella noche, no podría resistirlo. Con los sesenta euros que tenía pagaría la luz. Otro día trataría de reunir algo más para los otros recibos y algo de comida para Miguel. Ella comía en la casa donde trabajaba por la mañana de nueve a dos de la tarde, así pues, el que importaba era él.

 

 

Cuando creyó que nada de su semblante y aspecto podría delatar lo que había hecho, encaminó sus pasos al hogar. Tenía unos enormes deseos de ver a su amado esposo. Le pedía a Dios que le devolviese la salud. Era un hombre muy joven para resignarse.

   Abrió la puerta silenciosamente y al no ver en el salón a Miguel se dirigió a la alcoba matrimonial. Estaba echado del lado izquierdo, de forma que no la vio entrar. Dormía plácidamente. Angélica le miró con amor, acarició sus cabellos con sus manos y depositó un beso en ellos

   Se alegró que el esposo estuviera dormido, así le daría tiempo para bañarse, se sentía muy sucia,  el agua caliente y el jabón quitarían cualquier rastro de la ignominia. Se pondría ropa limpia y quizá pudiera sentirse como antes. Se sentía mal, muy mal, tenía la sensación de que había destruido una vida, su vida, tan bella, tan limpia, tan noble… aunque el motivo por lo que había sido infiel a Miguel fuese por amor a él. Ahora no estaba segura de si no podría haber encontrado el dinero de otra forma. Había tocado muchas puertas y no había conseguido nada, realmente no sabía adonde más podría haberse dirigido. Intentó animarse diciéndose que volvería a pedir trabajo en la notaría cuando Miguel mejorase algo más y pudiese quedarse solo más horas. Con el salario que ganaba en la notaría tendría para cubrir todas las necesidades de la pareja.

   No tenía apetito y se conformó con un vaso de leche. Se lavó los dientes y se acostó al lado de su esposo sin hacer ruido y suavemente para no despertarle.

   En el lecho le vinieron a la mente todos los hechos sucedidos aquella tarde-noche. Sintió profundas ganas de vomitar, pero se contuvo tratando de pensar en otra cosa.

   El sueño reparador entró en ella y su alma pudo dejar de sentir tanta tristeza.

 

 

   Pasaron varias semanas. La vida que Angélica había empezado le había proporcionado ante el asombro de su esposo todo lo que necesitaban  para hacer frente  a sus gastos.

    Ella le había explicado que en la nueva casa donde limpiaba hacia trabajos extras cuidando a una persona mayor y de ahí el aumento de la paga. Miguel aceptó la explicación y beso con ternura a su mujer.

_ No sabes las ganas que tengo de estar listo para volver al trabajo. Vamos a ver lo que me dicen en esta próxima revisión. Así tú no tendrás que ir a más domicilios, aunque ya sabes que yo considero que no hay trabajo indigno.

_ Lo sé. Yo también espero tu revisión pero no por dejar de trabajar, sino por saber si tu enfermedad está remitiendo. Todos los días le pido al Señor tu recuperación, amor mío.

Miguel miró a su esposa con una mirada plena de amor, aunque un brillo especial desconcertó algo a Angélica.

_ Bueno, mira son las cinco de la tarde, tengo que ir a la última  casa. Ya sabes, sobre las diez o algo antes, estaré aquí. Todo lo tienes preparado: la comida, el pijama limpio encima de la cama, el móvil cargado por si necesitas llamarme. No te canses mucho, amor. Acuéstate pronto.

Me voy_ Angélica se acercó al esposo y le abrazó fuertemente besándole con pasión.

Él un poco sorprendido por la fuerza del abrazo dijo:
_ Bueno, que me dejas sin respiración, mujer, que no te vas a la guerra.

_ La vida, Miguel, se parece bastante a una guerra. Todos los días tenemos que librar batallas, y, a veces, perdemos alguna…

    Abrió la puerta y salió con su gran bolso al hombro.

   Se dirigió a la odiada esquina que ahora compartía con la otra prostituta. Ya había encontrado el lugar donde practicarse su metamorfosis. El bar que se encontraba cerca del portal donde se cambió  la primera noche. Entraba, pedía un café, lo pagaba, y mientras se lo servían, entraba a los lavabos y en un par de minutos se cambiaba de ropa, se pintaba y salía sin mirar a nadie hacia la calle.

   Aquella tarde no esperó mucho. Un gran coche blanco se detuvo ante las dos mujeres. Un hombre mayor sacó la cabeza lo más que pudo y llamó la atención de Angélica:
_ Oye, ¿Qué cobras por un completo?

_ La mujer se soltó la melena.

_ Una hora,  cien euros. Te ¿vale?

_ Me vale. Sube.

   La mujer obedeció, se acomodó en el asiento del copiloto y dejó que aquel desconocido la condujera a quién sabe qué lugar. Ella siempre tenía miedo, mucho miedo de estas situaciones pero rogaba al Buen Dios que no le pasara nada peor de lo que ya le pasaba. El coche se detuvo ante un edificio de apartamentos. El hombre ordenó a la mujer que bajase. Angélica lo hizo. En su interior temblaba de pies a cabeza. Subieron al portal y se dirigieron al ascensor. El hombre marcó el piso catorce.

_ Este apartamento lo uso sólo para estas ocasiones, pero es muy confortable.

   Llegaron al fin. El hombre abrió la puerta y entraron en una amplia estancia amueblada someramente. Dos largos sofás, una mesa baja en medio y detrás de uno de los sofás, un mueble bar, repleto de botellas de licor.

El hombre se acercó al bar, tomó dos vasos y una botella, escanció el líquido en ambos y le alargó uno a la mujer.

_¡ Gracias!, pero yo no bebo nunca.

_ Bien, esta será tu primera vez. ¡Bebe!

   La voz era una orden y la mujer comprendió que tendría que beber.

_ Ponte cómoda, ¡siéntate!

   Ella se acomodó en uno de los grandes sofás y bebió un sorbito de aquel líquido que al pasar por su garganta pareció que se la quemaba.

_ Bebe un poco más. Esta bueno, ¿no?

_ Sí, sí, muy bueno…

   Al cabo de un corto periodo de tiempo la vista de la mujer parecía que se enturbiaba. Su cabeza y la percepción de lo que la rodeaba cambiaba por momentos. Trató de levantarse e ir a la puerta pero no pudo mantenerse en pie. El hombre se acercó a ella, y muy lentamente comenzó a quitarle toda la ropa que la mujer vestía. Quedó completamente desnuda. La toco por todos lados de aquel cuerpo. Él se quitó los pantalones y dejó su miembro al aire. Estaba erecto. Cogió la cara de Angélica y acercó su boca al miembro. Ella la tenía cerrada pero el hombre le metió dos dedos y se la abrió y le introdujo el pene en ella todo lo que pudo. La mujer hizo gestos de asfixia, pero él no aflojó la presión del pene en su boca.

_ ¡Chúpala! Seguro que lo has hecho muchas veces.

_ ¡No…, no lo he hecho…. con nadie…., sólo con mi marido!

_ ¡Vamos, vamos, no me digas que eres una mujer formal y que hoy te has soltado la melena, es para reírse.

_ ¡Ríase todo lo que quiera…, pero esa es la verdad! Todo….todo esto lo estoy haciendo por pura desesperación. Mi esposo está muy enfermo y…y… con su ayuda y lo que yo gano… no llega para costear su tratamiento… y mantenernos nosotros y los gastos de la casa_ balbuceó debido al mareo y a lo que le obstruía la boca.

_ Bueno, bueno, yo no he venido aquí para escuchar dramas. Haces lo que yo te diga, te pago y aquí no ha pasado nada. ¿De acuerdo?

   Angélica pensó en todas las cosas necesarias que había podido adquirir vendiendo su cuerpo porque su alma no la habían tocado, y que por una vez más,  ya no podría hacerse más daño a sí misma.  Había colmado todos los vasos.  Con un hilo de voz dijo:
_ Está bien. Como usted diga.

   La mujer en su estado de borrachera nunca vivido, hizo con su boca y lengua los movimientos que pudo. Estuvieron así largo rato mientras el hombre le tocaba los genitales con avidez, ocupando todos los orificios naturales de la mujer. Le lamió los pezones una y otra vez mientas le apretujaba los senos como si fueran de esponja. No quedó un milímetro de cuerpo sin mancillar. Al fin,  un líquido caliente y viscoso profanó, cayendo desde la boca de la mujer, sobre sus senos, vientre, y muslos hasta que las últimas gotas se perdieron el  sofá.

   El hombre sacó el pene de la boca de la mujer que cayó medio desmayada sobre el asiento. No hacía movimiento alguno para arreglarse.

_ Bueno, ¿Qué pasa? ¿Acaso es cierto que nunca habías hecho algo así? ¡Anda, ponte la ropa! Tengo prisa.

   Angélica no daba señales de vida. Parecía que había perdido el sentido. El hombre la zarandeó pero no consiguió nada. Irritado cogió el bolso de ella y miró en su interior. Vio las ropas que usaba habitualmente, un monedero y una agenda, aparte de las pinturas que usaba para su papel de puta.

_ Vaya bolso tan raro, traes de todo, ¡rica! Bueno voy a ver si encuentro un teléfono de tu casa y que venga algún familiar, si es que lo tienes, a buscarte. Yo no puedo llevarte a rastras.

   El individuo escudriñó hoja por hoja  la agenda, hasta que dio con varios nombres que pensó tendrían que ver con la mujer.  En el documento de identidad ponía casada. “Vaya sinvergüenza, engañar así al marido”.

   Al azar marcó un fijo. El timbre rompió el silencio del horror. Al cabo de unos pocos minutos la voz de un hombre se oyó en la distancia:
_ ¡Diga!

_ Por casualidad ¿tiene usted una esposa de nombre Angélica?

   Un largo silencio al otro lado del hilo.

_ ¿Sí?_ Insistió el que llamaba.

_ ¿Quién es usted? ¿Por qué me pregunta por mi esposa?

_ ¡Ah, Con que es su esposa! Pues mire, le llamo porque su esposa, si es que hablamos de la misma persona, esta desmayada en un sofá de mi apartamento y ha quedado así después de emborracharse y hacer el amor conmigo más de una hora.

_ ¡Usted está loco! Esa persona no puede ser mi mujer, se lo aseguro.

_¿ Se apellida su esposa Del Monte Espinar?

_ Pues…sí…sí, así se llama…

La voz había perdido tal intensidad que apenas se oía. El tipo que había contratado el flete se impacientaba y dijo:

_ Escuche, sea usted quien sea. Yo me voy a marchar de aquí. Dejaré la puerta sin cerrar. La dirección es la siguiente… Venga a recogerla y verá de paso si es su mujer. Cierre al salir, por favor. ¡Ah, y según ella, todo lo ha hecho por usted!

   Miguel quedó anonadado cuando colgó el auricular. No podía creerlo. Tenía que haber un terrible error en alguna parte. Un malentendido miserable.  Se vistió lo más rápido que pudo, pidió un taxi y le dio la dirección que acababa de conocer.

   La carrera duró media hora. El edificio estaba a las afueras de la ciudad. El taxi se detuvo, Miguel pagó la carrera y bajó. Miró a su alrededor. Era una gran plaza con varios edificios altos. Se veía solitario el lugar. Llamó al portero para que le abriera la puerta y se dirigió al piso indicado, sintiéndose más enfermo que nunca.

   Recorrió un largo pasillo hasta que llegó a la puerta número 21; no estaba cerrada con el resbalón, sino entornada. La empujó y a sus ojos apareció la visión de un cuerpo de mujer desnudo. Se acercó con el corazón palpitante. Sí, era  su esposa, desmayada sobre el sofá con los cabellos en un puro desorden, los ojos ribeteados de pintura corrida por las lágrimas y unos labios, unos labios que Miguel no había imaginado nunca pudiera verlos en su esposa. Tenía la boca entreabierta y por las comisuras se secaba un líquido espeso y blanquecino que le daba un aspecto atroz. Sintió una pena terrible dentro de él, pero no por él, sino por ella. Conocía a su esposa desde hacía tiempo y sabía su opinión acerca de la prostitución, del engaño, de la infidelidad, aunque no tuvieran que ver mucho entre sí. Sabía que era una mujer íntegra, leal, decente, honesta, buena. Que tenía que haber sufrido indeciblemente para llegar a aquel estado. El individuo que le llamó le dijo:”Lo ha hecho por usted”.

Sonaba muy duro pero lo peor es que estaba seguro de que era cierto. De pronto comprendió con qué dinero compraba todo lo que ella traía a la casa para él, sobretodo comida de calidad, ropa interior nueva, bata de casa, un televisor para el dormitorio para que él se distrajera mientras descansaba…¡pobre Angélica! A qué precio había pagado el bienestar del esposo enfermo.

   Se agachó sobre ella y la llamó suavemente:

_ ¡Angélica, cariño, despierta, vamos a casa!

   Buscó una toalla y limpió como pudo a la esposa mancillada, la fue vistiendo con las ropas de siempre. Lágrimas de dolor por ella, por los dos, cayeron sobre la mujer. El rostro noble de la esposa iba adquiriendo su semblante normal, a pesar de lo vivido.

Una vez vestida llamó a un taxi; cuando llegó le pidió que subiera al apartamento. Necesitaba ayuda. El taxista subió y quedó extrañado del escenario.

_ ¡Por favor! ¡Ayúdeme con mi esposa! la bajaremos al coche, yo sólo no puedo. El taxista sin decir palabra la cogió él solo y salió rumbo al ascensor. Miguel se adelantó para pulsar el botón de bajada y cuando llegaron a la calle se dirigieron al taxi y Miguel abrió la puerta de atrás para que su esposa fuera depositada en el asiento. Él se sentó al lado del conductor y le dio la dirección de su hogar. No pudo pronunciar una palabra más.

   Llegaron, por fin a  la casa. El conductor repitió la misma operación con la mujer y siguió al marido para saber dónde tenía que llevarla. Una vez en la casa, la dejó en su lecho, cobró su trabajo y se alejó de allí. Miguel lavó a su esposa, le colocó un camisón y le tapó con sumo cuidado y cariño. Sus ojos quedaron prendidos del rostro de su esposa, mientras varias cálidas perlas producían su redención.

Después se sentó a la mesa y tomando un folio empezó a escribir. Una vez terminó, lo dobló y lo colocó sobre la mesilla de noche de su esposa. Luego cogió una maleta, metió unas cuantas ropas, las medicinas que tomaba diariamente y salió de la casa silenciosamente, no sin antes dar un amoroso beso en el cabello a su querida esposa.

 

 

    La noche se arrastró penosamente por las almas de los que sufren. Hasta la naturaleza parecía que no deseara que amaneciera para que no se viera tanto dolor. Y  se alió con la espesa niebla.

   Angélica se removió en su cama y extendió el brazo por el lugar que ocupaba el esposo. Allí no estaba. Su mente se despertó al instante a pesar del terrible dolor de cabeza que sentía. ¿Dónde estaba Miguel tan pronto?

_¡Miguel, cariño! ¿Dónde estás? El silencio respondió.  La mujer alarmada se levantó de un salto, y casi vacilante le buscó por toda  la casa. Miguel ya no estaba en su lugar de siempre fuera del dormitorio, la butaca que ella le había regalado para que estuviera lo más cómodo y relajado posible. Los servicios vacíos, la cocina…

Volvió al dormitorio, abrió el armario ropero. Faltaban algunas ropas de él. Angélica se alarmó hasta el extremo. ¿Cómo había podido irse sin decirlo? Miró en rededor y vio sobre su mesilla de noche un papel doblado. Lo tomó, lo abrió temblando y leyó. Era la letra de Miguel.

“Querida mía. Quiero pedirte perdón antes de nada. Perdón por haberte sacrificado de forma tan grande por mí. No tengo nada que reprocharte, sé que lo hiciste fue por amor a mí. ¡Qué buena eres, mi cielo! Jamás podré agradecerte este acto de amor, y como mi amor por ti es tan grande como el tuyo es por lo que me voy. No quiero que hagas más lo que has hecho por mantenerme a mí. Vas a vivir tranquila, con lo que ganas tendrás para vivir bien y si vas a la notaría quizá te admitan de nuevo. Nos veremos de nuevo cuando haya sanado y no sea una carga para ti. Si no vuelvo es porque Dios decidió otro final para nosotros, pero estaré aún más cerca de ti. He sido inmensamente feliz el tiempo que hemos estado juntos.

   Te llevaré cada día en mi pensamiento. Eres mi vida.

   Trata de ser tú un poco feliz, llevas mucho tiempo de sufrimiento, amada mía.

 

   Te amo por siempre:

   Miguel


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Lunes, 04 de mayo de 2015

Vivimos dentro de una sociedad que apenas nos queda la esperanza de ver que hay salida. seguiremos esperando.


Publicado por Lanzas @ 11:23  | Dramas
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Jueves, 27 de junio de 2013

 

La maestra, la maestra que hacía años había llegado al pueblo del interior de aquella hermosa región, que había exhalado el perfume amargo del aceite de oliva recién prensado, enrollado en el aire, que se le había llenado la mirada con el verde gris de las hojas de tantos y tantos olivos… La maestra se había embriagado con aquellas sensaciones, pero también había percibido otras muchas más. Había sufrido al ver la miseria en que vivían muchos de sus alumnos, que iban a las clases de la mañana sin desayunar, que había percibido el dolor de una gran decepción al darse cuenta de que allí, en aquel pueblo del interior, nada era como ella había imaginado en su meseta. Ella había creído que iba a la Costa del sol cuando eligió destino La Costa del sol: clima tibio, buena vida, diversión, alegría…No, aquel pueblo no era nada de aquello. En aquel pueblo hacía frío en invierno, mucho frío, y mucho calor en el verano. La gente en edad de trabajar se iba a los campos a principios del año, con toda la familia, a recoger la aceituna y, más tarde, a Francia a recoger la uva. Los niños perdían sus días de escuela, ¿cómo iba a progresar una zona de España, pensaba la maestra, si la mayoría de los habitantes del pueblo donde ella intentaba introducir la cultura, el saber, era analfabeta? La maestra confiaba en el saber para subir peldaños en la vida hacia un lugar mejor, pero la realidad era tenaz…No, ese pueblo, ella no lo había imaginado así. En su tierra los agricultores, en gran número, eran dueños de la tierra que cultivaban. La maestra había comprobado que la vida de éstos era dura para arrancar a la tierra su riqueza, pero era también mejor. Muchos de sus compañeros de carrera procedían del campo y sus padres les podían pagar los estudios y la estancia en la capital en un Colegio Mayor.

Ella había querido educar a aquellos niños en muchos aspectos de la vida. Los niños habían correspondido a su preocupación por ellos con su cariño, lo más preciado para la maestra.

Llevaba ya dos cursos en aquel pueblo. Había tratado, entre otras muchas cosas, de que las costumbres, algo brutales a veces, en el trato hacia los animales por parte de niños y adultos, cambiasen. En las clases de Ciencias Naturales, siempre contaba alguna historia de algún hecho llamativo de algún perro u otro animal para ayudar al hombre…

Llegaron las fechas de la Navidad. La maestra pensó que lo mejor para sus alumnos, que muchos nunca habían salido del pueblo, sería llevarles de excursión a Granada, que tenía un Parque de las Ciencias, que ella ya había visitado y le había gustado mucho.
El problema del dinero para el autocar y las entradas al Parque lo resolvería haciendo una colecta entre los niños y lo que faltase lo pondría ella, ya que ese mes cobraría paga extra. La maestra se sentía contenta. Sus niños iban a ver multitud de objetos y experimentos jamás imaginados por ellos. Seguro que iban a quedar fascinados.

Llegó el día de la ansiada excursión. El autobús estaba aparcado frente a la puerta del aula.
La maestra arengaba a los niños:
_ ¡Niños! Ya os he comentado que vamos a ver un montón de cosas que nunca habéis visto, por eso tenéis que atender muy bien a todo lo que nos expliquen allí. Cuando volvamos a clase, después de las vacaciones, comentaremos lo que más nos ha gustado o sorprendido. ¡Portaos bien, sin gritos, haciendo caso al guía! ¿De acuerdo?
_ ¡Sí, sí!_ gritaron los niños todos a una.
Fueron subiendo uno por uno, muy ordenados, la maestra subió la última indicándole al conductor que podía arrancar.
Después de unas dos horas de viaje en las que los niños se lo pasaron a lo grande: comiendo chucherías, bebiendo refrescos que la maestra había llevado, y cantando las canciones navideñas que la “seño” les había enseñado, llegaron ante las puertas del Parque de las Ciencias. Allí les esperaba una señorita que les llevaría por las salas de exposición permanente como: Viaje al cuerpo humano: la salud y la vida. Cultura de la Prevención. La Biosfera. Sala de la Percepción. Eureka. Al_ Andalus y la Ciencia. Explora.
Había también otras salas con exposiciones, pero de permanencia limitada.
La voz de la guía se hacía oír con claridad en cada sala. Los niños atendieron con mucho interés, éste, se agrandó vivamente en la sala del cuerpo humano, en el apartado de la genética, detrás de unas puertas en gran parte de cristal, a través de los que algunos niños miraban fijamente; la guía les indicó a los niños que se estaban haciendo experimentos con monos rehsus para comprobar el grado de empatía que estos animales podían sentir. Un alumno levantó la mano y preguntó:
_ ¡Señorita! ¿Podría explicarnos qué es eso de la empatía?
_ ¡Claro, ahora mismo! La empatía, niños, es la capacidad que tienen algunos mamíferos, sobre todo, nosotros los seres humanos, en sentir el dolor y el sufrimiento de los otros. Veréis. Seguro que alguno de vosotros se ha puesto triste cuando su amigo se ha caído y se ha hecho daño en las rodillas, ¿a que sí?, eso significa que habéis sentido empatía con él. Los seres que sienten empatía no quieren hacer daño a nadie, de ahí, que estos seres suelen ser buenos.
Los niños escuchaban, con los ojos muy abiertos y asombrados, lo que la señorita guía les explicaba.
La sala que expone sobre el cuerpo humano, que gira en torno a la vida y la salud, les mantuvo extraordinariamente atentos. La biomedicina, los trasplantes, los nuevos medicamentos, la revolución de la genética, la relación entre los seres vivos…
Allí, sobre unas grandes mesas, se veían varias jaulas. Dentro de ellas, los niños percibieron animales semejantes a los monos. Preguntaron a la guía:
_ ¡Señorita! ¿Qué hacen esos monos ahí dentro?
_ Bueno, hace unos momentos os he hablado algo de esto, cuando un compañero vuestro me ha preguntado. Ese es un experimento muy interesante y que requiere mucho tiempo. Uno de esos monos, el que está a la derecha de la jaula vista desde aquí, cuando quiere comer, tiene que pisar una zona que produce en el otro mono una descarga eléctrica, lo que le causa sufrimiento. Se quiere observar la reacción de ambos animales, ante esta situación de estrés.
Un murmullo de desaprobación se escuchó entre el grupo.
_” ¡Uf, vaya mierda” “Para que uno coma el otro tiene que sufrir, no es justo…”_ una voz infantil destacó entre las demás.
_ ¡Niños! para que la ciencia avance es necesario este tipo de experimentos. Sí, ya sabemos que algunos son dolorosos y que a las personas sensibles les desagradan, pero es el precio que pagamos para avanzar en nuestros conocimientos…
El grupo infantil, acostumbrado a tratar con gatos, perros, burros y otras caballerías, allá en su pueblo, no quedó convencido con las palabras de la guía. La maestra consideró que ya habían observado bastante a los monos y les indicó seguir hacia otras salas. Los alumnos siguieron viendo y participando, como el pedalear en una bicicleta para comprobar su potencia. Manejaron el Giroscopio en la Sala Eureka, observaron el péndulo de Foucault, comprobaron el Principio de Arquímedes…
Se hizo la hora de partir. Los chiquillos iban callados. Sus ojos estaban ahítos de nuevas imágenes; su mente necesitaba tiempo para procesar tanta novedad. El nerviosismo del comienzo del viaje se había trocado en una serena tranquilidad, un poco ausente, como si la mente de los pequeños estuviera aún en aquellas salas…
La maestra al mirar las caras de sus queridos niños experimentó una sensación de alegría. No tenía la menor duda de que la excursión había sido un éxito.
La Navidad quedó atrás y el maravilloso día de los Reyes Magos. Las aulas se abrieron de nuevo, y cientos de niños con sus mochilas, algunas recién estrenadas, a la espalda, hacían cola ante las puertas del centro.
Cuando la maestra, después de los saludos y buenos deseos a sus compañeros y alumnos, se hubo sentado en su sillón, comenzó su clase:
_ ¡Niños! Deseo que lo primero que hagamos esta mañana, sea un trabajo sobre lo que vimos en el Parque de las Ciencias. Cada uno puede elegir el tema que más le interesó, de entre los experimentos y aparatos que vimos. Luego se leerá en alto, una parte, los que nos dé tiempo en esta mañana. ¿De acuerdo?
_ ¡Sí señorita! _ afirmaron todos a una.
La mañana transcurrió volando. La clase se interrumpió a las doce para tomar un bocadillo e ir al servicio. Hacía mucho frío en la calle y los niños no quisieron salir a jugar al patio del colegio.
Pasada la media hora de descanso, los alumnos prosiguieron con su trabajo. Sus caritas estaban enrojecidas por la concentración, mientras sus manitas estaban frías, como pudo comprobar la maestra cuando tocó más de una.
Cuando faltaba una hora para terminar la jornada escolar, la maestra dijo a los niños:
_ ¡Ya debéis de terminar el trabajo! ¡Vamos a comenzar a leer algunos! ¿Quién quiere ser el primero en salir?
Varias manos se alzaron. La maestra señaló a uno de los niños y éste se levantó, se colocó al lado de la mesa de su maestra, delante de sus compañeros, y empezó a leer.
_Antes de las vacaciones fuimos con nuestra señorita a ver un sitio donde hay muchas cosas que se han inventado desde hace muchos años, pero también vimos animales… lo que a mí más me impresionó fue el experimento de dos monos…creo que se llamaban Rehsus, o algo así. Querían saber cuál era su empatía, yo no sabía qué era eso, empatía, pero ya lo he aprendido, y me gusta mucho saber que yo la tengo también, porque a mí no me gusta que mi padre pegue a mi perro cuando entra a la casa, o cuando mi madre le pega un escobazo al gato porque se sube al sofá, ni me gusta que mi hermano mayor le pegue con la fusta a la vieja burra que tenemos porque le cuesta mucho subir cargada la pendiente de la calle de “en medio”. Creo que mi familia no tiene empatía. Tendría que ir al Museo de las Ciencias…aunque…mi padre no creo que quiera ir…

Mientras el niño leía su trabajo, la maestra fue mirando por encima de los hombros de sus alumnos, los trabajos de cada uno, y su sorpresa no fue menor cuando vio que todos trataban sobre lo mismo: la empatía. Así pues, una vez terminado el primer alumno, decidió corregir ella sola los ejercicios, ya que el contenido de todos los trabajos era básicamente el mismo.


El Curso siguió con el ritmo acostumbrado. Las primeras flores de la primavera esparcían sus aromas por aquellos campos apretados de olivares; el frío había cedido, y una leve tibieza se adueñaba del ambiente.
Antes que junio, con sus calores, llegara, la maestra decidió hacer el segundo y último viaje del curso al Parque de las Ciencias de Granada.
_ ¡Niños, como premio a lo bien que os habéis portado y lo mucho que habéis aprendido, he decidido que vayamos este mes de mayo, de nuevo, al Parque de las Ciencias, a ver cómo siguen nuestros amigos, los monos!
_ ¡Bieeeen! ¡” Viva la “seño”!_ aclamaron palmoteando los críos.
_Llevaréis un cuaderno y un lápiz para anotar los cambios observados que la señorita guía nos vaya explicando. Al regreso, haremos una puesta en común, y cada uno leerá sus anotaciones, y tendremos una idea de los resultados del experimento.
El día del viaje llegó. La alegría de los niños era inmensa. Todos llevaban su mochila, con unos bocadillos, una botella de agua, una gorrita para el sol, una libreta y un lápiz o bolígrafo. El autocar partió entre los cantos y las risas de los escolares que miraban los campos plenos de vida, sin percibir su belleza. Los niños estaban ansiosos por ver de nuevo a sus amigos los monos, como ellos los llamaban.
El autocar se estacionó en la zona destinada a los vehículos grandes. La expectación en los niños era intensa. En fila, entraron en el edificio, en silencio, deseando que la señorita guía les llevara ante la puerta de cristales…, la señorita, sonriente, les esperaba:
_ ¡Buenos días, niños! Vamos a comenzar el recorrido.
Fueron pasando por las salas de: Explora, el Desván del Museo, dedicado a los niños; pabellón Tecno-Foro, que contiene los avances tecnológicos, la innovación y el arte. El pabellón Al_ Andalus y la Ciencia, sobre el legado científico y tecnológico de Al- Andalus. Al cabo de un buen rato, los niños comenzaron a dar muestras de cansancio. La guía se detuvo ante ellos:
_ ¡Bueno!, ¿qué os ha parecido?
Uno de los niños levantó con timidez la mano y preguntó:
_ ¡Señorita! ¿Nos va a llevar a la Sala de Viaje al Cuerpo Humano?
_¡Oh!...pues es que…veréis, por ahora no hay nada que enseñar allí…
_ ¿Que no hay nada que enseñar? Pues, ¿y los monos que tenían que demostrar hasta qué punto tenían empatía?
_ ¡Ah, eso!...Bueno, no quería hablaros de esto, pero…
_ ¿Pero qué?_ le apremiaron los niños y la maestra en coro.
La señorita guía parecía ver no conveniente hablar más de esta cuestión. Pero la maestra intervino:
_¡Señorita, escuche, por favor; los niños han vuelto al Parque de las Ciencias, sobre todo, por saber cómo avanzaba el experimento de los monos , sobre su empatía…ese tema les interesó sobremanera. Todos han hecho trabajos sobre ellos. Hoy quieren verlos de nuevo, si no es mucho problema…
_ Yo… pues sí, sí que hay problema, señorita. Desde hace unos meses, los cuidadores de los animales vieron que la comida que diariamente les llevaban, estaba intacta. Decidieron no perderlos de vista a ver qué sucedía. Vieron que el mono más grande, cuando tenía hambre se acercaba al lugar donde estaba la comida, pero que súbitamente se detenía antes de pisar la zona que producía la descarga eléctrica en su compañero de jaula. Esto ocurrió durante doce días…al cabo de los cuales vieron como el mono mayor caía sobre sí. Los observadores entraron y examinaron al animal. ¡Estaba muerto! ¡Había muerto de hambre! Los obser…
Un murmullo, salpicado de sollozos, proveniente del grupo, dejó sin oír la última frase de la guía.
_ ¡Pero, ¿por qué, señorita, por qué?_ preguntó un niño que tenía su cara surcada por las lágrimas.
La guía, carraspeó llevándose la mano a la boca.
_ Creo, según han dicho los que hacían el experimento, que el mono que producía al otro el sufrimiento por las descargas eléctricas, fue consciente de ese dolor de su compañero de jaula y quiso evitarlo. Dejó de ir a buscar su comida…hasta que murió…pare…

La maestra miró a sus alumnos, vio el horror en sus semblantes y dando media vuelta, seguida por el grupo, se dirigió rápidamente a la salida ahogando con el tronar de las pisadas las palabras de la señorita guía…


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Jueves, 19 de enero de 2012

Queridos amigos: en estos momentos estoy en otra ciudad que no es donde yo resido. acompañando a mi única hermana a la que se le ha diagnosticado un cáncer de mama. Yo la he acompañado ya varias veces al instituto oncológico de esta ciudad y me he quedado literalmente asombrada del número de enfermos de cáncer que he visto en  cada una de las salas en que he estado. El último día que visitamos al cirujano que ha operado a mi hermana, ésta le preguntó que si habían aumentado el número de enfermos de cáncer, el doctor le respondió que se había duplicado, las razones que esgrimió fueron  los animales que consumimos. ahítos de hormonas para que crezcan más deprisa y también pesen más a la hora de venderlos.¡Miserable negocio que desconoce la angustia y el sufrimiento de los enfermos de cáncer!

Esos preductos que se le dan a los animales, así como otros que se emplean en la horticultura con el mismo fin que con los animales, además del de  erradicar las plagas, están prohibidos hace tiempo, pero como en España no se respeta nada pues se siguen usando. Hay más elemntos cancerígenos que los que he nombrado´pero éstos se podrían evitar más fácilmente que otros.  Y yo me pregunto : ¿no es mucho más costoso y, sobre todo, doloroso, lo que se gasta la seguridad social en operaciones y largos tratamientos que lo que puedan ganar ciertos negociantes sin escrúpulos  burlando la ley?

   Señor ministro de sanidad, por el bien de muchas españolas (una de cada diez tendrá cáncer de mama) tómese muy en serio este problema. Mande sin avisar un inspector a uno de esos establecimientos ganaderos y hagan los análisis a los animales. Si salen positivo, una gran multa al dueño del ganado,  y a la cárce.l Y hacer mucha publicidad del caso para que otros que hagan lo mismo aprendan en cabeza ajena, si es que ignoraban la prohibición.

   ¡Españoles!,esta es cruda realidad de la que ninguno estamos exentos, no os quedéis  callados, nuestra vida va en ello!

UN cordial saludo:

María Ángeles


Publicado por mariangeles512 @ 22:36
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S?bado, 16 de abril de 2011

EL HOMBRE DE MI VIDA


 

 No sé si sabré expresar lo que me ha ocurrido, ya que he ido muy poco a la escuela, y no he aprendido a escribir bien. Fui una niña muy tímida y no me sentía a gusto entre los demás niños, que apenas me prestaban atención. En el cuarto año de escolarización me puse enferma. Mamá me llevó al médico de atención primaria, y este señor no supo bien qué es lo que tenía. Me recetó unas pastillas y me dijo que volviéramos al cabo de quince días. Tenía fiebre y mi apetito había desaparecido. Mis padres comenzaron a preocuparse por mi falta de mejoría y optaron por llevarme a la consulta  privada de un renombrado doctor de la ciudad. El facultativo, después de auscultarme, ver unas radiografías que me había mandado hacer previamente, y una analítica de sangre, les comunicó a mis padres que no veía nada orgánico en mi mal, ya que las pruebas resultaron normales.

─ ¡Pero doctor! Entonces, ¿qué es lo que tiene la niña? ─ preguntó mi madre llorosa.

─ ¡Señora! A veces suceden estas cosas. No todo son males del cuerpo, también están los males del alma…

─ Perdone, doctor, pero no le entendemos ─ dijo mi madre mirando a mi padre. Éste tenía la cabeza gacha y no le veía bien los ojos.

─ Que lo que su hija puede que sufra sea una enfermedad de origen psicológico, que se manifiesta por estos síntomas que a ustedes tanto les preocupan, pero que no significa que el organismo de la niña esté enfermo..

─ ¿Y qué podemos hacer, entonces, doctor?

─ ¡Señora! yo me permitiría recomendarles un psicólogo. Es un profesional que trata este tipo de problemas. Les puedo dar la dirección de uno que conozco  muy eficiente.

   El doctor sacó de  uno de sus cajones una tarjetita que entregó a mi madre, mientras se levantaba en señal de que la consulta había terminado.

 

 

   Pasaron los días, los meses, y aun los años yendo a la consulta del doctor de la mente. El diagnostico era que  mi autoestima era muy pobre, tenía un gran complejo de inferioridad y que mis relaciones con los demás eran, y serían, sumamente difíciles.

Y creo que todo lo que dijo, y más, era verdad. Dejé de ir al instituto, y mi padre me puso un profesor en casa, con el que no aproveché demasiado por mi falta de interés. No tenía con quien salir, ni amigas, ni amigos, nada. Nadie se interesaba por mí. Esto me dolía mucho, y también a mis padres. Tenía veintitrés años y nunca me había besado un chico. Sentía una terrible envidia por las chicas  de la vecindad que salían, (yo las veía tras los cristales de mi habitación),  y se divertían, según  le contaban  luego a mi madre, que las escuchaba con disimulada tristeza, por mí, por que yo no pudiera llevar la vida que correspondía a una joven como yo.

   Una tarde se presentó en nuestra casa  una amiga de mi madre. Hacía tiempo que no se veían, y se saludaron con alegría. Le comunicó que se casaba su hijo mayor y que estábamos invitadas a la boda.

─ ¡Oye, Felisa! No vayáis a faltar, por favor!

─ ¡No te preocupes, Marta! Estaremos encantadas de asistir a la boda de Carlos.

   Los días siguientes fueron muy divertidos, yendo de tiendas para comprarnos los vestidos, zapatos y complementos. Yo me compré un precioso vestido color berenjena, con unos zapatos y bolsito a juego en el color. Fuimos mamá y yo a la peluquería, y nos quedaron muy bonitas, o así  me lo pareció a mí.

   Llegó el día de la boda y los tres, mis padres y yo, nos montamos en nuestro coche y nos dirigimos a la iglesia. Había ya muchas personas esperando. Bajamos mamá y yo, y papa se fue a estacionar el coche en lugar permitido. Mientras esperábamos la llegada de la novia, saludamos al novio, Carlos, un muchacho muy guapo y simpático.

─ ¡Hola! ¡Cuánto me alegro de  que hayáis venido! ¡Y tú, Gabriela, qué bonita estás! Pero, ¿dónde te habías metido?

 ─ Pues…, la verdad es que salgo muy poco.

─ ¿Y eso por qué?

   Mi madre salió al quite.

─ Verás, hijo, es que ella no ha estado muy bien de salud. Eso ha sido uno de los motivos; ahora que ya está mejor, saldrá más.

─ ¡Desde luego, eso no debe dejar de hacerlo!

   Carlos miró al lado de la calzada y vio el automóvil del que descendía su futura esposa. El coche estaba bellamente engalanado, con ramos de flores y lazadas blancas. La novia era una chica muy linda. Estaba muy guapa ataviada con un vestido blanco ajustado a la cintura, pero que luego se abría en una especie de cola por la parte de atrás. Su cabello estaba recogido en un bonito peinado, y unas florecillas blancas eran todo su adorno. Pero me pareció suficiente, ¡estaba tan bella! Sentí al verla tan feliz, una emoción que no pude controlar y las lágrimas rodaron hasta perderse en mi vestido de fiesta.

   Venía del brazo de un hombre, su padrino, y al mismo tiempo, según nos dijo la madre de Martita, un gran amigo. Carlos nos presentó a los dos. Yo quedé impresionada por el amigo de la novia. Era el hombre más guapo que  había visto nunca, aparte de amable y  cortés. Tengo que confesar que si lo que sentí al verle, es lo que llaman ‘flechazo’,  yo quedé con la flecha hendida en mi pecho hasta el fondo: ¡ me enamoré al instante!

─ Así que te llamas Gabriela ─ me susurró, ya en el banquete, después de la ceremonia, que resultó preciosa.

─ Así es. ¿Te gusta?- pregunté con cierta timidez.

─ ¡Mucho!

   El que algo mío gustase a alguien me produjo una sensación desconocida, pero muy agradable. ¡Gabriela, Gabriela!

─ ¿Te gusta bailar?

 ─ ¿Bailar? Bueno, la verdad es que he practicado muy poco.

─ ¿ Quieres que lo intentemos?

   Estaba como aturdida. Nunca nadie se había ocupado de mí, fuera de mi casa, y aquel momento me parecía un sueño.

─ ¡ Vale! ¡Vamos a intentarlo!

Nos levantamos y me cogió la mano para dirigirnos a la pista central, donde ya había algunas parejas bailando.

 La música que ondeaba en el aire era melodiosa, lenta. Alberto me rodeó la cintura con el otro brazo, y yo le rodeé el cuello con los míos, (lo había visto en las películas).   La aproximación de nuestros cuerpos me perturbó tanto que las piernas empezaron a flaquearme y creí que iba a caerme literalmente al suelo,  a sus pies. Olía su cuerpo a limpio, ligeramente perfumado, su aliento  tan cerca de mi rostro me robaba el mío. Sus brazos…,¡Ay, Dios! que me pareció que  estrechaban más y más mi cuerpo… Creí que iba a desmayarme. ¿Cómo podría una muchacha como yo comprender esta situación y lo que yo sentía? No sabía si era normal sentirme tan sofocada, con el corazón latiendo afanosamente, con una sensación de cosquilleo que me subía hasta la boca del estómago, como si miles de mariposas revoloteasen en mi vientre. No sé, la verdad. No pude entenderlo. Las sensaciones me desbordaron, y me sentí tan fuera de mí que dije:

─ ¡Alberto, perdona!, pero quisiera sentarme…

─ ¿Te encuentras mal?

─ No, no es eso…

─ ¿Entonces?

─ Creo que como no tengo costumbre de bailar ni de salir a lugares como éste, pues me siento algo ‘extraña’…

─ ¡Gabriela!, no tienes ningún motivo para no sentirte cómoda. Eres una joven guapa y muy elegante, y estás perfectamente en tu lugar, en este salón.

   ¡Dios! ¡Dios! ¿Qué había dicho? ¿Guapa? ¿Elegante? ¿Me estaría tomado el pelo?_  pensé para mis adentros. ¡Oh, no, Señor! ¡Que no sea eso! Que sea pura cortesía, pero que no sea burla, ¡por favor, Señor!

─¡ Alberto, gracias por tus palabras!  Pero creo que exageras bastante…

─ ¡De exagerar nada, Gabriela! Sé lo que te digo: eres guapa y elegante, y tienes algo más importante que todo eso: en tus ojos veo que eres una buena muchacha. ¿A que no me equivoco?

   Lo que acababa de escuchar hizo tanto bien a mi alma que, toda las penas pasadas, todas las frustraciones se desbordaron, y rompí a llorar. Él me miró muy sorprendido.

─ ¡Perdona, perdona, si te he dicho algo que te ha molestado, Gabriela!- dijo alargándome un pañuelo.

─ ¡Oh no, no me has molestado! ¿cómo iban a molestarme palabras tan bonitas? ─ susurré entre sollozos

─ Entonces, ¿por qué ese llanto?¡Explícame, por favor!

─ Vas a tener que disculparme, Alberto, pero no soy capaz de explicarte ahora el porqué de mis lágrimas; sólo te puedo decir que, si son de algo, son de felicidad.

   De pronto, Alberto me tomó entre sus brazos y me estampó un beso en mitad de mis labios. Luego, más lentamente, apoyó sus labios sobre los míos, los entreabrió e introdujo su lengua en mi boca. ¡Quedé estupefacta!¡No lo podía creer! Su lengua recorrió despacio cada rincón de mi boca hasta que ya no puede más, y deshaciendo el abrazo, salí corriendo hacia los servicios.

   Ya en los aseos, con el corazón a cien, me miré al espejo: mis mejillas parecían brasas, y mis ojos brillaban de tal manera que hasta yo no me reconocía.

   “¡Dios mío! ¡Esto es lo que debe ser el amor! He oído hablar tanto de él…, y sabía tan poco de lo que significa, que después de lo que he sentido con las caricias de Alberto, me doy cuenta de que me estoy perdiendo lo mejor que la vida me puede ofrecer.”

  Me eché agua en el rostro y en el cuello. Aspiré hondo varias veces, expeliendo lentamente el aire. Cuando me hube serenado, volví a la sala de la recepción y busqué  a mis padres con sigilo. No quería que Alberto me viera; había muchas personas bailando y era fácil evadirse.  Cuando les encontré, me agaché para susurrar al oído de mi madre:

─ ¡Mamá, mamá, por favor! ¡Vámonos a casa, no me siento bien!

─ ¡Claro, hija! ¡Ya nos vamos!, pero ¿Qué es lo que tienes? ─ preguntó  alarmada.

─ Estoy algo mareada, mamá, y me duele la cabeza.

─ ¡Ya! Esto te ha pasado porque como no bebes nunca, lo que has tomado te ha caído mal.

─ ¡Sí, mamá, sí, seguro que es lo que tú dices. Pero dile a papá que vaya a por el coche  lo más rápido que pueda.

   Mamá le dijo algo al oído a mi padre y éste se levanto raudo, saliendo  en unos instantes de la sala, sin despedirse ni de los novios.

   Cuando ya íbamos los tres en dirección a casa, papá preguntó:

─ Pero, Gabriela, ¿qué es lo que te ha pasado? ¿tanto has bebido, realmente?

─ ¡ Oh,  no, papá! No estoy borracha, ni mucho menos, si te refieres a eso; pero como bien sabes, yo no bebo nunca, y quizá por eso me siento tan mal…

   Cuando llegamos a casa, me eché directamente en la cama. El aire nocturno me había aliviado algo, pero necesitaba estar sola y pensar en lo que me había ocurrido aquella noche. Me resultaba extraño que, de pasar casi toda mi vida de adolescente y mujer sin que un solo hombre se fijara  en mí, había pasado a despertar, aparentemente, una admiración y una ilusión enormes, en un hombre guapo y simpático.

¡No me lo podía creer! ¡Eso es lo que me pasaba! Tenía la triste impresión de que todo había sido una especie de pasatiempo  para él. Aunque en el momento que sucedió no me lo pareció, pero yo no tenía  la más mínima experiencia en relaciones con hombres, y, aun si me apuran, diré que tampoco con mujeres.

   Oí los pasos de mamá que se acercaban hacia mi puerta:
─ ¡Gabriela, cariño! ¿Cómo te encuentras?

─ Mejor, mamá.¡ Gracias!

 ─¿ Quieres que te traiga un vaso de leche, u otra cosa?, hija.

 ─ ¡No, mamá, gracias de nuevo! ¡Ah, mamá!, ¡perdona un momento! ¿conoces al padrino de Martita?

 ─ Pues sí, un poco. Su madre es muy amiga de los padres de Marta y yo la he tratado en alguna ocasión. ¿Por qué?

─ Por nada en concreto. He hablado con él en el baile y también hemos bailado. Es un tipo muy agradable, pero sólo  quería saber tu opinión sobre él.¡Oye, mamá! ¿Has dicho madre solo?¿No tiene padre, Alberto?

 ─ Bueno, yo no le conozco; creo que se separó de su madre hace años, cuando él era aún muy pequeño. De todos modos, es de una familia muy formal. Creo que el muchacho cursó  la carrera de Ingeniero de telecomunicaciones, y que está muy bien colocado. Pero ya no sé más de esa familia, cariño.

   Mamá me arregló las almohadas y me dio un beso de buenas noches.

   Me acurruqué entre mis mantas y mi mente volvió a los momentos vividos con Alberto. Habíamos hablado poco durante el baile,  nos habíamos tratado tan poco…y ya sentía una profunda ternura por él. El hecho de que no viviera con su padre me parecía una pérdida insoportable. Yo adoraba a mi padre, y me dolería muchísimo que no viviera con mamá y conmigo. El sueño llegó, con mi mente reviviendo una y otra vez los besos de Alberto. ¡Dios mío! Lo que me había perdido hasta esta noche.

 

   Pasados dos días sonó el teléfono fijo. Lo cogió mamá. La escuché hablar unas palabras y, luego, alargando el brazo hacia mí,   dijo:
─ ¡Hija!, es para ti.  Es Alberto.

   ─ ¿Alberto? Y, ¿qué le digo, mamá?

─ ¡Hija!, pero ¿como voy a decirte yo lo que tienes que hablar con ese muchacho?

Espera a ver qué te dice él, y tu ya le contestas de acuerdo a lo que te diga.

   Tomé el aparato con mano temblorosa. Debía de parecer un junco azotado por el viento. Traté de entonar una voz lo más firme posible para que no se notara el estado tan lamentable en que me encontraba:

─ ¡Hola!¿Cómo estás?

   La voz que ya me parecía la más cálida y bien timbrada del mundo, dijo:

─ ¡Yo, pues…muy bien. Estaba algo preocupado por ti, por lo mal que te sentiste en el baile. No te vi siquiera cuando te fuiste. He estado tentado de llamarte ayer, pero no me atreví por si acaso te molestaba. ¡Dime! ¿Se te pasó el malestar?

   “ ¡Dios mío! El hombre más maravilloso que nunca conocí, preocupándose por mi estado de salud. ¡Gracias Señor!”

─ ¡Ya me siento bien, gracias! Sólo ha sido que algo de lo que comí o bebí me sentó mal. Pero ya pasó.

─ ¡No sabes lo que me alegro! Así podré invitarte para que salgamos mañana al cine…, o donde tú quieras…¿Qué me dices?

   ¿Que qué  decía? Si no podía articular palabra. La lengua se me había quedado trabada entre mis labios y no podía moverla, parecía que tenía la boca desencajada.¡Señor!¡Ayúdame, por favor! ¡Que no me quede muda, ahora, ¡Señor! Que nunca me ha invitado nadie a salir ni un solo día…

─ ¿Estás ahí, Gabriela? ─ la voz sonaba inquieta al otro lado del aparato.

─ ¡Sí…sí!, aquí sigo…

─ ¡Como no me dices nada!

  ─ ¿Decirte? ¿De qué?

─ Pero, ¿No me has escuchado? Que si salimos mañana por ahí, al cine, o a cenar o tomar una copa…, lo que tú prefieras.

   De súbito salí de mi aturdimiento. Ya entendía lo que se me decía: me invitaban a salir. No era algo extraordinario, pero para mí sí lo era, y mucho. Con la voz quebrada  por la emoción que sentía, mis palabras salieron como apelmazadas de mis labios:
─ ¡Claro, claro que sí deseo que vayamos a cualquier sitio!

─ ¡Vaya, por fin! Creí que me ibas a dejar con el teléfono pegado al oído toda la tarde; o que me ibas a rechazar…

   ¡Rechazar…!¡Qué tonto! ¡Si sólo pudiera imaginar lo que he deseado que llegara un momento como éste!

─ ¡Bueno, Gabriela! ¿A qué hora te viene mejor?

─ Pues…,sobre las seis o siete de la tarde. ¿Te parece bien?

─ ¡Estupendo! ¡Mañana nos vemos! ¡Que descanses, bonita!

─ Lo mismo te digo…y gracias por lo… de bonita.

─ Sólo digo la verdad ─ y  su risa, a través del aire, me pareció una caricia.

   Colgué el aparato con una alegría que me corría a chorros como un torrente. Me hubiera puesto a cantar a toda voz.¡Por fin! ¡Por fin! ¡Todo llega!, como decía mamá. Además, el tipo me gustaba un montón. 

   Me tiré al armario a ver qué tenía para ponerme el gran día. Esparcí toda mi ropa sobre  la cama. ¡Nada! Apenas tenía algo atractivo, juvenil. ¡Como casi no salía!

¡Ya, pero esto lo arreglo yo! Mejor dicho, mamá. La voy a convencer para que salgamos de tiendas y me compre un conjunto ‘mono’.

Así fue. Salimos y nos dimos la paliza, entrando y saliendo de tiendas y más tiendas. Al fin,  vi un vestido de calle precioso. Era algo caro, pero mamá me lo compró. La ocasión lo exigía, o, ¿no?  

   La noche aquella fue la más bonita que viví  hasta ese día. Imaginé dónde iríamos, qué hablaríamos;  si me besaría, o no; qué me diría de mi aspecto…,se me ocurrieron tantas cosas que acabé pensando que, si no dormía un poco, iba a parecer en mi primera cita una desenterrada.

   Llegó el día y las seis de la tarde. Pasé más de una hora ante el espejo. Me coloqué el pelo de mil maneras distintas,  a ver cómo me veía mejor. Al final, opté por dejarme el cabello suelto, cayendo sobre mis hombros.  A la hora en punto sonó el timbre de la puerta de entrada, desde la calle. Cogí el bolso en un ‘santiamén’ y salí al descansillo, bajando las escaleras para no perder tiempo esperando al ascensor. Llegué a la puerta de la calle, medio sofocada. Cuando Alberto me vio no disimuló un gesto de aprobación:

 ─¡ Chica¡ ¿Qué te has hecho? Estás guapísima.

   Mientras esto decía se inclinaba hacia mí y posaba sus labios sobre los míos, a modo de saludo.

 ─ ¡Oh, gracias! ¡Eres muy amable! ─ le dije sonriendo, loca de felicidad.

 ─ Tú también estás muy guapo ─ le dije con toda sinceridad, sintiendo que los colores subían todavía más a mi cara.

 ─ ¡Bueno! ¿Adónde quieres que vayamos?

─ ¿Sabes? Me gustaría pasear por el parque adonde he ido desde niña con mis padres. Ahora, seguro, que me gustará mucho más.

─ ¡Vale! ¡Al parque volando! ─ dijo riendo, mientras me cogía del brazo y caminábamos hacia el coche estacionado.

 

   Después de pasear por entre árboles y pavos reales, fuimos a cenar a un restaurante muy conocido. Tomamos pasta, ensalada y pescado ¡ah! Y helado. Todo me supo sabrosísimo. ¡Como no! al lado del chico más guapo de toda la ciudad.

Cuando terminamos de cenar,  fuimos a un lugar de moda a tomar una copa ─ dijo él. Allí, en la semipenumbra, Alberto me rodeó con sus brazos y comenzó a besarme como la primera vez. En esta ocasión, yo le devolví los besos, a mi manera, (no sabía besar) pero se los devolví. Así permanecimos un buen rato, el segundo más hermoso de mi vida de mujer. Llegó el camarero y dejó sendas bebidas sobre la mesa. Bebimos. Yo había pedido un licor de manzana. Junto con el vino, poco, tomado en la cena, el efecto del alcohol no tardó en hacerse notar.

─ ¡Oye, Alberto! Me  gustaría hacerte una pregunta.

  ─ ¡Dime!

─ No me has hablado nada de tus papás. Me gustaría saber algo de ellos.

─ Bueno, de mis papás poco puedo decirte; más bien de mi mamá. A mi padre casi no le conocí. Se fue de casa cuando yo tenía un año y medio o así, según me ha dicho mi madre.

─ Pero, ¿sabes lo que pasó entre ellos?

 ─ ¡No, No!  Mamá no me ha hablado casi nunca de sus problemas.

─  ¡Claro! la  entiendo. Para qué preocupar a un niño con asuntos de mayores.

─ Cierto, pero han pasado los años y sigue sin decir nada y, ¿sabes algo? Ya no quiero saber lo que pasó.

─ Y,  ¿tienes algún recuerdo de tu padre?

─ Recuerdo…,no…bueno tengo una foto de cuando vivió con mamá. Quizá a eso se le pueda llamar recuerdo.

   Alberto se apartó un poco para ahuecarse la americana y sacar su billetero. Cuando lo tuvo en las manos, sacó una pequeña fotografía, tamaño carnet.

─ ¡Mira!, éste es mi padre. Es la única que tengo

   Cogí la pequeña foto en mis manos y achiqué los ojos para verla en la semipenumbra de la sala. Mi corazón dio un vuelco terrible. Aquella cara, aquellos ojos que miraban desde aquella antigua foto, me eran conocidos. Me levanté y salí a los aseos. Allí, la miré con el torrente de luz fluorescente. Las facciones eran las de un hombre joven, sí, pero yo tenía en mi casa fotos con aquella cara y con aquellas facciones de un hombre aún joven. ¡Eran  fotos de mi padre! Quedé paralizada. Ni un terremoto me hubiera conmocionado de aquel modo ¡No podía ser! ¡Tenía que haber algún error! ¡No podía ser que, cuando al fin conocía a un hombre que me gustaba, que se había fijado en mí, resultaba que era mi medio hermano!¡Dios mío! ¿Cómo iba a ser esto posible? Comencé a sentirme tan mal que la vista se nubló y ya no ví mi figura en el espejo del aseo…

   Cuando volví en mí. Estaba en mi habitación, en mi cama. Frente a mí, la ansiosa cara de  mis padres y  de Alberto.

─ ¡Hija! ¿Cómo te encuentras? Parece que te desmayaste en los aseos de una cafetería…

   Mi memoria comenzó a funcionar de nuevo. Miré a mi padre y a Alberto, horrorizada. No sabía qué decir. No quería hablar sobre la foto de…nuestro …padre.

─ ¡Bien, mamá! Ya me encuentro bien. Ha debido bajarme la tensión de repente. ¡Tranquila! Ya estoy bien.

   Alberto se acercó más a la cama e inclinándose sobre mí, musitó:

─ No te imaginas el susto que he pasado, cuando tardabas y no sabía dónde buscarte. Menos mal, que salió una mujer de los aseos, diciendo que allí  había una chica en el suelo, desmayada. Fui allí y te vi. Nunca me he sentido peor. Te cogí en brazos y te lleve al coche para traerte a tu casa.

   La cara de Alberto denotaba auténtica angustia por mí.¡Pobre hermano mío! Y ¡pobre de mí! Apenas había conocido una pizca de lo maravilloso de la vida y ya tenía que terminar. Toda la injusticia de la situación inundó mi mente, y la ira me recorrió como cuchillos  rasgando todo mi ser. Todo había terminado.

─ Perdona, por haberte asustado sin querer, Alberto. ¡Papás! quisiera quedarme sola, si no os importa. Estoy bien, pero necesito  descansar.

─ Está bien, hija ─ dijo papá ─ Nos iremos para que duermas y mañana ya veremos qué tal amaneces.

─ ¡Gracias, papá!

   Los tres salieron de la habitación dejándome en un estado de desolación total.

   Y esto es el final. He escrito siete folios contando lo qué pasó. Quiero que mamá no se atormente por el motivo de…

 

 

   A la mañana siguiente, la madre de Gabriela se levantó temprano para  ver cómo estaba su hija. Llamó a la puerta suavemente. No obtuvo respuesta. Giró el pomo y entró en el cuarto. Se acercó al lecho de su hija. Gabriela yacía sobre la cama, atravesada sobre ella. Los dos envases, vacíos, de medicamentos estaban a su lado. A los pies de la cama, varios folios, escritos a mano, estaban esparcidos sobre el suelo.  La madre se agachó y tomó uno de ellos. Empezó a leer y tuvo que llevarse las manos a la boca para sofocar un grito. Se acercó a gabriela. Parecía que durmiera profundamente. Deseó coger una mano de su hija que pendía de la cama: estaba yerta y fría.

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:59  | Amor
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Mi?rcoles, 15 de diciembre de 2010

LA MENTIRA LLEGÓ DE CHILE


 

LA MENTIRA LLEGÓ DE CHILE

 

 

   La doctora  Cristina Ramos estaba de baja por depresión. La agobiante tarea de atender diariamente a decenas de personas había acabado por enfermarla a ella. Meses antes, había solicitado un ayudante para su consulta y se le había denegado por falta de recursos;  ella arguyó que era necesario otro médico,  debido al número de inmigrantes que habían llegado a la ciudad. Las consultas estaban a tope, y el número de sanitarios no había aumentado. Todo el mundo tenía prisa por ser atendido. Todos exigían mayor tiempo de atención, tiempo que no existía. Salía de su trabajo cada vez más tarde, más agotada; hasta que una mañana se levantó muy mal y ya no pudo asistir a su trabajo.

   Cristina vivía sola. Hacía tiempo que se había separado, y los dos hijos que tenía, ya  mayores, vivían en otras ciudades. Visitó a una psiquiatra, colega suya, que le recetó varios medicamentos: antidepresivos y tranquilizantes, y le recomendó que descansase y volviera a verla el siguiente mes.

   Mientras los días pasaban sumida en la tristeza más desesperante, la doctora pensó que, quizá, si entraba en Internet, en esos lugares en los que se puede charlar un rato, podría distraerse un poco. Se sentó ante el ordenador y buscó un chat. Se registró, y poco después, comenzó a tener ante su pantalla, diversos  ‘personajes’ que querían hablar con ella.

   Las conversaciones empezaban invariablemente:

─ ¡Hola!” ¿“De dónde eres”?

   Cristina en aquellas primeras experiencias no  encontró demasiado interesante esta nueva ‘distracción’.  Alguna vez quedó con algún hombre a tomar un café, y fue un total fracaso para ella, ya que en la primera cita, él  quiso tener relaciones sexuales, a lo que la doctora se negó. Y, ahí quedó todo. Ella necesitaba, al menos, conocer personalmente al hombre un cierto tiempo  antes de tener contacto físico.

    Una noche se conectó de nuevo, un poco desalentada por no  haber podido conocer a nadie interesante. Había mejorado bastante en su enfermedad y había disminuido  mucho su interés en encontrar a un posible amigo o pareja o lo que fuese.

    En su pantalla apareció  el cartelito de alguien que deseaba charlar con ella.  Dijo escribir desde Chile y que su nombre era Carlos. Conectó su cam, y Cristina la suya. Ambos se vieron y  se agradaron. Siguieron conversando esa noche durante largo rato y las siguientes.

   El chileno fue presentando a la doctora  una cálida y posible realidad, en el caso de que él viajase a España. Le dijo que le gustaba mucho como mujer y, que desearía ser su pareja;  la doctora quedó altamente sorprendida de la rapidez de su interés por ella,  pero al mismo tiempo se dio cuenta de que aquellas palabras le hacían revivir, ilusionarse con un posible  nuevo amor. Hacía mucho tiempo que no había sido acariciada con cariño, con ternura por nadie  y, en el fondo de su ser,  percibió que lo anhelaba.

─ Bueno, ¿no es algo pronto para esto?

─ ¡No, Cris! El amor es así. Llega en el momento más inesperado. Y, yo te prometo que, si puedo ir a España, vamos a ser la envidia de todas las parejas cuando vean nuestra felicidad.

─ ¡UF!, creo que eres bastante exagerado ─ arguyó Cris ─ Ya somos mayores, y a esta edad la pasión ya no se siente, digamos, como a los veinte años.

─ La edad, la edad…, la edad, cariño, no un obstáculo para eso. Los sentimientos  no tienen edad. Mis padres se amaron hasta su muerte.

─ ¿Sí? ¡Qué bonita historia! Los míos, por desgracia, se llevaron muy mal.

─ Mi problema para viajar es el trabajo. No soy lo bastante rico como para vivir de mis ahorros.

─ Y, ¿en qué trabajas, Carlos?

─ Soy técnico de prótesis

   Cristina tardó unos minutos en responder. A su mente acudió la idea de que ella podría ayudarle en eso. Conocía a jefes de laboratorios de artículos ortopédicos que, quizá, podrían necesitar un técnico.

─ ¡Carlos!, ¿sabes algo? Yo conozco a algunas personas que te podrían dar trabajo.

─ ¿Sí? ¡No me digas! ¡Es maravilloso!¡Por favor, habla con ellos y dime qué posibilidades hay!

─ ¡Sí, no te preocupes! Mañana mismo hablo con alguno de los que conozco. Por la noche te cuento.

─ ¡Ay, Cris, no te imaginas lo feliz que me haces! Sólo pensar que pueda verte y amarte ya me hace vislumbrar el paraíso.

─ ¡Que no exageres, te digo, Carlos! Yo ya no creo en grandes amores. No he sido feliz en mi matrimonio y no confío casi nada ya en los hombres. Sé que esto te sonará mal, pero es lo que siento.

─ Lo entiendo, lo entiendo perfectamente, y no quiero que mis palabras te molesten, pero tú debes de saber muy bien que no todos los hombres somos iguales, así como no lo sois todas las mujeres, ¿no?

─ Bueno, creo que somos muy diferentes los hombres y las mujeres, ¡vaya, como si fuéramos de dos planetas distintos!

─ ¡Vaya con la doctora! Ahora eres tú la que exagera, ¿no?

─ La verdad es que no creo que me haya excedido. La realidad  de la vida es la que nos destruye la visión  idílica del amor. En estos tiempos, la mayoría de los hombres que se interesan por mí es porque están enfermos y  buscan una enfermera… Bueno,  creo que es mejor que dejemos esta cuestión.

─ ¡Oye, Cris!, no te vayas a molestar por mis palabras, ¡por favor!¡Ah! y ten en cuenta que yo también estoy enfermo. Soy diabético. Pero no te quiero por eso.

─ ¿Sí?  ¡menos mal! ─ bromeó la mujer ─ Bueno, esa enfermedad se puede controlar muy bien.

 

   Pasaron los días y hasta dos meses. La doctora mejoraba de su depresión cada día y ya pensaba en incorporase al trabajo. Le agradaba mucho su profesión. Ayudar le gustaba, y había muchas personas que necesitaban, aparte de una consulta médica, unas palabras de consuelo. Doña Cristina era persona de gran sensibilidad y no era raro el día que aparecía en su casa, después de su jornada de siete horas de trabajo, con el rostro demudado  Uno de aquéllos, fue cuando recibió en su consulta a una conocida paciente. Había llegado  toda vestida de negro. Le preguntó que si le había ocurrido algo:

─ ¡Doctora!, ¡mi hijo, el drogadicto, ha muerto! Le han encontrado en un vertedero de basuras.

─ ¡Cuánto lo  siento, señora Vicenta.

─  ¡Doña Cristina! Yo soy su madre y fíjese lo que le digo: ha sido lo mejor que ha podido pasarle. La vida era para él,  para su padre y para mí, un infierno. Se había llevado de mi casa todo lo que podía malvender para pagarse la droga. Se quedó sin trabajo…bueno, doctora, si usted conoce el resto. Sí, su muerte ha sido lo mejor para todos…

─ Cuando usted lo dice, por algo será ─ contestó la doctora.

─ Lo único que siento y que me provoca un gran dolor es que haya aparecido en un basurero.

   Lágrimas de dolor afluyeron a los ojos de la madre y Doña Cristina compartió con ella su aflicción.

 

   Habían pasado cuatro meses, todo un invierno y ya estaban en el primer mes de la primavera.  La doctora esperaba ansiosa las nueve de la noche en España, hora en la que se conectaba con Carlos en Chile.

─ ¡Hola!, ¿Qué tal el día? ─ empezaban invariablemente.

─ ¡Bien! Hoy me he incorporado al trabajo. Estoy contenta de haber vuelto. Mis pacientes me echaban de menos.

─ ¡Me alegro mucho de que te hayas recuperado, al fin, de esa depresión. Es una mala cosa, ¿no?

─ ¡Ni te lo imaginas, Carlos! No se lo deseo a nadie.

─¡ Cristina! ¿sabes una cosa?

─ ¡Dime!

─ Pues que viajaré a España en el mes de Julio próximo.¿Qué te parece?

─ ¡Estupendo! Pero has elegido un mes de mucho calor aquí.

─ No me importa el calor ni el frío, sólo me importa que estemos juntos de una vez.

─ Yo también tengo ganas de conocerte en persona. Me encantaría que esta relación virtual se convirtiese en real

─ ¡De eso, amor mío, no tengas la menor duda! Te quiero pedir un favor, Cris

─ ¡Dime!

─ Podrías buscarme un hotelito, no muy caro, para los primeros días.

─ ¡Claro! No hay problema.

 

   Cris, en compañía de su amiga Esperanza, recorrió  la ciudad para buscar un hotel barato, pero que reuniera las mejores condiciones; al fin, encontraron uno bastante céntrico y apalabraron una habitación individual,  proporcionando, Cris,  el número de su   tarjeta VISA y entregando una cantidad a cuenta.

   Regresaron a la casa agotadas por el calor y la peregrinación por la ciudad.  Cristina estaba muy contenta. Se sentía como una chiquilla de quince años. Poco a poco, y después de tantas palabras de amor, de tantas promesas de felicidad, harto tiempo ausentes de su vida, había terminado por enamorarse perdidamente del chileno. Esperaba con ansiedad el día de su llegada.

   Llegó el mes de julio y el día de la llegada. Cris se arregló con esmero y fue a buscar a su amiga ‘Espe’ para ir al aeropuerto juntas. Estaba muy nerviosa y necesitaba  compañía.

   El avión tocaba tierra a las cuatro de la tarde, hora intempestiva en la ciudad en

aquella época del año, debido al calor. Las dos mujeres se acercaron lo más que pudieron a la puerta por donde debían pasar los viajeros de llegada. Al fin, después de mirar ansiosamente multitud de rostros morenos, apareció un hombre que se parecía bastante al de las fotografías que Cris había recibido en su ordenador. Les pareció más gordo de lo que suponían, aunque en conjunto su fisonomía resultaba agradable. Él la reconoció enseguida, después de una ligera vacilación fijándose en las mujeres allí presentes. Se acercó y abrazó a la doctora sin más rodeos. Saludó con dos besos en la cara a la amiga, y los tres partieron rumbo al hotel en que la médico había reservado una habitación. Esperanza pidió, por favor, a Cris que la dejara  en la calle donde vivía, ya que suponía que su presencia entre los dos era más bien inoportuna.

─ Bueno, Carlos, ¡encantada! Espero que tu estancia entre nosotros sea la mejor.

─ ¡Gracias, Esperanza! ¡Eres muy amable!

   La doctora y el viajero subieron a la habitación. La mujer pretendía ayudarle un poco con su ropa y luego salir a ver  la cuidad, pero, de repente, el hombre se abalanzó sobre ella,  le despojó de la ropa en un momento, y le hizo el amor con pasión. La doctora que no se esperaba tal reacción tardó unos minutos en ‘ponerse’ en situación’, luego se entregó al recién llegado con toda la pasión de que era capaz.

   Una vez satisfechos, se arreglaron para salir a tomar algo. Cristina se encontró sofocada cuando se miró en el espejo. Lo que acababa de vivir con aquel hombre le había hecho sentirse, de nuevo, viva, y después de muchos años,  feliz.

 

 

   Los días se sucedieron y Carlos comenzó su trabajo en el laboratorio del amigo de Cristina. Iba en autobús, pero comenzó a quejarse de que el maletín que debía de llevar con sus cosas le incomodaba mucho. La doctora le miró por unos minutos y luego exclamó:

─ ¡Carlos! Y ¿qué tal irías en una moto?

─ ¡Oh! Pues creo que mucho mejor. Pondría el maletín en la parte de atrás y…. pero ahora no puedo comprármela, Cris.

─ Tú no vas a comprar nada, chato. La voy a comprar yo.

 ─ ¡Que no, mujer! ¡Que yo no puedo aceptar eso! Ya ahorraré, y en pocos meses  me la podré comprar.

 ─ ¡Vale!, como tu quieras ─ dijo la doctora con un extraño tono en su voz.

 

Una tarde Cristina le dijo a Carlos:

─ ¡Oye!, y ¿para qué tienes que quedarte en el hotel? Es un gasto más. Mejor te vienes a mi casa, es muy amplia.

─ Bueno, cariño, como tú quieras ─ respondió el hombre sonriendo.

   Carlos  se instaló en el piso de cuatro dormitorios y amplio salón que la doctora poseía en una céntrica calle de la capital. Las primeras noches Carlos las pasó en la habitación de Cristina, pero ante los ronquidos del hombre, ésta le pidió que se cambiase, al terminar sus encuentros amorosos, a otra habitación, situada enfrente de la de ella.

   Una tarde, después de que ambos hubieron salido del trabajo, la doctora le dijo a su pareja:

─ ¡Carlos! ¡vamos un momento a la calle! Quiero que veas algo.

   Bajaron en el ascensor y no fue en la calle, sino en el garaje del edificio donde Cristina le llevó. Al lado de su coche granate había una hermosa moto, de color azul noche metalizado.

─ ¡Es tuya! ¿Qué te parece?

   El hombre manifestó una gran sorpresa y no pudiendo dar crédito a lo que veía y escuchaba, optó por abrazar tiernamente a la mujer.

─ ¡ No Te imaginas cuánto te agradezco este detalle, Cris!

─ Así no tendrás problemas con los atascos.

─  ¡Tardaré algún tiempo en poder pagártela, amor!

 ─ ¿Quién ha hablado aquí de pagar nada? ─ dijo mientras le besaba en los labios con  pasión

─ ¡Ay, Cris! ¡ Nadie puede imaginar la suerte que he tenido al encontrarte!

─ Lo mismo pienso yo, Carlos. Creí que eso de Internet no era más que una pura mentira…y, ya ves…

   Transcurrió una semana. Una noche, la doctora esperó en vano  que su amor apareciera en su habitación, pero como estaba muy cansada de todo el trabajo del día  se durmió enseguida, no obstante, extrañarle que él no deseara estar con ella aquella noche.

   Al día siguiente cuando Cris ya estaba desayunado, temprano,  apareció Carlos por la puerta de la cocina.

─ ¡Buenos días, cariño! ¿Qué tal has pasado la noche? ─ saludó medio bostezando.

La doctora le miró interesada. No supo bien por qué el tono de su voz le sonó extraño.

─ ¡Bien! He dormido como un lirón.

   El hombre se sentó a su lado y tomándole una mano que se llevó a los labios  dijo:

 

─ ¡Oye, Cris!, quería decirte algo. Verás, en la moto paso mucho frío por las mañanas. ¿Habría la posibilidad de hacerme con un cochecito, aunque fuera de quinta mano? Te lo pagaría al mismo tiempo que la moto, poco a poco, tú sabes…

─ Veré lo que puedo hacer ─ contestó la doctora pensativa.

   Durante la jornada de su trabajo, Cristina llamó a una amiga que tenía un hijo cuyo coche había oído que deseaba venderlo.

─ ¡Hola Concha! ¿qué tal estás?

─ ¡Muy bien, Cris! Y ¿tú?

─ Pues yo en estos momentos bastante bien. Ya te contaré. ¡Oye, Cocha!,  me interesaría saber si tu hijo ha vendido ya el coche.

─ ¡Oh, pues no! ¿por qué me lo preguntas? Tú tienes uno muy nuevo.

─ No es para mí, Concha, sino para un amigo. ¿Por cuánto lo vende?

La cantidad que Concha le dijo a la doctora le pareció a ésta conveniente y concluyó:

─ Cuando a tu hijo le venga bien, que lo acerque hasta mi casa. Allí hablaremos. Bueno te dejo, tengo la sala de espera llena. Un beso, amiga.

    Aquella misma tarde llamaron desde la calle por video portero. Era el hijo de Concha.

─ ¡Doña Cristina!, soy Mario. Vengo con el coche.

─ ¡Vale! Ahora mismo bajo.

Cristina fue a su habitación a por el talonario  del banco y lo metió en su bolso. En unos minutos estaba en la calle, al lado del hijo de su amiga y del coche, que acababa de adquirir para su pareja. Después de despedirse del muchacho, entró en el vehículo,  sacó del bolso la llave de la puerta del garaje  para abrirla y lo condujo dentro de  él, buscando una plaza de alquiler para la nueva adquisición.

   Cuando llegó Carlos de su trabajo le enseñó el vehículo.

─ ¡Oh, amor! ¡Es estupendo! ¡Está muy nuevo! ¿te habrá costado mucho?, ¿no?

─ No hablemos de dinero ahora, sólo disfrutemos que te gusta, y que ya no pasarás frío, como en la moto.

─ ¡Cris! ¡Qué gran persona eres! ¿Lo sabes, verdad?

─¡ Anda, no exageres! Soy una mujer normal y corriente, que ha tenido suerte al encontrarte a ti.

   El hombre se la quedó mirando durante largos minutos hasta que ella le tomó de la mano y se dirigieron hacia el ascensor.

   Aquella noche, ya en su dormitorio, la doctora esperó a su pareja largo rato. Extrañada de su tardanza, se levantó y fue al dormitorio de él. Estaba echado mirando hacia la pared. Le tocó en un hombro.

─ ¡Carlos! ¡estás despierto?

   Él se giró y la miró.

─ ¡Sí, estoy despierto!

─ Te estaba esperando ─ dijo Cris con suave voz ─ ¿Te pasa algo?

   La mujer trató de acariciarle los cabellos pero observó un gesto de rechazo.

─ ¡Bueno, dime! ¿No deseas que estemos juntos?

─ ¡No!  ─ la respuesta sonó dura en el silencio de la habitación.

─ ¿Cómo? Perdona, pero no te comprendo. ¿Ya no deseas hacer el amor conmigo?

─ Lo siento, Cris, lo siento mucho, pero no, no deseo hacer el amor contigo.

   La doctora se quedó muda. ¿Qué significaba aquello? El hombre que apenas hacia unos meses le había jurado  que estaba loco por ella, que serían la pareja más feliz del mundo, la envidia de todas las demás, en el que ella había creído, después de no creer en ningún hombre durante veinte años, desde el abandonó su marido…Que había conseguido enamorarla con sus melosas y falsas, ahora lo entendía, palabras. Deseó saber más, ahondar en la herida recibida:

─ Pero,  ¿es que no te he gustado una vez que me has conocido personalmente? ¿es eso?

   El hombre la miró largamente con un rictus  en su boca que, en la semioscuridad de la habitación, Cris no pudo  interpretar.

─ ¡No, Cris, no es que no me gustes tú, en concreto! ¡Lo que me ocurre es que no me gustan las mujeres!

   La doctora no daba crédito a lo que oía. Sabía, según le habían dicho, que por Internet se mentía mucho, pero ella se había creído a salvo por su experiencia, pero no; había sido  también engañada profundamente. Se sentía humillada, ridícula,  herida, ya que la mujer se había vuelto a ilusionar con el hombre que tenía enfrente.  Por un momento creyó que iba a reírse, sí, a reírse locamente porque  un homosexual se había burlado de ella  hasta ese extremo.  A él sólo le había interesado el trabajo que pudiera proporcionarle,  y el dinero que le había sacado  poco a poco. Se dio cuenta de que era tan vulnerable como cualquier jovencita que cae en las mentiras de un rufián.

 Las palabras no acudían a su mente y sólo acertó a decir:

 ─ ¡Bien! Ahora es muy tarde, mañana hablaremos de esto. ¡Descansa! ─ dijo mientras se retiraba a su dormitorio.

   Durante horas estuvo la doctora despierta, tratando de asimilar semejante situación. La ira le recorría el cuerpo como un torrente envenenado. Se tomó un valium de diez miligramos para poder dormir, pero no le hizo el menor efecto. El golpe había sido brutal. La mentira de que había sido víctima le había destrozado  las últimas ilusiones que pudiera albergar respecto al amor.

 

   El chileno se dio la vuelta y se echó a dormir.

 

   Doña Cristina se levantó y  fue a la cocina. Abrió el frigorífico y, de uno de los estantes de la puerta, tomó dos frasquitos de insulina. Cada uno de ellos contenía la cantidad justa necesaria para cada una de las inyecciones que debía aplicarse Carlos cada día,  para equilibrar el problema metabólico que padecía. La doctora tomó de un armario una jeringuilla y punzó el tapón de uno de los dos frascos, absorbió una pequeña parte y, a continuación, la introdujo en el otro frasco. Colocó este último en el estante, y guardó el otro en un armario de medicinas.

   La doctora se fue a la cama y se durmió casi al instante.

   A la mañana siguiente estaba desayunado  cuando él apareció en la puerta.

─ ¡Buenos días, Cris! Creo que debemos hablar, ¿no?

─ ¡ Claro, hombre! Pero antes desayunemos. Yo sin un café a estas horas no soy nadie.

─ A mí me pasa lo mismo ─ respondió Carlos, algo extrañado ante la actitud relajada  de la doctora, libre de todo enfado.

    ─ Pero antes debo medirme los niveles de glucosa e inyectarme. A ver cuándo se inventa algo más sencillo para la diabetes.

─ No creas que faltan muchos años para eso. Se están estudiando unos aerosoles, que  por inhalación sustituirán a las inyecciones diarias; aunque aún no están comercializados.

   Carlos se midió con un  aparato electrónico el nivel de glucosa en sangre  y, a continuación,  fue a la nevera a por el frasquito de insulina. Lo preparó y levantándose la chaqueta del pijama, se inyectó en el vientre la hormona. A los pocos minutos se vertió sobre una taza parte de café y un poco de leche.

   La doctora le observaba con atención. Gruesas perlas de sudor comenzaban a deslizarse por la frente del hombre, minutos después,  éste  se echó las manos sobre los ojos, le parecía que la vista se le nublaba. Una gran debilidad le recorría el cuerpo.

─¡ Cris! No sé qué me pasa,  pero es que me estoy poniendo muy malo.

─ ¡Tranquilo, hombre! Será la reacción de la insulina.

─ ¡Sí, claro! Pero me la pongo todos los días… y no me había pasado esto nunca... Creo que debería ir a un hospi…

   La frase quedó  flotando en el limpio aire de la cocina. Carlos se desplomó sobre la mesa, pálido como el mármol.

   Cristina le miró con desprecio y le tomó el pulso. Estaba muy débil. Cogió el teléfono y llamó al mismo hospital donde trabajaba.

─¡ Buenos días! Soy la doctora Ramos. ¿Podrían enviar a mi domicilios una ambulancia? Tengo un invitado que ha sufrido una crisis  cardiaca. ¡Gracias! Les espero…

 

 

 

 

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:03  | Dramas
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Viernes, 12 de noviembre de 2010

MISI?N CUMPLIDA

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?? El sargento Daniel del Valle hac?a la ronda de noche junto a su compa?ero Carlos Mart?nez en la cuidad que pareciera que nunca duerme. Al entrar en un puente, Daniel? vio un bulto sobre el pretil ?que le llam? la atenci?n:

─ ?Detente, Carlos!? ?Ah? veo algo extra?o!

?? Las gotas de una pertinaz lluvia imped?an ver con claridad. Daniel se baj? del coche de polic?a cuya azulada luz iluminaba d?bilmente la calle, y se dirigi? corriendo hacia? la figura que llamaba su atenci?n. Jadeando lleg? al pretil y vio a una mujer con un abrigo gris del que sobresal?a una? falda blanca que le llegaba casi a los pies, los cuales los ten?a situados precariamente en la parte exterior del puente.

─ ?Se?ora! ─ susurr? ─ ?Tranquila, por favor! Yo la voy a ayudar.

?? La mujer ni volvi? la cabeza a ver qui?n le hablaba.

─ ?D?jeme en paz, se?or!

─ ?Escuche, se?ora! Si tiene alg?n problema, no se preocupe, nosotros trataremos de ayudarla.

─ ?Nadie me puede ayudar!

?? Daniel, mientras, se iba acercando sigilosamente a la mujer.? Cuando estaba pr?cticamente detr?s, con un r?pido movimiento la aferr? por la parte inferior del abrigo, tirando de ella hacia la acera del puente. La mujer forceje? durante unos segundos con el polic?a hasta que, abatida por el cansancio, se dejo llevar hasta el coche.

─ ?Se?ora! ?Cu?l es su nombre?

?? La mujer no respondi?. Retorc?a sus manos, amoratadas, en un evidente indicio de desesperaci?n.

─ ?Carlos, vamos al hospital m?s cercano! ?Creo que esta mujer est? enferma!

?? El coche arranc? con premura y en pocos minutos estaban ante el mostrador de recepci?n de la sala de Urgencias del Hospital.

─ ?Se?orita! Esta mujer ha intentado suicidarse. Necesita que la vea un m?dico.

?? La recepcionista marc? un n?mero de tel?fono y al momento aparecieron un celador y un ayudante de enfermer?a, que se llevaron a la mujer por un pasillo adelante.

─ ?Podr?an darme algunos datos de la paciente?

─ La verdad es que no la hemos preguntado nada. La he rescatado y al ver su aspecto la hemos tra?do directamente aqu?. Esperaremos que est? m?s calmada para hacer el informe ─ explic? Daniel.

─ Est? bien. Si tienen que irse, nosotros le preguntaremos todo lo que necesitamos y ma?ana pueden venir a por los datos que ustedes necesiten para hacer su informe.

─ ?Gracias, se?orita! ?es usted muy amable!

?? Los dos polic?as salieron del centro hospitalario y siguieron patrullando por la ciudad para garantizar, en lo posible,? la seguridad de los ciudadanos.

?

?? A las siete de la ma?ana Carlos y Daniel se fueron a sus hogares a descansar. Hab?an evitado varios robos, separado a parejas que peleaban en mitad de la calle, detenido a prostitutas que ejerc?an en las aceras, detenido a dos borrachos que se atacaban con navajas, y, sobre todo, evitado la muerte de una mujer. Daniel se sent?a satisfecho y cuando su cuerpo cay? en la cama, se dijo a s? mismo con satisfacci?n: ?Misi?n cumplida?, y se durmi? al instante.

?

Al d?a siguiente, casi al anochecer, se present? en el centro hospitalario. Era su d?a de descanso y hab?a quedado con su compa?ero que ?l ir?a al hospital a por los datos de la mujer que salv? en el puente para hacer el informe policial. Pens? que quiz? deber?a ir a verla para comprobar que estaba bien. En su interior se sent?a contento. Todos los d?as se suced?an muertes, accidentes, a los que ellos ten?an que acudir, pero en esta ocasi?n hab?a sido muy distinto, afortunadamente. Hab?a podido evitar una.

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─ ?Se?orita! ?Podr?a decirme en qu? habitaci?n est? la se?ora que trajimos ayer noche? Me gustar?a verla.?Ser?a posible?

?? La enfermera mir? con simpat?a al hombre y contest?:
─ ?Por supuesto! Seguro que se alegrar? de ver a su salvador. Est? en la 326.

─ ?Gracias, se?orita!

?

? Daniel subi? en el ascensor y se detuvo en la planta tercera. All? pregunt? d?nde se encontraba la habitaci?n 326. ?Una vez informado se encamin? hacia ella. Se detuvo unos segundos ante la puerta, antes de llamar para pedir permiso para entrar.

?? Al fin, dio unos golpecitos y tomando el picaporte abri? la puerta. Encontr? en la cama a una mujer de unos cuarenta a?os, que en otros tiempos hab?a sido hermosa, pero que, ahora, los signos de una grave enfermedad le hab?an deteriorado en gran manera ??????De su brazo izquierdo emerg?a un cat?ter? del que sal?an varios conductos que terminaban en diferentes partes de su cuerpo. En la mano izquierda sosten?a una especie de v?lvula con un bot?n, sobre el que reposaba su dedo pulgar. La paciente ten?a los ojos cerrados y una profunda expresi?n de cansancio afloraba en su rostro.

?

Daniel dud? en hablarle. No sab?a si dorm?a. Al cabo de unos segundos de duda, susurr?:

─ ?Se?ora! ?duerme?

?? La mujer abri? los ojos y mir? al polic?a. Sus ojos denotaban extra?eza.

─ Soy Daniel, el polic?a que ayer la recogi? del puente. ?Se acuerda?

─ Y, ?viene a que le d? las gracias?

─ ?Oh, no se?ora! He venido a ver c?mo se encontraba, naturalmente.

?? La mujer permaneci? callada . El silencio se hac?a pesado en la peque?a habitaci?n. Daniel pens? en retirarse, cuando oy? la voz, grave, que le dec?a:

─ ??igame, se?or! Llevo dos a?os sufriendo terriblemente. Tengo un c?ncer de m?dula. No se encuentra un donador para hacerme un trasplante; no tengo a nadie en el mundo, nadie me necesita. ?Ve usted lo que tengo en mi mano? Aqu? hay morfina, yo me la administro apretando este bot?n: m?s o menos cantidad, seg?n sea de fuerte el dolor. Hace d?as que tengo que apretar demasiado este bot?n que es el que permite el paso de la morfina por esta v?a hasta mi cerebro. Ya no puedo m?s, se?or. Llevo tiempo pensando en acabar con esto. No tiene sentido este sufrimiento. Ayer me decid?, por fin. Fue el d?a m?s feliz de mis ?ltimos a?os. Pero usted se interpuso.

??? La mujer call?, fatigada. Daniel no ten?a palabras.

─Yo?yo. Ver? nosotros tenemos la obligaci?n de?

─?Calle! Lo s?. Tienen que salvar vidas como sea. Pero le voy a decir lo que siento por usted: ?Le odio!

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Publicado por interazul @ 20:42  | Dramas
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Domingo, 22 de agosto de 2010

DE DOLOR A DOLOR

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?? Las arenas del campamento troyano murmuraron: Ah? va Pr?amo, solo, a buscar a su hijo, H?ctor, asesinado por Aquiles por haber matado a su vez a Patroclo, hermano de ?ste.

??? Las nubes le contestaron: S?, pero no deber?a ir solo. Hay mucho odio entre Aquiles y ?l.?

??? Las olas del mar susurraron: Mucho odio, mucho odio; pero ahora no hablar? el odio sino el dolor.

?? La brisa marina sise?: Ya llega, viejo, cansado, con el dolor en su rostro, al campamento griego. Oigamos sus palabras:

?? ─ Aquiles, come ves, estoy solo. Me arrodillo ante ti para rogarte que me entregues el cuerpo de mi hijo. Yo no hablo, habla el dolor de un padre al dolor de un hermano.

?? Aquiles se conmovi? ante el gesto del padre y dijo:

? ─ Est? bien, mandar? a unos soldados que lo envuelvan en unas mantas y lo traigan.

? ─ Aquiles, te pido que me dejes que lo envuelva yo.

? ─ ?Concedido.

?? Unos soldados se dispusieron a seguir al dolorido padre, pero el jefe alz? un brazo y les contuvo:

?? ─ ?Alto! , dejadle solo! ?Un padre tiene mucho que hablar con su hijo muerto y estas palabras no deben ser o?das por nadie!

?

??

Mar?a ?ngeles


Publicado por mariangeles512 @ 15:33
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