sábado, 07 de noviembre de 2009
CHAMPÁN HELADO


Georges salió aquella tarde de su trabajo muy contento. Llevaba diez años trabajando como ingeniero en una empresa que fabricaba trilladoras y su trabajo había sido tan eficiente que el director de la empresa le llamó esa tarde, al terminar la jornada laboral, para comunicarle que había sido ascendido a ingeniero jefe de la empresa.
Ya en la calle dirigió sus pasos a una licorería. Quería comprar una botella de champán para celebrar con su esposa Susan, el merecido ascenso.

Llevaban nueve años casados. Tenían una hermosa casa y él con su trabajo había podido reunir una nada despreciable cantidad de dinero. No habían tenido hijos, y la vida trascurría cómoda, agradable, aunque, quizá, también un poco monótona. Los fines de semana por la noche se reunían con otros matrimonios amigos, algunos más jóvenes, para cenar en casa de aquellos que tenían hijos, no querían dejar solos a los niños. ¡Ah, los niños!
Susan no había podido tenerlos y el vacío que esta carencia le había creado, velaba, a veces, su mirada de cierta melancolía. La relación entre los esposos, en un primer momento apasionada, había ido languideciendo hasta que el marido llegó a tener la sensación de que ella ya no le amaba. Esperaba con auténtica ansiedad que la noticia que hoy le daría, levantaría un poco el ánimo a la esposa. Él la amaba aún apasionadamente y no sabía qué hacer para que la relación entre ellos se estrechara un poco más.
En el trayecto hasta la tienda de licores se dio cuenta de que nevaba copiosamente; estaba anocheciendo y la visibilidad era muy deficiente. Una vez comprado el champán, entró en su coche y se encaminó a su hogar, en las afueras de la ciudad, conduciendo con mucha precaución.

Recorrido el trayecto, giró el coche para adentrarse por la pequeña calzada que conducía al garaje de la casa; unos metros más hacia la izquierda se encontraban la puerta de entrada y las ventanas de la cocina y del despacho de Georges. Al mirar hacia las ventanas, le extrañó que la de la cocina no tuviera luz, suponía que Susan estaría en ella preparando la cena. Un pequeño patio rodeaba toda la fachada, ahora cubierto de blanco.
El hombre abrió con la llave especial las puertas del garaje y que al mismo tiempo encendía las luces en su interior. Esta acción la realizaba dentro del automóvil. Una vez aparcado el vehículo, cogió la bolsa con la botella de champán y cerró las puertas del garaje al mismo tiempo que se extinguían las luces.
Caminó unos pasos por el caminito de cemento que conducía a la puerta de la casa, cuando, de improviso, una figura apenas visible salió de entre la copiosa nevada, apuntándole con un revolver a la cabeza con su mano derecha.
-¿Qué quiere? ¿Quién es usted?- inquirió Georges asustado.
Vio que el desconocido temblaba visiblemente y oyó con voz trémula que le decía:
-¡Déme todo lo que lleve encima!
El asaltado deseó mantener la calma. El nerviosismo del atracador le preocupaba. En cualquier movimiento podía escaparse una bala.
-¡Oiga! ¡tranquilo! ¡Mire, llevo cien dólares en mi bolsillo del pantalón, el izquierdo!
-¡No mueva las manos, o es hombre muerto!-le ordeno furioso.
¡No, no las moveré! ¡Cójalos usted mismo!

Georges se acercó ligeramente a su, en aquel momento, enemigo, para que pudiera acceder a sus bolsillo.

El asaltante metió con sigilo la mano libre del arma en el bolso del atemorizado Georges y sacó su billetero; Tomó el dinero y arrojó al suelo la cartera. Casi al mismo tiempo el disparo que atravesó la cabeza de Georges, retumbó en la tranquila noche. La botella cayó al suelo al lado del hombre en miles de rutilantes trozos, una montaña de espuma creció al lado de Georges, mientras el líquido ambarino se esparcía como un rosario de fuego licuando la nieve.
Las luces de la ventana de la cocina se encendieron en aquel momento. El asaltante se alejó unos metros del cuerpo sin vida de Georges, difuminado por la nevada.
Segundos después emergió de la casa una figura distorsionada por la nieve y la oscuridad. Se acercó al cuerpo tendido y lo observó por largos minutos; después se enderezó y acercándose al criminal extendió una mano hacia él en la que se adivinaba un sobre.
Los insistentes copos de nieve esparcieron en la noche unos susurros más helados aún que ellos:
- Ha hecho bien su trabajo. ¡Tome!, ¡Lo convenido!

Publicado por mariangeles512 @ 21:01  | Misterio
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miércoles, 04 de noviembre de 2009

Una luz violácea se abría paso a través de los visillos, inundando la habitación. Ángeles se despertó de  su agitado sueño,  y sin pensarlo ni un momento se tiró de la cama. Tenía mucho qué hacer y no debía perder ni un minuto.

Ese día, tenía pensado acudir a la casa de otro señor que en tiempos pasados, aunque recientes, fue sacado de su domicilio en plena noche por personas cercanas a la C. N. T con la insana intención de acabar con su vida. No se decía, pero todo el mundo sabía que las detenciones solían acabar de esa manera, excepto si alguna persona con  influencia  intervenía, y lograba arrancar al preso de las garras de sus captores.

Éste fue el caso de  Don Carmelo; hombre al que Miguel no apreciaba, ya que pagaba muy mal a los hombres que trabajaban para él, pero que,  cuando fue avisado por su familia, angustiada por su arresto, no dudo un instante en saltar de la cama, y salir a la calle para dar con el citado grupo de hombres que se lo habían llevado. Una vez encontrados, les obligó a ponerle en libertad, bajo responsabilidad del mismo Miguel.

Esta acción no podía haber sido olvidada por  aquel señor, que aún vivía,  y en muy buena posición económica. Así pues, hoy iría a verle y a pedirle que hiciera por su marido lo mismo que  una noche  Miguel  hizo por él.

Ángeles se arregló lo mejor que pudo, y con un vaso de café negro por todo desayuno, salió a la calle a buscar la casa de Don Carmelo.

Al cabo de una hora la encontró. Era una hermosa casa  antigua,  de buen aspecto. La puerta, lustrosa,  ofrecía un bruñido puño de bronce  para llamar. Ángeles lo tomó  y golpeó con suavidad. Al cabo de unos minutos  unos pasos, que se arrastraban por el suelo, se acercaban. La puerta se abrió, y en su umbral, una mujer ya mayor, con aspecto de ama de llaves, le preguntó con voz afable:

-¿Qué desea,  señora?

-¡Perdone señora!…yo quería ver a  Don Carmelo.

-¿Si?, él aún está en cama.

-¿Puedo esperarle? ¿A qué hora suele levantarse? –preguntó Ángeles dispuesta a conseguir su propósito.

- Pues…sobre las doce  de la mañana -  contestó displicente la empleada.

- Bueno…entonces daré una vuelta, y a las doce y media me pasaré por aquí. ¿Le parece bien?

- Sí; yo creo que a esa hora ya podrá recibirla.

-Bien;  entonces ¡hasta luego!

-¡Vaya usted con Dios! –respondió la otra.

Ángeles se dirigió hacia el centro de la ciudad para mirar algunos escaparates y ver el ambiente de sus calles. La ciudad  presentaba  recuerdos de la pasada  guerra. No había  dinero suficiente para reconstruirla más aprisa. La ciudad seguía siendo pobre y la reconstrucción lenta.

Pocas personas deambulaban a esas horas por la plaza.  Dio varias vueltas a la Puerta de Purchena,  y cuando miró el reloj de la Iglesia cercana, se dio cuenta que ya eran casi las doce, así que se dirigió a la casa del llamado Don Carmelo. El corazón latía en su pecho como el  de un animal herido. No sabía cómo iba a ser recibida.  Fuera como fuese iba a intentarlo todo. ¡Aquel hombre debía mucho a Miguel  y no permitiría que lo olvidara!

Volvió a llamar a la reluciente puerta y al cabo de unos instantes abrió  la misma mujer.

-¡Hola! El señor ya puede recibirla. ¡Pase usted!

Ángeles entró en la casa, y el  ama de llaves le hizo pasar a una sala limpia y bien amueblada, sumida en una penumbra que la  hacía agradable. Al cabo de un rato de espera,  Don Carmelo apareció por la puerta. De mediana estatura, algo calvo y con una incipiente barriga, se adelantó hacia la mujer para saludarla:

-¡Hola, Ángeles!  ¿Cómo está usted? – preguntó con voz cortés.

-Pues… no muy bien;  no sé si sabrá que tengo a mi marido preso…

¡Ah! No sabía –contestó el hombre con asombro mal disimulado.

-¡Pues sí,  Don Carmelo! Le han detenido y le han juzgado en minutos, y le han condenado a muerte. ¡Y usted sabe que eso es una terrible injusticia!… pues mi marido ha salvado a mucha gente que antes de la guerra fue detenida también ilegalmente,…como usted,  por ejemplo, –dijo en  un susurro.

El hombre dio unas zancadas por la habitación; de forma palmaria se percibía  que se encontraba incómodo. Como el anterior señor, sabía que todo favor que se le hiciera a alguien encarcelado por los llamados nacionales, podía costar caro al que lo hiciera. Él,  ahora, gozaba de un puesto de confianza del nuevo gobierno, y temía perjudicarse haciendo ese favor.

-¡Mire,  Ángeles!, créame que lo siento - empezó a decir con una voz que a la mujer le supo a negación - pero es que los tiempos que corren son muy peligrosos   y…

  Ángeles no pudo más. Se levantó de la silla donde estaba sentada y de pie, frente al hombre, le espetó:

-¡Mire usted;  Don Carmelo! Yo sé muy bien que estamos viviendo unos tiempos muy difíciles y, si no,  ¡fíjese lo que le ha pasado a Miguel!,  pero usted no puede olvidar que él le sacó del lugar donde lo tenían retenido; y,  que si mi marido no interviene, es muy probable que usted, a estas alturas, ya no estaría en el mundo de los vivos. ¿Fue, o no fue así? - la mujer se detuvo para tomar aire, su corazón bombeaba  sangre al ritmo de la ira que  sentía -  Yo entiendo que usted tenga miedo  a posibles represalias;  pero usted tiene que entender, que yo trate de salvar la vida de mi esposo a cualquier precio; y  más,   siendo inocente, como lo es él. ¡Usted no puede olvidar que  él le salvó la vida! – el jadeo se apoderó de la garganta  por el esfuerzo contenido.

Don  Carmelo Mira, la observó fijamente. En su fuero interno sintió admiración por aquella mujer  y por el amor que profesaba a su marido; en el fondo de su ser le hubiera gustado que alguien le hubiera amado de aquella manera. Sintió que debía ayudarla, no por el marido solamente, sino por ella. Alguien que luchaba de aquella forma por un ser querido merecía ser ayudada.

-¡Está bien; Angelica! ¡Está bien! Voy a hacer lo que esté en mi mano por ustedes. Pondré por escrito todo lo que su esposo hizo por mí. No sé si valdrá para algo, pero por mí no va a quedar.

Diciendo esto se dirigió a una de las puertas que se abrían en la sala, que daba  acceso a su despacho, y cerró la puerta tras de sí.

Ángeles emitió un largo suspiro de alivio. Pensó que por esta vez había ganado  la batalla,  de nuevo, al miedo. Iba a tener en su poder cuatro avales. Creía que suficientes para ayudar a su marido, por lo menos para evitar su muerte.

¡No quería ni pensar en eso!

Pasados algunos minutos, salió Don  Carmelo de su despacho, muy serio, quizá, preocupado por el paso que acababa de dar.

-¡Tenga, Angelica! Aquí está todo. Espero que le sirva de algo y, ¡perdóneme por haber vacilado en ayudarla!; pero la responsabilidad por la familia pesa mucho. ¿Me entiende?  ¿Verdad?

-¡Claro que le entiendo, Don Carmelo! ¡No se preocupe; yo le estoy muy agradecida por lo que ha hecho! - y, levantándose,  le estrechó la mano y salió a la calle.
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lunes, 02 de noviembre de 2009

- ¡Muchísimas gracias;  Don  Ramón!  No olvidaré nunca lo que ha hecho por Miguel. Le tendré en mis oraciones a la Virgen del Carmen.

-¡Ande, ande!  Que no ‘pega’ mucho la mujer de un rojo con la Virgen –bromeó Don  Ramón.

-¡No crea; Don  Ramón! Yo puedo ser la mujer de los que ahora llaman, los que han ganado la guerra, rojos, pero sigo creyendo como siempre en Dios y la Virgen del Carmen  y,  estoy segura que me  escuchan – y añadió-.   Bueno, me voy. ¡Quede usted con Dios! ¡Y, que Él se lo pague lo que ha hecho!

-¡Que Él le acompañe, buena mujer!

Ángeles se vio de nuevo en la calle.

Miró el papel que le había  entregado. En él, Don Ramón había hecho constar de su puño y letra, que Miguel Ledesma le había sacado de la prisión Provincial a la que había sido llevado en Abril de 1.936, por un grupo de milicianos; y muy posiblemente le había salvado la vida, exponiéndose con ello a la animosidad de sus compañeros de Sindicato. Además, le constaba,  que dicho detenido no había cometido delito de sangre alguno, ya que le conocía desde que era un chiquillo  y sabía de su nobleza y generosidad.

Y, para que así constara lo firmaba en Almería a 1 de Septiembre de  1939.

La esposa  no sabía si con este papel que tenía en sus manos  bastaría para ayudar a su marido. Tampoco tenía a quién preguntárselo; así que debería decidir ella sola.

Después de unos minutos, creyó que sería mejor reunir todos los avales posibles que pudiera conseguir.

Le constaba que Miguel había ayudado a muchas más personas a salir de las prisiones adonde de manera arbitraria habían sido llevados, quizá  para darles  muerte, como ya les había ocurrido a varios conocidos.

Así  pues, se encaminó hacia la casa de otro conocido hombre de derechas, que fue detenido en los primeros tiempos del llamado Alzamiento: Don José Escamilla, y al que Miguel liberó cuando, prácticamente, le sacaban para darle el “paseíllo”.

Caminó con rapidez;  la tarde se echaba encima. Pocas personas se cruzaron con ella en las calles que iba atravesando;  no le cabía duda que la gente se escondía. Por otra parte, no le extrañaba, el miedo se palpaba. Acabada la contienda, las venganzas seguían produciéndose, tanto en personas que tenían delitos, como en las que no los tenían.

En el bando ganador se conducían como las hordas que en tiempos de la República,  detenían a éste o al otro, de forma totalmente arbitraria, sólo por habladurías. Lo mismo, hombres de letras conocidos y honrados como tales, que anónimos seres, que en lo único en que se distinguían era que no pensaban como los vencedores, que se creían  en posesión de la verdad absoluta y  podían  perfectamente compaginar la alusión constante a Dios y a valores espirituales y eternos,  con la firma de penas de muerte de seres completamente inocentes. E, incluso, aunque hubieran sido culpables, la guerra había terminado.

“¿Quiénes eran ellos para decidir quién vivía o moría? ¿Acaso de tanto citar a Dios, se creían que eran  Él?”  “Y, eso – pensó la mujer – que el buen Dios jamás haría tales desafueros”.

Cansada por la caminata, Ángeles llegó ante la casa de su segundo, creía ella, salvador. Llamó a una campanita que hacía las veces de llamador y esperó. Pasados unos pocos minutos la puerta se abrió  y una mujer de mediana edad, la esposa del dueño de la casa, apareció ante la desfallecida mujer.

-¡Buenas tardes! Verá, yo soy la esposa de Miguel Ledesma… su marido le conoce... ¿Está él en  casa?

-Pues sí. Sí que está. ¿Qué deseaba?

-¡Perdone usted!  Pero es que este es un asunto  que sólo puedo tratar con él.

La mujer del umbral miró a la de la acera con un cierto aire de superioridad. ¡Ella también sabía quién era el tal Miguel  y en qué había estado metido en los últimos años atrás! Seguro que ahora tendría   problemas  y, claro, querrían que ellos se los solucionaran.

-¿Qué ocurre, Luisa?  - la voz venía de adentro  y se acercaba a la puerta.

Apareció detrás de la mujer una figura regordeta, no muy alta, y de piel sospechosamente cárdena, lo cual daba idea de la afición por la bebida que tenía el buen señor.

-¡Esta mujer, que quiere hablar contigo, Pepe!

El hombre se adelantó a la esposa  en el umbral,  y miró detenidamente a Ángeles.

- ¡Ah¡ ¡Ya!; ¡la conozco usted! ¡Pase, hágame el favor!  - dijo -   mientras giraba sobre sí y entraba en la casa. Ángeles le siguió con negras premoniciones en su alma.

Pasaron a una salita, bien arreglada y limpia, con una mesa camilla adornada con unas falda con delicados flecos de seda; y cuatro sillas a su alrededor.

-¡Siéntese, por favor! y dígame qué la ha traído a mi casa.

-Don José, usted recordará que mi marido le salvó la vida hará unos tres años, y que  usted le prometió devolverle el favor, si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ¡ahora lo necesita! ¡Miguel ha sido juzgado y condenado a dos penas de muerte! Usted sabe muy bien que él no ha matado a nadie, ni tampoco ha hecho ningún otro daño, porque le conoce de hace mucho tiempo. Lo único de  lo que pueden acusarle es de  haber sido el secretario general del Sindicato C.N.T,  y el haber impedido que Almería fuera tomada hace un par de años por los que han ganado. Yo he venido a ver si usted puede atestiguar que Miguel le sacó de la cárcel  y ¡evitó que fuera fusilado! - Ángeles se interrumpió al ver la expresión de disgusto en el rostro del hombre. Evidentemente no le agradaba que le recordaran esa parte de su vida.

-Ya, ya. Comprendo su preocupación. Aunque verá, me coge en un momento delicado. Me han ofrecido un puesto en el Ayuntamiento,  y creo que no se vería con buenos ojos el que yo ayudara, precisamente  en estos momentos…  a su marido –dijo-  mientras evitaba la mirada de la mujer.

Ángeles sintió que la ira ascendía por su pecho como un río de sangre,  y se le materializaba en el rostro. Su tono pasó al rojo más intenso, cuando haciendo grandes esfuerzos por no levantar la voz,  dijo:

-¡Oiga, Don  José! – la voz baja pero con dureza contenida   - ¡Perdone que le diga,  que  a mi marido también le miraron con muy ‘malos ojos’, cuando se presentó aquella noche ante el camión que le llevaba a usted seguramente a las tapias del cementerio,  o a cualquier cuneta para pegarle dos tiros en la cabeza, e impidió que esto se llevara a cabo! Tuvo que discutir con aquellos tipos,  e incluso amenazarles  para que le dejaran a usted libre. ¿Y quién le obligaba a hacer eso,  aparte de las súplicas de su familia? ¡Nadie! Sólo su sentido de la justicia, sin importarle que ello pudiera traerle problemas. ¡No! ¡No  puede negarse usted ahora  a darme por escrito ese aval!  ¡Le debe la vida a Miguel! ¡Eso no puede olvidarlo nunca! Aparte que, usted mismo,  fue el que prometió ayudarle si alguna vez lo necesitaba.  Pues bien,  ¡ahora lo necesita! - acabó Ángeles con un hilo de voz quebrado por la emoción y la ira que sentía al comprobar la ‘mala’ memoria de algunas personas en asuntos tan importantes como  deber la vida a  alguien  que no es tu madre.

El hombre bajó ligeramente la cabeza; no se creía un cobarde, pero se estaban viendo tantos horrores, que temía que apareciera su nombre apostando por la inocencia de un  ‘rojo’, y pudiera traerle a él y a su familia grandes problemas. Por otra parte, entendía muy bien a aquella mujer, que sólo pedía un poco de lo que ellos habían dado: generosidad, magnanimidad,  y la lección  de que el prójimo importa, no sólo en teoría, sino en la práctica.

Se levantó del sillón en que estaba sentado y dio unos pasos por la espaciosa habitación. Mientras cavilaba en todo esto no se sintió con fuerzas de seguir negándole su ayuda a aquella mujer que dignamente pedía por la vida de su marido.

-¡Está bien Ángeles!, voy a darle lo que me pide –su voz denotaba una profunda preocupación – Creo que debo hacerlo. Me enseñaron a ser un hombre justo  y no quiero olvidar aquellas magníficas enseñanzas  Si esto me acarrea algún problema, ya veré cómo salgo de él. No me quedaría tranquilo si por mi culpa su esposo no pudiera salir de la grave situación  en que se encuentra. ¡Espere un momento! que ahora mismo voy a escribirlo y se lo traigo.

Y desapareció tras la puerta.

La mujer sintió que la losa que por largos momentos se apoyaba  sobre su pecho se deslizaba hacia alguna parte  y respiró profundamente: ¡Podía creer en los hombres! En los buenos. En aquellos que cumplen su palabra: ¡en los caballeros!

Ya en la calle, con el segundo aval en su mano Ángeles empezó a serenarse Su corazón dejó de galopar dentro del pecho.

El sol acariciaba los tejados por el Oeste tiñendo de rojo  todo el horizonte.

Se marcharía a su casa. Al día siguiente iría a los domicilios de los otros hombres a los que Miguel había salvado. Visitaría a todos. Confiaba en que cuantos más avales tuviera, más fácil sería salvar a Miguel.
Continuará...


Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Dramas
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. Corrían los primeros meses del año 1.936.  El malestar y el desorden eran generalizados.  El secretario general de la C.N.T. viendo los malos tiempos que se cernían sobre todos,  dimitió.  Miguel, desoyendo los consejos de Ángeles, que le pidió que no se metiera en nada, aceptó el cargo de secretario general vacante de aquel Sindicato.

La esposa  intuía, lo que Miguel no alcanzaba o no quería ver.  Ésta fue una época de discusiones entre la pareja, ya que se rumoreaba mucho sobre un levantamiento militar  de las tropas afincadas en África, que podría producirse de un momento a otro. Ángeles temía que si se armaba  algún “jaleo”,  Miguel podría  verse envuelto en problemas, debido al cargo que tenía en el Sindicato de trabajadores.

En estos tiempos  las detenciones arbitrarias, los asesinatos brutales movidos por la envidia y el deseo de venganza,  estaban  a la orden del día. Se detenía a Fulanito porque  iba  a Misa; al otro,  porque se sabía que era de derechas, o sencillamente, por odio y envidia; por un odio largo tiempo reprimido, y que ahora, con el desorden imperante, permitía cobrar venganza de tantos años de hambre, de tantos años de pobreza y falta de esperanzas.

En más de una ocasión, la puerta de la casa de Miguel fue aporreada a cualquier hora del día  por un familiar  desesperado,  porque se habían llevado  sin más explicaciones, al padre, al hermano, o al hijo, un grupo de hombres armados. El destino de estos hombres era incierto. Muchas veces se concretaba en las tapias del cementerio, o en alguna desolada  cuneta de una solitaria carretera, en las que aparecían con dos tiros en la cabeza. En otras ocasiones, eran retenidos en la Plaza de Toros; la cárcel estaba a rebosar. Estos familiares  pedían a  Miguel el enorme favor de que  tratara  de  sacar a su padre, hijo, o marido, del lugar al que se lo habían llevado. Eran los momentos en que Miguel, con el nombre del detenido escrito en un papel, marchaba a preguntar aquí y allá, averiguando dónde estaba Fulanito o Menganito;  y, cuando por fin, daba con el lugar en el que estaba detenido, se identificaba, hablaba  con los hombres  que  eran los responsables de los presos, y con la ’influencia’ que en aquellos momentos pudiera tener, conseguía que esos encarcelados fueran puestos en libertad. Los detenidos, ciertamente, quedaban muy agradecidos,  y  en más de una ocasión le dijeron:

- ¡Miguel!  ¡No  olvidaré el  favor que usted me ha hecho; me ha salvado la vida! Si alguna vez necesita usted de mí, ahí estaré para atenderle en lo  que sea necesario, si es que aún vivo.

La verdad  era que en esos tiempos tener amigos era muy valioso.

Lo que se rumoreaba que iba a ocurrir, se produjo el 18 de Julio de ese año.

El levantamiento triunfó en algunas provincias, pero en otras, no. En Almería no triunfó.

Ángeles vivía con el corazón en un puño. Miguel se pasaba gran parte del día  fuera de casa; en el trabajo, y luego atendiendo asuntos del Sindicato  y, sobre todo,  tratando de paliar, en lo posible, las injusticias y atrocidades que se estaban  cometiendo.

Pasaron los meses; la comida escaseaba y Miguel tenía que ir a los pueblos a ver  qué encontraba. Ángeles tuvo que marcharse a Huércal-Overa, un pueblecito cercano a la capital, ya que  no podía soportar los bombardeos a que se vio sometida la ciudad desde el cielo y el mar.

Un momento crucial para la vida de Miguel, fue cuando se enteró de que un destacamento se dirigía hacia la Estación  con intención de tomarla; sin pensarlo dos veces cogió el teléfono, llamó al cuartel de donde provenían los atacantes y hablando con la autoridad correspondiente dijo:

-¡Al habla Miguel Ledesma!  ¡Les advierto que si intentan llegar a la estación van a encontrarse una fuerte oposición, pues estamos armados hasta los dientes!

Y la Estación no se tomó aquel día.

Cuando ya hacía un  año  que España se debatía entre  ideas tan distintas y  distantes, la pareja se trasladó a vivir a un cortijo que un hermano de Miguel poseía en las afueras de la ciudad. En esta casa se dio cobijo a muchos malagueños, que  una vez tomada Málaga, huían por la carretera que une ambas ciudades; calzada que vio hechos terribles, ya que  los que huían  fueron  ametrallados desde aviones volando a baja altura, y abandonados sus cuerpos en las cunetas.

(¡Ay, si las cunetas hablaran!)

Almería fue “liberada” a finales de la guerra.

Gentes que pudieron huir, huyeron.

Otros que oyeron la proclama de que: “todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer”,  y se la creyeron, no huyeron.

¡Y fue su perdición!

Miguel se la creyó y  fue detenido y llevado a la plaza de toros, que  estaba abarrotada de paisanos. Allí pasaron varios días a cual peor. No comieron ni bebieron nada, y por si fuera poco, una tromba de agua irrumpió en la noche almeriense  calando hasta los huesos a los desgraciados allí retenidos. Las ropas se secaron en sus cuerpos y muchos enfermaron, y algunos murieron sin atención alguna.

Miguel fue juzgado el 1 de Septiembre de 1939, el mismo día en que las tropas alemanas invadían Polonia.

Fue condenado por rebelión militar a dos penas de muerte. ¿Rebelión? Pero,  ¿quiénes fueron entonces los que se levantaron?  ¿Los de la Republica o los llamados ‘nacionales’?

Ángeles sintió que las piernas no la sostenían  cuando el juicio acabó y trató de acercarse un poco  adonde estaba Miguel; le vio con la cabeza alta mirando al Presidente del Tribunal que acababa de pronunciar  su sentencia de muerte, con la misma serenidad que hubiera tenido si le hubiera condenado a dos meses de cárcel.

Los ojos de Miguel fuertemente sombreados por unas cejas obstinadamente bajas ocultaban  la  sorpresa a los ojos del presidente que le había condenado a morir. No entendía, cómo sin haber matado a nadie, sino más bien ayudando a muchas personas a salvar sus vidas, le habían  condenado a la última pena.

Tenía treinta  años y una esposa.

¿Y qué había pasado con el bando oído por radio, en el que Franco anunciaba a la nación  aquella promesa de perdón para todo el que no hubiera  cometido un crimen?

¡Mentira!

Como en tantas otras ocasiones, se había mentido al pueblo. Él estuvo tranquilo al oír esto. Le pareció justo. Al ser detenido pensó que se debía a su participación en el  sindicato anarquista. A otros, por mucho menos, les habían dado el “paseíllo”. Por su cabeza pasó, en sus noches de insomnio,  que quizá, le echarían algunos años de cárcel.

¡La muerte, jamás! 

De pronto se acordó de que Ángeles estaba en la Sala.  La buscó con la mirada. Los ojos de ella, clavados en los de él, con expresión de espanto. Sus ojos refulgíendo  por el efecto de las luces sobre las lágrimas,  parecían   cavernas  agrandadas  por el miedo.

El hombre sintió que un río de pena le atravesaba el alma. “¡Pobre mujer! - pensó -  ¿qué será ahora de ella? Y pensar  que me advirtió que era muy peligroso meterse  en cosas de política en estos tiempos.”

Salió de su abstracción al oír la voz de su mujer que le gritaba:

-¡Miguel, no te preocupes! Yo iré a ver a todos esos señores que tú salvaste. Les pediré que intercedan por ti. ¡Nos lo prometieron! ¡Recuérdalo!

– ¡Haz lo que puedas, mujer, haz lo que puedas! - contestó el marido agradecido.

Unos soldados empujando a Miguel  le encaminaron pasillo adelante.

Los ojos de la esposa le siguieron hasta que su figura fue engullida por  el oscuro umbral de una puerta. 

Ángeles salió a la calle corriendo. Iba como loca.

El Sol caía con fuerza aún en septiembre sobre la  calzada. La calle, en estos momentos, estaba atestada de  familiares que habían asistido al juicio  hablando  en voz baja;  el miedo había atenazado  las gargantas de los vencidos.

La promesa de no represalias después de acabada la guerra no se cumpliría  y los sufrimientos de los llamados’ rojos,’ serían terribles.

La mujer del preso  se dirigió hacia la casa de la familia de él. Tenía un hermano falangista;  Antonio.

Ángeles pensó en su cuñado como posible intermediario para salvar a Miguel. Llegó a la casa jadeando.  La puerta estaba entreabierta; entró; vio a su cuñado Antonio sentado en una mecedora,  mirando hacia la ventana. Ella  con voz entrecortada por el miedo y la carrera casi gritó:

-¡Antonio! ¡Antonio! Miguel ha sido juzgado y le han condenado a muerte. ¡Por favor, Antonio! ¡Tienes que hacer algo! Tú tienes influencias  ¡No puedes dejar que le maten!

El  hermano,  sentado en una mecedora de enea, se balanceaba suavemente de espaldas a la puerta. Las súplicas de su cuñada ni siquiera le hicieron girar la cabeza hacia ella.

Ángeles guardó silencio y, pasados unos minutos que le parecieron una eternidad, comprendió que de allí no obtendría ninguna ayuda para su marido, y sin añadir   palabra,  salió de aquella casa que en otro tiempo consideró como propia.

Se dirigió a su hogar. Tenía que pensar lo que iba a hacer. Recorrió penosamente el trayecto.

Nunca imaginó vivir  esta situación. Últimamente había estado muy preocupada por todo lo que había visto a su alrededor: detenciones, asesinatos arbitrarios y toda clase de tropelías  inimaginables. Y  siempre temió por la suerte de Miguel.

Se sentía  perdida. Ella no estaba acostumbrada a resolver grandes problemas. Su vida había sido relativamente fácil, dentro de la modestia en que se desenvolvía. Al casarse con Miguel fue cuando su mundo empezó a agitarse un poco. El carácter de él,  inquieto,  emprendedor,  amigo de ayudar a quien pudiera; (pensaba que si la vida tenía  algún sentido, había de ser por dar a alguien esperanza, ánimo, comprensión), había sido la causa.

La esposa era partidaria de no meterse en problemas, de vivir más para ellos. Por más que le rogó que no se metiera en el Sindicato, no consiguió nada. Ahora, en mitad de la solitaria calle, percibía cuánta razón había tenido. Había visto detener y desaparecer para siempre  a personas que no habían cometido delito alguno, excepto saberse que pensaban de ésta o aquélla manera. Luego,  el odio y la envidia habían hecho el resto.

Miguel sí había hecho algo, no precisamente malo,  (siempre teniendo en cuenta desde dónde se mirase),  desde los dos bandos podían recriminarle: los republicanos, por haber ayudado a los llamados nacionales detenidos,  a salvar sus vidas,  y los nacionales  por haber evitado en un determinado momento  la toma de la Estación de Almería. Con esto último era más que suficiente para que lo condenasen a muerte en esos tiempos.

¡Pero sus manos estaban limpias!

Ángeles siguió caminando. Respiraba  afanosamente; los nervios  y la debilidad por la falta de alimento habían hecho presa en ella. Sentía desfallecer. Deseaba llegar a su casa, tomarse un café ‘negro’, cargado, como le gustaba a ella, y recomponerse un poco. Después iría a las casas de aquellas personas que Miguel había ayudado  para tratar de  que intercediesen por él.

Por fin, llegó a su domicilio. Abrió la puerta  y la sensación de soledad y tristeza la rodeó por completo. La casa era la misma  pero aparecía tan desolada que Ángeles sintió un nudo en la garganta.

Mientras bebía con fruición el café, oyó que alguien golpeaba la puerta; dejó el vaso en la mesa y salió a ver quién era.

Su amiga Pepa Montes apareció en el umbral.

Ésta  era una joven morena y de agraciado rostro, de buen corazón y sonrisa afable. Las dos mujeres se apreciaban mutuamente.

-¡Hola Pepa,  pasa!

-¡Hola Ángeles! Te he visto llegar  y como te conozco tan bien, sé que algo malo te ha pasado. ¡Dime!  ¿Qué ha sido?

-¡Ay, Pepa! - la voz de la mujer se quebró al decir - vengo del juicio de Miguel, y  ¡fíjate,  le han ‘echado’ dos penas de muerte!

-¡Qué barbaridad! ¡Pero si tu marido no ha matado a nadie! ¿Acaso no es cierto lo que dijeron por la radio, que todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer?

- ¡No; no!   ¡No es cierto! Y, lo peor, es que su propia familia no quiere echarle una mano. Su hermano Antonio, el falangista, cuando se lo he dicho, ni siquiera ha vuelto la cabeza para mirarme. ¡El muy cabrón! Ahora, que le he echado una maldición que como le caiga ¡ya va bueno, ya!

- ¿Y qué es lo que piensas hacer? –inquirió preocupada la amiga.

- Pues he pensado pedir ayuda a los señores a los que Miguel ayudó al principio  de todo esto. Ahora mismo en cuanto me tome este café, salgo para la casa de Don  Ramón Heredia.

- ¡Me parece muy bien! Ángeles. Esa es  muy buena gente. ¡Ojalá, y consigas algo!

Cuando Pepa se hubo marchado, Ángeles apuró su café;  tomó su cartera y salió a la calle.

El Sol estaba en lo más alto de su recorrido y  pegaba fuerte. La mujer cruzó a la acera de enfrente  donde la sombra hacía menor el castigo solar. La calle desierta; que a esta hora parecía que todos sus habitantes se hubieran escondido.

Ángeles caminaba aturdida, su cabeza colmada de ideas y pensamientos que debía y quería ordenar. No solía  pensar mucho, pero en este instante de su vida un pensamiento le hacía casi daño en el cerebro: ¡salvar a su marido de la muerte a toda costa!

No sabía si lo conseguiría, pero de que lo iba a intentar por cualquier medio, no tenía dudas.

Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la hermosa puerta de la casa de Don  Ramón Heredia.

Ésta era una casa grande, de dos plantas, con cuatro balcones en la primera y cuatro enrejadas ventanas en la baja.

Llamó a la puerta  golpeando con el magnífico, bruñido y brillante puño de bronce, situado en la puerta para tal efecto. Esperó. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared del dintel. Nunca había pedido favores a nadie, y ahora se veía en la necesidad de pedir por la vida de su marido.

“¿Y si no había nadie? ¿Se iría? ¡No, no!”  Iba a golpear de nuevo, cuando oyó  a lo lejos  unos pies que arrastrándose  se acercaban a la puerta. Ésta se abrió  y en el umbral apareció la vieja criada de la casa, con oscuro traje de percal, y un níveo moño rodeándole la nuca. Su cara mostró  una leve sonrisa  al reconocer a la mujer, que Ángeles agradeció.

- ¡Hola, Angelica!  ¿Qué te trae por aquí?

- Pues verá, Señora  Paca... deseaba ver a Don  Ramón, si es posible, ¡claro!

- ¿Por qué no,  mujer?   Ahora mismo voy a avisarle.

La anciana se perdió en la oscuridad del corredor. Ángeles se quedó en la entrada  observando el orden y la limpieza que allí reinaba. Todo parecía estar en su sitio. Brillantes los muebles y el suelo, a pesar de los muchos años que todo tenía. Curiosamente, esta sensación de orden  produjo en el ánimo de la mujer, algo semejante a un estado de paz. Gozando aún de esta sensación, oyó a su espalda una grave y bien timbrada voz. Se volvió. El dueño de la casa: alto, delgado, entrado en años, algo pálido para aquellas tierras, se dirigía a ella con una sonrisa paternal en su marchito rostro.

- ¡Buenas tardes! Angelica. ¿En qué puedo ayudarle?

- Pues... yo…  Don  Ramón; ¡venía a ver si podía ayudar a mi marido!  Hoy ha sido su juicio  y le han echado dos penas de muerte  y, como él le sacó a usted de la cárcel cuando le detuvieron aquellos milicianos de la C.N.T...  ¿No lo habrá olvidado?, ¿verdad? Pues…yo…

-¿Cómo voy a haberlo olvidado? - le  interrumpió -  ¡Si vivo,  es gracias a su marido! Ya sabe usted,  Ángeles, ¡que es de bien nacidos ser agradecidos! Verá, le voy a hacer un aval que usted va a llevar al Tribunal Militar que ha juzgado a Miguel. Quizás consigamos que le conmuten las penas de muerte. ¡Espere un momento, por favor!

El hombre se alejó  pasillo adentro y un oleada de gratitud envolvió hacia ese caballero que no había olvidado sus promesas,  ahora que se encontraba entre los vencedores, a un hombre que estaba detenido, derrotado, condenado a morir en la flor de su vida.

Ángeles sintió que no estaba tan sola  y aunque  lo estaba, se percató de que aún quedaban hombres en el mundo que no olvidaban  su palabra.

Respiró profundamente y esperó.

Pasaron unos minutos  y de la oscuridad del corredor  emergió la figura del benefactor.

- ¡Tome, Angelica! Espero que le sirva de algo.
Continuará...


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jueves, 06 de agosto de 2009
#1 ·
Dedicado a Julián Lago



¡Ay, Julián, cómo te admiro!

Hace  meses dijiste  a tus amigos que te ibas a Paraguay  para ser tú mismo, y para hacer algo bueno por personas humildes, los  indios guaraníes.  Y  les dijiste también que en aquel lugar te sentías más ceca de Dios que de los hombres, en la felicitación que les enviaste por Navidad. ¡Qué feliz te sentirías!

 

Tú, que habías sido un brillante periodista, terminaste por decepcionarte de esa profesión, a la que definiste al final como una profesión que cuenta mentiras elaboradas en un despacho. Tú que conociste el éxito y los premios en tu profesión, no te sentiste colmado para seguir en España con los tuyos, o quizá ¿los tuyos eran los indígenas paraguayos?  ¿Eran la verdad que buscabas hacía ya tiempo?

¿Te diste cuenta que sólo es importante la vida cuando se hace algo por los demás?

 

Y lo dejaste todo, y te fuiste a un recóndito pueblecito de Paraguay. Y allí comenzaste la construcción de una escuela, y tus amigos han dicho que también te ocupaste de las cosas del campo para que el hambre no fuera  un invitado nunca más  en esa comunidad.

Estabas delicado de salud, sí, pero eso no fue un obstáculo para que marcharas tan lejos de España y a un lugar, el pueblito,  con nulos adelantos médicos. ¡No importabas tú, ahora iban a importar los desheredados de la tierra! ¡La emoción ahoga mi garganta cuando pienso en tan excelsos intereses!

Pero no pudo ser. La fatalidad se cruzó en tu camino en forma de motorista cuando te atropelló en el mismo instante en que descendías de tu coche.  ¡Maldición! Habrán mascullado en su idioma tus pobres indígenas. Ahora, cuando nos viene del otro lado del ancho mar un hombre bueno para aliviarnos un poco en nuestra miseria, el destino nos lo arrebata.¡Cuánto lo siento por ellos! ¡Me había gustado tanto tu proyecto! ¡Me había parecido tan valiente por tu parte, que desdeñando tus enfermedades te arriesgases a irte tan lejos, aunque ya supongo que pensabas quedarte allí para siempre.

Julián, a pesar de todo,  estoy contenta por ti. Ahora ya estás delante de la Verdad. Desnudo, con el alma al viento del Paraíso, sin tapujos, para que el Creador lea , (aunque Él siempre puede hacerlo)  tu corazón, y compruebe su grandeza, su generosidad, y seguro  que, echándote un brazo por la espalda, ya no te sentirá jamás solo, te acompañará al lugar donde el sufrimiento no existe, ni la mentira, sólo la Paz y la Felicidad. Y ahí comenzarás a ser feliz.

 No te preocupes por tus inditos, alguien seguirá lo que tú comenzaste.

Julián yo he rezado por ti, pero con alegría porque al fin estás donde tú deseabas: cerca, muy cerca de Dios.


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miércoles, 22 de julio de 2009

Lucía se hizo aquella mañana  la prueba del embarazo: ¡dos rayitas rosas le dijeron que estaba embarazada!

-¡“Dios mío!  ¿Y ahora qué hago?- paseó angustiada por su habitación- ¡hablaré con Esteban; él sabrá qué debo hacer!

Buscó en la agenda del móvil, apretó el botón y al cabo de unos segundos, la voz amada:
-¡Hola!, ¿qué tal?

-¡Esteban,  cariño, tenemos un gran problema!: Me he hecho la prueba con el Predictor y me ha dado positivo.

-Pero ¡Eso es imposible! ¡Siempre hemos tenido mucho cuidado!

-¡No! no siempre. Una noche que  bebimos mucho, no tenías ni un preservativo y no tuviste ganas de ir a comprarlos.

-Y ¿Sólo por una vez? ¡Dios mío!

-Ya ves que sí, que aunque es difícil quedarse embarazada, según dicen, a veces ocurren estas cosas…

- Bueno, escucha,  luego nos vemos  cuando salga de clase y hablamos de esto. ¡No te preocupes! Ahora todo ‘esto’ tiene arreglo.

- ¡Vale, hasta luego!

 

 

Al cabo de unas horas los dos novios se miraban  intensamente, sentados alrededor de una mesa, en la cafetería de la Facultad donde cursaba  Esteban su último año de carrera.

-Bueno, y ¿qué puedo hacer?

-Yo lo tengo clarísmo: ¡abortar! Yo no puedo comprometer mi futuro por un niño.

-Eso me suena a muy poca responsabilidad.

-¡Me da igual cómo te suene! ¡Yo no me puedo hacer cargo de nada! ¡Escucha bien! Ahora el ministerio de Igualdad ha ‘sacado’ una ley, quizá algo disparatada, pero que a nosotros nos viene muy bien…

-¿Sí?

-Verás; se puede abortar desde los diceséis años, sin problema alguno, y ni hay que decírselo siquiera a los padres.

-¡Dios mío! ¡Es horrible! ¿Hacer algo así sin contar con los padres? ¡Qué locura!

Y ¿el niño? ¿No cuenta su vida para nada?- inquirió llorosa la muchacha.

-¡Que vida ni qué vida!, ¡’Eso,’ aún  no es un niño!

-¿No? y ¿qué es,  entonces?

-Pues, hija, ¡un montón de células vivas! Pero niño aún, no.

-Yo tenía entendido que  ya un ser humano desde el mismo momento de la concepción; que ya tiene todas las características de lo que será de adulto: color de ojos, de pelo, de piel, sexo…

-¡Basta! ¡No me des la ‘paliza’ con eso!

-¿Paliza? ¡Oye, que  yo no me lo he inventado! La profesora de biología lo explicó así en clase, cuando estudiamos el tema.

-Pues será una opinión suya. Hay gente que, como es católica,  y está en contra del aborto, quiere demostrarnos que ‘eso’ ya es un ser humano. ¡Pero, no!

-¿Estás seguro?

-¡Totalmente!

   Mientra así hablaba con su novio Lucía sentía dentro de sí algo nuevo, como una rareza, que sin embargo le producía una gran alegría,  algo que crecía en su interior.

 

-Está bien, no estoy segura de lo que me dices, pero de lo que sí estoy segura es de que me las tengo que arreglar yo sola.

-En ese problema, sí- afirmó rotundo.

-Pues tú también eres causa de ‘ese’ problema. Que parece que hubiera engendrado el niño yo sola.

-¡Lo siento, chiquita, pero los hombres no podemos abortar!-acabó Esteban con una sonrisa que colmó el vaso de agua a Lucía.

-Te diré algo: me alegro de que esto haya ocurrido, me ha dado la oportunidad de conocerte, y saber la clase de miserable que eres. ¡Ni se te ocurra llamarme nunca más!

 

   Lucía salió de la cafetería con un pensamiento muy claro: ¡No mataría a su hijo! ¡Él nacería! Nacería de su cuerpo y sería lo más hermoso que pudiera haber realizado en su vida. Caminaría por la vida con la frente alta, sabiendo que se ‘jugaba el tipo’ por algo que merecía la pena.Y, quizá, cuando su hijo la mirase, sentiría que este ‘problema, era el menor de su vida.En unas horas había madurado más que en diez años.

 

 

Llegó a su casa y al entrar se cruzó con su madre en el vestíbulo.

-¡Hola, hija! ¿Te pasa algo?

Lucía pensó que sus padres debían saber lo que había ocurrido.

-¡Sí, mamá; ¡ven, tengo que hablarte! ¿Y,  papá?

-Está en el salón.

Pues vamos al salón, mamá.

 

   Las agujas del reloj del salón dieron una vuelta completa mientras Lucía habló con sus padres. Sus rostros, sus semblantes cambiaron a medida que su hija se explicaba. Al final una  media sonrisa de orgullo y satisfacción los embellecía.

-“…y, en el peor de los casos en que no pudiera atenderle, le daría en adopción. En España hay muchas familias que esperan por un bebé, y muchas salen al extranjero a buscarlos”.

-Has pensado muy acertadamente lo que vas a hacer: ¡Dejar que tu hijo nazca! ¡Darle esa única oportunidad!  Nosotros estaremos contigo en todo momento, cariño. No será necesario pensar en la adopción, nosotros te ayudaremos en todo lo que esté en nuestra mano ¡Sadremos adelante, Dios aprieta, pero no ahoga!

-¡Gracias, muchas gracias, papás!- dijo Lucía emocionada,  mientras se levantaba para abrazar a sus padres.

 

 

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 21:59
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miércoles, 15 de julio de 2009

Lucía había comprado, por fin  aquella mañana,  el Predictor y,  temblorosa,  se había encerrado en su cuarto de baño para averiguar lo que hacía ya un mes le torturaba la mente.

   Esperó los minutos indicados y con mano trémula, una vez transcurridos, tomó la barrita en la que pudo ver con total nitidez dos rayitas de color rosa: ¡Estaba embarazada! ¡Qué  horror! ¡Si habían tomado todas las precauciones! ¡Ah! ¡No! Sólo,  sólo un día, no…pero Esteban  ‘se había apeado en marcha’. ¡Dios mío! Tenía diecisiete años, pensaba entrar en la universidad el curso próximo… Tenía  que  quitarse ‘eso’ de encima. Llamaría a su novio, Esteban, él sabría qué les convenía hacer.

   Tomo su móvil y le  buscó en la agenda. Apretó el botón y al cabo de unos instantes, la voz familiar.

¡Hola, nena! ¿Qué tal?

-¡Oh  Esteban!,  tenemos que hablar. Me he hecho la prueba de embarazo  y me ha dado ¡positivo!-

¿Queeeeeeeeeeeeeé?

-Sí…como te lo digo.

-¡Pero si siempre nos hemos cuidado…!

-sí, menos un día, en el que no tenías preservativo y habíamos bebido mucha cerveza y no tuviste ganas de ir a una farmacia de guardia…
- ¡Madre mía, por un solo día!

-¿Qué hacemos, Esteban?- inquirió llorosa la joven.

-Escucha, cariño, esto no es para hablarlo por teléfono, mejor nos vemos en la cafetería de la ‘Fac’ cuando acabe la clase de  prácticas.

¡Vale, hasta luego!

 

Sentados frente a frente, alrededor de una mesa, los dos jóvenes se miraban intensamente.

-Esteban, yo no quiero tener ningún niño. ¡No puedo!

-Yo tampoco, pero ahora no hay problema. Con la ley que ha sacado la ministra de Igualdad, se puede abortar desde los dieciséis años y no es necesario, siquiera,  que los padres se enteren.

-¿No me digas? ¿Estás seguro?

-¡Totalmente, cariño!

¿Y cómo hago?

- Vas al Centro de salud que te corresponda y allí te mandarán con el ginecólogo.

-¡Esteban, tengo miedo!Y ¿el niño? ¿No cuenta para nada?

-¿Miedo? ¿De qué? ¡Ahora es lo que ‘prima’, hija! Y en cuanto al niño, eso aún no es un niño.

-¿No? ¿Pues qué es?

-Un montón de celulas vivas, eso sí, pero niño aún, no.

-Pero si la profesora de Biología dijo en clase cuando estudiamos el tema que desde el momento de la concepción,  lo que resulta ya es un ser humano.
-Bueno,  eso será una opinión suya ¿no crees?
-No sé, no sé… y eso de que no lo sepan siquiera mis papás…

-¿Quieres darles un disgusto? ¡Pues ala, tú misma!

-¡No!;  sé que mamá se pondría muy mal y no hablo de papá, con las ideas que tiene…

¿Ves? Tú misma te das cuenta. Lo mejor, quitarte ‘eso’ de encima, y a ¡vivir!

-Tú hablas como si no hubieras tenido nada que ver en este problema. ¡No me parece justo! Yo soy la que lo está pasando mal.

-¡Lo siento, nena, pero es que yo no puedo abortar!

 

Lucía se levantó con gesto abatido de la silla. Encaminó sus pasos al hogar. Tenía necesidad de pensar con serenidad sobre todo aquello.

 Cuando entró se cruzó con su madre en el vestíbulo:

-¡Hola,  hija! ¿Te sucede algo?

-No, mamá; sólo estoy algo cansada. Me voy a echar un rato hasta la hora de la comida.

-Ve; luego te llamo.

 

    El miércoles amaneció  gris, con nubarrones que presagiaban tormenta. Lucía sentía el ánimo encogido, no obstante, se preparó para ir  a informarse qué debía hacer para ‘salir’ del problema.

   Entró al ambulatorio y cuando le llegó su turno, una vez que hubo explicado el asunto, fue informada de los pasos que debía de dar. Todo quedó preparado para el miércoles siguiente.

   Durante el regreso a su casa, Lucía pensó que  esos días serían  los peores sufridos en su vida.

Llegó el miércoles. Se encaminó al Centro indicado. Todo era luz fluorescente, bancos, suelos brillantes, que reflejaban la luz de los focos y  de los ventanales. Sintió un pánico jamás conocido; estaba allí sola, sin el hombre con el que había hecho el hijo, sin sus padres, que la hubieran aconsejado, apoyado seguramente…y de repente, se le vino a la conciencia que estaba allí para matar a un niño: ¡su hijo!

   Deseó salir corriendo, cuando oyó su nombre:

-¡Señorita Lucía Méndez!

-¡Soy yo!- balbució.

¡Pase, haga el favor!

Una puerta giratoria se cerró tras de ella.

-¡Desvístase de cintura para bajo y échese en esa camilla!- la voz impersonal, fría le heló aún más.

 

   Las agujas minuteras giraban más lento de lo deseado en aquella sala. Una ‘pequeña’ complicación con la sangre. Gran hemorragía. Palabras cargadas de ansiedad, carreras en el quirófano, de un extremo a otro.

-¡Se nos va! ¡Hemorragía masiva! ¡Quizá tenía algún problema en la sangre!

 

   El cuerpo de Lucía aparecía sobre la camilla como una deshojada  flor roja, cuyos pétalos descendían hasta el suelo. Dos lágrimas quedaron suspendidas de sus pestañas  reflejando la torturante luz, como si  miles de luceros se hubiesen posado en ellas.

 

 

El timbre del teléfono atronó  la casa paterna de Lucía. El padre, un prestigioso abogado,  lo cogió:

-¿Díga?

-¿Es la casa de Lucía Méndez?

-Sí; yo soy su padre. ¿Qué desea?

-Verá, llamo del hospital… a su hija se le ha practicado esta mañana un aborto de ocho semanas, pero ha surgido un problema...

- ¿Cómo dice? ¿Un aborto? ¿Qué clase de problema?

-Se ha presentado una hemorragía que no se ha podido atajar a tiempo,  y ha… fallecido.

-¿Qué me está usted diciendo? ¿Se ha vuelto loco, o es una broma de pésimo gusto? ¡Si mi hija sufría una plaquetopenía!- sollozó el padre desgarradoramente.

-No, en absoluto.  No bromeamos con estas cosas.¡Lo siento! ¡Ella no nos  dijo que padecía esa enfermedad!  Haga el favor de presentarse en el hospital para cursar los trámites necesarios.

-¡Oígame usted! ¡Esto les va a traer graves consecuencias!

-¡No, no lo creo, señor! ¡Nosotros, en todo momento, hemos actuado conforme a la ley!

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:08  | Dramas
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domingo, 12 de abril de 2009

Sentado  a la mesa de la cafetería que frecuentaba, tomando un coñac, miraba con aburrimiento el deambular de las gentes por la calle. La apatía, el vacio que embargaba mi vida,  me inclinaba a  que, desde tempranas horas del día,  echase mano del alchohol para tratar de evadirme de mí mismo.

   De pronto, una sombra oscurecio mi entorno. Levanté la vista y vi a un amigo al que no frecuentaba desde largo tiempo.

-¡Hola! ¿Cómo te va?- pregunté con cierta alegría por la posible conversación que me depararía.

-¡Oh, muy bien! ¡Soy feliz!

-¡Vaya, hombre, qué suerte! Eso de ser feliz en estos tiempos no es fácil.

-No lo creas.  Aparte que te diría que soy más que feliz, ¡soy MUY FELIZ!

-¿Te ha sucedido algo especialmente bueno?- inquirí intrigado.

-Depende de quién  y cómo lo  vea. Ayer me encontré a un viejo amigo del que no tenía noticias. ¡Vaya, como tú y yo, hasta hoy! Había cambiado bastante en su aspecto. Ahora tenía barba y bigote, parecía mayor que yo. Estuvimos hablando mientras caminábamos por el mercado. Me dijo que, a pesar de no verme, se había acordado todos los días de mí.  Me sentí algo sorprendido, ya que yo casi le había olvidado. Pero en mi interior me sentí halagado, el que alguien se acuerde de uno siempre gusta, ¿no?

-¡Por supuesto! Lo más triste es que no cuentes para nadie en esta vida,  es como si ya no existieras.

-¡Cierto! Como te iba diciendo, le pregunté a mi amigo a qué se dedicaba- no recordaba si había estudiado conmigo, o no.

- Pues mira, -me respondió - acompaño a los enfermos en sus peores momentos, ayudo a los lisiados, a los  que no pueden valerse por ellos mismos, me quedo en las noches junto a los mendigos que duermen al relente, acompaño a los ancianos que viven solos en sus hogares, protejo a las mujeres que llaman de vida fácil - a estas alturas de la conversación temí que aquel hombre me estuviese ‘tomando el pelo’- acaricio a los niños huérfanos, hambrientos de  amor, para que puedan crecer, y tengo en mi mente a todos los seres  humanos que me llaman;  así que no tengo tiempo para mucho más.

 

- Yo…pues no sé ni qué decirte. Te quedarías estupefacto- comenté a mi amigo extrañado.

-¡Y más que eso! Porque siguió hablándome y añadió: sé también que tú no estás en tu mejor momento. Que has perdido el gusto por vivir. Que no  encuentras tu ‘norte’, y vas a la deriva, sin proyectos, ni ilusiones,  y sientes que el no despertar una mañana sería una buena solución.  Lo sé y sufro por ti.

¡Oye!  ¿Pero cómo es posible? ¿Tanto se me nota a simple vista?- exclamé horrorizado.

-Bueno, no se trata de eso. A veces se puede ver mucho más profundo de lo que otros ven. ¡Yo quiero ayudarte a que encuentres un motivo para vivir con alegría! ¡Ten en cuenta que el hombre ha nacido para ser feliz!

 

-¡Uff! ¡Suena muy bien! Pero ¡Lo veo un poco difícil! - argüí excéptico.

-¡Te aseguro que no es tan  difícil! Y, para que ya comiences a no sentirte solo, te diré que yo estaré contigo hasta el final de los tiempos.

    Me estremecí. Sus palabras me eran familiares. Quise detenerme, mirarle de frente, ver sus ojos, pero me fue imposible. ¡Ya no estaba a mi lado! La muchedumbre  parecía que  lo hubiera engullido.

     Quedé consternado, aunque, poco a poco, una extraña paz se apoderó de mí. Sentí, de nuevo,  ilusión por vivir.  Deseé no necesitar  más ‘meterme’algo en el cuerpo para alejarme de todo.  Quería vivir por algo que mereciera la pena, hacer algo por los demás. ¡Recobraba la alegría por vivir!

 Estaba rodeado de gente. La inquirí:

-¿Le han visto? ¿Le han visto? ¿Han visto al hombre que caminaba a mi lado?

 Los que me rodeaban me miraron con ojos burlones, (otro ‘chiflado’- pensaron). Y siguieron caminando…Entre ellos, una sombra,  acompañada de doce sombras más, se alejaba entre la multitud…

   

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:41  | Cuentos
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domingo, 05 de abril de 2009

LA LOCA

Apenas cavaba la aurora la madrugada  buscando el sol, cuando el hombre de pelo cano cerró tras de sí la puerta del jardín. Caminaba rápido, pegado a la vieja tapia; parecía que huyese. Sólo una vez volvió la mirada hacia la vieja puerta de gruesa madera de la que durante muchos años fue su hogar. Nadie. Ella no se había percatado aún de su marcha. ¡No, no quería pensar en eso!

  En una de las estancias, un débil rayo de luz enmarcaba el rostro de una mujer dormida. La luz le hizo abrir los ojos, y al mirar a su lado vio el vacio.

-¡Ramón, Ramón!, ¿estás ahí?

Se levanto precipitada; recorrió la casa donde el silencio reía por su dolor.

   Salió al jardín, quizá esté aquí, pensó. Pero no. El hombre que amara por encima de todo, no estaba. Se había ido. Sin decirle adiós.

   Un fuego ardiente como un río de sangre le subió hasta la garganta, y la pena y la rabia estallaron golpeando  todos los rincones.

¡Ah, quedaba algo! Le llamaría al móvil. ¡Eso! ¿Cómo no lo había pensado antes?

El suave sonido de llamada se prolongó por varios minutos hasta que dejó de sonar.

Ella no entendía. No podía entender. Habían vivido juntos, el uno para el otro, por treinta años de sus vidas; ella amándole como el primer día, y creyendo que él también a ella. Pero ahora se había ido. ¡No podía creerlo!

 

   A partir de esa mañana su rostro se endureció.  Sus ojos se empequeñecieron y sus mejillas quedaron rígidas. Sus cabellos crecieron con hebras de plata sin que nadie los arreglara y recortara, de modo que con el paso del tiempo  su aspecto fue el de una aparición. Sus ropas, ¡Ah, sus ropas! Siempre tan cuidadosa con ellas, ahora eran puros harapos ondeando a los vientos cuando, cada día que llegaba al puerto un barco de pasajeros, ella salía corriendo hacia el  lugar a ver si le encontraba entre las personas que descendían del buque.  ¡Pero no! Nunca llegó.

 

Y ella deambulaba entre los chiquillos del barrio con la mirada  perdida en quién sabe qué lejanos lugares, mientras los muchachos saltando a su alrededor le llamaban: ‘Lola la loca’.’ La loca de Lola’. Ahí viene otra vez, la loca. Ella no escuchaba ya a nadie.  Y vagaba hasta que la noche caía sobre el mar, y ya ningún buque llegaría allí.

 

 La casa, el hogar en el que vivió su gran amor, antaño limpio, cuidado y acogedor, era ahora un cúmulo de estancias polvorientas y oscuras. Las rosas que siempre cuidara con esmero, hacía largo tiempo que habían sembrado con sus pétalos secos la tierra del jardín. El silencio, el abandono y la tristeza eran los habitantes de la casa.

 

   Una mañana se detuvo a las puertas de la casa una ambulancia, y unos hombres vestidos de blanco, llamaron a la mujer y le dijeron:

- ¡Ven con nosotros. Estás enferma!

-¡No, yo no estoy enferma!- repuso airada.

-Sí, todo el pueblo dice que estás loca. Eso es estar enferma- añadieron los hombres de blanco con voz conciliadora.

-¡No, yo  no estoy loca! ¡Lo estuve ayer, ¡sí!,  pero fue por amor!

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:48  | Amor
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domingo, 15 de febrero de 2009

LA COMUNICACIÓN PERVERSA

 

(ACORRALAMIENTO DEL P.P)

 

 

Oyendo en estos últimos días los comunicados del partido socialista,  leyendo las primeras planas del periódico ‘El País’ y los escritos del juez Garzón, sobre presuntas actuaciones indebidas de miembros del P.P, me ha venido a la mente que estamos ante un clarísimo caso de comunicación y actuación  perversas por parte de los primeros mencionados.

 

 

   El dominio se establece a partir de procesos que dan la impresión de ser comunicativos, pero cuya particular comunicación no conduce a la unión, sino a todo lo contrario,  al alejamiento, y la imposibilidad de intercambio. La comunicación se deforma con objeto de utilizar al otro, para confundirle y para que no entienda nada del proceso que se ha iniciado. Hay  que manipular  el mensaje verbalmente.

Arrojar confusión sobre las informaciones reales es primordial cuando se trata de lograr que la victima se vuelva impotente. La violencia transpira, aunque se ahogue, a traváes de las insinuaciones, las reticencias, y lo que se silencia, lo que puede convertirse en un generador de angustia.

 

   Rechaza la comunicación directa, (recuérdese el caso Touriño, al ser preguntado sobre los gastos excesivos que se dice ha realizado:” Siguiente pregunta&rdquoGuiño. Como no habla, quiere imponer una imagen de grandeza, de sabiduría.

 

El perverso no NOMBRA NADA, pero lo INSINÚA TODO. La/as víctimas, intentan comprender; como no se habla claramente, lo reprochado,  puede ser cualquier cosa, así como los reprochados pueden ser cualquiera. Se establece la desconfianza.

Si hubiera un conflicto abierto cabría la posibilidad de discutir y encontrar soluciones. Pero en el registro de la COMUNICACIÓN  PERVERSA hay que impedir que el otro  piense, comprenda o reaccione.

   Cuando los perversos hablan con o de sus víctimas, lo hacen con voz fría, monocorde, insulsa, por la que asoman, a través de las palabras más anodinas, el desprecio y la burla.

   El perverso no suele alzar la voz, deja que el otro/os se irriten solos, lo cual no hace sino desestabilizarlos, que es lo que se persigue por parte del o los perversos.

 

   Con el perverso la comunicación es tortuosa, sin explicaciones y  conduce a interpretar. A menudo, la víctima recurre al escrito, pidiendo explicaciones o para dejarse entender. No suele obtener respuesta y se ve obligada a volver a escribir. A menudo, el agresor, utiliza estos escritos que no obtienen respuesta para atacar de nuevo a su/us víctimas. También suelen calificarles de paranaoicos y picapleitos.

 

   El mensaje del perverso es voluntariamente VAGO e IMPRECISO,  y genera confusión. Al utilizar alusiones emite mensajes sin comprometerse.

Sus declaraciones no responden a una relación lógica, y puede mantener a la vez discursos contradictorios (¿recuerda esto a algún personaje de la política?).

Las alusiones desestabilizadoras no suelen ser evidentes.

    Otro  procedimiento del perverso es el de utilizar un lenguaje técnico, docto, abstracto y dogmático que los otros no comprenden, y en los  que, en  muchos casos, no se atreven a preguntar para no parecer unos estúpidos. Este tipo de discurso puramente teórico, impide que el que lo escucha  pueda pensar,  impidiéndole reaccionar. El perverso, al hablar de una forma tan docta, da la impresión de saber, aunque esté diciendo auténticas tonterias. Puede impresionar a su auditorio con  una erudición superficial, utilizando palabras técnicas sin saber el significado que puedan tener.

   Al perverso le interesa más la forma que el fondo. Tiene que parecer ante los demás sabio para dar largas a los asuntos.

   Otro procedimiento del perverso consiste en nombrar las intenciones del otro, o de adivinar sus pensamientos más ocultos., con lo que el agresor da a entender que conoce mejor  que  la víctima lo que ésta piensa, (¿ recuerdan  otro personaje de la política?).

   En lugar de mentir de forma directa, el perverso prefiere la insinuación, el silencio, con el objeto de crear un malentendido que más tarde podrá explotar en beneficio propio.

  El chino Sun Tse, que vivió en el siglo V antes de Cristo, escribió en su arte de la guerra: “El arte de la guerra es el arte del engaño; si adoptamos siempre una apariencia contraria a lo que somos, aumentamos nuestras oportunidades de victoria”.

 

(Sun Tse,: ‘L’art de la guerre’, Paris, Ágora, 1933).

 

   DECIR SIN DECIR, es una hábil manera de  afrontar cualquier situación.

   Las técnicas indirectas que utiliza desestabilizan, y  permiten que el interlocutor tenga dudas sobre lo que acaba de ocurrir.

Se diga lo que se diga, los perversos siempre encuentran la manera de tener razón, y esto les resulta más fácil cuando ya han logrado desestabilizar a su/ sus víctima/s. En éstas se produce un gran trastorno, producto de la confusión entre la verdad y la mentira.

A los perversos les importa muy poco qué cosas son verdad y cuáles son mentira. A veces, sus falsificaciones de la realidad están muy cerca de las construcciones delirantes, (¿Recuerdan a alguien así?).

 Otro aspecto que me interesa dar a conocer de la actuación perversa es el  MENSAJE PARADÓJICO, el cual se basa en sembrar la duda sobre algún hecho. Las víctimas se desquician y ya no saben quién está en lo cierto y quién no. También es una actuación paradójica cuando se hace sentir la tensión y la hostilidad hacia el otro/os, pero sin decir nada en su contra. De este modo el agresor mantiene el control de la situación, y enreda a su víctima con sentimientos contradictorios. La finalidad de todo esto es dominar a la/s  víctima/as,  tanto en sus sentimientos,  como en sus comportamientos, para que éste/os  terminen por aprobarlo todo, al tiempo que se descalifican a sí mismo/os, tratándolos de borrarlos del mapa. Como podrá observarse los perversos son seres muy peligrosos que causan un profundo mal en las personas que caen bajo su influencia y no se percatan de la clase de personalidad que tienen delante.

 

   El gobierno español actual,  con su presidente a la cabeza,  tiene el perfil nítido de auténticos seres perversos, y la prueba está  en que se han valido y se valen de la mentira, y de sembrar dudas sobre múltiples casos del partido adversario sin demostrar nada,  para desestabilizarlo y eliminarlo como oposición.

   Hay formas de hacer frente a semjantes seres, pero en este artículo resultaría algo largo exponerlas. Lo haré más adelante. No obstante, el darse cuenta de quién se  tiene delante, ya  puede ayudar para combatir la destrucción y la eliminación de las que se es víctima.

 

Sólo deseo añadir en este pequeño artículo que las víctimas tienen que reaccionar cambiando su estrategia y  actuar con FIRMEZA  y sin TEMOR al conflicto. Esto obligará a su agresor/es a desenmascararse. Este cambio de actitud impelirá al perverso a intensificar sus agresiones y a culpabilizar más aún a su/us víctima/as. Ésta  debe abandonar su inmovilidad y situarse en el origen de la crisis, esto puede parecer que sea él/ella, la agresora, pero deberá asumir su elección, pues ésta puede llegar a producir un cambio. La crisis producida con el objetivo de eludir el mortífero dominio, es la única vía  para que la situación, como minímo, mejore.

 

   Algunas de estas reflexiones están inspiradas en el libro que leí hace ya algunos años  de Marie_ France Hirigoyen: ‘El acoso moral’.  Ed: PAIDOS.

 

Saludos cordiales:

 

María Ángeles