jueves, 19 de enero de 2012

Queridos amigos: en estos momentos estoy en otra ciudad que no es donde yo resido. acompañando a mi única hermana a la que se le ha diagnosticado un cáncer de mama. Yo la he acompañado ya varias veces al instituto oncológico de esta ciudad y me he quedado literalmente asombrada del número de enfermos de cáncer que he visto en  cada una de las salas en que he estado. El último día que visitamos al cirujano que ha operado a mi hermana, ésta le preguntó que si habían aumentado el número de enfermos de cáncer, el doctor le respondió que se había duplicado, las razones que esgrimió fueron  los animales que consumimos. ahítos de hormonas para que crezcan más deprisa y también pesen más a la hora de venderlos.¡Miserable negocio que desconoce la angustia y el sufrimiento de los enfermos de cáncer!

Esos preductos que se le dan a los animales, así como otros que se emplean en la horticultura con el mismo fin que con los animales, además del de  erradicar las plagas, están prohibidos hace tiempo, pero como en España no se respeta nada pues se siguen usando. Hay más elemntos cancerígenos que los que he nombrado´pero éstos se podrían evitar más fácilmente que otros.  Y yo me pregunto : ¿no es mucho más costoso y, sobre todo, doloroso, lo que se gasta la seguridad social en operaciones y largos tratamientos que lo que puedan ganar ciertos negociantes sin escrúpulos  burlando la ley?

   Señor ministro de sanidad, por el bien de muchas españolas (una de cada diez tendrá cáncer de mama) tómese muy en serio este problema. Mande sin avisar un inspector a uno de esos establecimientos ganaderos y hagan los análisis a los animales. Si salen positivo, una gran multa al dueño del ganado,  y a la cárce.l Y hacer mucha publicidad del caso para que otros que hagan lo mismo aprendan en cabeza ajena, si es que ignoraban la prohibición.

   ¡Españoles!,esta es cruda realidad de la que ninguno estamos exentos, no os quedéis  callados, nuestra vida va en ello!

UN cordial saludo:

María Ángeles


Publicado por mariangeles512 @ 22:36
Comentarios (0)  | Enviar
sábado, 16 de abril de 2011

EL HOMBRE DE MI VIDA


 

 No sé si sabré expresar lo que me ha ocurrido, ya que he ido muy poco a la escuela, y no he aprendido a escribir bien. Fui una niña muy tímida y no me sentía a gusto entre los demás niños, que apenas me prestaban atención. En el cuarto año de escolarización me puse enferma. Mamá me llevó al médico de atención primaria, y este señor no supo bien qué es lo que tenía. Me recetó unas pastillas y me dijo que volviéramos al cabo de quince días. Tenía fiebre y mi apetito había desaparecido. Mis padres comenzaron a preocuparse por mi falta de mejoría y optaron por llevarme a la consulta  privada de un renombrado doctor de la ciudad. El facultativo, después de auscultarme, ver unas radiografías que me había mandado hacer previamente, y una analítica de sangre, les comunicó a mis padres que no veía nada orgánico en mi mal, ya que las pruebas resultaron normales.

─ ¡Pero doctor! Entonces, ¿qué es lo que tiene la niña? ─ preguntó mi madre llorosa.

─ ¡Señora! A veces suceden estas cosas. No todo son males del cuerpo, también están los males del alma…

─ Perdone, doctor, pero no le entendemos ─ dijo mi madre mirando a mi padre. Éste tenía la cabeza gacha y no le veía bien los ojos.

─ Que lo que su hija puede que sufra sea una enfermedad de origen psicológico, que se manifiesta por estos síntomas que a ustedes tanto les preocupan, pero que no significa que el organismo de la niña esté enfermo..

─ ¿Y qué podemos hacer, entonces, doctor?

─ ¡Señora! yo me permitiría recomendarles un psicólogo. Es un profesional que trata este tipo de problemas. Les puedo dar la dirección de uno que conozco  muy eficiente.

   El doctor sacó de  uno de sus cajones una tarjetita que entregó a mi madre, mientras se levantaba en señal de que la consulta había terminado.

 

 

   Pasaron los días, los meses, y aun los años yendo a la consulta del doctor de la mente. El diagnostico era que  mi autoestima era muy pobre, tenía un gran complejo de inferioridad y que mis relaciones con los demás eran, y serían, sumamente difíciles.

Y creo que todo lo que dijo, y más, era verdad. Dejé de ir al instituto, y mi padre me puso un profesor en casa, con el que no aproveché demasiado por mi falta de interés. No tenía con quien salir, ni amigas, ni amigos, nada. Nadie se interesaba por mí. Esto me dolía mucho, y también a mis padres. Tenía veintitrés años y nunca me había besado un chico. Sentía una terrible envidia por las chicas  de la vecindad que salían, (yo las veía tras los cristales de mi habitación),  y se divertían, según  le contaban  luego a mi madre, que las escuchaba con disimulada tristeza, por mí, por que yo no pudiera llevar la vida que correspondía a una joven como yo.

   Una tarde se presentó en nuestra casa  una amiga de mi madre. Hacía tiempo que no se veían, y se saludaron con alegría. Le comunicó que se casaba su hijo mayor y que estábamos invitadas a la boda.

─ ¡Oye, Felisa! No vayáis a faltar, por favor!

─ ¡No te preocupes, Marta! Estaremos encantadas de asistir a la boda de Carlos.

   Los días siguientes fueron muy divertidos, yendo de tiendas para comprarnos los vestidos, zapatos y complementos. Yo me compré un precioso vestido color berenjena, con unos zapatos y bolsito a juego en el color. Fuimos mamá y yo a la peluquería, y nos quedaron muy bonitas, o así  me lo pareció a mí.

   Llegó el día de la boda y los tres, mis padres y yo, nos montamos en nuestro coche y nos dirigimos a la iglesia. Había ya muchas personas esperando. Bajamos mamá y yo, y papa se fue a estacionar el coche en lugar permitido. Mientras esperábamos la llegada de la novia, saludamos al novio, Carlos, un muchacho muy guapo y simpático.

─ ¡Hola! ¡Cuánto me alegro de  que hayáis venido! ¡Y tú, Gabriela, qué bonita estás! Pero, ¿dónde te habías metido?

 ─ Pues…, la verdad es que salgo muy poco.

─ ¿Y eso por qué?

   Mi madre salió al quite.

─ Verás, hijo, es que ella no ha estado muy bien de salud. Eso ha sido uno de los motivos; ahora que ya está mejor, saldrá más.

─ ¡Desde luego, eso no debe dejar de hacerlo!

   Carlos miró al lado de la calzada y vio el automóvil del que descendía su futura esposa. El coche estaba bellamente engalanado, con ramos de flores y lazadas blancas. La novia era una chica muy linda. Estaba muy guapa ataviada con un vestido blanco ajustado a la cintura, pero que luego se abría en una especie de cola por la parte de atrás. Su cabello estaba recogido en un bonito peinado, y unas florecillas blancas eran todo su adorno. Pero me pareció suficiente, ¡estaba tan bella! Sentí al verla tan feliz, una emoción que no pude controlar y las lágrimas rodaron hasta perderse en mi vestido de fiesta.

   Venía del brazo de un hombre, su padrino, y al mismo tiempo, según nos dijo la madre de Martita, un gran amigo. Carlos nos presentó a los dos. Yo quedé impresionada por el amigo de la novia. Era el hombre más guapo que  había visto nunca, aparte de amable y  cortés. Tengo que confesar que si lo que sentí al verle, es lo que llaman ‘flechazo’,  yo quedé con la flecha hendida en mi pecho hasta el fondo: ¡ me enamoré al instante!

─ Así que te llamas Gabriela ─ me susurró, ya en el banquete, después de la ceremonia, que resultó preciosa.

─ Así es. ¿Te gusta?- pregunté con cierta timidez.

─ ¡Mucho!

   El que algo mío gustase a alguien me produjo una sensación desconocida, pero muy agradable. ¡Gabriela, Gabriela!

─ ¿Te gusta bailar?

 ─ ¿Bailar? Bueno, la verdad es que he practicado muy poco.

─ ¿ Quieres que lo intentemos?

   Estaba como aturdida. Nunca nadie se había ocupado de mí, fuera de mi casa, y aquel momento me parecía un sueño.

─ ¡ Vale! ¡Vamos a intentarlo!

Nos levantamos y me cogió la mano para dirigirnos a la pista central, donde ya había algunas parejas bailando.

 La música que ondeaba en el aire era melodiosa, lenta. Alberto me rodeó la cintura con el otro brazo, y yo le rodeé el cuello con los míos, (lo había visto en las películas).   La aproximación de nuestros cuerpos me perturbó tanto que las piernas empezaron a flaquearme y creí que iba a caerme literalmente al suelo,  a sus pies. Olía su cuerpo a limpio, ligeramente perfumado, su aliento  tan cerca de mi rostro me robaba el mío. Sus brazos…,¡Ay, Dios! que me pareció que  estrechaban más y más mi cuerpo… Creí que iba a desmayarme. ¿Cómo podría una muchacha como yo comprender esta situación y lo que yo sentía? No sabía si era normal sentirme tan sofocada, con el corazón latiendo afanosamente, con una sensación de cosquilleo que me subía hasta la boca del estómago, como si miles de mariposas revoloteasen en mi vientre. No sé, la verdad. No pude entenderlo. Las sensaciones me desbordaron, y me sentí tan fuera de mí que dije:

─ ¡Alberto, perdona!, pero quisiera sentarme…

─ ¿Te encuentras mal?

─ No, no es eso…

─ ¿Entonces?

─ Creo que como no tengo costumbre de bailar ni de salir a lugares como éste, pues me siento algo ‘extraña’…

─ ¡Gabriela!, no tienes ningún motivo para no sentirte cómoda. Eres una joven guapa y muy elegante, y estás perfectamente en tu lugar, en este salón.

   ¡Dios! ¡Dios! ¿Qué había dicho? ¿Guapa? ¿Elegante? ¿Me estaría tomado el pelo?_  pensé para mis adentros. ¡Oh, no, Señor! ¡Que no sea eso! Que sea pura cortesía, pero que no sea burla, ¡por favor, Señor!

─¡ Alberto, gracias por tus palabras!  Pero creo que exageras bastante…

─ ¡De exagerar nada, Gabriela! Sé lo que te digo: eres guapa y elegante, y tienes algo más importante que todo eso: en tus ojos veo que eres una buena muchacha. ¿A que no me equivoco?

   Lo que acababa de escuchar hizo tanto bien a mi alma que, toda las penas pasadas, todas las frustraciones se desbordaron, y rompí a llorar. Él me miró muy sorprendido.

─ ¡Perdona, perdona, si te he dicho algo que te ha molestado, Gabriela!- dijo alargándome un pañuelo.

─ ¡Oh no, no me has molestado! ¿cómo iban a molestarme palabras tan bonitas? ─ susurré entre sollozos

─ Entonces, ¿por qué ese llanto?¡Explícame, por favor!

─ Vas a tener que disculparme, Alberto, pero no soy capaz de explicarte ahora el porqué de mis lágrimas; sólo te puedo decir que, si son de algo, son de felicidad.

   De pronto, Alberto me tomó entre sus brazos y me estampó un beso en mitad de mis labios. Luego, más lentamente, apoyó sus labios sobre los míos, los entreabrió e introdujo su lengua en mi boca. ¡Quedé estupefacta!¡No lo podía creer! Su lengua recorrió despacio cada rincón de mi boca hasta que ya no puede más, y deshaciendo el abrazo, salí corriendo hacia los servicios.

   Ya en los aseos, con el corazón a cien, me miré al espejo: mis mejillas parecían brasas, y mis ojos brillaban de tal manera que hasta yo no me reconocía.

   “¡Dios mío! ¡Esto es lo que debe ser el amor! He oído hablar tanto de él…, y sabía tan poco de lo que significa, que después de lo que he sentido con las caricias de Alberto, me doy cuenta de que me estoy perdiendo lo mejor que la vida me puede ofrecer.”

  Me eché agua en el rostro y en el cuello. Aspiré hondo varias veces, expeliendo lentamente el aire. Cuando me hube serenado, volví a la sala de la recepción y busqué  a mis padres con sigilo. No quería que Alberto me viera; había muchas personas bailando y era fácil evadirse.  Cuando les encontré, me agaché para susurrar al oído de mi madre:

─ ¡Mamá, mamá, por favor! ¡Vámonos a casa, no me siento bien!

─ ¡Claro, hija! ¡Ya nos vamos!, pero ¿Qué es lo que tienes? ─ preguntó  alarmada.

─ Estoy algo mareada, mamá, y me duele la cabeza.

─ ¡Ya! Esto te ha pasado porque como no bebes nunca, lo que has tomado te ha caído mal.

─ ¡Sí, mamá, sí, seguro que es lo que tú dices. Pero dile a papá que vaya a por el coche  lo más rápido que pueda.

   Mamá le dijo algo al oído a mi padre y éste se levanto raudo, saliendo  en unos instantes de la sala, sin despedirse ni de los novios.

   Cuando ya íbamos los tres en dirección a casa, papá preguntó:

─ Pero, Gabriela, ¿qué es lo que te ha pasado? ¿tanto has bebido, realmente?

─ ¡ Oh,  no, papá! No estoy borracha, ni mucho menos, si te refieres a eso; pero como bien sabes, yo no bebo nunca, y quizá por eso me siento tan mal…

   Cuando llegamos a casa, me eché directamente en la cama. El aire nocturno me había aliviado algo, pero necesitaba estar sola y pensar en lo que me había ocurrido aquella noche. Me resultaba extraño que, de pasar casi toda mi vida de adolescente y mujer sin que un solo hombre se fijara  en mí, había pasado a despertar, aparentemente, una admiración y una ilusión enormes, en un hombre guapo y simpático.

¡No me lo podía creer! ¡Eso es lo que me pasaba! Tenía la triste impresión de que todo había sido una especie de pasatiempo  para él. Aunque en el momento que sucedió no me lo pareció, pero yo no tenía  la más mínima experiencia en relaciones con hombres, y, aun si me apuran, diré que tampoco con mujeres.

   Oí los pasos de mamá que se acercaban hacia mi puerta:
─ ¡Gabriela, cariño! ¿Cómo te encuentras?

─ Mejor, mamá.¡ Gracias!

 ─¿ Quieres que te traiga un vaso de leche, u otra cosa?, hija.

 ─ ¡No, mamá, gracias de nuevo! ¡Ah, mamá!, ¡perdona un momento! ¿conoces al padrino de Martita?

 ─ Pues sí, un poco. Su madre es muy amiga de los padres de Marta y yo la he tratado en alguna ocasión. ¿Por qué?

─ Por nada en concreto. He hablado con él en el baile y también hemos bailado. Es un tipo muy agradable, pero sólo  quería saber tu opinión sobre él.¡Oye, mamá! ¿Has dicho madre solo?¿No tiene padre, Alberto?

 ─ Bueno, yo no le conozco; creo que se separó de su madre hace años, cuando él era aún muy pequeño. De todos modos, es de una familia muy formal. Creo que el muchacho cursó  la carrera de Ingeniero de telecomunicaciones, y que está muy bien colocado. Pero ya no sé más de esa familia, cariño.

   Mamá me arregló las almohadas y me dio un beso de buenas noches.

   Me acurruqué entre mis mantas y mi mente volvió a los momentos vividos con Alberto. Habíamos hablado poco durante el baile,  nos habíamos tratado tan poco…y ya sentía una profunda ternura por él. El hecho de que no viviera con su padre me parecía una pérdida insoportable. Yo adoraba a mi padre, y me dolería muchísimo que no viviera con mamá y conmigo. El sueño llegó, con mi mente reviviendo una y otra vez los besos de Alberto. ¡Dios mío! Lo que me había perdido hasta esta noche.

 

   Pasados dos días sonó el teléfono fijo. Lo cogió mamá. La escuché hablar unas palabras y, luego, alargando el brazo hacia mí,   dijo:
─ ¡Hija!, es para ti.  Es Alberto.

   ─ ¿Alberto? Y, ¿qué le digo, mamá?

─ ¡Hija!, pero ¿como voy a decirte yo lo que tienes que hablar con ese muchacho?

Espera a ver qué te dice él, y tu ya le contestas de acuerdo a lo que te diga.

   Tomé el aparato con mano temblorosa. Debía de parecer un junco azotado por el viento. Traté de entonar una voz lo más firme posible para que no se notara el estado tan lamentable en que me encontraba:

─ ¡Hola!¿Cómo estás?

   La voz que ya me parecía la más cálida y bien timbrada del mundo, dijo:

─ ¡Yo, pues…muy bien. Estaba algo preocupado por ti, por lo mal que te sentiste en el baile. No te vi siquiera cuando te fuiste. He estado tentado de llamarte ayer, pero no me atreví por si acaso te molestaba. ¡Dime! ¿Se te pasó el malestar?

   “ ¡Dios mío! El hombre más maravilloso que nunca conocí, preocupándose por mi estado de salud. ¡Gracias Señor!”

─ ¡Ya me siento bien, gracias! Sólo ha sido que algo de lo que comí o bebí me sentó mal. Pero ya pasó.

─ ¡No sabes lo que me alegro! Así podré invitarte para que salgamos mañana al cine…, o donde tú quieras…¿Qué me dices?

   ¿Que qué  decía? Si no podía articular palabra. La lengua se me había quedado trabada entre mis labios y no podía moverla, parecía que tenía la boca desencajada.¡Señor!¡Ayúdame, por favor! ¡Que no me quede muda, ahora, ¡Señor! Que nunca me ha invitado nadie a salir ni un solo día…

─ ¿Estás ahí, Gabriela? ─ la voz sonaba inquieta al otro lado del aparato.

─ ¡Sí…sí!, aquí sigo…

─ ¡Como no me dices nada!

  ─ ¿Decirte? ¿De qué?

─ Pero, ¿No me has escuchado? Que si salimos mañana por ahí, al cine, o a cenar o tomar una copa…, lo que tú prefieras.

   De súbito salí de mi aturdimiento. Ya entendía lo que se me decía: me invitaban a salir. No era algo extraordinario, pero para mí sí lo era, y mucho. Con la voz quebrada  por la emoción que sentía, mis palabras salieron como apelmazadas de mis labios:
─ ¡Claro, claro que sí deseo que vayamos a cualquier sitio!

─ ¡Vaya, por fin! Creí que me ibas a dejar con el teléfono pegado al oído toda la tarde; o que me ibas a rechazar…

   ¡Rechazar…!¡Qué tonto! ¡Si sólo pudiera imaginar lo que he deseado que llegara un momento como éste!

─ ¡Bueno, Gabriela! ¿A qué hora te viene mejor?

─ Pues…,sobre las seis o siete de la tarde. ¿Te parece bien?

─ ¡Estupendo! ¡Mañana nos vemos! ¡Que descanses, bonita!

─ Lo mismo te digo…y gracias por lo… de bonita.

─ Sólo digo la verdad ─ y  su risa, a través del aire, me pareció una caricia.

   Colgué el aparato con una alegría que me corría a chorros como un torrente. Me hubiera puesto a cantar a toda voz.¡Por fin! ¡Por fin! ¡Todo llega!, como decía mamá. Además, el tipo me gustaba un montón. 

   Me tiré al armario a ver qué tenía para ponerme el gran día. Esparcí toda mi ropa sobre  la cama. ¡Nada! Apenas tenía algo atractivo, juvenil. ¡Como casi no salía!

¡Ya, pero esto lo arreglo yo! Mejor dicho, mamá. La voy a convencer para que salgamos de tiendas y me compre un conjunto ‘mono’.

Así fue. Salimos y nos dimos la paliza, entrando y saliendo de tiendas y más tiendas. Al fin,  vi un vestido de calle precioso. Era algo caro, pero mamá me lo compró. La ocasión lo exigía, o, ¿no?  

   La noche aquella fue la más bonita que viví  hasta ese día. Imaginé dónde iríamos, qué hablaríamos;  si me besaría, o no; qué me diría de mi aspecto…,se me ocurrieron tantas cosas que acabé pensando que, si no dormía un poco, iba a parecer en mi primera cita una desenterrada.

   Llegó el día y las seis de la tarde. Pasé más de una hora ante el espejo. Me coloqué el pelo de mil maneras distintas,  a ver cómo me veía mejor. Al final, opté por dejarme el cabello suelto, cayendo sobre mis hombros.  A la hora en punto sonó el timbre de la puerta de entrada, desde la calle. Cogí el bolso en un ‘santiamén’ y salí al descansillo, bajando las escaleras para no perder tiempo esperando al ascensor. Llegué a la puerta de la calle, medio sofocada. Cuando Alberto me vio no disimuló un gesto de aprobación:

 ─¡ Chica¡ ¿Qué te has hecho? Estás guapísima.

   Mientras esto decía se inclinaba hacia mí y posaba sus labios sobre los míos, a modo de saludo.

 ─ ¡Oh, gracias! ¡Eres muy amable! ─ le dije sonriendo, loca de felicidad.

 ─ Tú también estás muy guapo ─ le dije con toda sinceridad, sintiendo que los colores subían todavía más a mi cara.

 ─ ¡Bueno! ¿Adónde quieres que vayamos?

─ ¿Sabes? Me gustaría pasear por el parque adonde he ido desde niña con mis padres. Ahora, seguro, que me gustará mucho más.

─ ¡Vale! ¡Al parque volando! ─ dijo riendo, mientras me cogía del brazo y caminábamos hacia el coche estacionado.

 

   Después de pasear por entre árboles y pavos reales, fuimos a cenar a un restaurante muy conocido. Tomamos pasta, ensalada y pescado ¡ah! Y helado. Todo me supo sabrosísimo. ¡Como no! al lado del chico más guapo de toda la ciudad.

Cuando terminamos de cenar,  fuimos a un lugar de moda a tomar una copa ─ dijo él. Allí, en la semipenumbra, Alberto me rodeó con sus brazos y comenzó a besarme como la primera vez. En esta ocasión, yo le devolví los besos, a mi manera, (no sabía besar) pero se los devolví. Así permanecimos un buen rato, el segundo más hermoso de mi vida de mujer. Llegó el camarero y dejó sendas bebidas sobre la mesa. Bebimos. Yo había pedido un licor de manzana. Junto con el vino, poco, tomado en la cena, el efecto del alcohol no tardó en hacerse notar.

─ ¡Oye, Alberto! Me  gustaría hacerte una pregunta.

  ─ ¡Dime!

─ No me has hablado nada de tus papás. Me gustaría saber algo de ellos.

─ Bueno, de mis papás poco puedo decirte; más bien de mi mamá. A mi padre casi no le conocí. Se fue de casa cuando yo tenía un año y medio o así, según me ha dicho mi madre.

─ Pero, ¿sabes lo que pasó entre ellos?

 ─ ¡No, No!  Mamá no me ha hablado casi nunca de sus problemas.

─  ¡Claro! la  entiendo. Para qué preocupar a un niño con asuntos de mayores.

─ Cierto, pero han pasado los años y sigue sin decir nada y, ¿sabes algo? Ya no quiero saber lo que pasó.

─ Y,  ¿tienes algún recuerdo de tu padre?

─ Recuerdo…,no…bueno tengo una foto de cuando vivió con mamá. Quizá a eso se le pueda llamar recuerdo.

   Alberto se apartó un poco para ahuecarse la americana y sacar su billetero. Cuando lo tuvo en las manos, sacó una pequeña fotografía, tamaño carnet.

─ ¡Mira!, éste es mi padre. Es la única que tengo

   Cogí la pequeña foto en mis manos y achiqué los ojos para verla en la semipenumbra de la sala. Mi corazón dio un vuelco terrible. Aquella cara, aquellos ojos que miraban desde aquella antigua foto, me eran conocidos. Me levanté y salí a los aseos. Allí, la miré con el torrente de luz fluorescente. Las facciones eran las de un hombre joven, sí, pero yo tenía en mi casa fotos con aquella cara y con aquellas facciones de un hombre aún joven. ¡Eran  fotos de mi padre! Quedé paralizada. Ni un terremoto me hubiera conmocionado de aquel modo ¡No podía ser! ¡Tenía que haber algún error! ¡No podía ser que, cuando al fin conocía a un hombre que me gustaba, que se había fijado en mí, resultaba que era mi medio hermano!¡Dios mío! ¿Cómo iba a ser esto posible? Comencé a sentirme tan mal que la vista se nubló y ya no ví mi figura en el espejo del aseo…

   Cuando volví en mí. Estaba en mi habitación, en mi cama. Frente a mí, la ansiosa cara de  mis padres y  de Alberto.

─ ¡Hija! ¿Cómo te encuentras? Parece que te desmayaste en los aseos de una cafetería…

   Mi memoria comenzó a funcionar de nuevo. Miré a mi padre y a Alberto, horrorizada. No sabía qué decir. No quería hablar sobre la foto de…nuestro …padre.

─ ¡Bien, mamá! Ya me encuentro bien. Ha debido bajarme la tensión de repente. ¡Tranquila! Ya estoy bien.

   Alberto se acercó más a la cama e inclinándose sobre mí, musitó:

─ No te imaginas el susto que he pasado, cuando tardabas y no sabía dónde buscarte. Menos mal, que salió una mujer de los aseos, diciendo que allí  había una chica en el suelo, desmayada. Fui allí y te vi. Nunca me he sentido peor. Te cogí en brazos y te lleve al coche para traerte a tu casa.

   La cara de Alberto denotaba auténtica angustia por mí.¡Pobre hermano mío! Y ¡pobre de mí! Apenas había conocido una pizca de lo maravilloso de la vida y ya tenía que terminar. Toda la injusticia de la situación inundó mi mente, y la ira me recorrió como cuchillos  rasgando todo mi ser. Todo había terminado.

─ Perdona, por haberte asustado sin querer, Alberto. ¡Papás! quisiera quedarme sola, si no os importa. Estoy bien, pero necesito  descansar.

─ Está bien, hija ─ dijo papá ─ Nos iremos para que duermas y mañana ya veremos qué tal amaneces.

─ ¡Gracias, papá!

   Los tres salieron de la habitación dejándome en un estado de desolación total.

   Y esto es el final. He escrito siete folios contando lo qué pasó. Quiero que mamá no se atormente por el motivo de…

 

 

   A la mañana siguiente, la madre de Gabriela se levantó temprano para  ver cómo estaba su hija. Llamó a la puerta suavemente. No obtuvo respuesta. Giró el pomo y entró en el cuarto. Se acercó al lecho de su hija. Gabriela yacía sobre la cama, atravesada sobre ella. Los dos envases, vacíos, de medicamentos estaban a su lado. A los pies de la cama, varios folios, escritos a mano, estaban esparcidos sobre el suelo.  La madre se agachó y tomó uno de ellos. Empezó a leer y tuvo que llevarse las manos a la boca para sofocar un grito. Se acercó a gabriela. Parecía que durmiera profundamente. Deseó coger una mano de su hija que pendía de la cama: estaba yerta y fría.

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:59  | Amor
Comentarios (1)  | Enviar
miércoles, 15 de diciembre de 2010

LA MENTIRA LLEGÓ DE CHILE


 

LA MENTIRA LLEGÓ DE CHILE

 

 

   La doctora  Cristina Ramos estaba de baja por depresión. La agobiante tarea de atender diariamente a decenas de personas había acabado por enfermarla a ella. Meses antes, había solicitado un ayudante para su consulta y se le había denegado por falta de recursos;  ella arguyó que era necesario otro médico,  debido al número de inmigrantes que habían llegado a la ciudad. Las consultas estaban a tope, y el número de sanitarios no había aumentado. Todo el mundo tenía prisa por ser atendido. Todos exigían mayor tiempo de atención, tiempo que no existía. Salía de su trabajo cada vez más tarde, más agotada; hasta que una mañana se levantó muy mal y ya no pudo asistir a su trabajo.

   Cristina vivía sola. Hacía tiempo que se había separado, y los dos hijos que tenía, ya  mayores, vivían en otras ciudades. Visitó a una psiquiatra, colega suya, que le recetó varios medicamentos: antidepresivos y tranquilizantes, y le recomendó que descansase y volviera a verla el siguiente mes.

   Mientras los días pasaban sumida en la tristeza más desesperante, la doctora pensó que, quizá, si entraba en Internet, en esos lugares en los que se puede charlar un rato, podría distraerse un poco. Se sentó ante el ordenador y buscó un chat. Se registró, y poco después, comenzó a tener ante su pantalla, diversos  ‘personajes’ que querían hablar con ella.

   Las conversaciones empezaban invariablemente:

─ ¡Hola!” ¿“De dónde eres”?

   Cristina en aquellas primeras experiencias no  encontró demasiado interesante esta nueva ‘distracción’.  Alguna vez quedó con algún hombre a tomar un café, y fue un total fracaso para ella, ya que en la primera cita, él  quiso tener relaciones sexuales, a lo que la doctora se negó. Y, ahí quedó todo. Ella necesitaba, al menos, conocer personalmente al hombre un cierto tiempo  antes de tener contacto físico.

    Una noche se conectó de nuevo, un poco desalentada por no  haber podido conocer a nadie interesante. Había mejorado bastante en su enfermedad y había disminuido  mucho su interés en encontrar a un posible amigo o pareja o lo que fuese.

    En su pantalla apareció  el cartelito de alguien que deseaba charlar con ella.  Dijo escribir desde Chile y que su nombre era Carlos. Conectó su cam, y Cristina la suya. Ambos se vieron y  se agradaron. Siguieron conversando esa noche durante largo rato y las siguientes.

   El chileno fue presentando a la doctora  una cálida y posible realidad, en el caso de que él viajase a España. Le dijo que le gustaba mucho como mujer y, que desearía ser su pareja;  la doctora quedó altamente sorprendida de la rapidez de su interés por ella,  pero al mismo tiempo se dio cuenta de que aquellas palabras le hacían revivir, ilusionarse con un posible  nuevo amor. Hacía mucho tiempo que no había sido acariciada con cariño, con ternura por nadie  y, en el fondo de su ser,  percibió que lo anhelaba.

─ Bueno, ¿no es algo pronto para esto?

─ ¡No, Cris! El amor es así. Llega en el momento más inesperado. Y, yo te prometo que, si puedo ir a España, vamos a ser la envidia de todas las parejas cuando vean nuestra felicidad.

─ ¡UF!, creo que eres bastante exagerado ─ arguyó Cris ─ Ya somos mayores, y a esta edad la pasión ya no se siente, digamos, como a los veinte años.

─ La edad, la edad…, la edad, cariño, no un obstáculo para eso. Los sentimientos  no tienen edad. Mis padres se amaron hasta su muerte.

─ ¿Sí? ¡Qué bonita historia! Los míos, por desgracia, se llevaron muy mal.

─ Mi problema para viajar es el trabajo. No soy lo bastante rico como para vivir de mis ahorros.

─ Y, ¿en qué trabajas, Carlos?

─ Soy técnico de prótesis

   Cristina tardó unos minutos en responder. A su mente acudió la idea de que ella podría ayudarle en eso. Conocía a jefes de laboratorios de artículos ortopédicos que, quizá, podrían necesitar un técnico.

─ ¡Carlos!, ¿sabes algo? Yo conozco a algunas personas que te podrían dar trabajo.

─ ¿Sí? ¡No me digas! ¡Es maravilloso!¡Por favor, habla con ellos y dime qué posibilidades hay!

─ ¡Sí, no te preocupes! Mañana mismo hablo con alguno de los que conozco. Por la noche te cuento.

─ ¡Ay, Cris, no te imaginas lo feliz que me haces! Sólo pensar que pueda verte y amarte ya me hace vislumbrar el paraíso.

─ ¡Que no exageres, te digo, Carlos! Yo ya no creo en grandes amores. No he sido feliz en mi matrimonio y no confío casi nada ya en los hombres. Sé que esto te sonará mal, pero es lo que siento.

─ Lo entiendo, lo entiendo perfectamente, y no quiero que mis palabras te molesten, pero tú debes de saber muy bien que no todos los hombres somos iguales, así como no lo sois todas las mujeres, ¿no?

─ Bueno, creo que somos muy diferentes los hombres y las mujeres, ¡vaya, como si fuéramos de dos planetas distintos!

─ ¡Vaya con la doctora! Ahora eres tú la que exagera, ¿no?

─ La verdad es que no creo que me haya excedido. La realidad  de la vida es la que nos destruye la visión  idílica del amor. En estos tiempos, la mayoría de los hombres que se interesan por mí es porque están enfermos y  buscan una enfermera… Bueno,  creo que es mejor que dejemos esta cuestión.

─ ¡Oye, Cris!, no te vayas a molestar por mis palabras, ¡por favor!¡Ah! y ten en cuenta que yo también estoy enfermo. Soy diabético. Pero no te quiero por eso.

─ ¿Sí?  ¡menos mal! ─ bromeó la mujer ─ Bueno, esa enfermedad se puede controlar muy bien.

 

   Pasaron los días y hasta dos meses. La doctora mejoraba de su depresión cada día y ya pensaba en incorporase al trabajo. Le agradaba mucho su profesión. Ayudar le gustaba, y había muchas personas que necesitaban, aparte de una consulta médica, unas palabras de consuelo. Doña Cristina era persona de gran sensibilidad y no era raro el día que aparecía en su casa, después de su jornada de siete horas de trabajo, con el rostro demudado  Uno de aquéllos, fue cuando recibió en su consulta a una conocida paciente. Había llegado  toda vestida de negro. Le preguntó que si le había ocurrido algo:

─ ¡Doctora!, ¡mi hijo, el drogadicto, ha muerto! Le han encontrado en un vertedero de basuras.

─ ¡Cuánto lo  siento, señora Vicenta.

─  ¡Doña Cristina! Yo soy su madre y fíjese lo que le digo: ha sido lo mejor que ha podido pasarle. La vida era para él,  para su padre y para mí, un infierno. Se había llevado de mi casa todo lo que podía malvender para pagarse la droga. Se quedó sin trabajo…bueno, doctora, si usted conoce el resto. Sí, su muerte ha sido lo mejor para todos…

─ Cuando usted lo dice, por algo será ─ contestó la doctora.

─ Lo único que siento y que me provoca un gran dolor es que haya aparecido en un basurero.

   Lágrimas de dolor afluyeron a los ojos de la madre y Doña Cristina compartió con ella su aflicción.

 

   Habían pasado cuatro meses, todo un invierno y ya estaban en el primer mes de la primavera.  La doctora esperaba ansiosa las nueve de la noche en España, hora en la que se conectaba con Carlos en Chile.

─ ¡Hola!, ¿Qué tal el día? ─ empezaban invariablemente.

─ ¡Bien! Hoy me he incorporado al trabajo. Estoy contenta de haber vuelto. Mis pacientes me echaban de menos.

─ ¡Me alegro mucho de que te hayas recuperado, al fin, de esa depresión. Es una mala cosa, ¿no?

─ ¡Ni te lo imaginas, Carlos! No se lo deseo a nadie.

─¡ Cristina! ¿sabes una cosa?

─ ¡Dime!

─ Pues que viajaré a España en el mes de Julio próximo.¿Qué te parece?

─ ¡Estupendo! Pero has elegido un mes de mucho calor aquí.

─ No me importa el calor ni el frío, sólo me importa que estemos juntos de una vez.

─ Yo también tengo ganas de conocerte en persona. Me encantaría que esta relación virtual se convirtiese en real

─ ¡De eso, amor mío, no tengas la menor duda! Te quiero pedir un favor, Cris

─ ¡Dime!

─ Podrías buscarme un hotelito, no muy caro, para los primeros días.

─ ¡Claro! No hay problema.

 

   Cris, en compañía de su amiga Esperanza, recorrió  la ciudad para buscar un hotel barato, pero que reuniera las mejores condiciones; al fin, encontraron uno bastante céntrico y apalabraron una habitación individual,  proporcionando, Cris,  el número de su   tarjeta VISA y entregando una cantidad a cuenta.

   Regresaron a la casa agotadas por el calor y la peregrinación por la ciudad.  Cristina estaba muy contenta. Se sentía como una chiquilla de quince años. Poco a poco, y después de tantas palabras de amor, de tantas promesas de felicidad, harto tiempo ausentes de su vida, había terminado por enamorarse perdidamente del chileno. Esperaba con ansiedad el día de su llegada.

   Llegó el mes de julio y el día de la llegada. Cris se arregló con esmero y fue a buscar a su amiga ‘Espe’ para ir al aeropuerto juntas. Estaba muy nerviosa y necesitaba  compañía.

   El avión tocaba tierra a las cuatro de la tarde, hora intempestiva en la ciudad en

aquella época del año, debido al calor. Las dos mujeres se acercaron lo más que pudieron a la puerta por donde debían pasar los viajeros de llegada. Al fin, después de mirar ansiosamente multitud de rostros morenos, apareció un hombre que se parecía bastante al de las fotografías que Cris había recibido en su ordenador. Les pareció más gordo de lo que suponían, aunque en conjunto su fisonomía resultaba agradable. Él la reconoció enseguida, después de una ligera vacilación fijándose en las mujeres allí presentes. Se acercó y abrazó a la doctora sin más rodeos. Saludó con dos besos en la cara a la amiga, y los tres partieron rumbo al hotel en que la médico había reservado una habitación. Esperanza pidió, por favor, a Cris que la dejara  en la calle donde vivía, ya que suponía que su presencia entre los dos era más bien inoportuna.

─ Bueno, Carlos, ¡encantada! Espero que tu estancia entre nosotros sea la mejor.

─ ¡Gracias, Esperanza! ¡Eres muy amable!

   La doctora y el viajero subieron a la habitación. La mujer pretendía ayudarle un poco con su ropa y luego salir a ver  la cuidad, pero, de repente, el hombre se abalanzó sobre ella,  le despojó de la ropa en un momento, y le hizo el amor con pasión. La doctora que no se esperaba tal reacción tardó unos minutos en ‘ponerse’ en situación’, luego se entregó al recién llegado con toda la pasión de que era capaz.

   Una vez satisfechos, se arreglaron para salir a tomar algo. Cristina se encontró sofocada cuando se miró en el espejo. Lo que acababa de vivir con aquel hombre le había hecho sentirse, de nuevo, viva, y después de muchos años,  feliz.

 

 

   Los días se sucedieron y Carlos comenzó su trabajo en el laboratorio del amigo de Cristina. Iba en autobús, pero comenzó a quejarse de que el maletín que debía de llevar con sus cosas le incomodaba mucho. La doctora le miró por unos minutos y luego exclamó:

─ ¡Carlos! Y ¿qué tal irías en una moto?

─ ¡Oh! Pues creo que mucho mejor. Pondría el maletín en la parte de atrás y…. pero ahora no puedo comprármela, Cris.

─ Tú no vas a comprar nada, chato. La voy a comprar yo.

 ─ ¡Que no, mujer! ¡Que yo no puedo aceptar eso! Ya ahorraré, y en pocos meses  me la podré comprar.

 ─ ¡Vale!, como tu quieras ─ dijo la doctora con un extraño tono en su voz.

 

Una tarde Cristina le dijo a Carlos:

─ ¡Oye!, y ¿para qué tienes que quedarte en el hotel? Es un gasto más. Mejor te vienes a mi casa, es muy amplia.

─ Bueno, cariño, como tú quieras ─ respondió el hombre sonriendo.

   Carlos  se instaló en el piso de cuatro dormitorios y amplio salón que la doctora poseía en una céntrica calle de la capital. Las primeras noches Carlos las pasó en la habitación de Cristina, pero ante los ronquidos del hombre, ésta le pidió que se cambiase, al terminar sus encuentros amorosos, a otra habitación, situada enfrente de la de ella.

   Una tarde, después de que ambos hubieron salido del trabajo, la doctora le dijo a su pareja:

─ ¡Carlos! ¡vamos un momento a la calle! Quiero que veas algo.

   Bajaron en el ascensor y no fue en la calle, sino en el garaje del edificio donde Cristina le llevó. Al lado de su coche granate había una hermosa moto, de color azul noche metalizado.

─ ¡Es tuya! ¿Qué te parece?

   El hombre manifestó una gran sorpresa y no pudiendo dar crédito a lo que veía y escuchaba, optó por abrazar tiernamente a la mujer.

─ ¡ No Te imaginas cuánto te agradezco este detalle, Cris!

─ Así no tendrás problemas con los atascos.

─  ¡Tardaré algún tiempo en poder pagártela, amor!

 ─ ¿Quién ha hablado aquí de pagar nada? ─ dijo mientras le besaba en los labios con  pasión

─ ¡Ay, Cris! ¡ Nadie puede imaginar la suerte que he tenido al encontrarte!

─ Lo mismo pienso yo, Carlos. Creí que eso de Internet no era más que una pura mentira…y, ya ves…

   Transcurrió una semana. Una noche, la doctora esperó en vano  que su amor apareciera en su habitación, pero como estaba muy cansada de todo el trabajo del día  se durmió enseguida, no obstante, extrañarle que él no deseara estar con ella aquella noche.

   Al día siguiente cuando Cris ya estaba desayunado, temprano,  apareció Carlos por la puerta de la cocina.

─ ¡Buenos días, cariño! ¿Qué tal has pasado la noche? ─ saludó medio bostezando.

La doctora le miró interesada. No supo bien por qué el tono de su voz le sonó extraño.

─ ¡Bien! He dormido como un lirón.

   El hombre se sentó a su lado y tomándole una mano que se llevó a los labios  dijo:

 

─ ¡Oye, Cris!, quería decirte algo. Verás, en la moto paso mucho frío por las mañanas. ¿Habría la posibilidad de hacerme con un cochecito, aunque fuera de quinta mano? Te lo pagaría al mismo tiempo que la moto, poco a poco, tú sabes…

─ Veré lo que puedo hacer ─ contestó la doctora pensativa.

   Durante la jornada de su trabajo, Cristina llamó a una amiga que tenía un hijo cuyo coche había oído que deseaba venderlo.

─ ¡Hola Concha! ¿qué tal estás?

─ ¡Muy bien, Cris! Y ¿tú?

─ Pues yo en estos momentos bastante bien. Ya te contaré. ¡Oye, Cocha!,  me interesaría saber si tu hijo ha vendido ya el coche.

─ ¡Oh, pues no! ¿por qué me lo preguntas? Tú tienes uno muy nuevo.

─ No es para mí, Concha, sino para un amigo. ¿Por cuánto lo vende?

La cantidad que Concha le dijo a la doctora le pareció a ésta conveniente y concluyó:

─ Cuando a tu hijo le venga bien, que lo acerque hasta mi casa. Allí hablaremos. Bueno te dejo, tengo la sala de espera llena. Un beso, amiga.

    Aquella misma tarde llamaron desde la calle por video portero. Era el hijo de Concha.

─ ¡Doña Cristina!, soy Mario. Vengo con el coche.

─ ¡Vale! Ahora mismo bajo.

Cristina fue a su habitación a por el talonario  del banco y lo metió en su bolso. En unos minutos estaba en la calle, al lado del hijo de su amiga y del coche, que acababa de adquirir para su pareja. Después de despedirse del muchacho, entró en el vehículo,  sacó del bolso la llave de la puerta del garaje  para abrirla y lo condujo dentro de  él, buscando una plaza de alquiler para la nueva adquisición.

   Cuando llegó Carlos de su trabajo le enseñó el vehículo.

─ ¡Oh, amor! ¡Es estupendo! ¡Está muy nuevo! ¿te habrá costado mucho?, ¿no?

─ No hablemos de dinero ahora, sólo disfrutemos que te gusta, y que ya no pasarás frío, como en la moto.

─ ¡Cris! ¡Qué gran persona eres! ¿Lo sabes, verdad?

─¡ Anda, no exageres! Soy una mujer normal y corriente, que ha tenido suerte al encontrarte a ti.

   El hombre se la quedó mirando durante largos minutos hasta que ella le tomó de la mano y se dirigieron hacia el ascensor.

   Aquella noche, ya en su dormitorio, la doctora esperó a su pareja largo rato. Extrañada de su tardanza, se levantó y fue al dormitorio de él. Estaba echado mirando hacia la pared. Le tocó en un hombro.

─ ¡Carlos! ¡estás despierto?

   Él se giró y la miró.

─ ¡Sí, estoy despierto!

─ Te estaba esperando ─ dijo Cris con suave voz ─ ¿Te pasa algo?

   La mujer trató de acariciarle los cabellos pero observó un gesto de rechazo.

─ ¡Bueno, dime! ¿No deseas que estemos juntos?

─ ¡No!  ─ la respuesta sonó dura en el silencio de la habitación.

─ ¿Cómo? Perdona, pero no te comprendo. ¿Ya no deseas hacer el amor conmigo?

─ Lo siento, Cris, lo siento mucho, pero no, no deseo hacer el amor contigo.

   La doctora se quedó muda. ¿Qué significaba aquello? El hombre que apenas hacia unos meses le había jurado  que estaba loco por ella, que serían la pareja más feliz del mundo, la envidia de todas las demás, en el que ella había creído, después de no creer en ningún hombre durante veinte años, desde el abandonó su marido…Que había conseguido enamorarla con sus melosas y falsas, ahora lo entendía, palabras. Deseó saber más, ahondar en la herida recibida:

─ Pero,  ¿es que no te he gustado una vez que me has conocido personalmente? ¿es eso?

   El hombre la miró largamente con un rictus  en su boca que, en la semioscuridad de la habitación, Cris no pudo  interpretar.

─ ¡No, Cris, no es que no me gustes tú, en concreto! ¡Lo que me ocurre es que no me gustan las mujeres!

   La doctora no daba crédito a lo que oía. Sabía, según le habían dicho, que por Internet se mentía mucho, pero ella se había creído a salvo por su experiencia, pero no; había sido  también engañada profundamente. Se sentía humillada, ridícula,  herida, ya que la mujer se había vuelto a ilusionar con el hombre que tenía enfrente.  Por un momento creyó que iba a reírse, sí, a reírse locamente porque  un homosexual se había burlado de ella  hasta ese extremo.  A él sólo le había interesado el trabajo que pudiera proporcionarle,  y el dinero que le había sacado  poco a poco. Se dio cuenta de que era tan vulnerable como cualquier jovencita que cae en las mentiras de un rufián.

 Las palabras no acudían a su mente y sólo acertó a decir:

 ─ ¡Bien! Ahora es muy tarde, mañana hablaremos de esto. ¡Descansa! ─ dijo mientras se retiraba a su dormitorio.

   Durante horas estuvo la doctora despierta, tratando de asimilar semejante situación. La ira le recorría el cuerpo como un torrente envenenado. Se tomó un valium de diez miligramos para poder dormir, pero no le hizo el menor efecto. El golpe había sido brutal. La mentira de que había sido víctima le había destrozado  las últimas ilusiones que pudiera albergar respecto al amor.

 

   El chileno se dio la vuelta y se echó a dormir.

 

   Doña Cristina se levantó y  fue a la cocina. Abrió el frigorífico y, de uno de los estantes de la puerta, tomó dos frasquitos de insulina. Cada uno de ellos contenía la cantidad justa necesaria para cada una de las inyecciones que debía aplicarse Carlos cada día,  para equilibrar el problema metabólico que padecía. La doctora tomó de un armario una jeringuilla y punzó el tapón de uno de los dos frascos, absorbió una pequeña parte y, a continuación, la introdujo en el otro frasco. Colocó este último en el estante, y guardó el otro en un armario de medicinas.

   La doctora se fue a la cama y se durmió casi al instante.

   A la mañana siguiente estaba desayunado  cuando él apareció en la puerta.

─ ¡Buenos días, Cris! Creo que debemos hablar, ¿no?

─ ¡ Claro, hombre! Pero antes desayunemos. Yo sin un café a estas horas no soy nadie.

─ A mí me pasa lo mismo ─ respondió Carlos, algo extrañado ante la actitud relajada  de la doctora, libre de todo enfado.

    ─ Pero antes debo medirme los niveles de glucosa e inyectarme. A ver cuándo se inventa algo más sencillo para la diabetes.

─ No creas que faltan muchos años para eso. Se están estudiando unos aerosoles, que  por inhalación sustituirán a las inyecciones diarias; aunque aún no están comercializados.

   Carlos se midió con un  aparato electrónico el nivel de glucosa en sangre  y, a continuación,  fue a la nevera a por el frasquito de insulina. Lo preparó y levantándose la chaqueta del pijama, se inyectó en el vientre la hormona. A los pocos minutos se vertió sobre una taza parte de café y un poco de leche.

   La doctora le observaba con atención. Gruesas perlas de sudor comenzaban a deslizarse por la frente del hombre, minutos después,  éste  se echó las manos sobre los ojos, le parecía que la vista se le nublaba. Una gran debilidad le recorría el cuerpo.

─¡ Cris! No sé qué me pasa,  pero es que me estoy poniendo muy malo.

─ ¡Tranquilo, hombre! Será la reacción de la insulina.

─ ¡Sí, claro! Pero me la pongo todos los días… y no me había pasado esto nunca... Creo que debería ir a un hospi…

   La frase quedó  flotando en el limpio aire de la cocina. Carlos se desplomó sobre la mesa, pálido como el mármol.

   Cristina le miró con desprecio y le tomó el pulso. Estaba muy débil. Cogió el teléfono y llamó al mismo hospital donde trabajaba.

─¡ Buenos días! Soy la doctora Ramos. ¿Podrían enviar a mi domicilios una ambulancia? Tengo un invitado que ha sufrido una crisis  cardiaca. ¡Gracias! Les espero…

 

 

 

 

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:03  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
viernes, 12 de noviembre de 2010

MISIÓN CUMPLIDA

 

 

 

   El sargento Daniel del Valle hacía la ronda de noche junto a su compañero Carlos Martínez en la cuidad que pareciera que nunca duerme. Al entrar en un puente, Daniel  vio un bulto sobre el pretil  que le llamó  la atención:

─ ¡Detente, Carlos!  ¡Ahí veo algo extraño!

   Las gotas de una pertinaz lluvia impedían ver con claridad. Daniel se bajó del coche de policía cuya azulada luz iluminaba débilmente la calle, y se dirigió corriendo hacia  la figura que llamaba su atención. Jadeando llegó al pretil y vio a una mujer con un abrigo gris del que sobresalía una  falda blanca que le llegaba casi a los pies, los cuales los tenía situados precariamente en la parte exterior del puente.

─ ¡Señora! ─ susurró ─ ¡Tranquila, por favor! Yo la voy a ayudar.

   La mujer ni volvió la cabeza a ver quién le hablaba.

─ ¡Déjeme en paz, señor!

─ ¡Escuche, señora! Si tiene algún problema, no se preocupe, nosotros trataremos de ayudarla.

─ ¡Nadie me puede ayudar!

   Daniel, mientras, se iba acercando sigilosamente a la mujer.  Cuando estaba prácticamente detrás, con un rápido movimiento la aferró por la parte inferior del abrigo, tirando de ella hacia la acera del puente. La mujer forcejeó durante unos segundos con el policía hasta que, abatida por el cansancio, se dejo llevar hasta el coche.

─ ¡Señora! ¿Cuál es su nombre?

   La mujer no respondió. Retorcía sus manos, amoratadas, en un evidente indicio de desesperación.

─ ¡Carlos, vamos al hospital más cercano! ¡Creo que esta mujer está enferma!

   El coche arrancó con premura y en pocos minutos estaban ante el mostrador de recepción de la sala de Urgencias del Hospital.

─ ¡Señorita! Esta mujer ha intentado suicidarse. Necesita que la vea un médico.

   La recepcionista marcó un número de teléfono y al momento aparecieron un celador y un ayudante de enfermería, que se llevaron a la mujer por un pasillo adelante.

─ ¿Podrían darme algunos datos de la paciente?

─ La verdad es que no la hemos preguntado nada. La he rescatado y al ver su aspecto la hemos traído directamente aquí. Esperaremos que esté más calmada para hacer el informe ─ explicó Daniel.

─ Está bien. Si tienen que irse, nosotros le preguntaremos todo lo que necesitamos y mañana pueden venir a por los datos que ustedes necesiten para hacer su informe.

─ ¡Gracias, señorita! ¡es usted muy amable!

   Los dos policías salieron del centro hospitalario y siguieron patrullando por la ciudad para garantizar, en lo posible,  la seguridad de los ciudadanos.

 

   A las siete de la mañana Carlos y Daniel se fueron a sus hogares a descansar. Habían evitado varios robos, separado a parejas que peleaban en mitad de la calle, detenido a prostitutas que ejercían en las aceras, detenido a dos borrachos que se atacaban con navajas, y, sobre todo, evitado la muerte de una mujer. Daniel se sentía satisfecho y cuando su cuerpo cayó en la cama, se dijo a sí mismo con satisfacción: “Misión cumplida”, y se durmió al instante.

 

Al día siguiente, casi al anochecer, se presentó en el centro hospitalario. Era su día de descanso y había quedado con su compañero que él iría al hospital a por los datos de la mujer que salvó en el puente para hacer el informe policial. Pensó que quizá debería ir a verla para comprobar que estaba bien. En su interior se sentía contento. Todos los días se sucedían muertes, accidentes, a los que ellos tenían que acudir, pero en esta ocasión había sido muy distinto, afortunadamente. Había podido evitar una.

 

─ ¡Señorita! ¿Podría decirme en qué habitación está la señora que trajimos ayer noche? Me gustaría verla.¿Sería posible?

   La enfermera miró con simpatía al hombre y contestó:
─ ¡Por supuesto! Seguro que se alegrará de ver a su salvador. Está en la 326.

─ ¡Gracias, señorita!

 

  Daniel subió en el ascensor y se detuvo en la planta tercera. Allí preguntó dónde se encontraba la habitación 326.  Una vez informado se encaminó hacia ella. Se detuvo unos segundos ante la puerta, antes de llamar para pedir permiso para entrar.

   Al fin, dio unos golpecitos y tomando el picaporte abrió la puerta. Encontró en la cama a una mujer de unos cuarenta años, que en otros tiempos había sido hermosa, pero que, ahora, los signos de una grave enfermedad le habían deteriorado en gran manera       De su brazo izquierdo emergía un catéter  del que salían varios conductos que terminaban en diferentes partes de su cuerpo. En la mano izquierda sostenía una especie de válvula con un botón, sobre el que reposaba su dedo pulgar. La paciente tenía los ojos cerrados y una profunda expresión de cansancio afloraba en su rostro.

 

Daniel dudó en hablarle. No sabía si dormía. Al cabo de unos segundos de duda, susurró:

─ ¡Señora! ¿duerme?

   La mujer abrió los ojos y miró al policía. Sus ojos denotaban extrañeza.

─ Soy Daniel, el policía que ayer la recogió del puente. ¿Se acuerda?

─ Y, ¿viene a que le dé las gracias?

─ ¡Oh, no señora! He venido a ver cómo se encontraba, naturalmente.

   La mujer permaneció callada . El silencio se hacía pesado en la pequeña habitación. Daniel pensó en retirarse, cuando oyó la voz, grave, que le decía:

─ ¡Óigame, señor! Llevo dos años sufriendo terriblemente. Tengo un cáncer de médula. No se encuentra un donador para hacerme un trasplante; no tengo a nadie en el mundo, nadie me necesita. ¿Ve usted lo que tengo en mi mano? Aquí hay morfina, yo me la administro apretando este botón: más o menos cantidad, según sea de fuerte el dolor. Hace días que tengo que apretar demasiado este botón que es el que permite el paso de la morfina por esta vía hasta mi cerebro. Ya no puedo más, señor. Llevo tiempo pensando en acabar con esto. No tiene sentido este sufrimiento. Ayer me decidí, por fin. Fue el día más feliz de mis últimos años. Pero usted se interpuso.

    La mujer calló, fatigada. Daniel no tenía palabras.

─Yo…yo. Verá nosotros tenemos la obligación de…

─¡Calle! Lo sé. Tienen que salvar vidas como sea. Pero le voy a decir lo que siento por usted: ¡Le odio!

 

 

 


Publicado por interazul @ 20:42  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
domingo, 22 de agosto de 2010

DE DOLOR A DOLOR

 

 

   Las arenas del campamento troyano murmuraron: Ahí va Príamo, solo, a buscar a su hijo, Héctor, asesinado por Aquiles por haber matado a su vez a Patroclo, hermano de éste.

    Las nubes le contestaron: Sí, pero no debería ir solo. Hay mucho odio entre Aquiles y él. 

    Las olas del mar susurraron: Mucho odio, mucho odio; pero ahora no hablará el odio sino el dolor.

   La brisa marina siseó: Ya llega, viejo, cansado, con el dolor en su rostro, al campamento griego. Oigamos sus palabras:

   ─ Aquiles, come ves, estoy solo. Me arrodillo ante ti para rogarte que me entregues el cuerpo de mi hijo. Yo no hablo, habla el dolor de un padre al dolor de un hermano.

   Aquiles se conmovió ante el gesto del padre y dijo:

  ─ Está bien, mandaré a unos soldados que lo envuelvan en unas mantas y lo traigan.

  ─ Aquiles, te pido que me dejes que lo envuelva yo.

  ─  Concedido.

   Unos soldados se dispusieron a seguir al dolorido padre, pero el jefe alzó un brazo y les contuvo:

   ─ ¡Alto! , dejadle solo! ¡Un padre tiene mucho que hablar con su hijo muerto y estas palabras no deben ser oídas por nadie!

 

  

María Ángeles


Publicado por mariangeles512 @ 15:33
Comentarios (0)  | Enviar
sábado, 21 de agosto de 2010

LA PROFESIONAL

 

 

 

   El aforo del teatro estaba completo. Faltaban diez minutos para el comienzo de la función. La comedia llevaba en cartel tres semanas cosechando gran éxito. Todos los que en ella participaban sabían que éste, se debía, en gran parte, a la primera actriz: a su talento, a su belleza, a su saber estar sobre las tablas.

Aquella tarde nadie de la compañía sabía el porqué de la ausencia de esta mujer. Todos los responsables del espectáculo  estaban  muy agitados al ver la hora que era y que ella no estaba aún en su camerino preparándose para la actuación.

   En el tocador de Gloria Guzmán, el director de la compañía, junto al ‘partenaire’ de Gloria en la obra, y otros actores de reparto,  paseaban  de un lado a otro de la exigua estancia  haciendo gestos de impaciencia  ante la situación de desastre que parecía se avecinaba si no llegaba la actriz.

-¡Esto es inadmisible!- afirmaba en voz demasiado alta el director - ¡Ni una llamada, justificando esta  ausencia! ¡Algo tiene que haber ocurrido, y grave!

- No crea, señor – aclaraba un actor de reparto – estas mujeres cuando se les sube el éxito a la cabeza ya creen que pueden hacer lo que les venga en gana.

-Sí; - añadió el productor- confiaste demasiado en ella desde el primer momento que la viste, y no sabíamos muy bien quién era, ni de dónde venía.

-Pues sí, ahora que lo pienso, sí es raro que no se la conociera aquí,  teniendo en cuenta lo  buena actriz que es; de eso no hay duda- comentó otro de los allí presentes.

- Ya, ya sé que tenéis razón, -concedió el director-. Tenía que haber indagado algo más sobre ella, pero cuando hizo la prueba quedé impresionado por su talento y no me preocupé de más.

-Por su talento  y por su belleza, porque, ¿no me dirás que no te quedaste embobado?

-Sí; lo reconozco. Sus ojos me dejaron sin aliento mientras declamaba el papel; y eso que estaba a cierta distancia. De todas formas ha cumplido a la perfección con su trabajo hasta el día de hoy.

-¡Siempre hay una primera vez- aclaró alguien malintencionado.

-Bien. Vamos a pensar qué podemos hacer hoy en el caso de que Gloria no aparezca.

¿Y, la otra?  ¿La que está para sustituirla?

-Pero, ¿no sabes que lleva una semana enferma? Si  estuviera aquí,  no estaría tan angustiado.

-¡Esto si que es mala suerte!- masculló alguien para sí.

De pronto el oponente masculino levantándose de la silla, dijo:

-¿Sabes lo que te digo?,  ¡que no es una profesional! En esta profesión hacen falta personas serias, responsables. Es mucho dinero el que se invierte  para que, ahora, haya que suspender la función.

Todos le miraron con gesto aprobatorio.

-Lo más extraño es que no haya avisado. Ahora, con los móviles no hay disculpa –

añadió  otro ‘amigo’.

-Ya os lo he dicho, hay personas que no valoran el trabajo y el esfuerzo  de  los demás; ¡sólo existen ellas y nada más!  Si uno se hunde, ¿qué puede importarle?, ¡Nada!,  pero que no cuente más con trabajar en mi compañía… ni en otras; ya me encargaré yo de informar a otros colegas ‘como se las trae’ la señorita, para que no vuelva  a trabajar jamás en el teatro ni de limpiadora. - la dureza de la voz el director se expandió  por el pequeño recinto.

   En ese preciso instante una locutora de televisión,  apareció en la pantalla del pequeño aparato que había encendido en el camarín, informando de un avance de noticias de última hora:

“Ha llegado a nuestra redacción el comunicado de  que un avión procedente de Santander y con destino en Madrid ha sufrido un accidente poco antes de tomar tierra,  por causas aún desconocidas. En él  han perecido todos sus pasajeros; entre ellos se encontraba la conocida actriz teatral Gloría Guzmán, la cual, según se ha podido saber por un familiar cercano, regresaba a Madrid para continuar su representación  en el teatro Infanta Isabel, después de haber enterrado a su madre esta misma tarde”.

 

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 18:47
Comentarios (0)  | Enviar
viernes, 23 de julio de 2010

EL RAMILLETE

 

 

  Hoy hace veintiséis años en que fui muy feliz: viniste tú al mundo, con unos enormes deseos de vivir.

 

   Hoy, he salido al jardín donde cuido mis flores y he decidido mandarte un ramillete hecho por mí. Sé que son tan leves en su existencia…, pero son tan hermosas…

 

    Me dirigí a una mata de flores blancas y arranqué una. La miré de cerca y vi con asombro que en sus pétalos podía leer: El PERDÓN.

 ¿Cómo-, me dije?¿Tengo alucinaciones? Miré hacia el cielo. Estallaba de azul y me di cuenta que no, que era mi mente la que proyectaba las palabras en la flor. Me sentí bien.

   Seguí por el CAMINO RECTO hacia otro rosal; corté dos rosas, granates, cuyo aliento perfumaba todo el patio.  Las miré con atención. En una pude leer: LA PAZ INTERIOR.  En la otra apenas vislumbré: El DEBER CUMPLIDO.

   Me acerqué a un manojo de margaritas que he plantado al final del jardín, corté otras dos. Blancas con su centro amarillo. Sus pétalos agitados por la brisa matutina me dijeron: la fuerza más potente del mundo: LA FÉ. En la otra pude leer, ya muy emocionada: las personas más necesarias: LOS PADRES.

   Con mis flores apuñadas en mi mano izquierda me fui al Plumbago. Corté varias, blancas. Pero también quisieron darme aquellas palabras que en algún momento de la vida necesitamos: El mejor remedio: EL OPTIMISMO. Cierto-, pensé. Lo más eficaz, me mostró la otra: LA SONRISA:

   Por último me acerqué a los nuevos rosales que he plantado este año. Tenían pocas rosas, pero una de ellas destacaba por su color, forma y belleza. La corté con cuidado ya que tiene muchas espinas y vi que grandes letras de tonos rojos y rosados decían que lo más bello del mundo es el : AMOR.

   Mientras me dirigía de unas plantas a otras arranqué hierbajos: MENTIRA; MAL HUMOR, RENCOR, EGOÍSMO, ABANDONARSE, MIEDO…¡No, no, ni hablar! Las tiré de inmediato.

 

    Miré el número de flores y pensé que ya serían suficientes para elaborar un sencillo ramillete. Entré en casa y las limpié con cuidado de hojas muertas y espinas. A veces, las cosas bellas también hacen daño, hay que ser prudente y no confiarse totalmente. Las metí en un jarrón  con agua y lo coloqué en la mesa  del salón, que ahora está en el comedor. Me senté en el sofá y lo contemplé. Me gustó. Sin embargo,

 al cabo de un tiempo me parecía que el jarrón estaba velado por algo parecido a un tul. ¿Qué era aquello? Yo no lo había envuelto aún en papel. Me levanté intrigada y fui al comedor. El jarrón estaba cubierto por una especie de tejido intangible, pero que yo veía y en el que pude leer con toda precisión:

     PARA EL AMOR MÁS GRANDE DE TU VIDA, MARIA ÁNGELES.


Publicado por mariangeles512 @ 19:24  | Familia
Comentarios (0)  | Enviar
martes, 06 de abril de 2010

La Semana Trágica de Juan Molpeceres

 

 

Lunes, día 5.

 Juan Molpeceres salió de su despacho en la quinta planta del Complejo de Oficinas Imperial, donde tenía su oficina Inmobiliarias San Román, dedicada desde hacía más de veinte años a la venta de inmuebles de todo tipo. Salió dando un gran portazo, contrariado por las ultimas informaciones del gabinete de economistas que declaraban en situación de quiebra a su empresa.

 Esa misma mañana había tenido que asistir al Juzgado de divorcios, porque su mujer, la que había tenido durante quince años sin interrupción, se había empeñado en separarse de él, porque según ella le había sido infiel en varias ocasiones.

 

Martes, día 6.

 Los dos edificios que habían comenzado el año pasado había que suspenderlos. El Banco Pastor había negado la prórroga de las hipotecas y no tenían efectivo para liquidarlas.

 

Sus dos hijos, de catorce y doce años de edad, le habían llamado capullo porque según ellos hacía llorar a su madre, y a ellos no les llevaba de vacaciones este año.

 

Miércoles, día 7.

 

Al ir a pagar la comida con la tarjeta visa de siempre, el camarero le comunica que ha sido denegada— ¿No tiene otra?— le preguntó. Como si hubiera tenido otra alguna vez. — Ya no pagaban los bancos sus débitos—¡Malditos sean! Todo estos años ofreciéndole créditos y aplazamientos y ahora, que es cuando realmente los necesitaba ¡nada de nada!

 

  Como era conocido del dueño del restaurante, le dejaron marchar hasta el día siguiente, que le seguirían atendiendo.

 

 Suena el móvil.

—    Señor Molpeceres, le llamo desde la Clínica Sagrado Corazón, su madre acaba de fallecer.

—    ¿Cómo? El sábado la dejé casi recuperada de su amago de angina de pecho.

—    Esta mañana le ha sobrevenido una crisis que ha sido fatal. No hemos podido hacer nada.

—    Bien, voy para allá.

 

Jueves, día 8.

 

 El entierro de la madre fue casi en la intimidad. Los amigos de antes no acudieron. Sólo un hermano, su mujer y los nietos. Recordaba, cuando hace cuatro años falleció su padre, la cola de gente en la iglesia y en el tanatorio fue de persona famosa. Cuando las cosas de la economía van mal, los amigos se desvanecen.

 Esa noche, durmió solo, en una casa, que se temía, valiera para amortizar las ultimas deudas.

 

Viernes, día 9.

Inmobiliarias San Román cierra sus puertas. Todos los agentes son despedidos y pasan a engrosar las largas listas del paro.

 

 Las líneas de teléfonos han sido cortadas. La correspondencia se reduce a reclamos de los bancos sobre impagados y un viernes tan triste como este no recordaba desde los tiempos más remotos.

 

Sus hijos se niegan a acudir con él a comer el sábado. Le dicen que es mejor pague la pensión a su madre, cuanto antes, porque se quedan con ella.

 

Sábado, día 10.

 

 Las botellas vacias se acumulan encima de la mesita del teléfono y encima de la mesa del comedor. Apenas ha comido desde hace tres días y las noticias que dan en la tele son deprimentes por demás. Todo son quiebras, cierres, y ERES. Los del gobierno alardean de que lo van a arreglar enseguida, pero todas las previsiones apuntan al contrario.

 

Domingo, día 11.

 

Juan Molpeceres, conocido empresario de la localidad, aparece muerto en su lujoso piso. Se investiga si se trata de un suicidio o ha sido asaltado por algunos delincuentes.


Publicado por Lanzas @ 16:58  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
viernes, 19 de marzo de 2010

CARTA DE AMOR(Dedicada a don D.)

 

Mi querida y amada:

No me contestaste a mi anterior carta, María. Es posible que ni te llegara, porque en estos días, con la que tenemos encima, en este país no funciona nada. No voy a contarte lo mismo, porque aún espero que te lleguen las dos juntas, como otras veces.

 Ya sabes, que en este campo no hay mucho tiempo para poder leer o escribir. Desde las seis de la mañana nos sacan a trabajar. Dicen que estamos construyendo un puente. Yo no veo agua de río alguno, pero desniveles sí que veo. Me recuerdan los vados de nuestro pueblo, pero mucho más grandes.

 ¿Recuerdas cuando nos conocimos paseando por el camino del cementerio? A partir de aquél día hasta los muertos nos cayeron simpáticos. Tus ojos de miel les tengo clavados en mi retina y los veo mejor que los míos. Me acuerdo cuando agarré tu mano izquierda por primera vez, en un descuido de tu prima Aurora, que siempre paseaba a tu lado. Ese día, ¿recuerdas? Nos acompañaba mi amigo Ruben y la distrajo. Siento tus manos sobre las mías, como ese día. Las mías están muy estropeadas y agrietadas, apenas puedo escribir seguido, porque dicen que se acabó el dinero para guantes de trabajo y entre la argamasa y el polvo de los metales que soldamos creo que acabaré perdiéndolas, pero no me importa, el pensar que tus manos abrazan las mías me mantiene con vida.

 Espero que Luisito ya camine, cumplió dos años antesdeayer y como está con su mamá estará contento. Cuando vuelva, que espero sea pronto, os abrazaré durante una hora sin soltaros ni un minuto.

 Me vino ayer a la cabeza cuando te besé por primera vez  esos labios, que mantengo  entre los míos. La sequedad de la boca se vuelve agua bendita al recordarlo. ¡No te preocupes! Tu amor es lo único que merece la pena en estos momentos. Luchamos por unos ideales, pero en este lugar del mundo no hay paz. Como comprenderás no puedo escribir nada que comprometa a los nuestros, es más, no sé si esta carta, como otras, nunca llegará a tus manos. Algunos dicen que nos van a fusilar, cuando terminemos el puente. Si esto ocurre, saca adelante a nuestro hijo, que es por lo que nos dedicamos, y rehaz tu vida, con otro hombre que te ame, aunque sea la mitad de lo que yo te quiero. ¡No es bueno que el niño crezca sin padre!

 Tus caderas son como las curvas de estos caminos sin fin, pero bien diseñadas, no como estos. El nudo que siento en la garganta no me deja pensar bien, además de que el cabo de vela, ya que de noche no hay nunca energía eléctrica, se termina, y tendré que escamotear otro para días sucesivos.

 Cuando recibas la carta, seguramente, eso espero, esta guerra inútil haya terminado y podamos recordar todo los momentos buenos que gozamos. Yo me mantengo vivo, pensando en tu mirada. La foto que tenía cuando nos separamos me la quitaron y aún cuando el intentar recuperarla me costó un labio roto y una muñeca dislocada, lo doy por bueno, porque los dos pedazos que conseguí rescatar los tengo siempre conmigo. La miro incluso en la oscuridad y me parece que recobra vida cada vez que la beso.

 Ya nos llaman y no puedo seguir escribiendo. Me despido de ti con un beso en esos labios que adoro y un abrazo para los dos.

 Ernesto.


Publicado por Lanzas @ 17:29  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
miércoles, 17 de marzo de 2010





POR UN BESO, CAÍ EN SUS REDES

 

Andaba vagando por la ciudad. No llevaba rumbo fijo, algo así como los perros sueltos.

 Lo mismo iba por el parque y me paraba a mirar como un niño echaba de comer a las palomas unas miguillas de bollicao, que me acercaba a los comercios de la Gran Avenida para ver como ofertaban las primicias de primavera. Llevaba unas tres tardes sin meta fija.

 Hacía tres días que mi novia me había dejado, tachándome de irresponsable por el asunto de haber dejado el trabajo por cuarta vez, para salir con los amigos de juerga. ¡Me despidieron! Claro, ¡pero que mi novia, de hacía tres años largos, me dejara!, me había quedado helado. Conociéndola, pensaba que sería algo pasajero, y que unos días me llamaría de nuevo.

 Lo que no contaba es con el desgraciado de Rufino, que estaba a la que cayera. Y al día siguiente les vi en la terraza de “El Ideal” tomándose unos batidos enormes, seguramente a mi salud, de tonto del culo que soy.

 Pero no estaba dispuesto a seguir solo. No podía estar abandonado más de tres días. Me dirigí al puerto a ver desembarcar a los turistas italianos que venían en el crucero por el Mediterráneo.

 Desde el primer momento me quedé obnubilado  al verla. Era pelirroja, alta, con unas caderas de artista y unas piernas torneadas, como correspondía a una italiana de la Toscana. De forma displicente, me acerqué a ella.

—    Vuoi qu’insegna la città? — le dije practicando mi culto italiano.

—    No te esfuerces, que conozco perfectamente el español . He estudiado tres años aquí.

—    ¡Qué alegría, te invito a un batido y charlamos!— quería vengarme cuanto antes de mi exnovia.

—    ¿Te crees que me dejo invitar por cualquiera?

—    No, no. Es que me encuentro solo y veo que tú también vienes sola. Podemos charlar mientras te enseño la ciudad. Luego, a la noche, ya veremos cuando vuelvas a tu camarote y yo a mi apartamento.

—    Vado con te, amigo, dime como te llamas. Chiamo Carla.

—    Yo me llamo Roberto. Vamos a ver lo primero La Alcazaba y el Parque, donde tomaremos un batido —me encantaba el italiano en boca de una mujer tan hermosa.

Nos dirigimos pausadamente a la parte alta de la ciudad, y durante unas tres horas recorrimos el casco antiguo, visitando varias Iglesias y un museo, además de la emblemática Alcazaba, y también tomamos unos batidos.

—    ¿Tienes que volver al barco, para comer o podemos hacerlo en un buen restaurante que hay junto a la playa?

—    He quedado en el barco con il mio amico Adriano a las tres, para comer en el restaurante. ¡Lo siento!

—    Bueno, ¿Cuándo parte el buque? Te lo digo por si podemos quedar por la noche.

—    Puedes venir a la gala nocturna en el barco— Carla se acercó a mi de forma insinuante— no nos vamos hasta mañana por la tarde.

—    ¡Estupendo! Dime el camarote.

—    Cubierta Sicilia, que es la número 8, el camarote 815, Carla Petacci. Te espero a las seis de la tarde.

 

La acompañé hasta la escalerilla de embarque del Grand Mistral y al despedirse rozó sus labios con los míos. Me supo a miel de Mijas.

Después de dejar a mi reciente amiga en su buque, me retiré a mi apartamento, me preparé unos huevos fritos con salchichas y patatas junto con una gran cerveza y me estiré un rato en mi sofá, mientras oía las malas noticias de turno.

 A las cinco en punto me acicalé y preparé para la que presumía una gran noche en un paquebote de ensueño con una pelirroja de cine.

       — Deseo ver a Carla Petacci, en el camarote 815. —Comunico al marinero que hace las veces de guardia de seguridad en la escalerilla de acceso.

—    Perdone, pero debo comunicar primero con ella. Son medidas de seguridad. — me dice, dirigiéndose a un teléfono de forma inmediata.

—    Comprendo, Dígala que soy Roberto.

—    Pase, en la cubierta ocho —al fin me deja paso libre.

 

Lleno de ilusión, llego al que supongo lujoso camarote y llamo suavemente a la puerta.

—    Carla, soy yo.

 

Nadie responde, pero compruebo que la puerta está sólo empujada y entro. Veo dos camas y una mesa con una lámpara encima, pero no veo a nadie.— ¡El cuarto de baño!— pienso.

—    ¡Hola, Carla!— Una pistola en el suelo, que cojo, ¡idiota de mí! La suelto enseguida, y veo un hombre desnudo en la bañera. Me acerco y además de sus ojos mirando al vacío, observo un gran orifico de bala entre sus cejas. ¡Está muerto! ¿Quién será? Mejor salir y buscar ayuda.

—    ¡È stato, ha sido él!— Era la voz de Carla.

Me doy la vuelta y allí estaba ella con dos policías, que sin mediar palabra conmigo, me empujan sobre una de las camas, de bruces, me esposan a la espalda, y mientras uno me lee no se que derechos, el otro recoge la pistola en una bolsa y llama por el móvil.

—    Soy el inspector Rodriguez, acabamos de detener a un intruso en el crucero Grand Mistral. Parece que ha asesinado a un pasajero.

¡Por un beso!¿Qué he hecho yo  por un beso de una desconocida? ¿En que lío me he metido?


Publicado por Lanzas @ 18:48  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar